CAPÍTULO IV.[221]

Retiran después de esto los atenienses las guarniciones de las

ciudades, llaman de nuevo a Ifícrates y a la flota, ordenándole

devolver cuanto haya tomado desde que se ha prestado juramento a los

lacedemonios. Estos retiran también los gobernadores y guarniciones de

todas las ciudades, a excepción de Cleómbroto que mandaba el ejército

en la Fócida, y que cuando pide a los magistrados de su patria qué debe

hacer, Prótoo dice que, a su parecer, debe licenciarse aquel ejército

conforme al juramento, y participar a las ciudades deposite cada una en

el templo de Apolo la suma que quiera; que después, si hay quien rehúse

el reconocimiento a la independencia de las ciudades, es preciso

entonces reunir nuevamente los aliados que quieran proteger dicha

independencia y dirigirse contra los que se opongan, todo lo cual creía

sería el modo de hacerse favorable a los dioses y el de indisponerse

lo menos posible con las ciudades. La asamblea, después de haber

oído su parecer, consideró cuanto había dicho como pura habladuría,

pues, según parece, se hallaba ya inspirada por el genio malo que la

conducía. Hízose decir a Cleómbroto que no licenciase su ejército, sino

que, por el contrario, marchara contra los tebanos si no reconocían la

independencia de las ciudades. Cuando Cleómbroto tiene conocimiento

de que ha sido hecha la paz, pide a los éforos qué debe hacerse, y

estos le ordenan se dirija contra los tebanos si no reconocen la

independencia de las ciudades de Beocia. Así, pues, cuando ve que,

lejos de dar libertad a las ciudades no licencian su ejército a fin de

poder oponerlo a los lacedemonios, conduce sus tropas a Beocia. Existía

un camino por el cual esperaban los tebanos verle entrar: era por el

lado de la Fócida, por cierto desfiladero que guardaban; pero él avanza

de improviso a través del país montañoso de Tisbe, llega a Creusis,

y después de tomar esta plaza fuerte, se apodera de doce trirremes

tebanas. Hecho esto, se aparta de la costa y acampa en Leuctra en el

territorio de Tespias. Los tebanos, que no tenían otros aliados que los

beocios, colocan su campamento en una colina que se hallaba a su frente

y a poca distancia de los mismos. Entonces los amigos de Cleómbroto,

dirigiéndose a él, le dicen:

--«Oh, Cleómbroto, si dejas que los tebanos se retiren sin combate,

peligras de ser tratado con la última pena por tu patria, pues todo el

mundo recordará que cuando viniste a Cinoscéfalas no saqueaste parte

alguna del territorio tebano, y que en una expedición siguiente fuiste

detenido en el paso, mientras Agesilao ha penetrado siempre en su país

por el Citerón. Si, pues, deseas tu propio interés y el bien de la

patria, debes dirigirte contra los enemigos.»

Esto decían sus amigos; sus enemigos decían por su parte:

--«Ahora es cuando mostrará claramente este hombre si favorece a los

tebanos, según se dice.»

Al oír todo esto Cleómbroto, se inclinaba a librar combate.

Por su parte, los jefes de los tebanos reflexionan que si no presentan

batalla, se apartarán de ellos las ciudades vecinas y serán sitiados

por los enemigos, en cuyo caso, no teniendo el pueblo tebano los

necesarios víveres, corren peligro de que la misma ciudad se declare

contra ellos, y como varios habían sido anteriormente desterrados,

sostienen que vale más morir combatiendo que ser nuevamente

desterrados. Además de esto, dales cierta confianza el oráculo popular,

según el cual debían los lacedemonios experimentar una derrota en

el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de las doncellas que,

según se dice, se habían dado la muerte después de la violencia que

les habían hecho experimentar los lacedemonios[222]. Por esto los

tebanos habían adornado este monumento antes del combate. Anúnciaseles

igualmente que en la ciudad todos los templos se habían abierto por

sí solos, y que las sacerdotisas declaran que los dioses indican

una victoria. Dícese asimismo que las armas del Heracleo[223] se han

diseminado por el suelo, lo cual significa que el dios ha salido al

combate. Algunos pretenden, sin embargo, que todo esto no eran más que

estratagemas preparadas por la autoridad superior[224].

