semejante modo.
Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro,
y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por
último, una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose
de la silla les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.
--Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano
el amo de la casa, se me debe permitir que hable.
--Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenian la
manía de querer ser diputados.
--Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de
trueno un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la
palabra. Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la
cintura y lo puso de pies sobre mi mesa.
--Que baje, gritaron unos.
--Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse
con tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no
hablaba.
[Illustración]
Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella
jente, y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin
sabios ni locos; pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera
durado hasta ver lo que decia el de Puerto-rico sobre la casa de
beneficencia; pues, aunque por conducto tan poco usado, me gustaria
saber á que altura se halla en mi país ese importante ramo de la
ciencia administrativa en la escala cuyos dos estremos habian marcado
los dos cuerdos locos.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XI.
LA FIESTA DEL UTUAO.[3]
DEDICADA A MI MEJOR AMIGO
D. José A. Balmañya.
[Illustración]
[3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.
Escuche, compaire Pepe,
Ya que haseyo me ha obligao,
Lo que le boy á contal,
Que es caso que me ha pasao.
Manque no soy de la Bana,
Tengo mi aquey muy fundao,
Polque soy de Puelto-rico
Er chenche mas afamao.
A mi nengun endebido
En la via me ha cucao,
Sin que le dé un sopeton
Que lo deje ñangotao;
Y por eso los Alcaldes
Dey pueblo del Utuao
Tuvieron que vey conmigo
Este mesmo año pasao.
Es el caso, compae Pepe,
Que mi primo Tanislao,
Que á aqueya maidita fiesta
Habia sio combiao,
Me jiso dir: ¡malos rayos
Antes lo hubieran quemao
De que tal cosa me ijera,
Que mejol me hubiera estao!
Mardugamos aquel dia,
Y á mi cabayo manchao
Le puse jáquima nueva,
El aparejo forrao,
Las aguaeras mejores,
El aserico rosao,
La tajarria de algoón,
Y la sincha de jilao.
Yo me puse mi sombrero
De beinte riales, y al lao
Su escarapela de grana;
La camisa de alistao,
Con los carsones de crea
Pol supuesto aymionaos,
Y mi buen pal de sapatos
Con los tacones jerraos.
Metíme una mascaura,
Montamos yo y Tanislao,
Y comensamos á andal
Ar canto del Lorigao.
Pero por mas juan caliente
Que le arrimaba ar manchao,
No puimos alcansal
La misa en el Utuao.
Yegamos serian las dos,
Y yo que no habia almolsao,
El estógamo tenia
Al espinaso pegao.
La comae de mi primo
Nos tenia preparao
Un plato de arros con carne,
Otro plato de guisao,
Que con agi cabayero
Ar punto estubo tragao,
Y además nos dió á la postre
Otro de queso y melao.
Al escureser nos fuimos
A casa é Peiro Tirao,
Que disen que es la que tiene
Ayí er mejoy soberao.
Bailaron unas caenas,
Después un seis balseao,
Un cabayo y un sonduro,
Sin que yo hubiese bailao.
Los mositos de aquey pueblo
Ya me tenian ajorao,
Polque sin bailay me estaba
En un rincon agachao.
Al fin me detelminé,
Y arrimándome pun lao,
Combié par un sonduro
A la hija de Tirao,
Jembra de cara pulía,
Y cuelpo muy aqueyao.
Apenas al son del güiro
Comensó el sapateao,
Cuando al jaser el rastriyo
Le pisé á su enamorao
Er deo goldo dey pié;
Y como era renegao,
Hechó un _mal rayo te palta_.
Yo, que estaba incomoao
De enantes, lo arrempujé;
Y tambien arrempujao
En seguía yo me vide
Por aquel escamisao.
Metimos mano á la daga,
Y en un bendito alabao
Nos tiramos ar batey.
Jisimos un sambumbiao
En menos de dos menutos,
Que el Alcalde aturruyao
No sabia que jaser;
Pero el cura, hombre abisao,
Le aconsejó que á la cársel
Nos yebara de contao.
Ayí nos tuvo tres dias,
Y yo salí escarmentao
Para nunca mas bolvey
A fiestas al Utuao.
[Illustración]
[Illustración]
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XII.
AGUINALDOS.
