Los atenienses, al ver arrojados de Beocia a los de Platea, pueblo
aliado, para los cuales no quedaba ya otro remedio que el de refugiarse
entre ellos, y a los tespieos, que les rogaban no permitiesen se les
privara de su patria[214], no aprueban la conducta de los tebanos, y
experimentan alguna desazón por apoyarles en sus guerras, sobre todo al
reflexionar será sin ventaja ninguna para ellos, por lo cual no quieren
ya asociárseles cuando les ven marchar contra los focidios, desde
muy antiguo aliados de los atenienses, y arrasar ciudades que se les
habían mostrado fieles en la guerra contra los bárbaros y que además
eran sus propios aliados. Habiendo, pues, el pueblo decretado la paz,
se enviaron primeramente[215] diputados a los tebanos para invitarles
se dirijan con ellos a Lacedemonia, si tal es su voluntad, para tratar
allí de este objeto, después de lo cual envían los atenienses sus
diputados, entre los cuales fueron elegidos Calias, hijo de Hipónico,
Autocles, hijo de Estrombíquides, Demóstrato, hijo de Aristofón,
Aristocles, Cefisódoto, Melanopo y Liceto. Al presentarse ante la
asamblea de los lacedemonios y de los aliados, hallábase también entre
ellos el orador Calístrato, pues había prometido a Ifícrates que si le
dejaba ir, le enviaría dinero para la flota o celebraría la paz, ya que
en aquel tiempo se hallaba en Atenas procurando negociarla. Así, pues,
cuando fueron admitidos los diputados ante los lacedemonios y aliados,
el primero que tomó la palabra fue Calias, el portaantorcha[216], que
era un hombre que se deleitaba no menos en alabarse a sí mismo que en
ser alabado por los demás. Principió, pues, de este modo:
«Lacedemonios: no data mi proxenia con vosotros de mí mismo, sino que
ya el padre de mi padre la ha legado a nuestra familia. Quiero haceros
ver también los sentimientos de que se halla animada mi patria respecto
a vosotros; en tiempo de guerra nos escoge por general, y cuando desea
la paz nos elige asimismo para negociarla. He venido ya dos veces en
otro tiempo para terminar la guerra, habiendo conseguido en estas dos
diputaciones lograr la paz entre vosotros y mi ciudad; y ahora vengo
por la tercera vez y creo tener razones más justas aún para obtener una
reconciliación.
»Hallo, en efecto, que vuestros sentimientos son los mismos que los
nuestros y que además os molesta también como a nosotros la destrucción
de Platea y Tespias. ¿Cómo, pues, no sería natural sean más bien
amigos que enemigos los que participan de iguales sentimientos? Y
seguramente que aun cuando haya alguna diferencia en el modo de ver
las cosas, las personas prudentes evitan comenzar una guerra, por lo
cual, si en todo estamos acordes, ¿no sería verdaderamente extraño
que no ajustásemos la paz? Prohibíanos la justicia esgrimir nuestras
armas contra vosotros, ya que se dice que a los primeros extranjeros a
quienes Triptólemo[217], nuestro antepasado, inició en los misterios
sagrados de Deméter[218] y Hera[219], fueron Hércules, padre de
vuestra raza, y los Dióscuros, vuestros conciudadanos, y además que el
Peloponeso fue el primero que recibió de él la semilla del fruto de
Deméter. ¿Cómo, pues, sería justo que vosotros vinieseis a destrozar
las mieses de aquellos de quien habéis recibido las primeras semillas,
así como que nosotros no pudiésemos desear se hallasen en la mayor
abundancia posible de frutos aquellos a quienes les dimos las primeras
simientes? Pero si los dioses han decidido haya guerras entre los
hombres, es preciso pongamos toda la lentitud posible en comenzar
las hostilidades, y una vez existan estas, la mayor prontitud en
terminarlas.»
Autocles, orador muy famoso por su precisión, habla después de él en
estos términos:
«Lacedemonios: cuanto voy a deciros no tendrá por objeto el adularos,
no lo desconozco; pero me parece que aquellos que quieren ver tan
sólida y permanente como sea posible, la amistad que desean celebrar,
deben manifestarse mutuamente las causas de sus guerras. En cuanto
a vosotros, decís abiertamente que todas las ciudades deben ser
independientes, pero vosotros mismos ponéis los mayores obstáculos a
su independencia, pues imponéis como primera condición a las ciudades
aliadas la de que os sigan a donde quiera las conduzcáis. ¿Y cómo
puede conciliarse eso con la independencia? Os hacéis enemigos sin
el consentimiento de los aliados, a quienes mandáis después contra
aquellos; de suerte que los que se llaman independientes, se hallan muy
a menudo obligados a marchar contra sus mejores amigos.
»Pero lo que es aún mucho más opuesto a la independencia, es que
establezcáis en todas partes gobiernos de diez o de treinta individuos
y que procuréis con todas vuestras fuerzas, no que estos jefes
gobiernen a tenor de la ley, sino que tengan la suficiente fuerza para
contener a las ciudades, de manera que parece os regocijáis más en la
tiranía que en el gobierno libre. Además, cuando el rey mandó fuesen
independientes las ciudades, habéis sabido reconocer y proclamar que no
obrarían los tebanos según las prescripciones del rey, si no dejaban
que cada ciudad se gobernase a sí misma por las leyes que quisiere;
pero en cambio, cuando os habéis apoderado de la Cadmea[220], no
habéis permitido siquiera a los tebanos conservaran su independencia.