Todo era, pues, en esta batalla contrario a los lacedemonios, mientras

lo había dispuesto todo la fortuna en favor de sus adversarios.

Efectivamente, después de almorzar había tenido Cleómbroto su último

consejo respecto al combate, a mediodía, después de beber regularmente,

y, según se dijo, después que el vino se les había subido a la cabeza.

Cuando los dos ejércitos se hubieron armado y se hizo inminente el

combate, los comerciantes y algunos bagajeros, así como los que no

querían combatir, prepáranse para alejarse del ejército beocio, pero

los mercenarios, bajo el mando de Hierón, y los peltastas focidios,

con la caballería heracleota y fliasia, forman un círculo y se

arrojan sobre ellos en el momento en que iban a alejarse, poniéndoles

en fuga y persiguiéndoles hacia el campamento beocio, con lo cual

hacen mucho más fuerte y más numeroso el ejército de los tebanos.

Después, extendiéndose una llanura entre los dos ejércitos, colocan

los lacedemonios su caballería al frente de su falange, mientras

los tebanos opónenle también la suya; pero la caballería tebana era

una tropa aguerrida por la guerra con los orcomenios y por la de

los tespieos, mientras que en aquel tiempo la de los lacedemonios

era muy detestable, pues los ciudadanos ricos eran los que criaban

los caballos, y al anunciarse una campaña llegaba cada uno de los

designados, tomaba el caballo y las armas que se le daban, y partía

inmediatamente. Además, eran los soldados más débiles y menos deseosos

de ilustrarse los que formaban parte de la caballería. Tal era la de

ambas partes. En cuanto a los cuerpos de ejército, dícese que los

lacedemonios ordenaron en tres filas las compañías[225], lo cual no

hacía más que doce hombres en fondo. Por el contrario, los tebanos

se habían aglomerado formando una profundidad de cincuenta escudos,

considerando que si vencían al cuerpo real, vencerían fácilmente los

restantes cuerpos.

Cuando Cleómbroto comenzó a dirigirse contra el enemigo, y aun antes de

que su ejército se hubiese apercibido de que se avanzaba, la caballería

de ambas partes había venido ya a las manos, y la de los lacedemonios

había sido derrotada al primer empuje; al huir cae sobre sus mismos

hoplitas, atacados a su vez por los tebanos. Sin embargo, un testimonio

positivo demuestra la superioridad que el cuerpo de Cleómbroto tuvo

en los comienzos del combate, pues no hubieran podido levantarle y

apoderarse de él vivo, si los que combatían a su alrededor no hubiesen

tenido en aquel momento la mejor parte en el combate. Pero cuando fue

muerto el polemarca Dinón, así como Esfodrias, uno de los comensales

del rey, y Cleónimo, su hijo, la caballería y los sinforeos[226] del

polemarca no pudieron detener el poder del número y comenzaron a ceder;

las tropas del ala izquierda, al ver derrotada la derecha, principiaron

también a aflojar en su resistencia. A pesar del número de los muertos

y de su derrota, después de atravesar el foso que se hallaba delante

del campamento, vuelven a colocarse con las armas en el lugar de donde

habían partido. El campo no era completamente una llanura, pues formaba

cierta pendiente. Hubo entonces algunos lacedemonios que, creyendo no

debía soportarse tal desastre, dijeron era preciso impedir al enemigo

erigir un trofeo, y procurar recoger los muertos por la fuerza de las

armas sin recurrir a la tregua. Pero los polemarcas, viendo que habían

sucumbido ya cerca de mil lacedemonios, y que de unos setecientos

espartanos habían muerto cerca de cuatrocientos, así como que se

hallaban ya sin valor para combatir los aliados, a alguno de los cuales

acaso no contrariaba el giro que tomaban los sucesos, reúnen a los

jefes principales para determinar lo que debe hacerse. Habiendo todos

sido de parecer de pedir una tregua para recoger los muertos, envían un

heraldo para suplicarla. Levantan en seguida los tebanos un trofeo y

conceden la tregua para recoger los muertos.

