Al año siguiente llega a Atenas una comisión de lacedemonios y aliados,
con plenos poderes para negociar las condiciones de una alianza entre
Esparta y Atenas. Diciendo muchos extranjeros y atenienses que la
alianza debía tener lugar bajo el pie de la más perfecta igualdad, el
fliasio Procles pronuncia el siguiente discurso:
«Atenienses: ya que os ha parecido bien aceptar la amistad de los
lacedemonios, considero conveniente procuréis, por todos los medios
posibles, que esta amistad sea duradera: esto lo conseguiréis
estableciendo como bases del tratado las condiciones que sean más
ventajosas a los dos partidos, y de este modo podremos permanecer largo
tiempo unidos. Estamos de acuerdo sobre todos los puntos, a excepción
del referente a la hegemonía[249], de que ahora se está tratando;
vuestro consejo ha propuesto que el mando en la mar pertenezca a
los atenienses, y en tierra a los lacedemonios, y me parece a mi
también que este reparto de atribuciones está indicado, no solo por
la prudencia humana, sino por la naturaleza y providencia divinas. En
primer lugar, vuestra situación es lo más favorable que imaginarse
pueda para el imperio del mar, pues la mayor parte de las ciudades
que necesitan de él se hallan construidas en los alrededores de la
vuestra, y todas ellas son más débiles que vosotros; además poseéis
varios puertos, sin los cuales es imposible todo poder marítimo. Tenéis
asimismo muchas trirremes, y habéis heredado de vuestros mayores el
afán de aumentar sin cesar su número.
»Además, todas las artes necesarias para este poderío las tenéis
aclimatadas en vuestra ciudad; y respecto a la habilidad en la
profesión marítima, dejáis atrás a todos los pueblos, pues la mayor
parte de vosotros no vive, efectivamente, más que por el mar; de manera
que, mientras cuidáis de vuestros particulares asuntos, no descuidáis
el sobrepujar a los demás en las maniobras navales. Pero aún hay más:
no hay puerto alguno que pudiese proporcionar reunidas tantas naves
como el vuestro, lo cual no es poco para la hegemonía, pues todos
prefieren agruparse alrededor del que desde el principio y por sí
mismo, les supera en fuerzas. Los dioses mismos os han concedido el
poder sobresalir en esto; habéis librado los más importantes combates
navales, y con poquísimos reveses habéis conseguido el mayor número de
victorias, por lo cual es muy natural que los aliados prefieran correr
junto a vosotros las penalidades de estos combates. Comprenderéis
asimismo la necesidad y el deber que os están impuestos respecto al
cuidado y vigilancia de vuestras fuerzas navales, por lo que voy a
deciros. Os hacían la guerra los lacedemonios desde largos años, y
aunque vencedores por tierra, no conseguían gran cosa para vuestra
ruina; pero así que la divinidad les concedió poder dominar por mar,
inmediatamente consiguieron subyugaros por completo. ¿No hay, pues, en
esto una prueba evidente de que vuestra salvación depende de vuestro
poder marítimo? Siendo esto así, ¿cómo podríais abandonar a los
lacedemonios el mando en el mar, una vez convienen ellos mismos en la
inferioridad de su marina, sobre todo si consideráis que no hay paridad
entre ellos y vosotros en las luchas navales, pues que ellos exponen
únicamente los hombres que tienen en sus trirremes, y vosotros exponéis
a vuestros hijos, a vuestras mujeres y a vuestra ciudad entera?
»Eso por lo que hace a vuestra ciudad. Pongámonos ahora en el punto de
vista lacedemonio: en primer lugar tienen su morada lejos de la costa;
de manera que, mientras sean dueños de su comarca, su existencia no
está comprometida, aunque sean inferiores en el mar. Por esto, desde
su más tierna infancia se entregan a los ejercicios necesarios para
los ejércitos terrestres: poseen en tierra, como vosotros en el mar, y
en el más alto grado, la obediencia a los jefes, cosa la más esencial
a todo ejército. Además pueden poner en pie de guerra un numeroso
ejército con la misma prontitud con que podéis vosotros equipar una
poderosa flota; de donde resulta que los aliados se unen también a
ellos con la mayor confianza. También la divinidad les ha concedido en
tierra igual beneficio que a vosotros por mar: han sostenido en tierra
el mayor número de luchas, habiendo experimentado muy pocas derrotas y
obtenido innumerables triunfos. De ahí la necesidad en que se hallan
de fijar toda su actividad del lado de la tierra, como vosotros en el
mar, resultando asimismo de los hechos pasados, pues aunque les hayáis
ganado a menudo combates marítimos, sin embargo, no habíais conseguido
nada importante para dominarles; pero así que les derrotasteis una sola
vez en combates terrestres, vieron comprometida la existencia de sus
hijos, de sus mujeres y de su misma ciudad[250]. ¿Cómo, pues, dejaría
de serles penoso el confiar a otros la supremacía de los ejércitos de
tierra, cuando ellos son los primeros en este elemento? He aquí por qué
he hablado en apoyo del proyecto del consejo, pues, a mi modo de ver,
ofrece las mayores ventajas a ambas partes. Ojalá seáis todos felices
por haberos decidido conforme al general interés de todos.»
