CAPÍTULO V.

Habiendo sido llevada esta contestación a la asamblea arcadia y a las

diferentes ciudades, los mantineos y cuantos arcadios se interesan por

el Peloponeso, del mismo modo que los eleos y aqueos, se convencen

desde entonces de que los tebanos no ocultan ya su deseo de ver al

Peloponeso lo más débil posible para subyugarlo después con mayor

facilidad.

--«¿Por qué, en efecto, dicen, quieren que estemos siempre en guerra,

si no es para que nos hagamos todo el mal que podamos unos a otros y

para que los dos partidos beligerantes tengan ambos necesidad de sus

auxilios? ¿Por qué contestan que se hallan dispuestos a marchar cuando

les decimos que por el momento no tenemos necesidad de ellos? ¿No es

evidente que si preparan esta expedición es para hacernos algún daño?»

Envían igualmente a Atenas en demanda de socorro y dirígese también

a Lacedemonia una comisión de eparitas, encargada de exhortar a los

lacedemonios para rechazar todos juntos a cuantos quisieran subyugar

el Peloponeso. En cuanto a la hegemonía, convínose desde entonces en

que cada pueblo ejercería en su territorio el mando supremo. Durante

estas negociaciones, Epaminondas había salido[284] en expedición con

todos los beocios y con gran número de eubeos y tesalios, enviados

unos por Alejandro[285] y otros por los adversarios de este tirano. Los

focidios no van con él, sin embargo, alegando los tratados, que, según

dicen, les obligan a socorrer a Tebas cuando se halle atacada, pero no

a formar parte de ninguna expedición contra otros estados. Epaminondas

no duda de que, una vez en el Peloponeso, se le juntarán los argivos

y mesenios, del propio modo que los arcadios que permanecen en su

amistad y que eran los tegeatas, megalopolitas, aseatas, palantieos y

todas aquellas ciudades a las que su pequeñez y su situación, en medio

de dichos estados, no les dejaban otro remedio.

Parte Epaminondas a toda prisa, y llegado a Nemea, permanece allí con

la esperanza de sorprender a los atenienses a su paso, contando que

sería un gran motivo de animar a sus tropas y aliados y desanimar a

sus adversarios, pues, para decirlo en una palabra, creía que todo

revés para los atenienses era una ventaja para los tebanos. Durante

esta detención reúnense los estados confederados en Mantinea, y cuando

Epaminondas sabe que han renunciado los atenienses a pasar por tierra

y se preparan a enviar por mar, y a través de Laconia, sus refuerzos a

los arcadios, sale de Nemea y llega a Tegea. No puedo decir que este

hombre haya sido afortunado en la época de su mando, pero creo que nada

dejó que desear de cuanto es obra de la prudencia y de la audacia. En

primer lugar, debo alabarle por haber instalado su campamento dentro

de los muros de Tegea, pues esto le daba una posición más segura que si

acampaba al aire libre, le permitía al mismo tiempo ocultar mejor sus

designios al enemigo y proveerse más fácilmente en la ciudad de cuanto

podía necesitar. Podía también además ver a los enemigos acampados

fuera y juzgar de la bondad de todos sus actos, así como, a pesar de

creerse más fuerte que el enemigo, podía dejar de atacarle si creía que

tenía este ventajas por las condiciones del terreno.

Viendo, sin embargo, que ninguna ciudad se declara a su favor,

y juzgando que pasa el tiempo, se determina a obrar, pues de lo

contrario, cuanto mayor ha sido su gloria anterior, mayor será su

consiguiente deshonra. Habiendo, pues, sabido que los enemigos se han

fortificado en los alrededores de Mantinea y han venido a buscar a

Agesilao y a todos los lacedemonios, quienes, según le refieren, se

hallan ya en camino y han llegado a Pelene, hace cenar a sus tropas,

y dando la orden de marcha, se dirige directamente a Esparta. Si

un cretense, por inspiración divina no hubiera venido a anunciar a

Agesilao la aproximación del ejército enemigo, la ciudad entera hubiera

caído en poder de Epaminondas, que la hubiese hallado como un nido

y completamente desguarnecida; pero Agesilao, informado a tiempo de

este golpe de mano, llega antes que él a la ciudad, y los espartanos

se reparten los distintos puntos de peligro, a pesar de hallarse en

pequeño número, pues su caballería estaba en Arcadia, del mismo modo

que los mercenarios y tres de las doce cohortes.

