Así las cosas, los argivos habían ya fortificado contra Fliunte[260]
el fuerte de Tricárano, cerca del templo de Juno, cuando los sicionios
rodearon también con muros a Tiamia, que se halla en la frontera de
los fliasios, con lo cual estos se encontraron vivamente acosados y
privados de víveres, pero no por esto perseveran menos en la fidelidad
de su alianza. Cuando las grandes ciudades realizan algo glorioso,
menciónanlo todos los historiadores; mas paréceme a mí que cuando una
pequeña ciudad se manifiesta como autora de gran número de gloriosas
acciones, merece aún más que sean estas publicadas.
Habían sido los fliasios amigos de los lacedemonios cuando estos se
hallaban en la prosperidad; después de sus reveses en la batalla de
Leuctra, a raíz de la sublevación de gran número de periecos y de la
de casi todos los hilotas, a pesar de la defección de los aliados y
cuando los griegos todos les abandonaban, no solo permanecieron fieles
a ellos, sino que teniendo por enemigos los pueblos más poderosos
del Peloponeso, los argivos y los arcadios, vinieron a socorrerles.
Designados por la suerte para pasar a Prasias[261] como último cuerpo
de los auxiliares (corintios, epidaurios, trecenios, hermioneos,
halieos, sicionios y peleneos), no solo no les hicieron traición,
sino que abandonados por su jefe, que a la cabeza de la vanguardia se
retiró, sin acobardarse y tomando un guía de Prasias por estar los
enemigos alrededor de Amiclas, consiguieron abrirse paso por entre
mil obstáculos y llegar finalmente a Esparta, donde los lacedemonios
les dieron varias muestras de admiración y les enviaron un buey como
presente de hospitalidad.
Cuando los enemigos se retiraron de Lacedemonia, irritados los argivos
por el celo excesivo de los fliasios, invadieron en masa el territorio
de Fliunte y lo devastaron por completo; pero ellos no cedieron
tampoco, sino que, por el contrario, en el momento en que los enemigos
se retiraban después de haber saqueado cuanto a mano habían hallado, la
caballería fliasia verifica una salida, y poniéndose a sus alcances,
a pesar de tener en contra toda la de los argivos y las compañías se
hallen desplegadas junto a su retaguardia, cargan sobre ellos en número
de sesenta, consiguiendo derrotarlos, y si bien dan muerte solo a unos
pocos, levantan a la vista de los enemigos un trofeo, del mismo modo
que si los hubiesen muerto a todos.
En otra ocasión custodiaban los lacedemonios y sus aliados el monte
Oneo, mientras se aproximaban los tebanos para atravesarle; pasaban
por Nemea los arcadios y eleos para reunirse a los tebanos, cuando
los desterrados de Fliunte les indican que con solo mostrarse pueden
apoderarse de la ciudad. Concertada la empresa, los desterrados,
seguidos de unos seiscientos hombres, se colocan durante la noche junto
a los muros, después de haberse procurado escalas para el asalto, y
cuando los centinelas de Tricárano señalan la presencia del enemigo,
los traidores aprovechan los momentos en que la atención toda de la
ciudad se dirige hacia aquella parte, y dan la señal de subir a los que
se hallan apostados al pie de los muros. Una vez han conseguido subir,
apodéranse de las armas abandonadas por los centinelas, persiguen a los
guardas diurnos, que eran únicamente uno por cada diez, y dan muerte
a uno que se hallaba durmiendo y a otro que se había refugiado en el
Hereo[262]. Cuando los centinelas fugitivos se arrojan desde lo alto
de los muros por la parte que mira a la ciudad, se cree, sin ninguna
clase de duda, que la ciudadela se halla en poder de los enemigos;
pero cuando los gritos de alarma llegan a la población, acuden los
ciudadanos después de haberse armado, saliendo entonces los enemigos
de la acrópolis peleando frente a la puerta que conduce a la ciudad,
y allí, viéndose rodeados por la incesante multitud, que cada vez más
en aumento les ataca, tienen que retirarse de nuevo a la acrópolis,
donde se precipitan con ellos los ciudadanos. Pronto queda desierto
el centro de la acrópolis, pero súbense los enemigos a la muralla y
a las torres, desde donde arrojan sus proyectiles y sus dardos sobre
cuantos se hallan dentro de su recinto: defiéndense estos desde abajo
y combaten a lo largo de las rampas y escaleras por las que se sube a
la muralla. Una vez dueños los ciudadanos de algunas de las torres,
avanzan desesperadamente sobre sus enemigos, a los que por su audacia
acosan y acorralan en un pequeño espacio. Al mismo tiempo, los arcadios
y argivos rodean la ciudad, y en su parte superior principian a minar
el muro de la acrópolis.