Después de estos sucesos, el enviado que lleva a Lacedemonia la nueva

de este desastre, llega a Esparta el último día de las Gimnopedias[227]

en el momento en que el coro de hombres se hallaba en función; los

éforos, al enterarse de este desastre, necesariamente tuvieron que

afligirse, pero no suspendieron el coro y dejaron terminar los juegos.

Después dieron los nombres de los muertos a cada uno de sus parientes,

recomendando a las mujeres no manifestaran su dolor, sino, por el

contrario, lo soportaran en silencio. Al día siguiente pudo verse

aparecer en público a los padres de los que habían perecido, alegres

y llenos de júbilo, mientras los padres de los que se había anunciado

sobrevivían al combate, no se mostraron más que en muy pequeño número y

con el rostro abatido y humillado.

Inmediatamente decretan los éforos una leva de las cohortes restantes

llamando a las armas aun a los que hacía cuarenta años habían pasado

de la adolescencia; hacen partir también a los de esta edad que

pertenecían a las cohortes que habían salido antes, pues hasta entonces

solo se había enviado contra la Fócida a los que pertenecían al

ejército hacía menos de treinta años; ordénase, finalmente, que deben

también partir cuantos se habían antes quedado a consecuencia del cargo

que desempeñaban. No habiéndose repuesto aún Agesilao de su enfermedad,

da la ciudad el mando a su hijo Arquidamo. Los tegeatas muestran

mucho celo por ir con ellos, pues Estásipo y sus partidarios, que

abogaban por Lacedemonia, y que contaban con gran poder en su ciudad,

se hallaban aún con vida. Los mantineos de las aldeas les acompañan

también valerosamente, pues eran dominados por la aristocracia. Los

corintios, los sicionios, los fliasios y los aqueos muestran también

mucho celo en acompañarles, y muchas otras ciudades envían asimismo

su respectivo contingente. Los lacedemonios y los corintios equipan

trirremes, y piden también a los sicionios equipen algunas en las

cuales pensaban transportar al ejército, y Arquidamo sacrifica después

para obtener una marcha feliz.

Los tebanos, inmediatamente después de la batalla, envían a Atenas

un mensajero coronado de flores, y al mismo tiempo que describen la

magnitud de la victoria, piden refuerzos, diciendo ha llegado el

momento oportuno de obtener venganza de todo el daño que han hecho los

lacedemonios. El senado ateniense se hallaba casualmente en sesión en

la acrópolis. Cuando los senadores se enteran de lo que ha sucedido,

dejan comprender a la vista de todos el vivo pesar que por ello

experimentan, pues no ofrecen presente hospitalario al mensajero ni

dan contestación alguna respecto a los refuerzos. De este modo sale de

Atenas aquel emisario.

Los tebanos envían, sin embargo, diputados a Jasón, su aliado,

pidiéndole a toda prisa refuerzos y considerando los peligros del

porvenir. Equipa inmediatamente Jasón algunas trirremes para venir

en su auxilio por mar, y después, reuniendo sus mercenarios y la

caballería de su guardia, dirígese por tierra a Beocia, a pesar de

hallarse en una guerra de exterminio con los focidios, apareciendo

antes de que se haya anunciado en la mayor parte de las ciudades que

debía atravesar. Antes de que haya habido tiempo de reunir las tropas

para oponérsele, previniéndoles con su prontitud, se halla fuera de

su alcance, haciendo ver con esto que a menudo la velocidad en la

ejecución conduce más fácilmente al buen éxito que la violencia.