Cuando Epaminondas llega a los alrededores de Esparta, evita entrar en

lugares en que las tropas tengan que pelear a descubierto y ofreciendo

blanco a los proyectiles que se les arrojarán desde las casas y en

situación en que el mayor número no pueda dar ninguna superioridad;

pero apoderándose de una posición que cree ventajosa, en lugar de

atacar subiendo, dirígese contra la ciudad partiendo de una altura. En

cuanto a lo que después sucedió, puede verse en ello la intervención de

un dios; pero puede decirse también con razón que nadie puede resistir

a los que se hallan en estado de completa desesperación; en efecto,

cuando llega Arquidamo con menos de cien hombres después de una marcha

que se reputa muy difícil, dirígese en línea recta hacia los enemigos,

y he aquí que estas tropas que se hallaban arrojando fuego, que estos

vencedores de los lacedemonios superiores en número y en posiciones

ventajosas, no resisten el choque de Arquidamo, y ceden, pereciendo

las primeras filas de los de Epaminondas; pero como los de Esparta,

orgullosos por su victoria, continuaran la persecución más lejos de lo

que debían, reciben a su vez el justo castigo, pues sin duda estaba

escrito por una mano divina hasta qué límite les estaba concedida la

victoria. Arquidamo levanta, pues, un trofeo y devuelve, bajo la fe de

una tregua, a los enemigos los cuerpos de los que allí han muerto.

Epaminondas, por su parte, previendo que los arcadios vendrán en

auxilio de los lacedemonios, no quiere tener que combatir con todos los

lacedemonios reunidos con ellos, sobre todo después de haber alcanzado

los enemigos una ventaja y sufrido sus tropas un revés, por lo cual

se dirige a toda prisa a Tegea, donde deja descansar a sus hoplitas,

aunque mande su caballería a Mantinea, exhortándoles a no dejarse

abatir y manifestándoles que a causa de la estación probablemente

encontrarán fuera de los muros de Mantinea a todos sus rebaños y a

todos sus habitantes. Partió, pues, la caballería tebana, pero saliendo

la ateniense de Eleusis, había cenado en el Istmo, y después de

atravesar Cleonas, había llegado al territorio mantineo acantonándose

dentro de los muros. Cuando se sabe en Mantinea que se aproximan los

enemigos, ruegan los habitantes de dicha población a los atenienses

que les socorran con todas sus fuerzas; muéstranles en los campos

sus rebaños, sus obreros y gran número de ancianos y niños de libre

condición, y los atenienses al oírles, se ponen en campaña a pesar de

hallarse en ayunas ellos y sus caballos. ¿Quién no admirará el valor

que desplegaron en estas circunstancias? Aunque inferiores en número,

y a pesar de haber experimentado su caballería un desastre en Corinto,

no se dejan dominar por estas consideraciones ni se detienen pensando

que van a combatir a los tebanos y tesalios, que siempre han sido

reputados como los mejores caballos, sino que, sonrojándose a la idea

de que su presencia no preste utilidad alguna a sus aliados, se arrojan

sobre los enemigos así que les distinguen, deseosos de poner en buen

lugar a su patria, y a su valor debieron los mantineos el poder salvar

cuanto tenían en los campos. Pierden los atenienses algunos valientes

y los enemigos pierden también algunos evidentemente, pues no había

armas bastante cortas para que los dos partidos no pudiesen alcanzarse

recíprocamente. Recogen sus muertos, y por medio de convención

entregan a los enemigos los suyos.

Epaminondas, sin embargo, considerando que va a verse obligado dentro

de pocos días a partir, pues terminaba ya el tiempo fijado para

la expedición, conoce que si deja sin defensa los estados que ha

venido a socorrer, serán atacados por sus adversarios y que él mismo

verá completamente perdida su reputación por haber sido vencido en

Lacedemonia con su numerosa infantería por un puñado de hombres, y

junto a Mantinea en un combate de caballería, siendo causa con su

expedición al Peloponeso de la liga formada por los lacedemonios,

arcadios, aqueos, eleos y atenienses. Por esto le parece vergonzoso

marchar sin combatir, sobre todo reflexionando que si vence terminará

todo en bien, y que si muere combatiendo, será un fin muy glorioso

perecer procurando dejar a su patria el dominio del Peloponeso.