Tal fue su discurso. Los atenienses y lacedemonios presentes aprobaban
vivamente sus palabras, pero levantándose Cefisódoto, les dice:
«Atenienses: estad alerta, que os quieren engañar; escuchadme, que
voy a daros inmediatamente las pruebas de ello[251]. Ciertamente
mandaréis en el mar, pero al hacerse aliados vuestros los lacedemonios,
es natural que os envíen jefes y marinos espartanos, aunque los
marineros serán únicamente hilotas o mercenarios; he aquí los hombres
que pondrán a vuestras órdenes; por el contrario, cuando os anuncien
los lacedemonios una expedición terrestre, es natural que les mandéis
vuestros hoplitas y vuestra caballería. He aquí, pues, que vosotros os
pondréis bajo sus órdenes y en cambio vosotros no tendréis bajo las
vuestras más que esclavos y gente de ningún valer.
»Dime, Timócrates lacedemonio, ¿no has dicho hace poco que venías para
concertar la alianza, partiendo de la base de la más perfecta igualdad?
»--Así lo dije.
»¿Puede haber, pues, una igualdad más perfecta que si cada uno a su vez
ejerce el mando de la flota y del ejército, y si participáis vosotros
de las ventajas que puede presentar el mando marítimo, y nosotros del
terrestre?»
Al oír estas palabras, cambian los atenienses de opinión, y decretan
que cada uno de los dos estados ejerza el mando durante cinco días.
Dirígense las tropas de ambos estados y las de sus aliados a Corinto,
donde deciden guardar todos juntos el monte Oneo, y cuando llegan los
tebanos con sus aliados, distribúyense los pasos que cada uno debe
defender. Los lacedemonios y peleneos se colocan en el lugar de más
peligro. Así que los tebanos y sus aliados se hallan a unos treinta
estadios[252] de estos pasos, acampan en la llanura, y calculando
entonces el tiempo que necesitan para franquear esta distancia, salen
con el alba contra el destacamento lacedemonio: su cálculo no les
engaña, pues caen sobre los lacedemonios y peleneos cuando acababan de
relevarse las guardias nocturnas, mientras los soldados se levantaban
de sus lechos para ir cada cual a sus quehaceres. Arrójanse sobre
ellos los tebanos en correcta formación, y los derrotan por completo,
pues no habían tomado precaución alguna y se hallaban en desorden. Al
refugiarse los que se habían salvado de este combate a la colina más
próxima, hubiera podido el polemarca lacedemonio conservar su posición
tomando el número que le hubiese parecido conveniente de peltastas y
de hoplitas aliados, pues le era fácil recibir en completa seguridad
las provisiones desde Céncreas; pero no lo hizo, y mientras los tebanos
vacilan sobre si bajarán por el lado de Sición o si volverán sobre sus
pasos, concierta una tregua que consideran casi todos más ventajosa
para los tebanos que para los suyos, y se retira con sus tropas.
Los tebanos bajan con la seguridad más completa, reúnense a todos sus
aliados arcadios, argivos y eleos, y principian por atacar a Sición
y Pelene, dirigiéndose después sobre Epidauro y devastando todo su
territorio. Retíranse después sin preocuparse del enemigo, y cuando
se hallan junto a la ciudad de Corinto se arrojan a la carrera por
la cuesta que conduce a Fliunte a fin de penetrar en ella si se
encuentran abiertas sus puertas. Algunas tropas ligeras de la ciudad
se dirigen en armas contra los soldados escogidos de los tebanos que
no se hallaban ya más que a unos cuatro pletros[253] de las murallas,
y subiendo sobre los túmulos sepulcrales y sobre las eminencias del
terreno, arrojan gran número de dardos y flechas sobre los enemigos,
a quienes matan gran número de los que se hallan en los puntos más
avanzados, y después de haberles puesto en fuga, les persiguen hasta
la distancia de tres o cuatro estadios[254], después de lo cual, los
corintios se llevan los muertos hasta junto a las murallas; concédese
al enemigo una tregua para recogerlos y levantan los trofeos. Esta
victoria consigue dar algún ánimo a los aliados de los espartanos.
