He aquí lo que debíamos decir de Eufrón: volvamos ahora a nuestro
relato. Ocupábanse aún los fliasios en fortificar Tiamia, y Cares
se hallaba todavía entre ellos, cuando la ciudad de Oropo[270] cae
en poder de los ciudadanos que habían sido desterrados. Todos los
atenienses dirígense entonces contra esta plaza y llaman a Cares desde
Tiamia, con lo cual este puerto de los sicionios vuelve a caer en poder
de estos y de los arcadios; y en cuanto a los atenienses, como no están
auxiliados por ninguno de sus aliados, tienen que dejar a Oropo en
poder de los tebanos hasta que puedan hacer valer sus derechos[271].
Comprendiendo Licomedes[272] que los atenienses se hallan quejosos de
sus aliados, que les ocasionan grandes contratiempos sin que a su vez
les presten el más mínimo apoyo, persuade a los diez mil[273] para que
negocien con ellos una alianza. En los primeros momentos hay algunos
atenienses que ven con malos ojos que Atenas, amiga de Lacedemonia,
se alíe con sus adversarios; pero reflexionando más tarde que son las
ventajas tan grandes para los lacedemonios como para los atenienses,
por aislar de los tebanos a los arcadios, aceptan la alianza de estos.
Licomedes, encargado de estas negociaciones, muere al regresar de
Atenas por un azar del destino, pues escogiendo de entre el gran número
de buques de transporte el que más le place, bajo condición de que él
mismo fijaría el lugar del desembarco, elige casualmente el sitio donde
se encuentran los desterrados. Así es como perece; pero la alianza no
por esto deja de ratificarse.
Democión manifiesta en la asamblea popular de Atenas que la alianza con
los arcadios, si bien es verdad que parece ser una feliz negociación,
no obsta, sin embargo, para mandar a los generales órdenes terminantes
a fin de conserven Corinto a la dominación ateniense. A esta nueva
envían los corintios con todo apresuramiento suficientes guarniciones
de tropas propias, a todos las plazas donde han puesto los atenienses
guarnición, y dicen a estos últimos que pueden retirarse, pues no
tienen ya necesidad de sus tropas. Obedecen los atenienses, y cuando
las tropas de estos que custodiaban las fortalezas se hallan reunidas
en la ciudad, hacen pregonar los corintios que todo ateniense que
tenga que reclamar de alguna injusticia por ellos causada, no tiene
más que anunciarse y se le hará justicia. Durante este tiempo llega
Cares con la flota delante de Céncreas: cuando averigua lo que ocurre,
manifiesta que ha venido a socorrer a la ciudad, sabiendo que se
hallaba amenazada; pero los corintios le agradecen su cuidado, sin que
por eso abran el puerto a sus naves; le suplican que se vaya y despiden
también a los hoplitas después de haberles hecho justicia. De este modo
evacuaron los atenienses a Corinto; en virtud de la alianza, debían,
sin embargo, poner su caballería a disposición de los arcadios, cuando
se hallasen amenazados de una invasión, pero no llevar la guerra a
Laconia.
Los corintios, considerando que tienen pocas probabilidades de éxito,
sobre todo después de haberse atraído la malevolencia de los atenienses
y habiendo anteriormente sido vencidos, deciden formar un cuerpo
mercenario de infantería y otro de caballería, que emplean en defender
la ciudad y en llevar la devastación a los enemigos más cercanos.
