CAPÍTULO II.[259]

Así las cosas, los argivos habían ya fortificado contra Fliunte[260]

el fuerte de Tricárano, cerca del templo de Juno, cuando los sicionios

rodearon también con muros a Tiamia, que se halla en la frontera de

los fliasios, con lo cual estos se encontraron vivamente acosados y

privados de víveres, pero no por esto perseveran menos en la fidelidad

de su alianza. Cuando las grandes ciudades realizan algo glorioso,

menciónanlo todos los historiadores; mas paréceme a mí que cuando una

pequeña ciudad se manifiesta como autora de gran número de gloriosas

acciones, merece aún más que sean estas publicadas.

Habían sido los fliasios amigos de los lacedemonios cuando estos se

hallaban en la prosperidad; después de sus reveses en la batalla de

Leuctra, a raíz de la sublevación de gran número de periecos y de la

de casi todos los hilotas, a pesar de la defección de los aliados y

cuando los griegos todos les abandonaban, no solo permanecieron fieles

a ellos, sino que teniendo por enemigos los pueblos más poderosos

del Peloponeso, los argivos y los arcadios, vinieron a socorrerles.

Designados por la suerte para pasar a Prasias[261] como último cuerpo

de los auxiliares (corintios, epidaurios, trecenios, hermioneos,

halieos, sicionios y peleneos), no solo no les hicieron traición,

sino que abandonados por su jefe, que a la cabeza de la vanguardia se

retiró, sin acobardarse y tomando un guía de Prasias por estar los

enemigos alrededor de Amiclas, consiguieron abrirse paso por entre

mil obstáculos y llegar finalmente a Esparta, donde los lacedemonios

les dieron varias muestras de admiración y les enviaron un buey como

presente de hospitalidad.

Cuando los enemigos se retiraron de Lacedemonia, irritados los argivos

por el celo excesivo de los fliasios, invadieron en masa el territorio

de Fliunte y lo devastaron por completo; pero ellos no cedieron

tampoco, sino que, por el contrario, en el momento en que los enemigos

se retiraban después de haber saqueado cuanto a mano habían hallado, la

caballería fliasia verifica una salida, y poniéndose a sus alcances,

a pesar de tener en contra toda la de los argivos y las compañías se

hallen desplegadas junto a su retaguardia, cargan sobre ellos en número

de sesenta, consiguiendo derrotarlos, y si bien dan muerte solo a unos

pocos, levantan a la vista de los enemigos un trofeo, del mismo modo

que si los hubiesen muerto a todos.

En otra ocasión custodiaban los lacedemonios y sus aliados el monte

Oneo, mientras se aproximaban los tebanos para atravesarle; pasaban

por Nemea los arcadios y eleos para reunirse a los tebanos, cuando

los desterrados de Fliunte les indican que con solo mostrarse pueden

apoderarse de la ciudad. Concertada la empresa, los desterrados,

seguidos de unos seiscientos hombres, se colocan durante la noche junto

a los muros, después de haberse procurado escalas para el asalto, y

cuando los centinelas de Tricárano señalan la presencia del enemigo,

los traidores aprovechan los momentos en que la atención toda de la

ciudad se dirige hacia aquella parte, y dan la señal de subir a los que

se hallan apostados al pie de los muros. Una vez han conseguido subir,

apodéranse de las armas abandonadas por los centinelas, persiguen a los

guardas diurnos, que eran únicamente uno por cada diez, y dan muerte

a uno que se hallaba durmiendo y a otro que se había refugiado en el

Hereo[262]. Cuando los centinelas fugitivos se arrojan desde lo alto

de los muros por la parte que mira a la ciudad, se cree, sin ninguna

clase de duda, que la ciudadela se halla en poder de los enemigos;

pero cuando los gritos de alarma llegan a la población, acuden los

ciudadanos después de haberse armado, saliendo entonces los enemigos

de la acrópolis peleando frente a la puerta que conduce a la ciudad,

y allí, viéndose rodeados por la incesante multitud, que cada vez más

en aumento les ataca, tienen que retirarse de nuevo a la acrópolis,

donde se precipitan con ellos los ciudadanos. Pronto queda desierto

el centro de la acrópolis, pero súbense los enemigos a la muralla y

a las torres, desde donde arrojan sus proyectiles y sus dardos sobre

cuantos se hallan dentro de su recinto: defiéndense estos desde abajo

y combaten a lo largo de las rampas y escaleras por las que se sube a

la muralla. Una vez dueños los ciudadanos de algunas de las torres,

avanzan desesperadamente sobre sus enemigos, a los que por su audacia

acosan y acorralan en un pequeño espacio. Al mismo tiempo, los arcadios

y argivos rodean la ciudad, y en su parte superior principian a minar

el muro de la acrópolis.