Luego que ha llegado a Beocia, dícenle los tebanos que sería un momento

favorable para caer sobre los lacedemonios desde las alturas con sus

mercenarios, mientras ellos les atacarían de frente; pero Jasón les

aparta de este proyecto, demostrándoles que, después de un hecho

glorioso, no es conveniente entregar al acaso el adquirir una nueva

victoria mayor que la primera, o perder la que se ha conseguido.

--«¿No veis --les dijo-- que vosotros mismos habéis sido vencedores

cuando os hallabais sumidos en la aflicción? Es preciso, pues, también

creer que los lacedemonios combatirían desesperadamente al verse

reducidos a la última extremidad. Además, la divinidad, según parece,

se complace muy a menudo en engrandecer a los débiles y humillar a los

grandes.»

Jasón disuade, pues, a los tebanos, con estas palabras, de atacar a los

lacedemonios, mientras por otra parte demuestra también a estos que

es muy distinto ponerse en campaña con un ejército victorioso que con

tropas completamente vencidas.

--«Si queréis olvidar el desastre que habéis experimentado, os aconsejo

toméis aliento y aumentéis vuestras fuerzas para mediros de nuevo con

aquellos a quienes no pudisteis vencer. Mientras tanto, añadió, debéis

saber que hay algunos de vuestros aliados que están en tratos con

vuestros enemigos para celebrar una alianza. Procurad, pues, a todo

precio obtener una tregua; y si deseo esto --añadió finalmente--, es

porque quiero salvaros, así por la amistad de mi padre hacia vosotros

como porque soy vuestro próxeno.»

Esto dijo, pero acaso obraba así para que los dos bandos, aunque

separados entre sí por sus diferencias, necesitasen ambos de él.

Los lacedemonios, sin embargo, después de oírle, deciden negociar

una tregua, y cuando anuncian que está hecha, los polemarcas mandan

pregonar que se cene y se esté preparado para emprender la marcha

durante la misma noche, a fin de pasar el Citerón al apuntar el nuevo

día. Terminada la comida, en lugar de dormir, se da la orden de marcha

y se toma el camino de Creusis al oscurecerse el día, teniendo más

confianza en esta maniobra secreta que no en la tregua. Después de

una marcha penosa durante la noche, con miedo y en un camino áspero,

llegaron a Egóstena de Mégara, donde hallaron al ejército de Arquidamo.

Este, después de haber aguardado en dicho lugar a todos sus aliados,

conduce al ejército reunido a Corinto, de donde, después de licenciar a

los aliados, lleva a sus conciudadanos a Lacedemonia.

Jasón, sin embargo, al volverse por la Fócida, se apodera del

arrabal de Hiámpolis, saquea el país y da muerte a gran número de

los habitantes. Llegado a Heraclea, después de haber atravesado

pacíficamente lo restante de la Fócida, destruye las murallas de

aquella población, no porque temiese pudiera ser atacado su poder

por aquel paso, sino más bien porque deseaba impedir que, ocupando a

Heraclea, que está situada en un desfiladero, pudiesen cerrarle el paso

cuando quisiese marchar contra cualquier comarca griega.

Llegado a Tesalia, era grandemente poderoso, ya por haber sido nombrado

legalmente soberano absoluto de los tesalios, ya por tener a sueldo

y a sus órdenes gran número de tropas de infantería y de caballería,

ejercitadas de manera que pudieran vencer siempre a sus contrarios, y

por tener además gran número de pueblos aliados, fuera de los cuales

había también otros muchos que deseaban serlo. Pero lo que le colocaba

encima de todos los de su época, era que nada había en él que pudiese

ser objeto de desprecio por parte de nadie. Al acercarse la fecha de

los juegos píticos, hizo publicar en las ciudades se preparasen bueyes,

corderos, cabras y cerdos para los sacrificios, y se dice que, a pesar

de que había mandado muy moderadamente esa imposición, no se reunieron

menos de mil bueyes, y el resto de los otros ganados se elevó a diez

mil cabezas. Hizo también anunciar daría una corona de oro como premio

a la ciudad que presentase el más hermoso buey como primicia de las

víctimas. Ordenó asimismo a los tesalios se preparasen para ponerse en

campaña en la época de los juegos píticos, diciéndose tenía intención

de presidir por sí mismo la fiesta y los juegos en honor del dios.

