á los cincuenta, que esplican en un momento como está toda la tierra,
y que hablan tan bien como un predicador; pregúntenles Vds. si saben
de que clase es el terreno de su _estancia_; qué hay que hacer para
sembrar y cosechar una _tala_, y miren si sus manos de mujer podrán
nunca manejar la reja del arado. Frescos estaríamos si los labradores
fueran de esa clase de señores; no hay duda que ayunaríamos todo el
año. Nada, nada, yo quiero que mis hijos sigan el mismo camino que yo,
que aprendan á trabajar, que el oficio de caballero es mucho mas fácil,
y que no se rian de mí porque sepan mas de lo que yo alcanzo.
Díganme Vds. si despues de haberme escuchado se ha desvanecido toda
aquella tramolla de mi compadre, que no parece estar satisfecho, pues
que le veo sonreir. Vamos, Señor cura, ¿cuál de los dos tiene razon?
Aguardo con impaciencia el que V. hable para ver como convence á ese
hombre, que tiene la cabeza mas dura que un _granadillo_.
--Señores, dijo el Sacerdote, á mi entender los dos estan animados
del mejor deseo, en los dos se conoce el cuidado de un buen padre por
el porvenir de sus hijos, y no puedo menos que felicitar á entrambos
por ese anhelo santo y noble que manifiestan; sin embargo, espero
aprovecharán algunas observaciones que les haré en obsequio de esos
mismos hijos que tanto aman, y en cumplimiento de un deber que me
impone mi carácter de guia y pastor de mis feligreses: observaciones
que son el fruto de la esperiencia de no pocos años empleados en
predicar el Evangelio en diversas regiones de la tierra y de algunos
estudios hechos con el fin de ser útil á mi rebaño.
Ante todo he notado que al hablar de la felicidad, decia el uno que
consistia en el mayor grado de instruccion, y el otro en no tener
mas de la que recibieron nuestros padres; esto no es ecsacto en
ninguna manera, pues todos los dias vemos en las dos clases hombres
muy desgraciados, al lado de otros que se creen muy dichosos. La
tranquilidad de la conciencia es la única dicha de esta vida, el hombre
que puede acostarse por la noche diciendo: «en todo el dia no he hecho
nada de que deba avergonzarme ante los ojos de Dios, que estan ahora
fijos sobre mí,» aquel es el hombre feliz, y como esto nos lo enseña
el Evangelio, es preciso ante todo conocer sus preceptos, siempre
sublimes, siempre divinos, siempre en armonía con nuestro ser: de aquí
la necesidad de una buena educacion moral que sirva de base á todas
las demás; mientras se olvide esta, puede un hombre ser rico, sabio,
poderoso; pero nunca feliz.
[Illustración]
Debe no descuidarse tampoco la educacion física, que dá á nuestro
cuerpo el vigor necesario á la practica de las virtudes, y que
alargando nuestra ecsistencia, alarga tambien el tiempo que podemos
emplear en honra de Dios y ayuda de nuestros semejantes; un alma grande
no puede á veces mostrarse tal por la flaqueza del cuerpo. ¿Cómo
podria la Religion estenderse desde los hielos del polo hasta el fuego
de los trópicos sin hombres llenos de fé y al mismo tiempo capaces
de resistir al rigor de tan opuestos climas? Pero dejemos estas dos
clases de educacion, de que nada han dicho los Sres., y pasemos á la
intelectual, que parece ser su caballo de batalla, y tampoco han sido
mis amigos muy ecsactos al apreciarla, pues que el uno la rechaza
completamente, y el otro la reduce á los estrechos límites de las
carreras científicas; examinemos las razones de uno y otro por el mismo
órden en que las han espuesto.
Resalta en lo dicho por el primero el error trascendental de querer
imponer á dos niños que apenas tienen uso de razon la pesadísima carga
de una profesion elegida por su padre antes de la época en que pudieran
ellos inclinarse á alguna que fuese de su gusto; error muy grave, que
inutilizaria las mejores disposiciones que quizá tengan para otros
ramos del saber, y que haria un médico ó un abogado medianos cuando
mas, del que debió ser un gran agricultor ó ingeniero. Dése á un
niño la enseñanza primaria, y mientras la recibe obsérvense atenta y
cuidadosamente sus acciones, márquense bien los rasgos de su carácter,
y no tardará en conocerse su inclinacion. A esto puede argüirse, que no
todos los padres tienen la penetracion y conocimientos necesarios para
hacer este delicado ecsámen: enhorabuena; pero ¿acáso falta á quien
consultar en este caso? ¿No hay un cura en la poblacion que repita
las palabras del Redentor, _dejad que los niños se acerquen á mi_?