Al mismo tiempo que tenían lugar estos sucesos, reciben los
lacedemonios un refuerzo de más de veinte trirremes que les manda
Dionisio, consistente en celtas e iberos y unos cincuenta soldados
de caballería. Al día siguiente, los tebanos y todos sus aliados,
formándose en la llanura, que llenan por completo hasta el mar y las
colinas que rodean a la ciudad, destruyen en ellas todo cuanto puede
prestar alguna utilidad. La caballería ateniense y corintia no se
atreve a aproximarse a un ejército enemigo tan fuerte y numeroso; pero
los caballos de Dionisio, a pesar de su pequeño número, esparciéndose
por una y otra parte, se acercan a las líneas enemigas y les arrojan
sus dardos, retirándose así que son perseguidos, y comenzando de nuevo
cuando ya no les persiguen: al mismo tiempo bajan del caballo para
descansar, y así que el enemigo quiere aprovecharse de esta maniobra,
saltan de nuevo ligeramente sobre sus corceles y se baten en retirada.
Si algunos enemigos se abandonan en su persecución a gran distancia
del ejército, persíguenles al retirarse y les arrojan sus dardos,
causándoles grandes bajas: de este modo obligan a todo el ejército a
que avance o se retire a causa de ellos.
Los tebanos permanecen allí, sin embargo, solo unos días, después
de los cuales regresan a sus hogares y hacen lo mismo sus aliados.
Entonces las tropas de Dionisio marchan contra Sición, derrotan a los
sicionios en la llanura, y en combate regular, haciéndoles unos setenta
muertos: toman después por asalto el fuerte de Deras, y realizadas
estas proezas hácense a la vela para Siracusa los primeros socorros de
Dionisio. Hasta entonces los tebanos y los demás pueblos que se habían
apartado de los lacedemonios, habían obrado de consuno y guerreado bajo
el mando de los tebanos; pero cierto Licomedes de Mantinea, hombre de
esclarecido linaje y poseedor de grandes riquezas, comenzó a alimentar
inmensa ambición y a excitar orgullosas aspiraciones entre los
arcadios, diciendo que ellos solos pueden considerar como a su patria
al Peloponeso, puesto que son ellos los únicos autóctonos del mismo
y les asegura que la nación arcadia es la más numerosa de todas las
griegas y que sus habitantes son los más robustos de toda Grecia. Añade
que ellos son los más valientes, dándoles como prueba, que cuando hay
necesidad de mercenarios siempre son preferidos los arcadios, afirmando
además que los lacedemonios no hubieran podido atacar el territorio
ateniense si ellos no les hubiesen auxiliado, ni los tebanos hubieran
tampoco podido llegar sin ellos a Esparta.
--«Si, pues --dice--, tenéis el buen sentido necesario, rehusaréis
acudir adonde se os llama, pues del propio modo que antes habéis
acrecido en gran manera el poder lacedemonio poniéndoos a sus órdenes,
también ahora, si seguís ciegamente a los tebanos, sin reclamar
la parte que os corresponda en el mando, hallaréis pronto otros
lacedemonios en ellos.»
Hinchados de orgullo los arcadios con estos discursos, y apreciando a
Licomedes, a quien consideran como el único varón esforzado de quien
deban seguir los consejos, eligen por jefes a cuantos él les propone.
Los sucesos contribuyen a aumentar aún el alto concepto que de sí
mismos tenían formado, pues habiendo invadido los argivos el territorio
de Epidauro, su retirada es cortada por los mercenarios de Cabrias
con los atenienses y corintios: entonces los arcadios les socorren y
libran a aquellos argivos sitiados por todas partes, a pesar de tener
que luchar para ello, no solo con los hombres, sí que también con las
condiciones topográficas del territorio.