[Illustración]
Te equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de
la palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que
ella significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias
derecho á pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas,
si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me
argüirás que no ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes
quitarme tú, cierto es; pero así como un médico hiere en el brazo para
disminuir la sangre del pulmón; así yo te doy de menos en este artículo
lo que tú deseas saber, en cambio de lo que hallarás de mas en otros, y
que maldito lo que te importa, si no es que te fastidia. Tengo además
otras dos razones para portarme como ves: la primera, que así logro
hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte; y
la segunda, que de este modo he escrito una introduccion que puede
adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de mucha monta, pero
que no me servirá mas, puesto que, como diria un orador parlamentario,
entro de lleno en la cuestion.
Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen
que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es
grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que
pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse
cuando no encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta
la facilidad y demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la
parte flaca, y demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre
y convirtiendo la pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible
hacer esto por mas que uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter
de _Domine_ ante un país entero que se regala, danza y pasea sin
acordarse mas que de los _Santos Reyes_; pretesto seguro para pasar dos
dias en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues el carácter
serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y á buscar una trulla
de gente conocida.
Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube
andado una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó
cuarenta caballos reunidos marchando en la misma direccion que el mio,
y montados por personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche,
la luna muy clara y las masas de neblina parecian á lo lejos grandes
lienzos que cubrian la falda de las montañas. Por todo lo dicho habrá
comprendido el lector que estaba en el campo, lo que hasta ahora no
habia tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de
pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por el de la capital y
pueblos principales de la Isla.
La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos,
con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las
chicas algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada
una; agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor
que nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas,
y otras tantas dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las
casas que pensaban ir, y á medias palabras y con signos sagazmente
disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores, que no convenia
que comprendiese la parte _reposada_ de la trulla; caminamos un poco
sin que nada nuevo sucediese, hasta que llegamos á una casa de madera,
construida sobre gruesos estantes, como son todas las de las personas
acomodadas, donde se entabló la conversacion siguiente:
Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?
--Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas
que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se
encojó esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.
--Pero, muchacha, ¿y las otras dos?
--Se han ido en ellas mis hermanos.
--Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la
yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.
La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á
pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia,
que no mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así
es que, dirigiéndome á esta última, dije:
--Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha
de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir
conmigo.
Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban
mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á
las ancas de mi caballo.
--No, no, mil gracias, decia la una.
--No podemos consentir que lleve V. esa molestia.
--Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan
sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.
Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos
cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme
gracias por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por
compañera para toda la noche á la mas hermosa de la _trulla_. Si no
pocos guerreros deben una parte de su gloria á la fogosidad de un
caballo, que les condujo á su pesar al encuentro del enemigo, yo debo
unas cuantas horas de placer á la mansedumbre del que montaba aquella
noche. ¿Quién espresaria con toda su intensidad lo que siente un jóven
de diez y ocho años durante una conversacion tenida por lo bajo, y en
que á cada paso choca con él un cuerpo que su imaginacion le pinta con
los mas voluptuosos atractivos, que á cada palabra tiene que volver la
cabeza, percibiendo entonces en su rostro el hálito de una respiracion
agitada por el movimiento y las emociones mas vivas, y aspirando
al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa cabellera negra
prendida con olorosas flores de los trópicos?
No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos
colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre
acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de
uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los
amos de la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban
dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto,
apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de
la casa y nos invitó á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos
de muy buen grado. La mesa estaba colocada á un lado de la gran sala
para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusion:
en ella no faltaban el manjar blanco, _almojábanas_, buñuelos de muchas
clases, ojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en
almíbar, y varias clases de licores: parecia que solo para nosotros se
habian hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no habia de
desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la noche.
Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos
pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos
hecho media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que
subiera á ocupar nuestro lugar otra _trulla_, que esperaba ya nuestra
salida. Así pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á
poca diferencia, se repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que
la venida del sol nos alegrase, porque terminaba una noche de placer.
Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por
anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban
paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de
todo el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras;
yo sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y
mas ardiente la _Rosa_, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.
Tal es una _trulla_ á caballo; son muchas las que recorren los campos,
y fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo
desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen
del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse
en ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas,
amistades y cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier
pretesto, se reunen muchas personas; con todo, es forzoso consignar
aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muy
buenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serian como
son tan humana y generosamente hospitalarios.
