III

Se me hacía ir a una escuela pública. Aun vive el buen maestro, que era

entonces bastante joven, con fama de poeta, el licenciado Felipe Ibarra.

Usaba, naturalmente, conforme con la pedagogía singular de entonces, la

palmeta, y, en casos especiales, la flagelación en las desnudas

posaderas. Allí se enseñaba la cartilla, el Catón cristiano, las «cuatro

reglas», otras primarias nociones. Después tuve otro maestro, que me

inculcaba vagas nociones de aritmética, geografía, cosas de gramática,

religión. Pero quien primeramente me enseñó el alfabeto, mi primer

maestro, fué una mujer, doña Jacoba Tellería, quien estimulaba mi

aplicación con sabrosos pestiños, bizcotelas y alfajores que ella misma

hacía, con muy buen gusto de golosinas y con manos de monja. La maestra

no me castigó sino una vez, en que me encontrara, ¡a esa edad. Dios mío!

en compañía de una precoz chicuela, iniciando, indoctos e imposibles

Dafnis y Cloe, y, según el verso de Góngora, «las bellaquerías, detrás

de la puerta.»

Autobiografía Obras Completas Vol. XV · 第 6 / 123 题