de las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias
y hermosas calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente
vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo
garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como
el rayo, y se detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza
á abrazar las riendas. Los balcones ostentan cuanto hay en la Capital
de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo, esparcido por las
calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversion
tan de su gusto.
Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas,
de caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces
y pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados
menos ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la
noche, mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece
poco al que desea llevar una _cumarracha_.
Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve
á presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien
enjaezado; por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y
económicas _banastas_ reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de
lienzo al rico dorman de paño, que es el vestido que mas usan los que
corren á aquella hora. Poco importa que el animal sea de _primera_
casta, ó un descarnado _platanero_, que no por esto queda sin correr,
sino que lleva su ginete, y quizás por añadidura una de aquellas
morenitas capaces de hacer bailar la _jurga_ á un magistrado del tiempo
de Cárlos tercero.
En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que
presta el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir
perfectamente las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una
hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos,
á veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila á todo
correr, y con los de la acera opuesta; pero el centro comun de estas
agudezas, el teatro de escenas mas animadas, el punto de reunion de la
gente de broma, es el atrio de la Catedral, llamado en aquellos dias
_Balcon de los arrancados_.
El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por
los corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar
espacioso, de poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este
sitio la preferencia; reuniéndose en él una especie de tribunal, que
juzga la bondad de los caballos, y se encarga de aplaudir á los
bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente á los flacos y pesados;
llamándoles _chalungos_, _chongos_, _chacuecos_, _sancochaos_, y otros
mil adjetivos que tienen los inteligentes, uniéndolos á las frases mas
chistosas y oportunas.
Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S.
Juan B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de
S. Juan y S. Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música
militar ejecuta varias piezas en la plaza de armas, rodeada de todos
los corredores, que de allí van á descansar sus doloridas y magulladas
humanidades.
Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no
sucede donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas,
de noche y en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas
esto que á primera vista no tiene réplica, es un reparo que causaria
risa á mas de un corredor; porque la claridad del alumbrado, la
anchura, rectitud, limpieza y hermoso empedrado de las calles, la
bondad de los caballos, y sobre todo la suma destreza de los naturales,
hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian inevitables.
No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas
que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis
paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun
se me tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya
en toda la Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á
caballo es para aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en
los campos, donde apenas puede hacerse una diligencia ó visita, y en
algunas épocas ni salir de casa á pié, por el agua de las lluvias y por
otras causas que juiciosa y oportunamente cita el mismo autor.
Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he
calificado antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos
aquellos que se tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que
menos ofenda á la moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra
de ella, no es culpa de la costumbre, sino abandono de parte de los que
estando al frente de una familia, debieran impedirlo, cuidando de ella
como es su deber. En cuanto á las espresiones que se oyen alguna vez,
¿qué sucede en las plazas de toros, en el entierro del Carnaval, y en
todas las fiestas á que concurren y en que se mezclan todas las clases
de la sociedad?
La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo
dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el
bien que de ello sacaria el país.
Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de
grande utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país
donde por el estado de los caminos son tan necesarios estos animales;
en un país de donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que
la cria es casi nula, ya que tenemos tan escelente raza de caballos,
¿porqué no estimular á los labradores? ¿porqué no ensayar algun medio
para introducir este nuevo ramo de comercio?
Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las
principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo
que pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el
premiar el caballo que corra mas en media hora, no es, como nota
muy bien nuestro festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza:
además, aquello de que el mismo dueño no monte su caballo, sino que
sea un _Yokey_, aunque muy bueno para las capitales de Europa, lo
juzgo inoportuno y hasta ridículo en mi país; y así otras muchas cosas
que, atendida la diversidad de costumbres, fuera errado el querer
trasplantar.
Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y
aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos
deseos, y que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.
Que esta junta, presidida por la autoridad superior, ú otra que esta
nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos
para señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de
darse:
1.º A la mejor yegua de vientre.
2.º Al caballo mas ligero.
3.º Al mas bien domado y enseñado.
4.º Al mas corpulento y de mas fuerza.
5.º Al de mejor estampa.
Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo
verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios,
en cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.
Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo
premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para
dichas en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.
Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas,
y utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que
todo empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á
perfeccionarlo todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar
este medio, en estremo económico, de premiar al hacendado laborioso, y
distraer al pobre jornalero.
No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi
idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos
del país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza
caballar; habrá muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos
me aventajen en acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien
y la prosperidad de Puerto-Rico.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XVII.
EL PÁJARO MALO.
[Illustración]
Si el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de
Puerto-rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de
_Quebrada-arenas_, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy
fértil, regado por el rio Cañas y la _Quebrada-arenas_, y sembrado de
infinidad de árboles, algunos de los cuales, situados á la orilla del
camino, sirven de dia para guarecerse el viajero de los ardores del
sol, y mienten de noche fantásticas apariciones que asustan á mas de un
supersticioso.
Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos
de la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy
negros y relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan
general en los criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra
raza, montaba un hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles
seguian de continuo la direccion del menor ruido causado por el aire,
ó de cualquier objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna
menguante que acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas
atléticas, y vestido con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela
blanca, iba sobre un alazan, que sino igualaba en la casta al caballo
de su jóven amo, llevaba no poca carga sin dar la menor señal de
flaqueza.
--Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas
cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.
--Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el
piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.
--Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.
--¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque pasara
quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte
años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.
--Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de
mofa: ¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias
enredadas?
--Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi
mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque
ella me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.
--Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo
nací, tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido
antes de estar autorizados para ello.
--Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera
dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de
llorar, que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del
prójimo?
--¿Con que entonces no te echaba pullas?...
--_La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de
leguas mas arriba de las estrellas_, gritó el mulato, interrumpiendo á
su amo.
En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado
algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera,
que hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se
habia quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.
¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado
¿Á qué vienen esos gritos?
--Niño, no son majaderías; he oido cantar al _pájaro malo_.
--Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?
--_La cruz de Nazareno te caiga debajo_, repitió de nuevo el esclavo;
añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?
En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron
á los oidos de los viajeros.
--Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si
ha cantado, contéstale tú con una copla de _cadenas_, de aquellas que
sabes improvisar.
--Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me dan
tanto miedo.
--Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por
los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no
conocia, y que ha reñido con tres negros _cimarrones_ á la vez, tenga
temor por esos cuentos de viejas.
--No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que
hemos pasado ahora.
--¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?
--Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en
donde está, no me haria esa pregunta.
--Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es
costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios
por su alma.
--Pues hay mas que eso.
--Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de
verdadero.
--Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez,
que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.
--Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y
entretendremos un rato el camino.
--Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la _Jagua_ un
mozo de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio
Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente
de Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba
encaramado sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado
cuando lo volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á
proporcion, y tenia mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia
aguantar su genio; á los doce años hirió á un hermano suyo, y á los
diez y ocho levantó la mano á su padre, que aunque hubiera sido para él
un extraño, no merecia semejante injuria, porque todos le teníamos por
el hombre mejor del mundo. El pobre viejo sufrió con mucha paciencia
los golpes de su hijo, y cuando se vió libre de él, arrodillándose en
medio del soberado levantó las manos al cielo diciendo: ¡Dios mio!
perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de hacer conmigo.
Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados
de lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de
cumplirse, éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para
ir á bailar á _Furabo_: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron
hasta las tres de la madrugada sin que nada les sucediese. Al salir
se juntaron con otro conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino
conversando alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas,
que habian de atravesar, oyeron cantar al _pájaro malo_. El endiablado
de Goyo se echó á reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa
por cuatro granos de sal; y no faltes, que te espero.» En este momento
la sombra del pájaro se pintó en el suelo delante de él; y á pesar de
que queria hacerse el guapo, le dió un temblor tan fuerte, que apenas
podia dar un paso. Los otros dos, que tenian tanto miedo como él, le
echaron en cara su locura en desafiar al poder del _malo_; mas él,
recobrando su malvado valor, echó por aquella boca mil pestes sobre
todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.
Al siguiente dia, al _mudar_ una res que nunca habia topado, recibió
de ella una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una
pierna. Su pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los
muchos dias que estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole
en vano que se confesase y comulgase.
Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia
de su casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se
le acababa el dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino
ó á su mismo padre lo que podia, para seguir en tan perjudicial
entretenimiento. Llegó por fin un dia en que nada quedaba al viejo, y
entonces le abandonó, dejándole solo, pues que su hermano habia muerto
poco antes; se fue á vivir con uno que no tenia otro oficio que el
robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que la justicia le echó
mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.
Cumplida la condena, volvió, mas holgazan y mas pícaro que antes, á
unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche
asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la
Ciudad, donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó
sin castigo porque nadie supo quien lo cometió.
A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no
pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana
en el _Barrio de Culebras_ el cadáver del compañero de Goyo cosido á
puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito
de la _Jagua_, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que
ninguno supiera su oficio.
Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió
una noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual
habia perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador
que habia ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar
donde ahora está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas,
hasta que el paso de un caballo le advirtió la proximidad de su nueva
víctima. Ya el otro subia la cuestecita.... no le faltaba mucho......
Goyo tenia el machete empuñado con la mano derecha, y con la zurda
aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que llevava á la pretina, iba á
adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo cantó sobre su cabeza.
--La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y
de repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y
añadió:--Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que
quiere.
--Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus
trampas.
--Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo
tirarlo.
--Allá voy, y despachemos pronto.
Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le
aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y
ya iba á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de
una pistola disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el
canto del pájaro malo respondió desde lejos al grito que dió este al
caer en medio del camino bañado en sangre.
Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvia de una administracion,
acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se
acercó á él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á
un lado, si otra causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante
postura. Se apeó de su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo
le halló todo mojado, latia muy poco el corazon y la respiracion apenas
se sentia. Con mucho trabajo logró incorporarle, ayudado por el hombre
que le acompañaba; mas no pasó un minuto despues de esto cuando el
herido, volviendo en sí, despues de un profundo gemido dijo:
--¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?
--Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno
de sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y
ausiliarle con el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es
posible la salud al cuerpo.
--¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y
conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda; y
lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es
un tejido de crímenes.
--Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser
infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas,
que Dios las perdonará.
--¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco arder
en el infierno?
El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último
se decidió, é iba á comenzar el _Yo pecador_; pero el canto del pájaro
malo le anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.
--Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.
--Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?
--Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?
--Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.
--¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa
preocupacion?
--El moribundo, vencido de nuevo por la persuasion del ministro del
altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los
brazos del confesor.
[Illustración]
Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en
el cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.
--Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que
sea verdad que existe ese pájaro malo?
Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo,
ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal
guiado por el mismo; yo al menos así lo veo.
--Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es
uno cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes
está muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y
malos de la tierra.
Aquí terminó la conversacion de los viajeros, que siguieron callados su
camino.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XVIII.
A MI BUEN AMIGO
D. PABLO SAEZ.
[Illustración]
Seguidillas.
Verás que seguidillas,
Amigo Pablo,
Que peor no las canta
Ni el mismo Diablo.
Vaya pues una,
Como esta serán todas,
Buena ninguna.
Cuando miro los ojos
De mi morena,
De tanto que me gustan
Me causan pena;
Porque quisiera
Tan de cerca mirarlos
Que no los viera.
* * * * *
Me gustan las morenas
Por el salero,
Y tambien por las blancas,
De amor me muero.
Si son bonitas,
Lo mismo me da rubias
Que morenitas.
* * * * *
Porque un beso la pido
Se irrita Clara,
Y en un mes no me mira
Con buena cara.
Será preciso
Besarla cuando pueda
Sin su permiso.
* * * * *
Si quieres que te engorden
Las pantorrillas,
Baila chica á menudo
Las seguidillas.
Y aun mas subiera;
Pero temo que alguno
Me grite: ¡Fuera!
* * * * *
Tiene Paca unos dientes
De tal blancura,
Que á su lado la nieve
Parece oscura.
¡Jesus que hechizo!
Dios bendiga al dentista
Que se los hizo.
* * * * *
Un médico y un cura
Pasean juntos
Repasando la lista
De sus difuntos.
Y el boticario
Les sigue de bracete
Con el notario.
* * * * *
Me dijo un guapo mozo
De Andalucía
Que en Cádiz las estrellas
Salen de dia.
Y no me admira,
Que quien dijo andaluces,
Dijo mentira.
* * * * *
Basta de seguidillas,
Pablo querido;
Tú siempre sigues gordo,
Yo consumido.
Y ande la danza,
Yo seré Don Quijote,
Tú Sancho Panza.
[Illustración]
ESCENA XIX.
REFLESSIONES
SOBRE EL
ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,
CELEBRADA POR
LA SOCIEDAD ECONÓMICA
DE
Amigos del País de Puerto-Rico[7]
en
El dia 21 de diciembre de 1845.
[Illustración]
[7] En 1846 escribimos para el _Cancionero de Borinquen_ este artículo,
persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos
los estudios comprendidos en el proyectado _Colegio Central_; mas hoy
que un estudio mas detenido acerca del estado de nuestra patria nos
ha convencido que viviamos en el error, pensamos de muy diverso modo,
conforme se habrá visto en varias de las precedentes escenas de nuestra
obra.
Fué grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta
pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que
sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una
corporacion que no
cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que
la buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de
Puerto-rico y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un
noble orgullo en pertenecer á un cuerpo que se desvela por ella, y que
está destinado á elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias,
las artes y la industria, cuando se introducen en un país, se protegen
y se estimulan.
Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles,
que fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que
no hay ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas
parecen fabulosas, si se comparan con los medios de que puede
disponer. Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual
mas importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que
hará inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la
paternal y generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han
tenido tal pensamiento: esta obra es el Colegio Central.
Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia
hecho una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr.
Director, en su discurso pronunciado en la que se celebró el 21
de diciembre de 1845, manifestaba ya haber reunido una cantidad
respetable, producto de una suscripcion abierta en los pueblos de
la Isla y encabezada por la misma autoridad superior: la comision
nombrada por el Gobierno para dirigir este asunto ha salido del seno
de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es obra de uno de sus
individuos.