Las _trullas_ de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se
divierte menos; _maraca_ en mano y _tiple_ y _carracho_ bajo del brazo,
caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando
cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de
sus casas; pero esto no les importa: continuan su camino durante todo
el dia y la noche de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el
que sigue á este último; esto es, á los tres de haber abandonado sus
Penates.
Dada la diferencia de educacion, es sabida la que puede haber entre las
escenas de estas trullas y las de á caballo: varian en los modales,
las espresiones, etc.; pero en la esencia lo mismo pasa en unas que en
otras. Los versos, que cantan en aquellas con música variada y que son
á veces buenos, en estas últimas guardan el mismo aire siempre, y se
trasmiten de padres á hijos sin alteracion en las palabras. Tal es el
antiguo y muy sabido estribillo.
_Naranjas y limas
Limas y limones,
Mas vale la Virgen
Que todas las flores._
Los aguinaldos en la Capital estan muy lejos de tener el carácter
original que los del campo: hay tambien _trullas_ que van á algunas
casas; pero son, como es fácil concebir, un remedo muy incompleto de
aquellas agradables caravanas. Un determinado número de personas sale
por las calles pidiendo aguinaldo; mas ¿acáso puede el eco de muchas
voces reunidas producir el mismo efecto en una calle ó dentro de una
habitacion, que en el campo? Unos cuantos amigos toman dulces, cerveza
y otros licores, bailando despues ó antes una ó dos contradanzas en una
sala en que habian sido recibidos aquel mismo y otros muchos dias; al
salir se encuentran en la calle por donde van á la oficina algunos de
ellos, el canto del sereno les recuerda la hora en que acostumbran irse
á la cama, y si algunos pueden hablar con libertad yendo de brazo con
su cuya, otros hay que rabian porque tienen que remolcar esa necesidad
de nuestras reuniones, la mamá.
No me detendré en las felicitaciones de las bandas de la guarnicion
á las autoridades, y del sereno, alguacil, ahijados y otros que
nombrarlos fuera nunca acabar, á todo el que puede darles, no dulces
ni cerveza; sino, algunos realejos para celebrar los _Santos Reyes_,
porque esto con distintos motivos y en diversos dias del año pasa en
muchos otros parajes, y no merece llamarse costumbre de Puerto-Rico.
Vamos pues á cuentas, querido lector; ya tienes un artículo bueno ó
malo sobre aguinaldos, uno mas que leerás tú, y uno menos que yo tengo
que escribir, si le esperabas mejor, hiciste mal y te llevas buen
chasco; si peor, me alegro mucho desde ahora, y sí ni lo uno ni lo
otro, recíbelo tal cual es, sin ecsigir que me devane los sesos dando
vueltas á un asunto acerca del que pienso lo que te dije al principio y
repito ahora: los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó
nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XIII.
A MI RESPETABLE AMIGO
_El Sr. D. Francisco Vasallo_,
_En contestacion á una carta suya_[4].
[4] Publicada en el Cancionero de Borinquen.
[Illustración]
Mi muy Senoy D. Francisco
Vassallo, ey buen capitan
Dey finao regimiento
Que mentaban de Granáa:
Le contesto á lo divino,
Que es ey mejol contestay,
Á la cayta que á lo humano
Me escrebió usté dende ayá;
Y cuando la resebí
Jecho estaba un Barrabas,
Tendío patas arriba
Con una grande enfelmeá;
Que no era punta ë pasmo,
La peste, ni cosa tay,
Sino, asigun ijo ey Fístico,
Toita la sangre inflamáa.
Me ïrá que buen resueyo
Tengo pa busio, es beydá;
Usté peidone, buen biejo,
Que no sé que escusa day,
Sino que estube en la sierra
De Monseñ jasta poco ha.
En cuanto á aquey papelito
De sosio corresponsay,
Jarémos pol mereseyo
Á fueysa é trabajal,
Y onde no yegue ey sentío,
Yegará la boluntá.
Agora le jablo claro,
No se me baya á incomoal:
Jágame menos favoy,
Y jágase usté aygo mas,
Que de regañon pa bajo
Se trata sin cariá;
Y luego me saca aqueyo
De: _Homo sum et nihil_, y á mas,
_Á me humani alienum puto_.