Los de dentro[263], entonces, mandan proyectiles a diestro y a
siniestro a los que se hallan sobre los muros, a los que están en las
escalas procurando escalarlo, y a los que han conseguido subir a las
torres; habiendo hallado fuego en las tiendas, las incendian, y para
este objeto sírvense de los haces de heno que encuentran a mano por
haber sido segado en la misma acrópolis. Arrójanse desde lo alto de las
torres cuantos en ellas se hallaban, por temor a las llamas, los que
se encuentran en la muralla perecen bajo los golpes de los ciudadanos,
y así que principian a ceder desaparecen los enemigos de la ciudadela.
Verifica también la caballería una salida, al ver lo cual, los enemigos
se retiran abandonando las escalas y los muertos, así como los heridos
de gravedad. Sus bajas, contando así los que perecieron combatiendo
en el interior de la acrópolis cómo los que se arrojaron de ella, no
bajaron de ochenta hombres. Era de ver entonces los abrazos y las
felicitaciones que se daban mutuamente cuantos se habían librado de
aquel peligro, y a las mujeres darles de beber, derramando al mismo
tiempo lágrimas de alegría, y era de ver también a todos los presentes
llorar y reír a la vez.
Al año siguiente, los argivos y todos los arcadios invaden nuevamente
el territorio de Fliunte: la causa de esas continuas luchas consistía
en la animadversión que contra los fliasios sentían por hallarse
situados dentro de sus fronteras y por la esperanza que abrigaban
siempre de que la falta de víveres les obligaría a entregarse. En
esta invasión, la caballería y las tropas escogidas de los fliasios,
reunidas a los caballos atenienses que se hallaban en ella casualmente,
caen de improviso sobre el enemigo mientras atravesaba el río[264], y
después de derrotarle, le obligan a retirarse a las colinas cercanas
durante el resto del día, como si temiese pisotear en la llanura las
mieses de pueblos amigos.
En otra ocasión, dirígese contra Fliunte otra expedición mandada por
el gobernador tebano de Sición, al frente de la guarnición de esta
ciudad y de las tropas de sicionios y peleneos, pues en aquella época
obedecían ya a los tebanos; Eufrón tomó parte en la expedición con sus
mercenarios en número de unos dos mil hombres. Bajaron todos hacia
Tricárano junto al Hereo, con objeto de saquear la campiña, a excepción
de los sicionios y peleneos, que se hallaban apostados en las alturas
junto a los desfiladeros que conducen a Corinto, a fin de que no
pudiesen los fliasios, circunvalándoles, hacer frente a su vanguardia,
que se hallaba junto al Hereo.
Luego que saben los de la ciudad que los enemigos ocupan la llanura,
verifican la caballería y las tropas escogidas de los fliasios una
salida, y librando combate, impiden a los enemigos apoderarse de los
alrededores: pasan en dicho lugar la mayor parte del día en escaramuza,
persiguiendo Eufrón y sus tropas al enemigo hasta los lugares
accesibles a la caballería, y los de la ciudad hasta el Hereo. Cuando
creen los enemigos que ya es tiempo de partir, rodean a Tricárano, pues
el foso que se halla delante de esta fortaleza les impedía dirigirse
en línea recta hacia los peleneos. Después de haberles seguido durante
algunos momentos en su marcha hacia las alturas, los fliasios se
inclinan hacia uno de sus lados, y pasando por el camino que existe
junto a los muros, se dirigen a atacar la división pelenea; observando
el jefe tebano la rápida marcha de los fliasios procura con todas
sus fuerzas llegar antes que ellos en socorro de los peleneos; pero
alcanzándoles la caballería fliasia, carga contra ellos, y si bien
son rechazados en el primer choque, vuelven después a cargar apoyados
por la infantería que había ya podido juntárseles, y se generaliza el
combate. Principian a ceder entonces los enemigos y perecen algunos
sicionios y muchos peleneos, soldados esforzados, y los fliasios elevan
un magnífico trofeo y cantan un peán, como era natural, mientras los
tebanos y Eufrón hacen de espectadores como si hubiesen acudido a una
función teatral. Después se retiran ambos bandos, el uno a Sición y el
otro a la ciudad.
