IV

En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Eran un

_Quijote_, las obras de Moratín, _Las Mil y una noches_, la Biblia, los

_Oficios_, de Cicerón, la _Corina_, de Madame Staël, un tomo de comedias

clásicas españolas, y una novela terrorífica, de ya no recuerdo qué

autor, _La Caverna de Strossi_. Extraña y ardua mezcla de cosas para la

cabeza de un niño.

V

¿A qué edad escribí mis primeros versos? No lo recuerdo precisamente,

pero ello fué harto temprano. Por la puerta de mi casa--en las Cuatro

Esquinas--pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa

famosa: «Semana Santa en León y Corpus en Guatemala»--; y las calles se

adornaban con arcos de ramas verdes, palmas de cocotero, flores de

corozo, matas de plátanos o bananos, disecadas aves de colores, papel de

China picado con mucha labor; y sobre el suelo se dibujaban alfombras

que se coloreaban, expresamente, con serrín de rojo brasil o cedro, o

amarillo «mora»; con trigo reventado, con hojas, con flores, con

desgranada flor de «coyol». Del centro de uno de los arcos, en la

esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la

procesión del Señor del Triunfo, el Domingo de Ramos, la granada se

abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he

podido recordar ninguno... pero si sé que eran versos, versos brotados

instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fué en mi

orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces--y creo que

aun persiste--la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros,

«epitafios», en que los deudos lamentan los fallecimientos, en verso por

lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese

su duelo en estrofas.

A todo esto, el recuerdo de mi madre había desaparecido. Mi madre era

aquella señora que me había acogido. Mi «padre» había muerto, el coronel

Ramírez. A tal sazón llegó a vivir con nosotros, y a criarse junto

conmigo, una lejana prima, rubia, bastante bella, de quien he hablado en

mi cuento _Palomas blancas y garzas morenas_. Ella fué quien despertara

en mí los primeros deseos sensuales. Por cierto que, muchos años

después, madre y posiblemente abuela, me hizo cargos: «¿Por qué has dado

a entender que llegamos a cosas de amor, si eso no es verdad?»--«¡Ay! le

contesté, ¡es cierto! Eso no es verdad, ¡y lo siento! ¿No hubiera sido

mejor que fuera verdad y que ambos nos hubiéramos encontrado en el mejor

de los despertamientos, en la más ardiente de las adolescencias y en las

primaveras del más encendido de los trópicos?...»

Mi familia se componía entonces de mi tía doña Rita Darío de Alvarado,

a quien su hermano Manuel García, esto es Manuel Darío, único que tenía

en tal ocasión dinero, había hecho donación de sus bienes ¡ah, malhaya!

para que se casase con el cónsul de Costa Rica; mi tía Josefa, vivaz,

parlera, muy amante de la crinolina, medio tocada, quien una vez--el día

de la muerte de su madre--apareció calzada con zapatos rojos, y a las

observaciones y reproches que se le hicieron, contestó que «Las perdices

y las palomitas de Castilla...» ¡Cuando digo que era medio tocada! Mi

tía Sara, casada con un norteamericano, muy hermosa, y cuya hija mayor

¡oh, Eros! un día, por sorpresa, en un aposento a donde yo entrara

descuidado, me dió la ilusión de una Anadiómena... Y «mi tío Manuel».

Porque don Manuel Darío figuraba como mi tío. Y mi verdadero padre, para

mí, y tal como se me había enseñado, era el otro, el que me había criado

desde los primeros años, el que había muerto, el coronel Ramírez. No sé

por qué, siempre tuve un desapego, una vaga inquietud separadora con mi

«tío Manuel». La voz de la sangre... ¡qué flácida patraña romántica! La

paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre,

lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ese es su

padre.

Mi tía Rita era la adinerada de la familia. Mi padre, que, como he

dicho, pasaba como mi tío, vivía en casa de su hermana, la cual era

propietaria de haciendas de ganado y de ingenios de caña de azúcar. La

vida en casa de mi tía Rita me ha dejado un recuerdo verdaderamente

singular e imborrable. Esta señora, que era muy religiosa, casada con

don Pedro Alvarado, cónsul de Costa Rica, tenía, como los antiguos

reyes, dos bufones, enanos, arrugados, feos, velazquescos, hombre y

mujer. El se llamaba el capitán Vilches, y la mujer era su madre; pero

eran iguales, completamente, en tamaño, en fealdad, y me inspiraban

miedo e inquietud. Hacían retratos de cera, monicacos deformes, y el

«capitán», que decía ser también sacerdote, pronunciaba sermones que

hacían reir, pero que yo oía con gran malestar, como si fuesen cosas de

brujos.

Los domingos se daban bailes de niños, y aunque mi primo Pedro, señor de

la casa, era el más rico y un excelente pianista en tan corta edad, ya,

con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las

muchachas, por el asunto de los versos. ¡Fidelina, Rafaela, Julia,

Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! recuerdos, recuerdos

suaves.

A veces los tíos disponían viajes al campo, a la hacienda. Ibamos en

pesadas carretas, tiradas por bueyes, cubiertas con toldo de cuero

crudo. En el viaje se cantaban canciones. Y en amontonamiento inocente,

íbamos a bañarnos al río de la hacienda, que estaba a poca distancia,

todos, muchachos y muchachas, cubiertos con toscos camisones. Otras

veces eran los viajes a la orilla del mar, en la costa de Poneloya, en

donde estaba la fabulosa peña del Tigre. Ibamos en las mismas carretas

de ruedas rechinantes, los hombres mayores a caballo; y al pasar un río,

en pleno bosque, se hacía alto, se encendía fuego, se sacaban los pollos

asados, los huevos duros, el aguardiente de caña y la bebida nacional,

llamada «tiste», hecha de cacao y maíz, y se batía en jícaras con

molinillo de madera. Los hombres se alegraban, cantaban al son de la

guitarra y disparaban los tiros al aire y daban los gritos usuales,

estentóreos y alternativos, muy diferentes del chivateo araucano. Se

llegaba al punto terminal y se vivía por algunos días bajo enramadas

hechas con hojas, juncos y cañas verdes, para resguardarse del tórrido

sol. Iban las mujeres por un lado, los hombres por el otro, a bañarse en

el mar, y era corriente el encontrar de súbito, por un recodo el

espectáculo de cien Venus Anadiómenas en las ondas. Las familias se

juntaban por las noches y se pasaba el tiempo bajo aquellos cielos

profundos, llenos de estrellas prodigiosas, jugando juegos de prendas,

corriendo tras los cangrejos, o persiguiendo a las grandes tortugas

llamadas _paslamas_, cuyos huevos se sacan cavando en los nidos que

dejan en la arena.

Yo me apartaba frecuentemente de los regocijos, y me iba, solitario, con

mi carácter ya triste y meditabundo desde entonces, a mirar cosas, en el

cielo, en el mar. Una vez vi una escena horrible, que me quedó grabada

en la memoria. Cerca de una yunta de bueyes, a orillas de un pantano,

dos carreteros que se peleaban echaron mano al machete, pesado y filoso,

arma que sirve para partir la caña de azúcar, y comenzaron a esgrimirlo;

y de pronto vi algo que saltó por el aire. Eran, juntos, el machete y la

mano de uno de ellos.

Por las tardes y las noches paseaban, a caballo o a pie, vociferando,

hombres borrachos. Los soldados, descalzos y vestidos de azul, se los

llevaban presos. Cuando la luna iba menguando, retornaban las familias a

la ciudad.

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 7 / 123 题