En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un
_Quijote_, las obras de Moratín, _Las Mil y una noches_, la Biblia, los
_Oficios_, de Cicerón, la _Corina_, de Madame Staël, un tomo de comedias
clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué
autor, _La Caverna de Strossi_. Extraña y ardua mezcla de cosas para la
cabeza de un niño.
V
¿A qué edad escribí mis primeros versos? No lo recuerdo precisamente,
pero ello fué harto temprano. Por la puerta de mi casa--en las Cuatro
Esquinas--pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa
famosa: «Semana Santa en León y Corpus en Guatemala»--; y las calles se
adornaban con arcos de ramas verdes, palmas de cocotero, flores de
corozo, matas de plátanos o bananos, disecadas aves de colores, papel de
China picado con mucha labor; y sobre el suelo se dibujaban alfombras
que se coloreaban, expresamente, con serrín de rojo brasil o cedro, o
amarillo «mora»; con trigo reventado, con hojas, con flores, con
desgranada flor de «coyol». Del centro de uno de los arcos, en la
esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la
procesión del Señor del Triunfo, el Domingo de Ramos, la granada se
abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he
podido recordar ninguno... pero si sé que eran versos, versos brotados
instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fué en mi
orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces--y creo que
aun persiste--la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros,
«epitafios», en que los deudos lamentan los fallecimientos, en verso por
lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese
su duelo en estrofas.
A todo esto, el recuerdo de mi madre había desaparecido. Mi madre era
aquella señora que me había acogido. Mi «padre» había muerto, el coronel
Ramírez. A tal sazón llegó a vivir con nosotros, y a criarse junto
conmigo, una lejana prima, rubia, bastante bella, de quien he hablado en
mi cuento _Palomas blancas y garzas morenas_. Ella fué quien despertara
en mí los primeros deseos sensuales. Por cierto que, muchos años
después, madre y posiblemente abuela, me hizo cargos: «¿Por qué has dado
a entender que llegamos a cosas de amor, si eso no es verdad?»--«¡Ay! le
contesté, ¡es cierto! Eso no es verdad, ¡y lo siento! ¿No hubiera sido
mejor que fuera verdad y que ambos nos hubiéramos encontrado en el mejor
de los despertamientos, en la más ardiente de las adolescencias y en las
primaveras del más encendido de los trópicos?...»
Mi familia se componía entonces de mi tía doña Rita Darío de Alvarado,
a quien su hermano Manuel García, esto es Manuel Darío, único que tenía
en tal ocasión dinero, había hecho donación de sus bienes ¡ah, malhaya!
para que se casase con el cónsul de Costa Rica; mi tía Josefa, vivaz,
parlera, muy amante de la crinolina, medio tocada, quien una vez--el día
de la muerte de su madre--apareció calzada con zapatos rojos, y a las
observaciones y reproches que se le hicieron, contestó que «Las perdices
y las palomitas de Castilla...» ¡Cuando digo que era medio tocada! Mi
tía Sara, casada con un norteamericano, muy hermosa, y cuya hija mayor
¡oh, Eros! un día, por sorpresa, en un aposento a donde yo entrara
descuidado, me dió la ilusión de una Anadiómena... Y «mi tío Manuel».
Porque don Manuel Darío figuraba como mi tío. Y mi verdadero padre, para
mí, y tal como se me había enseñado, era el otro, el que me había criado
desde los primeros años, el que había muerto, el coronel Ramírez. No sé
por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora con mi
«tío Manuel». La voz de la sangre... ¡qué flácida patraña romántica! La
paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre,
lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su
padre.
Mi tía Rita era la adinerada de la familia. Mi padre, que, como he
dicho, pasaba como mi tío, vivía en casa de su hermana, la cual era
propietaria de haciendas de ganado y de ingenios de caña de azúcar. La
vida en casa de mi tía Rita me ha dejado un recuerdo verdaderamente
singular e imborrable. Esta señora, que era muy religiosa, casada con
don Pedro Alvarado, cónsul de Costa Rica, tenía, como los antiguos
reyes, dos bufones, enanos, arrugados, feos, velazquescos, hombre y
mujer. El se llamaba el capitán Vilches, y la mujer era su madre; pero
eran iguales, completamente, en tamaño, en fealdad, y me inspiraban
miedo e inquietud. Hacían retratos de cera, monicacos deformes, y el
«capitán», que decía ser también sacerdote, pronunciaba sermones que
hacían reir, pero que yo oía con gran malestar, como si fuesen cosas de
brujos.
Los domingos se daban bailes de niños, y aunque mi primo Pedro, señor de
la casa, era el más rico y un excelente pianista en tan corta edad, ya,
con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las
muchachas, por el asunto de los versos. ¡Fidelina, Rafaela, Julia,
Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! recuerdos, recuerdos
suaves.
A veces los tíos disponían viajes al campo, a la hacienda. Ibamos en
pesadas carretas, tiradas por bueyes, cubiertas con toldo de cuero
crudo. En el viaje se cantaban canciones. Y en amontonamiento inocente,
íbamos a bañarnos al río de la hacienda, que estaba a poca distancia,
todos, muchachos y muchachas, cubiertos con toscos camisones. Otras
veces eran los viajes a la orilla del mar, en la costa de Poneloya, en
donde estaba la fabulosa peña del Tigre. Ibamos en las mismas carretas
de ruedas rechinantes, los hombres mayores a caballo; y al pasar un río,
en pleno bosque, se hacía alto, se encendía fuego, se sacaban los pollos
asados, los huevos duros, el aguardiente de caña y la bebida nacional,
llamada «tiste», hecha de cacao y maíz, y se batía en jícaras con
molinillo de madera. Los hombres se alegraban, cantaban al son de la
guitarra y disparaban los tiros al aire y daban los gritos usuales,
estentóreos y alternativos, muy diferentes del chivateo araucano. Se
llegaba al punto terminal y se vivía por algunos días bajo enramadas
hechas con hojas, juncos y cañas verdes, para resguardarse del tórrido
sol. Iban las mujeres por un lado, los hombres por el otro, a bañarse en
el mar, y era corriente el encontrar de súbito, por un recodo el
espectáculo de cien Venus Anadiómenas en las ondas. Las familias se
juntaban por las noches y se pasaba el tiempo bajo aquellos cielos
profundos, llenos de estrellas prodigiosas, jugando juegos de prendas,
corriendo tras los cangrejos, o persiguiendo a las grandes tortugas
llamadas _paslamas_, cuyos huevos se sacan cavando en los nidos que
dejan en la arena.
Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba, solitario, con
mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces, a mirar cosas, en el
cielo, en el mar. Una vez vi una escena horrible, que me quedó grabada
en la memoria. Cerca de una yunta de bueyes, a orillas de un pantano,
dos carreteros que se peleaban echaron mano al machete, pesado y filoso,
arma que sirve para partir la caña de azúcar, y comenzaron a esgrimirlo;
y de pronto vi algo que saltó por el aire. Eran, juntos, el machete y la
mano de uno de ellos.
Por las tardes y las noches paseaban, a caballo o a pie, vociferando,
hombres borrachos. Los soldados, descalzos y vestidos de azul, se los
llevaban presos. Cuando la luna iba menguando, retornaban las familias a
la ciudad.