He aquí cuanto quería decir respecto al valor de los fliasios en la
guerra, de su fidelidad y constancia hacia los aliados aun en sus
momentos más difíciles. Casi al mismo tiempo[265] Eneas de Estínfalo,
general de los arcadios, cree que no debe soportarse ya más tiempo lo
que sucede en Sición. Sube con su ejército a la acrópolis, convoca
a los notables de la ciudad y envía a buscar a cuantos han sido
desterrados sin decreto. Temiendo el resultado de estas medidas, Eufrón
huye al puerto de Sición, y haciendo venir de Corinto a Pasimelo,
entrega por su mediación a los lacedemonios aquel puerto y entra de
nuevo en su alianza declarándoles les ha sido siempre fiel. Pretende
que cuando se puso a votación en la ciudad la proposición que decidió
la defección, él votó contra ella con pequeño número de senadores, y
que después había establecido la democracia para vengarse de los que le
habían hecho traición.
--«Yo soy --añade-- la causa del actual destierro de cuantos os han
abandonado. Si hubiese podido hacerlo, hubiera tomado vuestro partido
cuando me hallaba dueño de toda la ciudad; pero ya que no puedo más, os
entrego ahora el puerto de que me he apoderado.»
Muchos fueron los que le oyeron pronunciar estas palabras, pero no
se ha averiguado aún el número de los que las creyeron. Ya que la he
principiado, voy a concluir la historia de Eufrón. Aprovechándose de
las disensiones que tenían lugar en Sición entre los notables y la
plebe, consigue Eufrón entrar de nuevo en esta ciudad, con ayuda de un
cuerpo de mercenarios que había alistado en Atenas. Auxiliado por la
plebe se apodera de la población; pero el gobernador tebano conserva
en su poder la acrópolis. Comprendiendo entonces que no podría ser
dueño de Sición mientras los tebanos posean la ciudadela, reúne grandes
cantidades de dinero y sale a fin de persuadir por este medio a los
tebanos para que arrojen de la ciudad a los notables y se la entreguen
nuevamente. Pero habiendo averiguado los antiguos desterrados su
viaje y el objeto del mismo, dirígense también a Tebas; y viéndole en
intimidad con los magistrados, temen se salga con la suya, y algunos,
sin hacerse cargo del peligro que corren, asesinan a Eufrón en la
acrópolis, en el mismo instante en que los arcontes y senadores se
hallaban en sesión. Los arcontes conducen a los autores de aquella
muerte ante el senado y se expresan en estos términos:
«Ciudadanos: reclamamos la pena de muerte contra los matadores de
Eufrón, considerando que jamás los hombres honrados cometen acciones
criminales e impías, y que los mismos malvados, al llevarlas a cabo,
procuran ocultarlas en la sombra; pero estos que aquí veis dejan de
tal modo atrás a todos los hombres en osadía y en maldad, que con
pleno conocimiento de causa, y por su sola voluntad, han dado muerte a
ese hombre en presencia de vuestros magistrados y de vosotros mismos,
que sois dueños de castigar y de absolver. ¿Quién se atreverá, pues,
a venir aquí si no reciben estos culpables el último castigo? ¿Cuál
será la suerte de nuestra ciudad, si está permitido a todo el mundo
hacerse justicia por sí mismo, sin haber siquiera dado a conocer el
motivo de su venida? Acusamos, pues, a estos hombres y les perseguimos
como culpables de la más grande impiedad y del crimen más horrendo,
como individuos que se han atrevido indignamente contra esta ciudad. A
vosotros os toca ahora, después de habernos oído, darles el castigo que
a vuestro juicio merezcan.»
