conociendo la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado
á Europa á su costa dos jóvenes del país sobresalientes y de
conducta irreprehensible, para que, en union de otros dos, no menos
recomendables y cuyos gastos corren á cargo de un Sr. socio de mérito,
estudien las ciencias naturales y métodos de enseñanza para escuelas
normal é industrial y salas de párvulos[8].
[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el
canónigo Dr. don Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido
á Europa estos y los enviados por la Sociedad.
Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la
importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos
de riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al
ocuparse principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias
naturales, que debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de
la inteligencia y buenos deseos que la animan.
La química, la mineralogía, la agricultura y la botánica son
indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de
minerales, y cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la
cria del ganado constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que
es preciso confesar que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la
diferencia que habrá en el cultivo de las tierras, cuando el estudio de
las ciencias naturales pueda aplicarse á la labranza
y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria,
desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al
estudio de dichas ciencias!
Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas
se disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos
propietarios emplearán en aquel grandes caudales, que ahora
invierten en otros países! ¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias,
se emprenderán, que estan olvidadas por la falta de medios de
comunicacion! Son incalculables los beneficios que reportará el país
si llega á establecerse el Colegio central: la unidad en el método de
enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con trage de maestros
engañen á los padres de familia entorpeciendo á los jóvenes, y las
salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases pobres
toda la instruccion que puedan apetecer.
Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno,
como es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del
País en su noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden,
como hasta aquí, con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres
dignos de la obra que han emprendido y de la gratitud de todos los
puerto-riqueños.
Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las
facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas
aun sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de
hacerlo, porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento
del Colegio central se compone de personas cuya ilustracion es bien
conocida, y cuyo voto es para nosotros muy respetable y de mas valor
que el nuestro mismo; además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito
sobre el particular el Dr. D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de
Carpegna? Solo suscribirémos con el mayor placer á cuanto determinen,
para dar un público, aunque muy pequeño, testimonio de gratitud á la
Junta, á la Sociedad Económica y á la autoridad que, conociendo los
intereses del país, protege esa tendencia á la civilizacion que en él
se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.
Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios
incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde
hasta ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros
estudios no estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza
el decirlo, porque ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla.
La civilizacion es obra del tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado
antes de llegar á la época conveniente.
Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la
hora dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del
ingenio, elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros
bienhechores. No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de
ver colmados sus deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su
obra, y por el tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.
Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos;
y cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus
nobles corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros
hijos: «Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar
el peso de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el
edificio de la felicidad y gloria de Puerto-rico.»
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XX.
SONETO
Dedicado á mi apreciable amigo
DON PABLO SAEZ.
[Illustración]
El Puerto-Riqueño.
Color moreno, frente despejada,
Mirar lánguido, altivo y penetrante,
La barba negra, pálido el semblante,
Rostro enjuto, naríz proporcionada,
Mediana talla, marcha compasada;
El alma de ilusiones anhelante,
Agudo ingenio, libre y arrogante,
Pensar inquieto, mente acalorada,
Humano, afable, justo, dadivoso,
En empresas de amor siempre variable,
Tras la gloria y placer siempre afanoso,
Y en amor á su patria insuperable:
Este es, á no dudarlo, fiel diseño
Para copiar un buen Puerto-riqueño.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XXI.
LA LINTERNA MÁGICA.
[Illustración]
Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de
contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con
que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar
objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos
de llamar su atencion; así no es estraño hallarme con tamaña boca
abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa
contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís
XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con
una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle,
estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de
disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon
de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros
mandados por don Juan de Áustria.
[Illustración]
Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy
concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas
apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado
sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el
frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada
uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos
á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras
un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio
como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:
--Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de
la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede
proporcionarles.
[Illustración]
--Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad
de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de
morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la
isla del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la
luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del
Preste Juan de las Indias.
Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el
cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba
mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo
rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros
despropósitos:
--Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al
año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos,
y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion
de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera
habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que
ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los
demás de él.
Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que
en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y
mentiras.
--Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de
cierta obrita en cierto país que yo sé.
--Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula _El Gíbaro_
y V. es el autor.
Quedéme pasmado, y él añadió:
--No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone
V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir
esta noche á mi casa.
En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca
de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi
pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de
pito y tamboril.
--Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.
Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás
del cual se metió el asqueroso muchacho.
--¿Estás ya listo?
--Sí señor, ya estoy dentro.
--Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de
magnetizador.
--Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro:
los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que
malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde
está el mérito y donde las faltas.
--Bueno, muchacho; y ¿qué mas?
--Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que
negro.
--Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
--Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
--Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice,
la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
--Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una
persona que conocen.
--Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que
aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y
no crean tan bajo al autor.
--Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el
uno dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.
--Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de
servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos
que ¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el
perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian;
finalmente dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que
discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.
--Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito
contra esos señores, que deben ser hombres de talento.
Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando
en lo que habia oido.
Al dia siguiente fuí á buscar al charlatan para que me dijera como
habia sabido todo aquello de ser yo el autor del _Gíbaro_.
--Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde imprimen
la obrita, allí le ví á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió uno
de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella
formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma
la misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.
¡Dichoso yo! esclamé cuando me ví lejos de aquella buena pieza, dichoso
yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en
Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris,
ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren
capaz de copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus
defectos, ni majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas
instruidas y juiciosas que me tienen por templado, cual conviene al
escritor de costumbres, y ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas
ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque
carezco tambien del mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que
estoy cierto de que al concluir de leer este libro dirán mis paisanos
lo que yo dije al comenzarle: _Es el fruto de muchas horas robadas al
sueño y al descanso de una profesion noble y santa á que se dedica._
[Illustración]
INDICE
DE LAS ESCENAS CONTENIDAS EN ESTA OBRA.
_Pág._
PROLOGO 7
ESCENA I. Espíritu de provincialismo 9
-- II. El Bando de S. Pedro 21
-- III. Reflecsiones sobre instruccion pública 34
-- IV. Un casamiento gíbaro 49
-- V. Bailes de Puerto-rico 55
-- VI. El Baile de garabato 69
-- VII. La Gallera 77
-- VIII. Una pelea de gallos 87
-- IX. Escritores Puerto-riqueños.--D. Santiago Vidarte 94
-- X. Los sabios y los locos en mi cuarto 109
-- XI. La fiesta del Utuao 122
-- XII. Aguinaldos 128
-- XIII. A mi respetable amigo el Sr. D. Francisco Vasallo; en
contestación á una carta suya 137
-- XIV. Un desengaño 141
-- XV. A mi amigo D. Miguel Delgado 160
-- XVI. Carreras de S. Juan y S. Pedro 164
-- XVII. El pájaro malo 175
-- XVIII. A mi buen amigo D. Pablo Saez 185
-- XIX. Reflecsiones sobre el acta de la Junta pública 190
-- XX. Soneto dedicado á mi apreciable amigo D. Pablo Saez 196
-- XXI. La linterna mágica 198
FIN.