Dejémonos de puteay,
Y de la cabesa ay rabo
Aprebéngase á miral
Cuanto baya con mi filma
Pol ese mundo á roday;
Polque uste tiene esperencia,
Que enseña mejoy que ná;
Y yo tabia soy muy nuebo
Y á la fuelsa he de jerray.
Y acá par entre los dos,
Se me asienta mucho mas
Que usté, que sabe mi aquey,
Me ïga: jisiste mal,
Que benga un siniquitate,
Y se ponga á beriguay
Si soy Cristiano, Judio,
Tuico, Mandinga, ó Cangá;
Polque esto quita la gana,
Y es capas de encocoray
Jasta ay mesmo susuncoyda
Que su pusiera á trobal;
Y aunque siempre es mi intension,
Á fe de gíbaro, honráa,
Esto los que me conocen
Lo saben, y nayde mas.
Sin lástima, boto á nayde,
No se me ponga á pensay
Que dambos á dos nos bimos
En un tiempo pol ayá;
Sino que soy como un potro
Que se comiensa á montal,
Que anque sea de buena casta
Lo que jase es tranguleay,
Jasta que un buen domaol
Lo saca de caliá.
Memorias á Doña Rosa,
Y á Rosita, y aemás
Un pelisquito á los nenes,
Y mande á su voluntá
Á este Gíbaro de Caguas
Que le apresia á no poel mas.
[Illustración]
[Illustración]
ESCENA XIV.
UN DESENGAÑO.
[Illustración]
I.
En un lugar de mi patria, de cuyo nombre me acuerdo, mas no lo quiero
decir, vivian dos compadres, entre los cuales mediaban, además del
parentesco espiritual, las mas íntimas relaciones de amistad: mercader
el uno, y labrador el otro, habian logrado con su trabajo llegar á la
clase de personas notables de la poblacion; en la tienda del primero se
reunia el Juez, el Sr. Cura, el Comandante, el Médico; en una palabra,
lo principal del pueblo, y hablaban cada noche un par de horas, cuando
no venian á impedirlo algun espediente, administracion de sacramentos,
asuntos del servicio, enfermo, ó cosa de este jaez, ó cuando la
inteligencia cordial de las potencias no estaba interrumpida; cosa no
muy difícil, y en ciertas ocasiones muy frecuente.
Casados hacia algunos años con dos hermanas, tenian los compadres su
traviesa y robusta prole, que no era numerosa, pues que no pasaban
de dos los hijos de cada uno. Acercábanse estos á la edad en que era
preciso comenzara su enseñanza, y los padres habian discutido mas
de una vez sobre este punto, el unico quizá en que nunca pudieron
convenir. Decia el mercader que á los muchachos era preciso hacerles
estudiar, y darles una carrera que les pusiera al abrigo de los reveses
de la fortuna, tal como la Jurisprudencia ó la Medicina: y pretendia
el labrador, que un padre no debia enseñar á su hijo mas de lo que
él mismo sabia, porque si con aquellos conocimientos pudo el primero
reunir un capital, bastaban al segundo para conservarlo.
En prueba de lo acertado de opiniones tan diversas alegaban cada
uno por su parte infinidad de razones, y no siempre lo hicieron
con la calma necesaria para no llegar á punto de agriarse y romper
una intimidad útil á entrambos. Una noche, en que se reunieron las
personas de costumbre en la tienda del mercader, recayó la conversacion
sobre una escuela nuevamente abierta en el pueblo; y de aquí tomaron
hincapié los compadres para atacarse mutuamente con la esperanza de
convencerse. Eligieron por juez al Sr. Cura, por testigos á los demás,
y comenzó el mercader de este modo.
--Yo, Señores, tengo dos hijos, que quisiera, como es natural, que
fueran un modelo de honradez y saber, y quisiera además que vivieran
siempre felices: para lograr esto no perdonaré sacrificio, por costoso
que me sea; y como pienso que de ningun modo llegaré á alcanzarlo sino
dándoles toda la instruccion necesaria para hacer de ellos unos hombres
de carrera, quiero empezar por enviarlos á la escuela, con la firme
resolucion de no parar desde ahora hasta que el mayorcito sea abogado y
el otro médico. Tal es mi intencion, que creo muy recta y no dudo que
merecerá el voto de Vds.