En otra expedición hecha contra Ásine en Laconia, derrotan a la
guarnición lacedemonia, matan al polemarca espartano Geranor, y saquean
los extramuros de Ásine[255]. Nada les detiene cuando deciden alguna
expedición; ni la noche, ni el mal tiempo, ni la distancia, ni los
montes impracticables; de manera que en aquel tiempo se consideraban
mucho más poderosos que todos. De ahí que los tebanos desconfíen de los
arcadios y no se hallen ya amigablemente dispuestos a su favor. Por su
parte, los eleos piden a los arcadios las ciudades de que habían sido
despojados por los lacedemonios; pero viendo el poco caso que se hace
de su petición y en cambio las consideraciones que se tienen con los
trifilios y con los demás estados apartados de ellos y que se llaman
arcadios, comienzan también a mirar a estos con malos ojos.
Mientras cada uno de los aliados exagera así su importancia, llega el
abideno Filisco, portador de grandes sumas por parte de Ariobarzanes.
Reúne primeramente a los tebanos, a sus aliados y a los lacedemonios
para tratar de la paz. Después de reunidos no comunican con el dios
sobre la manera como puede hacerse la paz, si no que, por el contrario,
deliberan únicamente entre sí; pero rehusando los tebanos consentir en
que se deje Mesenia sujeta a los lacedemonios, recluta Filisco gran
número de mercenarios a fin de hacer la guerra de consuno con los
espartanos.
Durante este tiempo, llegan los segundos auxilios mandados por
Dionisio: los atenienses pretenden debe mandárseles a Tesalia contra
los tebanos y los lacedemonios a Laconia, parecer que prevalece entre
los aliados. Cuando la flota de Dionisio llegó a Laconia, Arquidamo
une a las tropas de Esparta los soldados que la formaban y entra
inmediatamente en campaña. Apodérase por asalto de Carias, donde
degüella a todos los prisioneros; al frente de sus tropas dirígese
inmediatamente contra los parrasios de Arcadia y saquea su comarca;
pero a la aproximación de los arcadios y argivos, se retira y acampa
sobre las colinas que se hallan junto a Midea[256]. Hallábase en este
lugar cuando Císidas, jefe de los socorros mandados por Dionisio,
declara haber terminado ya el tiempo que se le había prescrito para
permanecer allí, y marcha para regresar a Esparta; pero apenas se ha
separado del ejército, es detenido por los mesenios en un desfiladero
y pide socorros a Arquidamo, quien se dispone a proporcionárselos;
cuando llega a la encrucijada que conduce a Eutresia, los arcadios y
argivos avanzan en dirección a Laconia para cortarle la retirada; pero
Arquidamo baja a una llanura en el cruce de los caminos de Eutresia con
los de Midea, y allí forma en orden de batalla a sus tropas.
Cuentan que pasando por delante de sus compañías las exhortó en estos
términos:
«Ciudadanos: procuremos que hoy nuestro valor nos dé derecho a ir con
la cabeza erguida. Entreguemos a nuestros descendientes la patria,
tal como la hemos recibido de nuestros mayores: cesemos de tener que
avergonzarnos ante nuestros hijos, nuestras mujeres, los ancianos y los
mismos extranjeros, que tenían antes los ojos fijos en nosotros más que
en ningún otro pueblo griego.»
Terminaba de decir esto, cuando, según se dice, viose algún relámpago
seguido de truenos, a pesar de que el cielo estaba completamente
despejado, lo cual se consideró como un feliz presagio; llegó también
a su conocimiento que junto a su ala derecha se hallaba un bosque
sagrado y una imagen de Hércules a quien considera como uno de sus
antepasados. Todas estas circunstancias inspiran tal ardor y una
confianza tal a los soldados, que no tienen poco que hacer sus jefes
para impedir se arrojen sin previo mandato contra los enemigos. De
ahí que cuando Arquidamo se pone a su cabeza, los enemigos, que se
mantienen firmes hasta llegar al alcance de las lanzas, son muertos, y
los demás se declaran en fuga o caen bajo los golpes de la caballería
o de los celtas. Terminado el combate, Arquidamo levanta un trofeo y
manda a Esparta al heraldo Demóteles para anunciar la magnitud de la
victoria, pues los lacedemonios no han tenido una sola baja, mientras
los enemigos han perecido en gran número. Dícese que al saber esta
nueva los senadores espartanos y el mismo Agesilao y los éforos, todos
derraman lágrimas: de tal modo son estas comunes al placer y al dolor.
Este revés de los arcadios no regocija, sin embargo, menos a los
tebanos y a los eleos que a los mismos lacedemonios: de tal manera se
hallaban heridos a causa de su orgullo.