Y ¿acercándose estos para oir de la boca del pastor la doctrina del
divino Maestro, podrán ocultar por mucho tiempo sus nacientes virtudes
ó flaquezas al que emplea su vida en alentar las primeras y corregir
perdonando las segundas? Consúltese á un amigo en quien se reconozca
superioridad, mas nunca se imponga, á costa de penosos sacrificios, un
deber á aquel que no pudo aceptarlo. La celebridad no se adquiere por
el rango de la profesion, sino por la altura á que llega el hombre en
cualquiera de ellas: el nombre de algunos modestos artesanos á pasado á
la posteridad, mientras ha perecido, ó mejor nunca vivió, el de muchos
Doctores y Licenciados.
[Illustración]
Envidiable es la dicha de un padre que ve honradas sus canas con la
buena reputacion de su hijo, y hasta cierto punto seria disculpable
en él el sentimiento de orgullo de que se halla poseido, sino hubiera
espuesto á un estravío los talentos de ese mismo hijo que tanto le
complace ver brillar: en una palabra; el hijo debe elegir y el padre
guiar, y nada mas que guiar.
La idea de que la instruccion no debe adelantar en una familia, sino
trasmitirse igual de unos en otros descendientes, es fatal para los
mismos, y aun mas para el país; hace algunos años que bastaba saber muy
poco para vivir y hacerse rico; ¿sucederá lo mismo en adelante? No por
cierto, y voy á demostrarlo.
Hace treinta ó cuarenta años que las necesidades eran infinitamente
menores que en el dia: bastaban á un propietario una chaqueta y unos
zapatos para ir completamente equipado; un vestido de _sarasa_ era
un vestido de baile, unos pendientes se heredaban, y una mantilla
duraba toda la vida: aumentóse la poblacion, se repartió mas la
propiedad, abriéronse caminos, y todo cambió de aspecto; el hacendado
que ganaba treinta y gastaba diez, se vió obligado á gastar cuarenta,
y necesariamente se arruinó, ó tuvo que recurrir á nuevos medios de
cultivar y elaborar los frutos de su hacienda; y aquí tienen Vds.
porque antes era una gran cosa el tener un _trapiche de tambor_ movido
por bueyes, y ahora vemos en la Isla emplearse hasta el vapor en los
_ingenios_ de azúcar. Los adelantos de este ramo de la agricultura
alcanzarán en breve á todos los demás, y llegarémos á ver que se
emplean para la cosecha del café, algodon, etc. medios que se comienzan
ya á ensayar con buen écsito: el que conozca y sepa utilizar estos
medios tendrá sobre el que ignore su ecsistencia ó los crea inútiles,
la ventaja de obtener mejores resultados en menos tiempo y con
menor trabajo; de lo cual resulta que la agricultura, en vez de ser
rutinaria, será, como debe ser, un ejercicio noble y que requiera su
instruccion particular.
Ocúrrense desde luego las preguntas siguientes, que puede hacer un
labrador: ¿Y dónde recibirán los jóvenes esa instruccion sin apartarlos
de nuestro lado? ¿Todos los labradores debemos desterrar á nuestros
hijos por cierto número de años, para que vuelvan despues llenos de
teorías y sin la costumbre del trabajo? La contestacion es siguiente:
si los labradores supieran leer tendrian aficion á la lectura, y
leyendo hubieran hallado el modo de salvar esos inconvenientes. No
hay escuelas de agricultura en el país, es cierto: y ¿porqué no las
hay? porque los labradores, contentándose con _saber gobernar_ á su
manera _su casa y_ reduciéndose á _su pueblo sin cuidarse de lo que
pasa en los demás_, han fomentado el egoismo, que es la muerte de todo
progreso; porque, encerrados en tan estrechos límites, no han pensado
en reunirse á los comerciantes y á los industriales y artesanos para
pedir al Gobierno la creacion de establecimientos de esta clase de
enseñanzas, muy mas útiles al país que la rutina, que con algunas
escepciones, es la pauta que en él se sigue todavía.
No teman los padres que sus hijos les tengan en menos siendo mas
instruidos; no se descuide la educacion moral, y los conocimientos
adquiridos despues y fundados en ella formarán hombres útiles á su
patria, y que siempre bendigan al autor de sus dias. En resúmen no
olvidar jamás un padre cuando piense en sus hijos estas palabras:
Educacion moral.
[Illustración]
Educacion física.
Educacion intelectual.
Libertad en la eleccion de carrera.
Igualdad de las profesiones respecto de su utilidad.
Vigilancia continua, sobre todo en los primeros pasos de la juventud.
Firmeza y abnegacion.
--Señor Cura, dijo el Mercader, ¡cuánto me alegro de haber oido á V.!
desde ahora me pongo en sus manos y le confio el porvenir de mis hijos.
