Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia

el título de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle

este dictado incurrir en la nota de parciales, que supondria no muy

sobrada instruccion, y mas que poca generosidad en los ingenios que

pudieran disputárselo; reconocemos la altura á que llegan otros, y

hubiéramos estudiado con mucho gusto sus producciones para dar sobre

ellas con toda cordialidad nuestro humilde voto; pero por una parte

la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto

fundado de que la espresion de nuestro pensamiento se interpretase como

ínfulas de preceptista nos han desanimado, haciéndonos pasar ligera y

superficialmente por la primera parte de esta escena. Además, todos los

escritores de Puerto-rico viven por fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe

adonde llegarán con el tiempo y el estudio? al paso que Vidarte murió

ya; y aunque mucho hizo, rompióse la rueda, y volcó su carro apenas

comenzada la senda gloriosa de su triunfo.

En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no

media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta

diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra!

Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir

al lector una pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el

recuerdo de ese lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que

pudiera admirarse su hermosura.

En el año 1844 apareció el _Album Puerto-riqueño_, obrita cuyo fin

y orígen es inútil recordar, y en ella vieron la luz pública las

primeras composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado

en una reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses

antes. En todas las producciones de esta época se revela el genio del

autor; pero estraviado por la lectura de algunos de nuestros poetas

modernos, siguiendo un camino árido y que no era el suyo, sin fe y

sin creencias, imitando á otros, que á su vez eran imitadores; en una

palabra, queriendo parecer vieja y gastada una alma vírgen y llena de

esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una imaginacion ardiente

y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de estar en oposicion

consigo misma al pintar la duda terrible que no podia comprender, y

al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un corazon de quince

años?

De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de

la mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el

poeta es ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles,

las imágenes vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando

el poeta quiere aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su

lugar una razon débil y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y

amanerada. En la composicion titulada _La vida_, despues de pintar la

juventud con la siguiente octava:

Es el alma entonces vírgen

dulce asilo de ilusiones,

ajena de las pasiones

que estravian nuestro ser;

y comienza nuestra vida

á descubrir sus primores,

cual en un jardin las flores

al tiempo de amanecer,

retrata la edad provecta con estas quintillas, que no parecen del mismo

autor:

Y seguimos ofuscados

hollando impuros despojos;

tan solo vemos abrojos

y esqueletos estraviados,

donde clavamos los ojos.

Aquí... negra tumba vemos

con un epitafio inscrito...

Allí... ¡¡¡un feretro!!!... allá... escrito

sobre una lápida lemos

el nombre de algun proscrito.

¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar

nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El

poeta puede ecsagerar, pero nunca mentir.

Hemos dicho que cuando Vidarte seguia los impulsos de su corazon,

apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos

años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada

_El sereno_ es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que

encantadora sencillez pinta el amor inocente de su edad cuando dice:

Las once y media ha tocado

y el barrio tranquilo está;

duerme, hermosa, sin cuidado,

que un sereno enamorado

á tu puerta velará.

Duerme, sí, linda Belisa,

y en tus ensueños de amores

me consagra una sonrisa,

dulce y pura cual la brisa

que mece blanda las flores!

Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el

amor que retratan: compárese esta composicion con las demás en que

el poeta llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo

manifiesta cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando,

dirigiéndose á su caro amigo Don Pablo Saez, dice:

Cantemos, cantor, cantemos

las ilusiones que vimos.

No mas ¡vive Dios! soñemos;

ya es tiempo que despertemos

del letargo en que dormimos.

Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en

el _Canc. de Borinq_. las seis hermosas composiciones tituladas:

_Insomnio_, _La nube_, _Dolora_, _Ante una cruz_, _Las dos flores_,

_y Memorias_. Estas pertenecen á la segunda época, y son otras

tantas guirnaldas que forman la corona inmortal de nuestro vate. Las

ecsaminarémos en particular, sujetándonos á los estrechos límites que

marca el carácter de esta obra; pero antes permítanos el lector cuatro

palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio, y que espliquen la

grande diferencia que hay entre esta y la primera época del autor.

Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en

discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la

instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas

de un jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una

dulzura de carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato

apetecido y siempre agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y

que lejos de procurarle envidiosos émulos, aumentaban por su modestia

el número de sus admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un

mortal y encubierto enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo

parece por causas que no emanan de él. La luz de una Religion divina,

que enseña al hombre á amar al hombre, completó el triunfo de la

razon, y el genio rompió la cadena de dudas que le ahogaba con su peso,

manifestándose bello, puro y confiado en su grandeza.

Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares,

vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el

estudio hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero

fortalecido su ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con

fé en el porvenir, y solo se conoce esta lucha en la dulce tinta

melancólica que vemos esparcida en sus producciones. Pasemos á analizar

estas.