Entre las muchas razones que me han decidido á seguir este camino,
es la principal la seguridad que tengo de que dando á mis hijos una
carrera, les pongo á cubierto de las desgracias que pueden ocurrir
á todo el que vive con la renta de un patrimonio espuesto siempre á
perderse. Satisface tambien mi orgullo de padre la idea de que mis
hijos lleguen un dia á ocupar un puesto en la sociedad, que la modesta
instruccion de sus antepasados no les permitia ambicionar: en efecto,
¿qué hay mas grato para un pobre anciano que oir por todas partes
elogios del saber de sus hijos, ver que se les cuenta en el número
de las personas ilustradas, y encontrar una madre que debe á uno de
ellos la vida de su hijo ó á un inocente á quien salvó el otro de un
severo é inmerecido castigo? Bien cerca tenemos al hijo de nuestro
vecino D. Antonio: que diga este que está presente, sino se le caia la
baba el dia que le vió llegar de la Península, despues de diez años de
ausencia, hecho todo un hombre, y con toda su ciencia y sus barbas tan
cariñoso y tan complaciente con su padre; que diga lo que esperimentó
el dia que fuimos juntos á la Audiencia á oir como se esplicaba el
nuevo abogado: me parece que lo estoy viendo amarillo como la cera y
saliéndosele el corazon por la boca, hasta que el fuego del orador y
la admiracion del público y de los mismos jueces le convencieron de
que su hijo estaba haciendo una brillante defensa. Que diga, que diga
por cuanto no hubiera cambiado los momentos en que desde su rincon oia
las felicitaciones dirigidas á su hijo, y sobre todo aquel en que pudo
estrecharle contra su pecho vertiendo lágrimas de puro gozo. ¡Ah! por
un momento como aquel sacrificaria yo la mitad de mi vida; inútil es
querer disuadirme de mi propósito, cuanto se me diga no hará mas que
afirmarme mas y mas en él: no comprendo como mi compadre no se hace
cargo de estas reflecsiones, y encuentra salidas que apreciarán Vds. en
lo poquísimo que valen.
--Cualquiera que oiga á mi compadre, dijo el labrador, creerá que solo
por espíritu de oposicion, ó por falta de cariño á mis hijos, me opongo
á su modo de pensar; pero no es así, como verán Vds. por lo que voy á
decirles.
Mi padre, que en esto era de mi mismo parecer, contestaba cuando yo
le pedia que me enviase á la escuela con los hijos de sus amigos:
_Zapatero, á tus zapatos_, queriendo darnos á entender que los
labradores debíamos aprender á trabajar la tierra, y no otras cosas que
nos distrajesen de aquel ejercicio útil, aunque penoso. Jamás fuí á la
escuela, aprendí á leer y firmar con un vecino nuestro los domingos
despues de volver de misa, y los dias no festivos los pasaba en el
campo con los _peones_: mis juegos, despues de concluido el trabajo,
eran siempre inocentes y sin otra compañía que la de los muchachos que
se criaban en casa; el _tayta_ se divertia mirándonos retozar en el
_batey_, y gozaba al verme crecer tan robusto y trabajador.
[Illustración]
De esta suerte llegué á hombre, teniendo gran cariño á mi pueblo,
porque ni sabia, ni me importaba saber lo que pasaba en los demás;
siendo muy obediente á mi padre, porque nunca conocí otra ley que su
voluntad, y sabiendo despues conservar un capital, que un señorito
educado de otra suerte hubiera malbaratado en poco tiempo; sin haber
impedido mi falta de instruccion el que haya cumplido con varios
cargos, como el de regidor, que ahora desempeño á satisfaccion de todo
el pueblo.
¿Qué hubiera sucedido si mi padre me hubiera hecho estudiar para médico
ó abogado? Que si no hubiera tenido pleitos ó enfermos, lo que muchas
veces sucede, por mas que se sepa, me hubiera ido comiendo mi _caudal_,
y sabe Dios como me encontraria ahora. Verdad es que no sé poner bien
un escrito, que si tuviera que hablar al General ó al Obispo, lo haria
muy mal, porque en mi vida las he visto mas gordas; pero en cambio sé
trabajar, y entiendo lo bastante para gobernar mi casa.