Así dijeron los arcontes; en cuanto a los culpables, todos niegan haber
cometido el crimen, fuera de uno solo que después de confesarlo se
defendió poco más o menos en estos términos[266]:
«Tebanos: es imposible que se atreva nadie a afrontar vuestro poder,
puesto que todos sabemos que tenéis la fuerza necesaria para tratar
como mejor os parezca al que os insulte. ¿Qué sentimiento, pues, de
confianza ha podido llevarme a dar muerte aquí a este hombre? Sabedlo
bien: en primer lugar, el de que obraba justamente; y en segundo, el de
que juzgaréis mi acción del modo que se merece. Sabía, en efecto, que
no habíais esperado a juzgar a Arquias y a Hípates, a quienes habíais
hallado culpables del mismo crimen que Eufrón, pues sin aguardar a la
votación les castigasteis así que pudisteis, convencidos de que el
mundo entero tendría que condenar a los que no procuraban siquiera
ocultar su impiedad, sus traiciones y su deseo de ejercer la tiranía.
Pues bien; ¿no era acaso Eufrón culpable de esos mismos crímenes?
Después de haber hallado el tesoro sagrado lleno de ofrendas de oro y
plata, lo dejó completamente vacío. ¿Quién podría haberse mostrado más
evidentemente traidor que Eufrón, el cual, siendo amigo íntimo de los
lacedemonios, les ha abandonado por vosotros, y que después de haberos
dado las garantías más evidentes de fidelidad, os ha hecho nuevamente
traición por aquellos, después de haber entregado el puerto de nuestra
ciudad a vuestros enemigos? Y ¿cómo poder negar que fuese un tirano
quien reducía a la esclavitud no solo a los hombres libres, sino a los
ciudadanos, quien no cesaba de matar, desterrar y despojar de sus
bienes, no a los culpables, sino a cuantos quería, a pesar de ser los
mejores ciudadanos?
»Reúnese después a los atenienses, vuestros enemigos más tenaces,
vuelve a entrar en Sición, haciendo armas contra el gobernador que
vosotros habíais nombrado, y no habiendo podido arrojarle de la
acrópolis, dirígese aquí después de reunir todo el dinero que puede.
Bien sé que si hubiese abiertamente levantado tropas contra vosotros,
tendríais que mostraros agradecidos por haberle dado muerte, pero ¿cómo
os hallaríais animados por la equidad, al castigarme a muerte por haber
hecho justicia con un hombre que llegaba con el dinero recogido para
corromperos y persuadiros a que le restablecieseis como tirano de su
patria? Y en efecto, aquellos contra quienes se emplea la fuerza de
las armas, experimentan una desgracia, pero no aparecen nunca como
criminales, mientras que, por el contrario, los que por dinero se dejan
corromper, caen en la desgracia y se llenan de infamia.
»Sin embargo, si Eufrón hubiese sido mi enemigo personal o vuestro
amigo particular, reconozco que no hubiera debido matarle dentro de
vuestro territorio; pero una vez que os había hecho traición, ¿dejaría
acaso de ser tan enemigo vuestro como mío? Y ¡por Zeus! se dirá: ha
venido libremente. ¡Pero qué! Hubiera merecido vuestros elogios el
que le hubiese muerto lejos de vuestra ciudad, y ahora que volvía
nuevamente para aumentar el número de las maldades que os ha hecho, ¿ha
de poder decirse que no ha merecido su suerte? ¿Dónde podréis enseñarme
entre los griegos tratado alguno que favorezca a los traidores, a los
desertores o a los tiranos? Recordad, además, que habéis votado la
extradición de los desterrados de todos los estados aliados. En cuanto
a mí, ciudadanos, pretendo que si me condenáis a muerte conseguiréis
únicamente vengar a vuestro mayor enemigo, pero que si proclamáis la
justicia de mi conducta, habréis vengado a la vista de todos, vuestras
propias injurias y las de vuestros aliados.»
Los tebanos, después de haber oído esta defensa, decretan que Eufrón ha
sufrido el castigo que merecía. Sus conciudadanos[267], sin embargo,
recogen su cuerpo como el de un hombre honrado y le dan sepultura en
la plaza pública, donde le honran como uno de los jefes supremos o
fundadores de la población[268]. De este modo, según parece, la mayor
parte de la gente trata como hombres honrados a sus bienhechores.