La primera que aparece en la coleccion es el _Insomnio_, y nosotros

quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella

diria mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al

comenzar la poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad

que preceden al ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su

amada, la invita á partir con él á un país delicioso y una barca les

conduce durante la noche; á la primera luz de la aurora despiértala

impaciente anunciándola la prócsima salida del sol y cuenta las

bellezas de una tierra que verán con su luz; aparece el astro luminoso,

y á medida que se acercan va mostrándole los encantos de aquel suelo

de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense las montañas, los

prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder de Dios,

si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer que

siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, le arrebata un sueño

tan seductor.

La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y variadas,

la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la pureza en

el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en toda la

composicion; de suerte que citarémos algunos trozos de ella, no como

mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que

siguen de la primera parte.

Mira, del céfiro en alas

volará nuestra barquilla,

dividiendo con su quilla

las olas del vasto mar;

y unidos en tierno abrazo

yo iré mil trovas cantando,

mientras tú vayas jugando

del agua con el cristal.

Ven, palomita, y marchemos

de otro nido á disfrutar,

no tengas miedo del mar:

Tú eres sirena de amor,

y el mar ama las sirenas.

* * * * *

No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del

primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran

los dos primeros versos del segundo.

Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer mencion

de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.

Voguemos, voguemos

al son de los remos,

la noche convida,

¡qué bella es la vida

que corre en el mar!

El aura ligera,

veloz, placentera

nos va susurrando,

meciendo, empujando

la barca fugaz.

Auras de amor, que pacíficas

del mar las olas besais,

venid con livianas ráfagas

nuestra esperanza á arrullar.

Venid, amorosos céfiros,

que la flor enamorais,

y con vuestras alas plácidas

nuestra piragua empujad

¡Soplad!

La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente,

natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último

verso de esta cuarteta?

Despierta ya, alma mia, el tiempo avanza,

y al asomar su disco el sol dorado,

verás cual se dibuja en lontananza

verde gigante de metal preñado.

¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico

vista á la luz de la aurora!

Una peña blancuzca y altanera,

que está del mar en brazos dormitando.

Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra

hasta el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:

......¡Qué hermosa es la alborada!

¡Que bello ¿no es verdad? el Oceano

con su limpio azul! Oh! canta inspirada

una cancion al mundo americano.

Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos

una luz amarilla, un globo ardiente

que brota de la mar en mil reflejos?

Pues... es él, que se anuncia por oriente.

El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;

es el sol ¿No distingues con su brillo

aquel gigante que en el agua asoma?

Pues se llama el gigante aquel--Luquillo:

¿Y ves allí cabe su planta umbría

fantástico un jardin de flores rico,

donde vive el Abril, sirena mia?

Pues el jardin se llama--Puerto-rico.

* * * * *

Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella

que está del mar en brazos dormitando,

vestida de castillos, rica, bella...?

Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!

Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y tememos cometer

una profanación queriendo analizarla.

Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que están

sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la

anterior, para probar que Vidarte merece justamente el título de primer

poeta Puerto-riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la

siguiente cuarteta de las _Memorias_:

Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,

perla de oro en el piélago embutida,

que de la mar sobre el crespado lomo

tu sien levantas de altivez henchida.

y esta otra de las dos flores:

Del campo ameno la feraz llanura

en risueña estension se prolongaba,

por límites teniendo una cintura

de verdes cerros dó la luz trepaba.

En esta composicion pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto

moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como

el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta

parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su

_plegaria_ cuanto confia en la de un Dios omnipotente.

Lanzado en este mar ronco y profundo

sin otra luz que una esperanza bella...

las olas cruzo del revuelto mundo;

mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...

¡Negra es la noche! el huracan insano

en torno ruje con furor sombrio;

y... ¡guay de mí, Señor, si vuestra mano

no desvanece ese huracan bravío!

Yo he delinquido, y tu divino nombre

en mi delirio á veces he olvidado...

pero si tengo un corazon de hombre,

¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?

¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud

en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no

abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan

bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay

creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno

á uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la

serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo

libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus

amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor,

despues de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares

desfalleció mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta

al recordar aquella escena. No habia allí mas que uno tranquilo y

resignado, y este era Vidarte. ¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz

entera y muy segura: con todo, no me dejen Vds. morir sin que venga á

verme el Doctor S., pero antes, que venga el confesor.

A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un

delirio en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y

hermanos, los de sus bienhechores y el de su patria, añadiendo

siempre: _es preciso estudiar ... estudiar; es menester que yo trabaje

mucho_. A su modesto coche fúnebre seguian mas de veinte, que apenas

bastaban para conducir las personas que espontaneamente fueron á su

entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas composiciones en prosa

y verso; mas nosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque

ahora como entonces nada podemos, mas que verter amargas lágrimas.

[Illustración]

[Illustración]

ESCENA X.

LOS SABIOS Y LOS LOCOS EN MI CUARTO.