Los de dentro[263], entonces, mandan proyectiles a diestro y a

siniestro a los que se hallan sobre los muros, a los que están en las

escalas procurando escalarlo, y a los que han conseguido subir a las

torres; habiendo hallado fuego en las tiendas, las incendian, y para

este objeto sírvense de los haces de heno que encuentran a mano por

haber sido segado en la misma acrópolis. Arrójanse desde lo alto de las

torres cuantos en ellas se hallaban, por temor a las llamas, los que

se encuentran en la muralla perecen bajo los golpes de los ciudadanos,

y así que principian a ceder desaparecen los enemigos de la ciudadela.

Verifica también la caballería una salida, al ver lo cual, los enemigos

se retiran abandonando las escalas y los muertos, así como los heridos

de gravedad. Sus bajas, contando así los que perecieron combatiendo

en el interior de la acrópolis cómo los que se arrojaron de ella, no

bajaron de ochenta hombres. Era de ver entonces los abrazos y las

felicitaciones que se daban mutuamente cuantos se habían librado de

aquel peligro, y a las mujeres darles de beber, derramando al mismo

tiempo lágrimas de alegría, y era de ver también a todos los presentes

llorar y reír a la vez.

Al año siguiente, los argivos y todos los arcadios invaden nuevamente

el territorio de Fliunte: la causa de esas continuas luchas consistía

en la animadversión que contra los fliasios sentían por hallarse

situados dentro de sus fronteras y por la esperanza que abrigaban

siempre de que la falta de víveres les obligaría a entregarse. En

esta invasión, la caballería y las tropas escogidas de los fliasios,

reunidas a los caballos atenienses que se hallaban en ella casualmente,

caen de improviso sobre el enemigo mientras atravesaba el río[264], y

después de derrotarle, le obligan a retirarse a las colinas cercanas

durante el resto del día, como si temiese pisotear en la llanura las

mieses de pueblos amigos.

En otra ocasión, dirígese contra Fliunte otra expedición mandada por

el gobernador tebano de Sición, al frente de la guarnición de esta

ciudad y de las tropas de sicionios y peleneos, pues en aquella época

obedecían ya a los tebanos; Eufrón tomó parte en la expedición con sus

mercenarios en número de unos dos mil hombres. Bajaron todos hacia

Tricárano junto al Hereo, con objeto de saquear la campiña, a excepción

de los sicionios y peleneos, que se hallaban apostados en las alturas

junto a los desfiladeros que conducen a Corinto, a fin de que no

pudiesen los fliasios, circunvalándoles, hacer frente a su vanguardia,

que se hallaba junto al Hereo.

Luego que saben los de la ciudad que los enemigos ocupan la llanura,

verifican la caballería y las tropas escogidas de los fliasios una

salida, y librando combate, impiden a los enemigos apoderarse de los

alrededores: pasan en dicho lugar la mayor parte del día en escaramuza,

persiguiendo Eufrón y sus tropas al enemigo hasta los lugares

accesibles a la caballería, y los de la ciudad hasta el Hereo. Cuando

creen los enemigos que ya es tiempo de partir, rodean a Tricárano, pues

el foso que se halla delante de esta fortaleza les impedía dirigirse

en línea recta hacia los peleneos. Después de haberles seguido durante

algunos momentos en su marcha hacia las alturas, los fliasios se

inclinan hacia uno de sus lados, y pasando por el camino que existe

junto a los muros, se dirigen a atacar la división pelenea; observando

el jefe tebano la rápida marcha de los fliasios procura con todas

sus fuerzas llegar antes que ellos en socorro de los peleneos; pero

alcanzándoles la caballería fliasia, carga contra ellos, y si bien

son rechazados en el primer choque, vuelven después a cargar apoyados

por la infantería que había ya podido juntárseles, y se generaliza el

combate. Principian a ceder entonces los enemigos y perecen algunos

sicionios y muchos peleneos, soldados esforzados, y los fliasios elevan

un magnífico trofeo y cantan un peán, como era natural, mientras los

tebanos y Eufrón hacen de espectadores como si hubiesen acudido a una

función teatral. Después se retiran ambos bandos, el uno a Sición y el

otro a la ciudad.