Sin embargo, envían a Tebas una diputación para saber si podrían
fácilmente alcanzar la paz, y obtenida la venia de los tebanos, que
se la garantizan, suplícanles los corintios les permitan dirigirse a
los demás aliados a fin de hacer la paz con los que quieran hacerla
y continuar en guerra únicamente con los que la prefieran. Siéndoles
igualmente concedida por los tebanos esta petición, los corintios se
dirigen a Lacedemonia, donde se expresan de esta manera:
«Lacedemonios: venimos a vosotros como amigos y reclamamos de vuestra
parte nos descubráis, si las veis, las probabilidades de salvación que
tenemos perseverando en la guerra, pero que si reconocéis las pocas
esperanzas de nuestra situación, hagáis con nosotros la paz, si eso
entra igualmente en vuestras intenciones, pues con nadie preferimos
participar nuestra prosperidad más que con vosotros. Sin embargo, si
la reflexión os convence de que está en vuestro interés el hacer la
guerra, os suplicamos nos concedáis la paz, pues si conservamos nuestra
ciudad, algún día acaso podamos seros de alguna utilidad; pero si
perecemos ahora, es completamente evidente que jamás podremos acudir
en vuestro auxilio.»
Oyendo esto los lacedemonios, aconsejan a los corintios que hagan
la paz, y al mismo tiempo permiten también a todos los aliados que
la hagan si no quieren guerrear concertadamente con ellos. Declaran
al mismo tiempo que continuarán la guerra y se someterán a los
designios providenciales, pero que jamás consentirán en dejarse tomar
Mesenia[274], que habían recibido de sus mayores. Los corintios,
obtenida esta declaración, se dirigen a Tebas para negociar la paz:
pretenden los tebanos que les juren también alianza, a lo cual
contestan los diputados que la alianza no es una paz, sino un cambio en
el lugar de la guerra, y añaden que, si quieren, de ellos solos depende
el establecer una paz completamente informada por los principios de la
justicia. Llenos de admiración los tebanos por esos hombres, que aunque
en peligro rehúsan enemistarse con sus bienhechores, les conceden la
paz, del mismo modo que a los fliasios y demás estados que con ellos
han venido a Tebas, y aseguran por medio de juramento la posesión de su
territorio a cada cual.
Según la convención, los fliasios evacúan inmediatamente Tiamia; pero
los fliasios que habían jurado la paz bajo estas mismas condiciones,
viendo que no pueden conseguir que los desterrados fliasios habiten
en Tricárano, dentro del mismo territorio de Fliunte, se apoderan de
aquella plaza y establecen en ella una guarnición después de dar el
nombre de propiedad a un territorio que poco antes habían devastado
como enemigos, y sin querer hacer justicia a los fliasios.
En esa misma época, poco después de haber muerto Dionisio el antiguo,
envió su hijo a los lacedemonios doce trirremes bajo el mando de
Timócrates. Después de haber llegado, ayúdanle a apoderarse de
Selasia[275], y después de este hecho de armas vuelven a hacerse a la
vela para Siracusa.
Algún tiempo después apodéranse los eleos de Lasión, que les había
antiguamente pertenecido, pero que dependía ahora de la confederación
de los arcadios. Estos no permanecen indiferentes a la ofensa, pues
reúnen inmediatamente sus tropas y se dirigen contra ellos; los eleos
ponen en pie de guerra sus cuatrocientos, y además otros trescientos
hombres. Durante la noche, los arcadios, que habían estado durante el
día acampados frente a frente a los eleos en un terreno llano e igual,
por la noche se apoderan de unas alturas que dominaban a sus contrarios
y se arrojan sobre ellos al apuntar el día. Viendo los eleos bajar de
las alturas, y en tan gran número, a los enemigos, se avergüenzan de
tener que retirarse hallándose aún a tan larga distancia, y viniendo a
las manos, se declaran en fuga a los primeros embates, perdiendo muchos
hombres y gran número de armas en su retirada por caminos difíciles de
atravesar.