[Illustración]

Soy yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la

costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele

ser de aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion,

pues creo que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse

del mundo real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha

pasado el dia sin penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces,

antes de ser el gefe de una familia, ó mientras no tiene que gobernar

por sí mismo la nave de su porvenir.

En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de

enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un

tratado de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con

cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede

llegar por su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien,

por un misterio insondable hasta el presente, carecer hasta de los

instintos que la Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me

condujeron á bendecir á los que, con sus talentos é inagotable amor á

la humanidad, han hallado el camino de volver á la especie humana á

algunos seres que de ella no conservaban mas que la figura. Quedéme

dormido, y á poco empecé á soñar lo que sabrá el lector, si tiene

paciencia para leer toda esta escena.

Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto

cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con

la misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á

pedirme original para el cajista.

--Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento

estranjero.

--Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una

inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros

tres. Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme

corriendo para ponerme á sus órdenes.

--Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.

--Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es

de ningun modo molesta la visita de Vds.

--Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy

Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.

--¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores

son los directores no menos célebres de la _S_.. _C_.. y _B_..? Vamos:

no se burle V. de mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos

resucitan, y que ciertos vivos vengan á mi pobre casa?

--No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como

he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar

á la casa de V.

--Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.

--Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar

de los tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de

locos de esos que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo

Diablo no podia subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo

cual, vengo á recorrer todo el mundo en busca de un medio de hacerlo,

que quizá encontraré en estos países.

Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa y

desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre

la cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los

mas estraños; la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi

susto el rostro de mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una

sonrisa de placer.

[Illustración]

--Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.

--Ciertamente, contestó Calmeill.

--¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.

Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió

de par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por

ella gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con

aquella numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas

túnicas, otros con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una

persona cuerda, aseados y compuestos. El anciano, á quien al punto tuve

por Pinel al ver el ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les

dirigió la palabra en estos términos:

--Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis

compañeros y yo?

--Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza,

somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que

venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho

que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el

sistema que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que

han perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos

con él; pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el

dia á sostener que la locura es siempre incurable.

--Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de

que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y

por el traje no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera

por _enfermos_: tal es la cortesía con que os habeis conducido en mi

presencia; sobre todo me ha parecido escelente la arenga de este buen

señor.

--Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del

valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi

elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo

que soy, y voto á...

--Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis

como un alférez de dragones.

Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo

el anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió,

dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:

--Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os

falta para estar á gusto.

--Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en

la _Salpetriere_ mi compañero de la izquierda; en _Charenton_ el de

mi derecha y yo en _Bicetre_; tenemos allí buenas habitaciones buenas

camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes,

un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada se le olvida

cuando se trata de nuestra comodidad y pronta curacion, es nuestro

padre, no sale de la casa, sabe premiarnos y corregirnos á tiempo, nos

acompaña á la mesa, en nuestras horas de estudio, de trabajo y de

recreo, aprovecha el menor destello de nuestra razon, y muchas veces

nuestros caprichos, para volvernos á la sociedad sanos y laboriosos;

en una palabra, no vive sino para nosotros; pero esto no quita, y

perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez nos mortifiquen,

ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los

chorros de agua fria para que hagamos lo que no es nuestro gusto el

hacer.

[Illustración]

--¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?

--Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no

paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre

varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias

veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para

lograr que tocase su instrumento[2].

[2] Caso citado en la obra titulada: _Tratamiento moral de la locura_,

por Mr. Leuret.

--¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.

--Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo

salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras

canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso

rogarle mucho para que repitiese al dia siguiente todos los aires

que sabia de memoria, pasó á la sala de música, y al cabo de algunas

semanas salió bueno del todo para volver á tocar en su teatro.

--¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan

perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se

os moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso

es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con

sus _enfermos_, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para

enfadarse con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos

pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose

á estos últimos, que sois en número tan crecido?

--Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V.

contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.

[Illustración]

--Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado

de los bienes de mi sistema?

--Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada importa

que no nos alcance á nosotros.

--Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he

aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de

este país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon

son los que ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco?

continuó en alto y dirigiéndose al maníaco.

--¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo

siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en

su tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en

unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de

paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos

como las fieras cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos

tratamientos acaban de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una

jaula, ó nos atan como á perros con un collar y una cadena.

--¿Y lo permite el médico director de la casa?

--Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen;

pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de

nosotros.

--¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una

casa de _enfermos_ de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor

celoso, que dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los

que han de ir á ella por necesidad?

--Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira

y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de

encierro, todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy

pacífico, salgo de cuando en cuando á la calle, unas veces con el

comprador, y otras burlando la vigilancia de los cancerberos. Habia

estudiado antes de que me encerraran como loco el medio de mejorar las

casas de beneficencia; porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria

promover en España una reforma digna de la época; y aquí tiene V.

el porque sufro con resignacion y dignidad el mal trato que recibo;

sintiéndolo solamente por mis desgraciados compañeros.

[Illustración]

Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al cabo

de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba,

dijo Pinel:

El Gíbaro · 第 4 / 8 段