--Pues yo, añadió el labrador, me mantengo en mis trece sin que sea
ofender á nadie.
--Nada de eso; otro dia veré si logro convencer á V. que por hoy harto
he logrado, y cuando no, no será culpa de mi voluntad, sino de mi poco
saber.
Despidiéronse, y cada uno se retiró á su casa, pensando en lo que habia
dicho el prudente sacerdote.
II.
Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda
del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y
mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos
compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda
clase de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y
azúcar: cinco dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo
diario, y muchas veces no salian del escritorio hasta entrada la noche;
un jóven de veinte y seis años, vestido con camisa de fina tela,
pantalon blanco y chaqueta del mismo color, estaba repasando á la
luz de un velon puesto sobre su pupitre la factura de un cargamento,
que habia llegado aquel dia en un buque de la casa, y un anciano lo
miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una espresion de cariño y
complacencia imposibles de pintar; paseábase procurando hacer el menor
ruido posible á fin de no distraer al jóven, y deteníase á veces cerca
de él como aguardando á que concluyera para decirle alguna cosa. Por
último llegó este al término de su lectura, tomó algunas notas, guardó
los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon, y se dirigió al
anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:
--Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana,
y concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de
comer: eso es demasiado.
--Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el
negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?
--¡Que sé yo, hijo mio! ya no me atrevo á echar cálculos de esta clase,
desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos
valdria el negocio de la casa de Hamburgo.
--Efectivamente, no se equivocó V. mucho.
--No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos
seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once
mil; pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada
dia, y hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he
pasado toda la tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que
tú me has impuesto.
--No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V.,
señor desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer
se me fué V. al desembarcadero?
--Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que
descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con
que cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.
--Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia
las piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.
--Eso no me hace nada.
--Pues á mí mucho, porque es faltar á nuestros tratados, y ya sabe V.
lo inflecsible que soy en este punto. ¿No tiene V. bastante trabajo en
cuidar de su jardin?
--Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban
mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que
tienes en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas;
viene luego tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y
cerrar de ojos convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres
horas cada mañana tronchando flores, porque no hay ni una yerba que
arrancar, tal es el cuidado del jardinero.
En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston,
adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los
cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos
compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época,
y no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dos niños de entonces
eran el comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que
habia dirigido la obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres
los cumplimientos de estilo, llegó el labrador á quien no pudieron
convencer las razones del buen Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro
espresaba un acerbo dolor.
--¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara!
¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!
--Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este
pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.
--No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto
para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es
mas que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro
del Altísimo ¡Qué desgraciado soy!
¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano,
lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil,
me reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su
inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos
son la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que
acabarán pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas
decentes, porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan
en el campo, alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso
que nuestro vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos
sin motivo, gana cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra
de un modo que ellos ignoran; se entregan al juego y á otros vicios,
que les enseñan sus malas compañías; cuando pretendo reprenderles, me
contestan que yo tengo la culpa, porque no les enseñé á trabajar de un
modo que no tuvieran que matarse; y si les digo que imiten la conducta
de mi ahijado y de su hermano, me responden que eso será cuando yo
imite la de mi compadre y no crie hijos tan rústicos como ellos.
[Illustración]
Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al
menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa,
con una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia,
cuando yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi
hermano muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país
donde me maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es
insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo,
que me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su
hermano, me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?
--A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote
con acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de
V. ¿Encontraré allí á su hijo mayor?
--Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se
desespera tanto como yo.
--Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra direccion á las
inclinaciones de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.
--¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó
desmayado en una silla!
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XV.
Á MI AMIGO
D. Miguel Delgado.[5]
[5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
[Illustración]
[Illustración]
Te juro mano Miguey
Que me tiene espiritao
Ey vel que en un veyvo en gracia
De sopeton te has casao.
Y asigun me ise Pablo
Ey goldo de Jumacao,
La jembra es mosa de gaybo
Y de aquey arrematao.
Dios te la eje gosay
Arrimaito á su lao
Jasta que ay ñeto mas nuebo
Yegues á beyo casao.
¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo
De aquey queso esmoronao
En ey café con apoyo
Que en Caguas bemos tomao,
Dey majarete, toytiyas,
Jayacas, lichon asao,
Y de otras mil burundangas,
Que pa reyes je prebao,
Cuando eras mi camará,
En ey Barrero mentao!
Aqueyo era divelsion
Cuando yo y tú á lo cayao
Ca uno diba en su chongo,
Ey jumaso encandilao,
Pasando los matoyales
Poy baylal un sapateao.
(No te jablo de las mosas
Que bemos enamorao,
Polque no sé tu mugey
Como tiene ey aqueyao
De los selos, y es mejoy
Que en esto sea arreseybao).