Los tebanos, que pensaban constantemente en la manera cómo podrían
apoderarse de la hegemonía de Grecia, creen que algún resultado
práctico alcanzarán para su poder enviando embajadores al rey de
Persia. Después de haber excitado a sus demás aliados para que se les
unan con este objeto, bajo el pretexto de que el lacedemonio Euticles
se hallaba junto al rey, envían como diputados a Pelópidas como
tebano, al pancratiasta Antíoco como arcadio, y Arquidamo, a quien
acompaña Argeo, como eleo. Por su parte, los atenienses al saberlo
mandan a Timágoras y a León. Una vez llegados a Persia los diputados,
Pelópidas es quien consigue mayor influjo con el rey, pues era quien
podía decirle que entre todos los griegos, los tebanos habían sido los
únicos que se habían batido por el rey en Platea, y que nunca habían
peleado contra él, mientras los lacedemonios les hacían la guerra
únicamente por no haber querido acompañar a Agesilao en su expedición
contra los persas, y por no haberle querido dejar sacrificar en Áulide
a Ártemis Diana, en aquel mismo lugar donde sacrificó Agamenón antes
de emprender su expedición a Asia y de apoderarse de Troya. Contribuye
asimismo a dar a Pelópidas gran crédito junto al rey, la reciente
victoria obtenida por los tebanos en Leuctra y el haber visto todos
las devastaciones que han realizado en las comarcas lacedemonias. Dijo
asimismo Pelópidas, que los argivos y arcadios han sido derrotados
por los lacedemonios en un combate cuando no se hallaban entre ellos
los tebanos. Cuanto dice se halla confirmado por el testimonio del
ateniense Timágoras, que es quien goza de mayor consideración con el
rey después de Pelópidas.
Pidiendo el rey a este la clase de edicto que deseaba, manifiesta
Pelópidas desea se consigne la independencia de Mesenia respecto a los
lacedemonios y que los atenienses pongan en seco sus naves, añadiendo
que si rehúsan cumplimentarlo, les sea declarada la guerra, y que si
una ciudad rehúsa tomar parte en la expedición, deban dirigirse en
primer término contra ella.
Redactadas y leídas estas condiciones a los diputados, León dice de
manera que pueda oírlo el rey: «¡Por Zeus, oh atenienses! paréceme
es ya tiempo para nosotros de acudir buscando otro amigo fuera del
rey.» Habiendo el secretario repetido al rey las palabras que dijo el
ateniense, hace aquel añadir al decreto, que si los atenienses saben
algo que sea más justo, pueden participárselo al rey.
Cuando los diputados han regresado cada cual a su patria, los
atenienses condenan a muerte a Timágoras, acusado por León de no haber
querido habitar con él y por haber constantemente obrado de concierto
con Pelópidas. Respecto a los otros enviados, Arquidamo de Élide alaba
al rey por haber este manifestado mayor aprecio a los eleos que a los
arcadios; pero Antíoco, lastimado de que la confederación arcadia haya
sido tratada con cierto menosprecio, rehúsa los presentes y anuncia a
los diez mil[257] que el rey tiene gran número de panaderos, cocineros,
coperos y reposteros; pero que a pesar de todas sus investigaciones,
no ha podido ver hombre alguno capaz de combatir contra los griegos.
Añade, además, que respecto al gran número de riquezas que se le
atribuyen, parécele es también una baladronada, puesto que aquel
plátano de oro tan ensalzado no podría siquiera dar sombra a una
cigarra[258].
Cuando los tebanos han convocado todos los estados para dar lectura a
la carta del rey, y cuando el persa portador del decreto, después de
haber mostrado el sello del rey, lo verifica, los tebanos invitan a
cuantos quieran ser amigos del rey y suyos, a que presten juramento de
observar sus condiciones; pero los diputados de las ciudades objetan
que han sido enviados únicamente para oír la lectura de aquella carta
y no para jurar su contenido, para lo cual es preciso manden nuevos
mensajeros a cada ciudad. Añade, sin embargo, el arcadio Licomedes, que
la reunión debe tener lugar en el teatro de la guerra y no en Tebas.
Encolerizándose a consecuencia de esto los tebanos, y diciendo que
procura destruir la alianza, no quiere ya seguir tomando asiento en el
consejo, y levantándose sale de Tebas y con él los restantes arcadios.