Después de esta victoria, los arcadios marchan contra las ciudades
de los acroreos. Apodéranse de todas ellas, a excepción de Tresto,
y llegan a Olimpia, donde, después de haber rodeado el Cronión[276]
con una empalizada, establecen en él una guarnición y se apoderan
del monte Olímpico y de Margana, que les es entregada. Esta serie de
reveses entrega a los eleos a la desesperación más completa; pero los
arcadios marchan contra su ciudad y llegan a penetrar hasta la plaza
pública, donde, sin embargo, la caballería elea y los demás ciudadanos
les hacen cara, les arrojan de la ciudad y después de matarles algunos
hombres levantan un trofeo. Anteriormente habían tenido lugar en Élide
ciertas disensiones públicas. El partido de Cáropo, Trasónidas y Argeo
tendía a la democracia mientras que la facción de Estalquias, Hipias
y Estrátola deseaban la oligarquía; como los arcadios, al frente de
considerables fuerzas, pasaban por los aliados del partido que quería
la democracia, Cáropo y los suyos se hacen más audaces, y concertándose
con los arcadios para que le ayuden, se apoderan de la acrópolis;
pero la caballería elea y los trescientos, sin perder un momento, se
arrojan a la ciudadela y les echan de allí, después de lo cual Argeo,
Cáropo y cerca de cuatrocientos ciudadanos son desterrados. Consiguen
estos apoderarse poco tiempo después de Pilos[277] con ayuda de algunos
arcadios; y muchos del partido popular abandonan entonces su ciudad
natal, yendo a juntarse a los desterrados que se ven en posesión de
una hermosa plaza fuerte y sostenidos por considerables fuerzas de
arcadios.
Más tarde, invaden estos igualmente el territorio eleo después de
haberles asegurado los desterrados que la ciudad se les rendiría.
Sin embargo, los aqueos, que se hallaban nuevamente en amistad con
los eleos, defienden la población de manera que tienen que retirarse
los arcadios sin haber hecho más que devastar el país; pero apenas
salen, noticiosos de que los peleneos se hallan en Élide, verificando
durante la noche una larga marcha, se apoderan de Oluro, ciudad
de los peleneos, que desde largo tiempo permanecían aliados a los
lacedemonios. Así que saben aquellos la toma de Oluro[278], verifican
una contramarcha y se dirigen a Pelene, su patria, y desde entonces, a
pesar de su pequeño número, se hallan constantemente en guerra con los
arcadios establecidos en Oluro y con el partido popular, sin tener un
punto de reposo hasta haber rescatado esa población.
Los arcadios, por el contrario, verifican una nueva expedición contra
los eleos. Mientras acampan entre Élide y Cilene, asáltanles los eleos;
pero los arcadios se defienden con valor y los rechazan; Andrómaco,
jefe de la caballería elea, a quien se acusa de haber promovido este
ataque, se da la muerte, y el resto de los vencidos se refugian en la
ciudad. En el mismo combate pereció el espartano Soclides, quien había
tomado parte en él en virtud de la alianza que ya se había establecido
entre los espartanos y los eleos; estos, en efecto, viéndose acosados
por sus enemigos en su propio territorio, envían a Lacedemonia una
comisión que reclame su auxilio y les exhorte a que realicen una
expedición en el territorio arcadio, pues consideraban el mejor medio
para librarse de sus enemigos, el atacarles por ambas partes. Arquidamo
parte, pues, con un ejército de ciudadanos y se apodera de Cromno[279],
donde deja en guarnición a tres de las doce cohortes que llevaba, y
regresa a su país. Hallándose, sin embargo, los arcadios reunidos todos
a su regreso de la expedición a Élide, llegan a Cromno y la rodean con
dos filas de empalizadas, con lo cual, hallándose en seguridad, asedian
a la guarnición; pero Esparta, indignándose al saber se hallan sitiados
sus ciudadanos, envía un ejército, también al mando de Arquidamo, que
a su llegada hace cuantos destrozos puede en Arcadia y Escirítide
y procura con todas sus fuerzas hacer levantar el sitio; pero los
arcadios no se mueven y nada les importa cuanto hace.