Los que desean contraer una amistad, no deben pretender de los demás
se les conceda plena justicia, mientras se abandonan ellos a su más
desenfrenada ambición.»
Después de terminar este discurso hízose general silencio y acogieron
con gozo sus ataques cuantos conservaban motivos de queja contra los
lacedemonios. Después de esto, Calístrato dice:
«Oh lacedemonios, no creo poder pretender que no hayáis cometido tantas
faltas como las que nosotros hemos hecho. No pienso, sin embargo, que
no se deba sostener relación alguna con los que han errado alguna vez,
pues veo que no hay hombre alguno que termine su vida sin claudicar.
Por el contrario, paréceme que los hombres que han cometido errores
alguna vez, se hacen con ello más prudentes, sobre todo cuando han
resultado castigados con estas faltas como nosotros. Veo que vosotros
también os habéis atraído algunas veces grandes desastres con vuestras
desconsideradas acciones, entre las cuales es preciso contar la
ocupación de la Cadmea en Tebas, pues a pesar de todos los cuidados que
habéis tomado para asegurar a las ciudades su independencia, todas han
vuelto a caer en poder de los tebanos, luego de haber sufrido estos
tan notoria injusticia. Por esto espero que habréis aprendido la poca
utilidad que presta la ambición, y confío que en lo futuro seáis más
comedidos en vuestra recíproca amistad.
»Respecto a los calumniosos rumores de algunos que queriendo impedir la
paz han dicho que al venir nosotros no nos mueve el deseo de vuestra
amistad, sino el temor de que regrese Antálcidas con el dinero del
rey, considerad todo esto como pura habladuría. En efecto, el rey
decretó positivamente la independencia de todas las ciudades griegas;
¿en qué, pues, temeríamos al rey, si cuanto obramos y decimos se halla
informado por esta misma idea? ¿Creerá, acaso, alguno que prefiera el
rey emplear su dinero haciendo a otros poderosos, cuando ve realizar
sin gasto alguno cuanto reconoció como más ventajoso? Pero, sea de esto
lo que quiera, ¿para qué hemos venido? Comprenderéis fácilmente que no
es a causa de vuestros apuros, si echáis una ojeada al estado actual
de nuestros asuntos así por tierra como por mar. ¿Por qué, pues, hemos
venido? Evidentemente porque algunos de nuestros aliados obran de un
modo que nos es tan poco grato como a vosotros. Quisiéramos comunicaros
gustosamente las ideas de rectitud que tenemos, a fin de reconocer os
debemos nuestra conservación; y para abordar la cuestión principal os
recordaré que todas las ciudades son consideradas como vuestras o como
nuestras, así como en cada estado todo el mundo está dividido entre
el partido lacedemonio y el ateniense. Si fuéramos, pues, amigos, ¿de
qué parte podríamos temer razonablemente ningún peligro? ¿Quién podría
inquietarnos por tierra siendo vosotros nuestros amigos, y quién podría
dañaros por mar al ser nosotros vuestros más íntimos aliados?
»Todos sabemos que las guerras tienen siempre un comienzo y un fin,
y que si no es hoy, más adelante desearemos todos la paz. ¿Por qué,
pues, aguardar al momento en que nos hallemos agobiados por multitud de
males, más bien que hacer la paz lo más pronto posible y antes de ser
alcanzados por algún daño irreparable? No doy mi aprobación a aquellos
atletas que después de haber vencido muchas veces y de haberse labrado
gran reputación, son ambiciosos hasta el punto de no querer detenerse
hasta haber sido vencidos y haberse visto obligados a renunciar a su
profesión, ni tampoco a aquellos jugadores que cuando están de suerte
doblan en seguida la apuesta, pues veo que la mayor parte de ellos
son presa de la más completa miseria. Considerando todas estas cosas
debemos aprovecharnos de que aún nos hallemos en vigor y en prosperidad
para hacernos francos y mutuos amigos en lugar de liarnos en una guerra
en la que juguemos el todo por el todo, pues nosotros por vosotros y
vosotros por nosotros hemos de elevarnos en Grecia a un poder mucho
mayor en lo futuro del que hemos tenido en lo pasado.»
Habiendo parecido todas estas cosas animadas por la prudencia
y sabiduría, decretan los lacedemonios aceptar la paz bajo las
condiciones de retirar los gobernadores de las ciudades, licenciar sus
tropas de mar y tierra, y reconocer la independencia de las ciudades.
Establécese asimismo que en el caso de que un estado contravenga a
estas cláusulas, socorran los que quieran a las ciudades oprimidas,
pero los que no quieran ir en su auxilio no puedan ser obligados
a ello por su juramento. Juran estas condiciones los lacedemonios
por ellos y por sus aliados, así como los atenienses y los suyos,
cada ciudad de por sí. Los tebanos habían sido inscritos entre las
demás ciudades que habían jurado, pero al día siguiente vuelven sus
diputados para suplicar se escriba beocios en lugar de tebanos,
entre los que han jurado. Agesilao responde que no cambiará nada
de cuanto han jurado y escrito primeramente, pero que si no quieren
ser comprendidos en el tratado, borrará su nombre, si así lo exigen.
Como de este modo la paz se hallaba en vigor entre todos los estados
griegos, excepto los tebanos, que eran los únicos que habían reclamado
contra ella, consideran los atenienses la posibilidad de que sean
diezmados los tebanos, como se decía, y estos se ausentan completamente
desconcertados.