He aquí asimismo otro bello rasgo de los fliasios. Logran apoderarse

del peleneo Próxeno, y aunque se hallasen faltos de todo, le sueltan

sin rescate alguno. ¿Cómo dejar de llamar generosos y valientes a los

que así se conducen?

Es proverbial, además, su constancia en guardar fidelidad a sus amigos;

como no recolectaban nada en sus tierras, vivían así de lo que tomaban

al enemigo, como de lo que compraban en Corinto, a cuyo mercado se

dirigían a través de mil peligros, procurándose difícilmente fondos

para sus compras y hallando la misma dificultad para encontrar quien

les procurase víveres o quien les garantizara las cabezas de ganado que

les traen. Hallábanse ya en verdadero apuro, cuando consiguieron que

Cares escoltase un convoy. Después de llegar a Fliunte, persuádenle

a que se lleve las bocas inútiles a Pelene: allí les deja, compran

provisiones, preparan tantos animales de carga como pueden, y vuelven a

marchar durante la noche. No ignoraban que los enemigos les espiaban;

pero juzgaban menos terrible el combatir, que el no tener que comer.

Iban en la vanguardia los fliasios con Cares cuando dan con los

enemigos: excitándose recíprocamente y sin pensarlo un momento, se

arrojan sobre ellos mientras gritan a Cares que les socorra. Queda para

ellos la victoria, y limpiando de enemigos el camino, llegan sanos y

salvos a Fliunte con todo lo que traían. Como habían velado toda la

noche, duermen hasta una hora avanzada del día. Cuando Cares se ha

levantado ya, dirígense a él los de la caballería y los más escogidos

de los hoplitas, diciéndole:

--«Cares, hoy puedes obtener un triunfo de los más notables: los

sicionios están fortificando una de sus plazas fronterizas, tienen gran

número de operarios, pero no tienen muchos hoplitas; vamos, pues, a

dirigirnos contra ellos todos los de a caballo, y los más distinguidos

hoplitas; si quieres seguirnos con tus mercenarios, acaso cuando vengas

hallarás el trabajo ya hecho, o podrás decidir, como en Pelene, el

resultado de la acción. Si te parece cosa demasiado difícil lo que te

proponemos, ofrece un sacrificio a los dioses para consultarles, pues

creemos que te exhortarán aún con mayor fuerza que nosotros para que

hagas lo que te pedimos. Importa también que sepas, oh Cares, que si

realizas lo que te suplicamos, no solo adquirirás un fuerte contra el

enemigo, sino que también conservarás una ciudad amiga y adquirirás

gran fama en tu patria y gran renombre entre los aliados y entre los

enemigos.»

Persuadido Cares, ofrece el sacrificio, y la caballería fliasia, sin

perder un momento, se arma con sus corazas y enjaeza sus caballos,

mientras los hoplitas realizan los preparativos peculiares a la

infantería. Después de haberse armado se dirigen adonde se verificaba

el sacrificio, y les anuncian Cares y el adivino que las víctimas

son favorables; «pero, aguardad --añaden--, pues vamos a salir todos

juntos». Se da a toda prisa la señal de marcha y acuden los mercenarios

inmediatamente, como arrastrados por un ardor divino. Cuando se pone

en marcha Cares, forma la vanguardia la caballería y la infantería

de Fliunte; primero marchan con rapidez y después a la carrera, y

finalmente, la caballería avanza al galope y la infantería a paso de

carga procurando conservar apretadas sus filas: a todos ellos sigue

Cares marchando con bastante velocidad. Era poco antes de la puesta

del sol, mientras los enemigos se hallaban ocupados unos en bañarse,

otros en arreglar su comida, en la elaboración del pan o en preparar

sus camas: todos ellos se sobrecogen de terror al ver la impetuosidad

del ataque, huyen a la desbandada abandonando a los valientes enemigos

todas sus provisiones. Después de haber cenado los fliasios con estos

víveres y con otros llegados de Fliunte, haciendo libaciones por la

victoria y entonando el peán, colocan centinelas y se entregan al

descanso. Los corintios, a la llegada del mensajero que durante la

noche les trae noticia de lo ocurrido en Tiamia, muestran amistosa

actividad en reunir, por medio de pregón, vehículos y animales que

cargados de trigo envían a Fliunte. Estos convoyes se renuevan cada día

mientras dura la construcción del fuerte.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 46 / 52 题