Había notado Arquidamo una colina por el centro de la cual pasaba el
atrincheramiento exterior de los arcadios; cree que podrá apoderarse
de ella y que una vez en su dominio será imposible a los enemigos
sostener su posición. Mientras hacía dar un rodeo a sus tropas para
llegar a aquel lugar, los peltastas y su vanguardia, viendo fuera de
las trincheras a los eparitas[280], caen sobre ellos al propio tiempo
que la caballería procura cargarles. No ceden los eparitas, sino que
se conservan inmóviles en correcta formación; vuelven los enemigos
a la carga, pero aquellos, en vez de ceder en este segundo ataque,
llegan a avanzar algún terreno. El tumulto era ya muy grande, cuando
llega Arquidamo, que había dado la vuelta por la carretera que conduce
a Cromno y guiaba sus tropas, que iban de dos en dos, tal como se
hallaban al recibir la orden de marcha. Los dos ejércitos se aproximan,
el de Arquidamo en larga fila a causa del camino que había seguido y
los arcadios formando un tupido cuerpo de escudos; los lacedemonios no
pueden resistir al empuje de los arcadios y pronto Arquidamo es herido
en el muslo, que le atraviesan con una lanza, sucumbiendo junto a él
Poliénidas y Quilón, que se había casado con la hermana de Arquidamo,
elevándose a más de treinta el número de los que allí perecen.
Emprenden, pues, los lacedemonios su retirada por el mismo camino
por el que habían venido, y así que salen a más ancho terreno, se
despliegan y hacen cara al enemigo; pero los arcadios conservan su
misma formación, y aunque inferiores en número, hállanse animados del
mismo entusiasmo, puesto que persiguen tropas que se baten en retirada
y a las que han ocasionado gran número de bajas. En cuanto a los
lacedemonios, habían perdido todo su valor al ver herido a Arquidamo
y al saber los nombres de los que han muerto, quienes formaban todos
entre los más valientes y más ilustres ciudadanos. Al hallarse los dos
ejércitos uno junto a otro, grita uno de los más ancianos:
--«Soldados: ¿quién nos obliga a combatir, y por qué no podemos pedir
una tregua y hacer cesar la guerra?»
Los dos bandos acogen con placer estas palabras y se hace la tregua:
retíranse los lacedemonios después de haber recogido sus muertos, y los
arcadios levantan un trofeo en el lugar en que habían comenzado a dar
las primeras cargas.
Mientras los arcadios se hallan ocupados en Cromno, los eleos dirígense
primeramente contra Pilos y se encuentran con los pilios que habían
sido rechazados de Tálamas[281]. Al verles, la caballería elea carga
sobre ellos matándoles mucha gente, y los restantes se refugian en
una eminencia; pero al llegar la infantería los derrota por completo,
matando a unos y haciendo prisioneros a los otros en número de unos
doscientos: todos los mercenarios son vendidos y los desterrados
degollados. Después de esto subyugan a los pilios, que no recibían ya
auxilios de nadie, se apoderan de su ciudad y recobran Marganea.
Algún tiempo después, sin embargo, habiéndose los lacedemonios durante
la noche aproximado a Cromno, apodéranse de la trinchera y llaman a los
argivos y lacedemonios sitiados. Cuantos se hallaban cerca y supieron
aprovecharse de esta ocasión, consiguieron escaparse; pero los que
dieron tiempo a los arcadios para que acudiesen en gran número, fueron
encerrados en el interior de la ciudad y después presos y distribuidos
entre los vencedores. Una parte de ellos tocó a los argivos, otra a
los tebanos, otra a los arcadios y otra a los mesenios; el número de
espartanos y periecos hechos prisioneros elevose a más de ciento.