Pues, ¿aqueya boldonúa
De Gaytan el afamao,
Los trobos dey Caraqueño
Y ey güiro dey Colorao?
No sabe lo que se pielde
Ey que no los ja escuchao.
¿Y lo de vey la pelea
De un gayo bien coleao,
Pinto, giro, canagüey,
Gayina ó rubio quemao,
Que son los sinco colores
Que siempre mas me han gustao?
Cuando ya dambos á dos
En ey peso han igualao,
Se da, ó no, pata y cabesa
Confoyme hubieren tratao,
Los agusan, los rusian
Y si ey dia es abansao
Les dan tres ó cuatro granos
De maís medio mascao.
Luego que la talanquera
La gente ha esocupao
Jasen dos rayas iguales,
Y uno y otro ñangotao,
En su raya cáa uno
_Á pical_ ó _separao_
Sueytan los gayos, y empiesa
Pol ensima ey apostao.
--¡Yo doy un beinte á dos pesos!
--Pagole ay rubio quemao.
--¡Pica gayo!--¡Engriya giro!
--¡Mueyde al ala renegao!
--¡Juy! que puñalon de baca!
--¡Caniyera y espicao!
--Si ey giro pica la pluma,
Se juye ey rubio quemao.
--_¡Caréo!_ se dan aygunos,
Y ey gayero, que ha chupao
La sangre, tiene los besos
Que paece un condenao.
Ey uno juye, ó lo tumban,
Ó muere, ó es levantao,
Y se acabó la pelea,
¡Con qué aquey dey que ha ganao!
Aqueyo es gusto, Miguey;
Y no que aquí me han mandao
Á que me jaga un Dotol,
Ó ay menos un Lisensiao:
Y estoy ¡juro á los Demoños!
Jarto de estal separao
Dey plátano y de la piña,
Y esto me tiene.......ajorao.
[Illustración]
ESCENA XVI.
CARRERAS
DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].
[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.
Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con
una animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.
[Illustración]
Si la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad,
difícilmente se hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que
el primero que corrió fue el primero que tuvo piernas, y las piernas
son tan antiguas, que ningun buen cristiano puede negar que datan desde
nuestro padre Adam; aunque se veria muy apurado
el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido mas ó menos útiles.
Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre
de dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de
las delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos
sucede á sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos
alegría, desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que
ganar el pan con el sudor de su rostro.
Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien
de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos
al paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos;
y aunque de distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos
siempre al mismo término.
Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de
llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que
me guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende
el título de este artículo, y todo lo que no sea «Carreras de S. Juan y
San Pedro en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.
A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio,
porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con
circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que
disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos
años salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya
bosquejar.
Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las
ciudades mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas
pobres, parece que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen
en salir de las reglas que guardan durante todo el año; dias de
bullicio y confusion, que cada país, y aun cada pueblo, tiene segun su
índole y el grado de civilizacion en que se encuentra; dias en que el
magistrado no es magistrado, porque no ejerce sus funciones; en que el
mercader cierra su tienda, y el artesano su taller; dias fecundos en
aventuras amorosas, y en que las bellezas mas altivas suelen sonreir
al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de esperanza para los
jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias finalmente en que las
mayores estravagancias son admitidas, con tal que vayan autorizadas con
el sello de la costumbre.
Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número
de estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los
amenizan son las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D.
Iñigo Abad en su historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el
año 1788.
«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de
caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta
diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las
lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada
pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En
la Capital son los de S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S.
Juan al amanecer entra gran multitud de corredores, que vienen de los
pueblos de la Isla á lucir sus caballos cuando dan las doce del dia;
salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases, montados
en sus caballos enjaezados con la mayor ostentacion á que puede arribar
cada uno. Son muchos los que llevan sillas, mantillas y tapafundas de
terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos,
estribos y espuelas de plata; algunos añaden pretales cubiertos de
cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto, cubren
sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces
de este género, adornándoles con todo el primor y gusto que pueden,
sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la
corrida.
«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de
la víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos,
que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones,
que por lo comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan
vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche,
hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros, y continuan su
corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético
etc.....»
[Illustración]
Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el
mismo escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha
convertido en uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo
lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á
decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar
lo mejor de su casa para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria
repetir una de aquellas célebres cuanto vergonzosas _Cantaletas_, que
recordamos hasta los mas jóvenes, y en las cuales no se respetaba el
honor, ni los secretos de las familias? La civilizacion y el buen
juicio han desterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto
que no hay ya que corregirlo.
Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta,
grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de
ellas todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar
al otro estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada
dia mas insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes,
y las señoras abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera
que si no procura remediarse, llegará dia en que solo se conserve un
recuerdo de lo que ha sido y es aun una de las mejores fiestas del país.