No son, sin embargo, estos sentimientos los que le hacen más admirable

a mis ojos, puesto que tales son los pensamientos de todos los hombres

generosos; lo que me parece más digno de admiración es el haber formado

un ejército que no teme ninguna penalidad ni de día ni de noche, que

no retrocede ante ningún peligro y que no rehúsa jamás su obediencia

aun cuando carezca de todo. Cuando manda por la última vez a sus tropas

que se preparen para el combate, la caballería se pone a dar brillo

a sus cascos, y los hoplitas arcadios graban en sus escudos marcas

que indican son tebanos[286], afilando todos las espadas y sables y

pulimentando sus escudos. El orden de combate que emplea después de

haberse puesto al frente de sus tropas es también digno de alabanza.

Así que manda alinear filas, como era natural parece indicar se

dispone para el combate; pero cuando su ejército se halla en completa

formación, no se dirige hacia el enemigo por el camino más corto,

sino que marcha en dirección a las montañas situadas al occidente y

frente a frente de Tegea, de manera que hace creer al enemigo que no

quiere aquel día librar el combate. Efectivamente, llegado al pie

de la montaña, despliega su falange y hace deponer las armas en las

alturas como si quisiese acampar allí. Con esta maniobra debilita el

ardor del enemigo que se había dispuesto para el combate y que entonces

rompe filas; pero después de haber hecho converger a la vanguardia las

compañías que marchaban por filas y formar alrededor de él un fuerte

cuerpo de ataque, hace repartir nuevamente las armas y avanzar contra

el enemigo. Sus tropas le siguen inmediatamente.

Cuando los enemigos, contra sus esperanzas, le ven llegar, nadie

sostiene el ataque; unos corren a sus filas o se alinean, ensillan

otros los caballos mientras los restantes revisten sus corazas, y

todos, en fin, tienen que rechazar al enemigo, más bien que atacarle.

Epaminondas guiaba su ejército como una trirreme con la proa hacia

adelante, contando con hacer retroceder al enemigo allí donde atacase

y aniquilar así todo el ejército. Preparábanse, en efecto, a combatir

con las tropas más vigorosas, habiendo colocado todo lo más lejos

posible y en la retaguardia a los soldados más débiles, comprendiendo

bien que la derrota de estos produciría a los suyos el desaliento

y entusiasmaría al enemigo. Este había ordenado su caballería como

un cuerpo de hoplitas, sin mezclar con ella la infantería; pero

Epaminondas forma también la suya en un compacto cuerpo de ataque,

mezclando con ella a los infantes para que una vez deshecha la

caballería sea completa la derrota de los enemigos, pues, en efecto,

difícilmente se halla quien sostenga el ataque del enemigo una vez

emprende la fuga una parte de su ejército; y a fin de impedir asimismo

a los atenienses del ala izquierda vayan en auxilio de sus vecinos,

coloca frente a ellos, en las alturas, algunos caballos e infantes

para inspirarles el temor de ser cogidos por la retaguardia así que

se dirijan a auxiliar a los demás. Tal fue su orden de batalla, y sus

esperanzas no salieran fallidas, pues, vencedor allí donde atacó, puso

en fuga a todo el ejército enemigo.

Sin embargo, así que cae herido[287], no saben los suyos aprovecharse

de la victoria, y aunque los hoplitas ven derrotados a los enemigos,

no matan a nadie y se quedan inmóviles en el punto en que había

tenido lugar el primer choque. La caballería, por su parte, aunque ve

huyendo a la del enemigo, no mata tampoco ni infantes ni caballos,

pues sobrecogidos de terror se arrojan, como lo hubieran hecho unos

vencidos, a través de las filas enemigas en derrota; sin embargo, la

infantería que había sido mezclada con la caballería, y los peltastas,

habían participado de la victoria de la caballería, y llegaban

vencedores al ala izquierda; pero allí son casi todos deshechos por los

atenienses.

Terminada la batalla, sucedió lo contrario de lo que todos creían,

pues al ver reunido el contingente de toda Grecia[288] formado en

batalla, nadie podía prever que los resultados del combate no fuesen

la dominación de los vencedores ni la sujeción de los vencidos; pero

la divinidad hizo que cada bando elevase un trofeo como vencedor sin

oponerse el contrario; ambos recogen sus muertos por una tregua,

concediéndola como vencedores y suplicándola como vencidos, y más

tarde, aunque ambos pretenden haber quedado dueños de la victoria, no

se vio a ninguno de ellos poseer comarca, ciudad o mando que no tuviese

antes del combate. Después de este, la confusión y la turbulencia

dominan con mayor insistencia que antes en toda Grecia.

En cuanto a mí, no me he propuesto escribir de esta historia más que lo

que llevo referido: la narración de lo que siguió a este combate, queda

para otro escritor.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 49 / 52 题