Los arcadios, no teniendo ya que ocuparse de Cromno, vuelven a
dirigirse contra los eleos, refuerzan la guarnición de Olimpia, y
cuando se acerca el año olímpico prepáranse para celebrar los juegos
en compañía de los pisatas, que pretenden haber sido los primeros que
tuvieron en otro tiempo el cuidado del templo. Ya en el mes[282] en
que se celebran los juegos olímpicos, y durante los días en que se
reúne la Panegiria, los eleos hacen sus preparativos abiertamente,
llaman a los aqueos y toman el camino de Olimpia. Nunca se hubieran
figurado los arcadios que vinieran los eleos a atacarles, y lejos de
este pensamiento, hallábanse organizando las fiestas con los pisatas
y habían terminado ya las carreras de caballos y el pentatlón; pero
cuando llegó el turno de la lucha, no tuvo esta lugar en el estadio
sino entre este y el altar, pues los eleos en armas ya estaban junto
al recinto sagrado. Sin ir más lejos a su encuentro, los arcadios
despliegan sus fuerzas a orillas del Cládeo, riachuelo que corre a lo
largo del Altis[283] y que desemboca en el Alfeo: tenían como aliados
unos dos mil hoplitas argivos y unos cuatrocientos caballos atenienses.
Los eleos, que se habían formado en batalla al otro lado del riachuelo,
inmolan las víctimas y avanzan inmediatamente contra los enemigos.
Hasta esta época habían sido considerados siempre como guerreros de
segundo orden por los arcadios y argivos, así como por los aqueos y
atenienses, pero aquel día fueron considerados como los más valientes
de entre todos los aliados. Ponen en fuga a los arcadios, contra los
cuales primero se dirigen, y hacen lo mismo, después de rechazarlos
valientemente, con los argivos. Persiguen los eleos a los fugitivos
hasta el espacio situado entre el senado, el templo de Vesta y el
teatro, que se halla junto a aquel edificio: allí combaten con igual
denuedo y rechazan al enemigo hasta el altar, pero alcanzados por los
proyectiles que se les arrojan desde lo alto de los pórticos de la sala
del consejo y del gran templo, mientras que ellos combaten en un suelo
completamente llano, pierden a muchos de sus soldados, y entre otros al
mismo Estrátola, jefe de los trescientos.
Después de esta acción se retiran a su campamento, pero los arcadios
y sus aliados quedan atemorizados de tal modo, en previsión de lo
que ocurrirá al día siguiente, que no se dan punto de reposo durante
toda la noche, derribando las tiendas elevadas a gran coste, y
fortificándose con trincheras. Al otro día, cuando se aproximan los
eleos y ven una fuerte empalizada y gran número de individuos subidos
a los templos, se retiran a su ciudad, pues el valor que habían
desplegado el día anterior había sido tal que solo un dios podía
haberlo inspirado y hacerle aparecer en un solo día, pues no está en
el poder de los hombres, aun en un largo espacio de tiempo, volver
valientes a los que se hallan privados de valor.
Habiendo los arcontes arcadios hecho uso de los fondos sagrados para
el sostenimiento de los eparitas, los mantineos prohíben por un
decreto hacer uso de los fondos sagrados, y recogida en su ciudad la
parte que les toca pagar para los eparitas, la envían a los arcontes.
Pretenden entonces los jefes arcadios que los arcontes mantineos
atentan a la confederación arcadia, y les citan ante los diez mil;
pero no compareciendo, se pronuncia sentencia y mandan a los eparitas
que conduzcan a los condenados. Cierran los mantineos sus puertas y
no les admiten dentro de sus muros: al mismo tiempo levántanse otras
voces entre los diez mil, diciendo que no debe gastarse el dinero
sagrado y legar a sus descendientes este crimen contra los dioses,
por lo cual, así que se ha decretado en la asamblea común que no se
pueden tocar aquellos fondos, los eparitas que no pueden servir sin
sueldo se retiran, mientras por el contrario, los que poseen medios
abundantes, se exhortan mutuamente y ocupan el lugar de los que se han
marchado, a fin de no hallarse más bajo su dependencia y tenerles, por
el contrario, bajo la suya.
