Por influencia de mi tía Rita, comencé a frecuentar la casa de los
Padres Jesuítas, en la iglesia de la Recolección. Debo decir que desde
niño se me infundió una gran religiosidad que llegaba a veces hasta la
superstición. Cuando tronaba la tormenta y se ponía el cielo negro, en
aquellas tempestades únicas, como no he visto en parte alguna, sacaba mi
tía abuela palmas benditas y hacía coronas para todos los de la casa; y
todos coronados de palmas rezábamos en coro el trisagio y otras
oraciones. Señaladas devociones eran para mí temerosas. Por ejemplo, al
acercarse la fiesta de la Santa Cruz. Porque ¡oh, Dios de los dioses!
martirio como aquél, para mis pocos años, no os lo podéis imaginar.
Llegado ese día, todos nos poníamos delante de las imágenes; y la buena
abuela dirigía el rezo, un rezo que concluía después de varias
jaculatorias, con estas palabras:
«Vete de aquí, Satanás,
que en mí parte no tendrás,
porque el día de la Cruz
dije mil veces: Jesús.»
Pues el caso es que teníamos en efecto que decir mil veces la palabra
Jesús, y aquello era inacabable. «¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Jesús!» hasta mil;
y a veces se perdía la cuenta y había que volver a empezar.
Los jesuítas me halagaron; pero nunca me sugestionaron para entrar en la
Compañía, seguramente, viendo que yo no tenía vocación para ello. Había
entre ellos hombres eminentes: un padre Koenig, austriaco, famoso como
astrónomo, un padre Arubla, bello e insinuante orador; un padre
Valenzuela, célebre en Colombia como poeta, y otros cuantos. Entré en lo
que se llamaba la Congregación de Jesús, y usé en las ceremonias la
cinta azul y la medalla de los congregantes. Por aquel entonces hubo un
grave escándalo. Los jesuítas ponían en el altar mayor de la iglesia, en
la fiesta de San Luis Gonzaga, un buzón, en el cual podían echar sus
cartas todos los que quisieran pedir algo o tener correspondencia con
San Luis y con la Virgen Santísima. Sacaban las cartas y las quemaban
delante del público; pero se decía que no sin haberlas visto antes. Así
eran dueños de muchos secretos de familia, y aumentaban su influjo por
estas y otras razones. El gobierno decretó su expulsión, no sin que
antes hubiese yo asistido con ellos a los ejercicios de San Ignacio de
Loyola, ejercicios que me encantaban y que por mí hubieran podido
prolongarse indefinidamente por las sabrosas vituallas y el exquisito
chocolate que los reverendos nos daban.