He aquí asimismo otro bello rasgo de los fliasios. Logran apoderarse
del peleneo Próxeno, y aunque se hallasen faltos de todo, le sueltan
sin rescate alguno. ¿Cómo dejar de llamar generosos y valientes a los
que así se conducen?
Es proverbial, además, su constancia en guardar fidelidad a sus amigos;
como no recolectaban nada en sus tierras, vivían así de lo que tomaban
al enemigo, como de lo que compraban en Corinto, a cuyo mercado se
dirigían a través de mil peligros, procurándose difícilmente fondos
para sus compras y hallando la misma dificultad para encontrar quien
les procurase víveres o quien les garantizara las cabezas de ganado que
les traen. Hallábanse ya en verdadero apuro, cuando consiguieron que
Cares escoltase un convoy. Después de llegar a Fliunte, persuádenle
a que se lleve las bocas inútiles a Pelene: allí les deja, compran
provisiones, preparan tantos animales de carga como pueden, y vuelven a
marchar durante la noche. No ignoraban que los enemigos les espiaban;
pero juzgaban menos terrible el combatir, que el no tener que comer.
Iban en la vanguardia los fliasios con Cares cuando dan con los
enemigos: excitándose recíprocamente y sin pensarlo un momento, se
arrojan sobre ellos mientras gritan a Cares que les socorra. Queda para
ellos la victoria, y limpiando de enemigos el camino, llegan sanos y
salvos a Fliunte con todo lo que traían. Como habían velado toda la
noche, duermen hasta una hora avanzada del día. Cuando Cares se ha
levantado ya, dirígense a él los de la caballería y los más escogidos
de los hoplitas, diciéndole:
--«Cares, hoy puedes obtener un triunfo de los más notables: los
sicionios están fortificando una de sus plazas fronterizas, tienen gran
número de operarios, pero no tienen muchos hoplitas; vamos, pues, a
dirigirnos contra ellos todos los de a caballo, y los más distinguidos
hoplitas; si quieres seguirnos con tus mercenarios, acaso cuando vengas
hallarás el trabajo ya hecho, o podrás decidir, como en Pelene, el
resultado de la acción. Si te parece cosa demasiado difícil lo que te
proponemos, ofrece un sacrificio a los dioses para consultarles, pues
creemos que te exhortarán aún con mayor fuerza que nosotros para que
hagas lo que te pedimos. Importa también que sepas, oh Cares, que si
realizas lo que te suplicamos, no solo adquirirás un fuerte contra el
enemigo, sino que también conservarás una ciudad amiga y adquirirás
gran fama en tu patria y gran renombre entre los aliados y entre los
enemigos.»
Persuadido Cares, ofrece el sacrificio, y la caballería fliasia, sin
perder un momento, se arma con sus corazas y enjaeza sus caballos,
mientras los hoplitas realizan los preparativos peculiares a la
infantería. Después de haberse armado se dirigen adonde se verificaba
el sacrificio, y les anuncian Cares y el adivino que las víctimas
son favorables; «pero, aguardad --añaden--, pues vamos a salir todos
juntos». Se da a toda prisa la señal de marcha y acuden los mercenarios
inmediatamente, como arrastrados por un ardor divino. Cuando se pone
en marcha Cares, forma la vanguardia la caballería y la infantería
de Fliunte; primero marchan con rapidez y después a la carrera, y
finalmente, la caballería avanza al galope y la infantería a paso de
carga procurando conservar apretadas sus filas: a todos ellos sigue
Cares marchando con bastante velocidad. Era poco antes de la puesta
del sol, mientras los enemigos se hallaban ocupados unos en bañarse,
otros en arreglar su comida, en la elaboración del pan o en preparar
sus camas: todos ellos se sobrecogen de terror al ver la impetuosidad
del ataque, huyen a la desbandada abandonando a los valientes enemigos
todas sus provisiones. Después de haber cenado los fliasios con estos
víveres y con otros llegados de Fliunte, haciendo libaciones por la
victoria y entonando el peán, colocan centinelas y se entregan al
descanso. Los corintios, a la llegada del mensajero que durante la
noche les trae noticia de lo ocurrido en Tiamia, muestran amistosa
actividad en reunir, por medio de pregón, vehículos y animales que
cargados de trigo envían a Fliunte. Estos convoyes se renuevan cada día
mientras dura la construcción del fuerte.