Los jefes arcadios, que habían gastado el dinero sagrado, conociendo
que pronto se les obligará a dar cuenta de él, y con el temor de ser
ahorcados, hacen decir a los tebanos que si no se ponen en marcha
inmediatamente, corren peligro de ver nuevamente amigos de los
lacedemonios a los arcadios, por lo cual, los tebanos se preparan
para ponerse en camino; pero cuantos sinceramente se preocupan de los
verdaderos intereses del Peloponeso, persuaden a la asamblea arcadia
para que mande embajadores a los tebanos, que les digan no vayan en
armas a Arcadia entretanto no se les llame, y mientras hacen decirles
esto, reflexionan que de nada ha de servirles la guerra y que, en
efecto, ninguna necesidad tienen de correr con el cuidado del templo
de Júpiter, y que, por el contrario, al renunciar a él realizarán una
acción más justa y piadosa y se harán más agradables a la divinidad.
Como los eleos no tenían ninguna otra pretensión, ambos partidos se
deciden por la paz y firman el tratado.
Jurado este por todas las ciudades, del propio modo que por los
tegeatas y por su mismo gobernador tebano, quien se hallaba en Tegea
con trescientos hoplitas beocios, todos los arcadios permanecen en
dicha población, entregándose a la alegría y a las fiestas y júbilo
con libaciones y cantos en honor de la paz. Pero el tebano y los
arcontes que temían la rendición de cuentas, uniéndose a los beocios y
a los eparitas, que hacían causa común con ellos, cierran las puertas
de Tegea y hacen prender a los primeros ciudadanos en medio de los
banquetes. Como se encontraban allí arcadios de todas las ciudades,
pues todos deseaban la paz, el número de los que prendieron fue muy
considerable: pronto queda llena la cárcel y aun la casa del consejo.
Siendo muchos los presos, algunos saltaron desde lo alto de los muros,
y aun permitiose a otros evadirse por las puertas, pues solo se estaba
quejoso de los que eran considerados como causantes de su perdición;
y lo que enoja más al tebano y a sus cómplices, es que solo tienen en
su poder un pequeño número de mantineos, cuando casualmente contra
ellos era contra quienes se tenía una enemiga mayor; pero gracias a la
proximidad de su población, casi todos habían podido escapar.
Cuando viene el día y saben los mantineos lo que ha ocurrido,
recomiendan inmediatamente a todas las ciudades de Arcadia se pongan a
la defensiva y vigilen sus murallas: hacen ellos lo mismo y envían al
mismo tiempo a Tegea pidiendo la libertad de todos los mantineos que se
hallan detenidos, exigiendo al mismo tiempo que ninguno de los otros
arcadios sea encarcelado o condenado a muerte sin someterle previamente
a juicio, ofreciendo la garantía de la ciudad de Mantinea para el caso
de que contra ellos hubiese motivo de acusación y prometiendo llevar
ante la asamblea arcadia a cuantos sean citados ante ella. El tebano
no sabe qué resolver ante esta embajada y da libertad a todos. Al día
siguiente reúne a cuantos arcadios quieren acudir a su llamamiento,
y procura justificarse con ellos, asegurando ha sido engañado y
pretendiendo, en efecto, haber sabido que los lacedemonios se hallaban
en armas en las fronteras y que algunos arcadios querían entregarles
la ciudad de Tegea. Después de oírle, le dejan libre, a pesar de saber
bien que había mentido en cuanto les había dicho, pero envían diputados
a Tebas para acusarle y para pedir se le condene a muerte. Cuéntase,
sin embargo, que Epaminondas, entonces uno de los generales en mando,
dijo que se había tenido más razón al detener a aquellos hombres que al
devolverles la libertad.
--«Pues --dijo--, ¿cómo no os acusaríamos de traición con justicia
después que nos habéis hecho la guerra y sin nuestro consentimiento
ajustáis la paz? En cuanto a nosotros, sabed, añadió, que marcharemos
a Arcadia, y allí haremos la guerra concertadamente con aquellos que
pertenecen aún a nuestro partido.»