No queriendo, pues, prestar juramento los enviados reunidos en Tebas,
envían los tebanos mensajeros a las distintas ciudades para recibir el
juramento a los edictos del rey, figurándose que todas las ciudades
temerán atraerse su enemistad y la del rey. Pero los corintios, que son
los primeros a quien se dirigen, les manifiestan su oposición y les
contestan que de nada ha de servirles la alianza del rey, por lo cual,
muchas otras ciudades siguen su ejemplo y les dan igual contestación.
Tal es el resultado de las intrigas de Pelópidas y de los tebanos para
alcanzar el mando.
Epaminondas, por otra parte, queriendo unir a los aqueos a su causa,
a fin de que los arcadios y los demás aliados concediesen mayores
consideraciones a Tebas, decide una campaña contra Acaya. Persuade,
pues, al argivo Pisias, general de los de su población, para que se
adelante y ocupe militarmente el monte Oneo. Habiendo averiguado Pisias
que las tropas que le custodiaban bajo el mando de Naucles, jefe de
los mercenarios lacedemonios, y del ateniense Timómaco, hacían el
servicio muy negligentemente, se apodera durante la noche, con unos dos
mil hoplitas, de la colina que está más allá de Céncreas, habiéndose
aprovisionado primeramente para una semana. Llegan durante este tiempo
los tebanos franqueando el monte Oneo, y se dirigen, bajo el mando
de Epaminondas y con todos los aliados, contra Acaya. Habiéndole
implorado gracia los principales de esta, consigue Epaminondas que no
sean desterrados los oligarcas, ni se cambie la forma de gobierno,
y después de haber recibido los aqueos garantías suficientes a su
promesa de ser aliados de los tebanos y de seguirles donde quiera
que vayan, regresa a su patria. Siendo acusado, sin embargo, por los
arcadios y sus enemigos de haber abandonado Acaya, después de haberla
organizado convenientemente para los lacedemonios, deciden los tebanos
enviar gobernadores a las ciudades aqueas. Arrojan estos al llegar a
los oligarcas con ayuda de la plebe y establecen en Acaya el gobierno
democrático; pero los desterrados se coaligan con prontitud, dirígense
aisladamente contra cada una de las ciudades, entran en ellas por su
gran número y las retienen bajo su dependencia. Restablecidos ya, no se
mantienen neutrales, sino que apoyan vigorosamente a los lacedemonios,
con lo cual los arcadios se hallan acosados de una parte por los
lacedemonios y de otra por los aqueos.
En Sición, sin embargo, el gobierno se había conservado según las
antiguas leyes; pero Eufrón, que bajo la dominación lacedemonia era
el ciudadano más poderoso, quiere conservar también su rango bajo el
mando de sus adversarios, por lo cual dice a los argivos y arcadios
que es evidente que si los ricos conservan el gobierno de Sición, se
declarará la ciudad a la primera ocasión en favor de los lacedemonios.
«Por el contrario --les dice--, debéis considerar que si se establece
la democracia, la ciudad siempre quedará a su favor. Si, pues, me
secundáis, yo mismo me encargo de reunir al pueblo, y a la vez os daré
esta garantía de mi fidelidad y una aliada segura a vuestra ciudad.
Debéis saber, además, que el motivo de obrar así, es que estoy, como
vosotros, cansado desde largo tiempo del orgullo lacedemonio, deseando
escapar de la esclavitud.»
Los arcadios y argivos escúchanle con placer y le secundan en sus
deseos. Eufrón, entonces, aprovechándose de la presencia de los
arcadios y argivos, convoca al pueblo en la plaza pública, declarándole
que desde entonces el gobierno se apoyará en la base de la más perfecta
igualdad, y después le exhorta a que elija los generales que quiera,
resultando elegidos el mismo Eufrón, Hipódamo, Cleandro, Acrisio y
Lisandro. Hecho esto, pone Eufrón al frente de los mercenarios a su
hijo Adeas después de haber quitado el mando a Lisímenes, que era quien
antes lo tenía. Luego se asegura el reconocimiento de algunos de dichos
mercenarios por medio de favores, y toma a sueldo a muchos otros sin
economizar para esto ni el tesoro público ni los fondos generales.
Emplea asimismo para sus designios los bienes de cuantos destierra por
su afecto a Esparta, y con astucia hace dar la muerte, o destierra a
todos sus colegas, reduciéndolo así todo a su poder y convirtiéndose
claramente en un tirano. A fin de obtener el consentimiento de los
aliados, les prodiga su dinero y sus bienes y les acompaña siempre en
sus expediciones con los mercenarios.