Nada se sabe aún hoy, sin embargo, de cuáles eran sus intenciones

respecto a los tesoros sagrados; pero se dice que habiendo pedido los

delfios al oráculo qué es lo que debían hacer si se apoderaba de las

riquezas del dios, este contestó que eso corría de su cuenta. Este

hombre, pues, tan poderoso, que alimentaba en su espíritu designios tan

vastos y tan numerosos, acababa de verificar un día la inspección de

la caballería de Feras y de pasarle revista, cuando, al sentarse para

contestar a lo que pudiesen pedirle, fue asesinado e instantáneamente

muerto por siete jóvenes que se aproximaron a él como si tuviesen algún

litigio entre sí. Los doríforos[228], que se hallaban junto a él, se

precipitan inmediatamente para defenderle y matan de una lanzada a uno

de los asesinos, mientras daba aún a Jasón la última puñalada: otro es

cogido mientras montaba a caballo, y muere bajo sus golpes. Los otros

se lanzan a los caballos, que de antemano tenían preparados, y pueden

escaparse, siendo recibidos con honor en la mayor parte de las ciudades

griegas, lo cual demuestra cuánto temían los griegos que se convirtiese

en tirano.

Sin embargo, una vez muerto Jasón, son nombrados jefes absolutos sus

hermanos Polidoro y Polifrón: Polidoro muere en un viaje que hicieron

ambos hermanos a Larisa, mientras dormía, y, según parece, asesinado

por aquel, pues su muerte acaeció de un modo completamente repentino y

sin causa ninguna aparente. A su vez Polifrón reina durante un año, y

ejerce un poder semejante a la tiranía, pues en Farsala hace perecer

a Polidamante y a ocho de los principales ciudadanos, y en Larisa

destierra a gran número de personas. Entregábase a tales excesos,

cuando Alejandro le da muerte para vengar a Polidoro y hacer cesar

la tiranía; pero cuando a su vez se ha revestido del poder, se hace

aborrecible como jefe a los tesalios, y como enemigo odioso también a

los tebanos y atenienses, mostrándose asimismo injusto saqueador por

tierra y por mar. A su vez cae bajo los golpes de los hermanos de su

mujer[229], que los incita con sus consejos, pues anunciándoles que

Alejandro les tiende una emboscada, les oculta en el interior de la

casa durante todo el día hasta que vuelve Alejandro completamente

ebrio. Después que se ha acostado, le quita la espada a la luz de la

lámpara, y viendo vacilar a sus hermanos, que no se atrevían a entrar

para matarle, les amenaza con hacerle despertar si no le mataban

en seguida. Después que entraron en su cámara, cierra la puerta,

sosteniendo ella misma el pestillo hasta que han dado muerte a su

marido. Según dicen algunos, el odio que tenía a este provenía de haber

hecho prender Alejandro a un joven muy hermoso a quien ella amaba, y

de que al pedirle ella le pusiera en libertad, le hizo salir de la

cárcel para matarle. Dicen otros que Alejandro, no habiendo tenido

ella sucesión, había hecho pedir en matrimonio a la mujer de Jasón, en

Tebas. Tales son, pues, las causas que se asignan como productoras de

este atentado. El poder recae entonces en Tisífono, el mayor de los

hermanos autores de este asesinato, quien reinaba aún al escribirse

esta historia.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 42 / 52 题