CAPÍTULO III.

Los atenienses, al ver arrojados de Beocia a los de Platea, pueblo

aliado, para los cuales no quedaba ya otro remedio que el de refugiarse

entre ellos, y a los tespieos, que les rogaban no permitiesen se les

privara de su patria[214], no aprueban la conducta de los tebanos, y

experimentan alguna desazón por apoyarles en sus guerras, sobre todo al

reflexionar será sin ventaja ninguna para ellos, por lo cual no quieren

ya asociárseles cuando les ven marchar contra los focidios, desde

muy antiguo aliados de los atenienses, y arrasar ciudades que se les

habían mostrado fieles en la guerra contra los bárbaros y que además

eran sus propios aliados. Habiendo, pues, el pueblo decretado la paz,

se enviaron primeramente[215] diputados a los tebanos para invitarles

se dirijan con ellos a Lacedemonia, si tal es su voluntad, para tratar

allí de este objeto, después de lo cual envían los atenienses sus

diputados, entre los cuales fueron elegidos Calias, hijo de Hipónico,

Autocles, hijo de Estrombíquides, Demóstrato, hijo de Aristofón,

Aristocles, Cefisódoto, Melanopo y Liceto. Al presentarse ante la

asamblea de los lacedemonios y de los aliados, hallábase también entre

ellos el orador Calístrato, pues había prometido a Ifícrates que si le

dejaba ir, le enviaría dinero para la flota o celebraría la paz, ya que

en aquel tiempo se hallaba en Atenas procurando negociarla. Así, pues,

cuando fueron admitidos los diputados ante los lacedemonios y aliados,

el primero que tomó la palabra fue Calias, el portaantorcha[216], que

era un hombre que se deleitaba no menos en alabarse a sí mismo que en

ser alabado por los demás. Principió, pues, de este modo:

«Lacedemonios: no data mi proxenia con vosotros de mí mismo, sino que

ya el padre de mi padre la ha legado a nuestra familia. Quiero haceros

ver también los sentimientos de que se halla animada mi patria respecto

a vosotros; en tiempo de guerra nos escoge por general, y cuando desea

la paz nos elige asimismo para negociarla. He venido ya dos veces en

otro tiempo para terminar la guerra, habiendo conseguido en estas dos

diputaciones lograr la paz entre vosotros y mi ciudad; y ahora vengo

por la tercera vez y creo tener razones más justas aún para obtener una

reconciliación.

»Hallo, en efecto, que vuestros sentimientos son los mismos que los

nuestros y que además os molesta también como a nosotros la destrucción

de Platea y Tespias. ¿Cómo, pues, no sería natural sean más bien

amigos que enemigos los que participan de iguales sentimientos? Y

seguramente que aun cuando haya alguna diferencia en el modo de ver

las cosas, las personas prudentes evitan comenzar una guerra, por lo

cual, si en todo estamos acordes, ¿no sería verdaderamente extraño

que no ajustásemos la paz? Prohibíanos la justicia esgrimir nuestras

armas contra vosotros, ya que se dice que a los primeros extranjeros a

quienes Triptólemo[217], nuestro antepasado, inició en los misterios

sagrados de Deméter[218] y Hera[219], fueron Hércules, padre de

vuestra raza, y los Dióscuros, vuestros conciudadanos, y además que el

Peloponeso fue el primero que recibió de él la semilla del fruto de

Deméter. ¿Cómo, pues, sería justo que vosotros vinieseis a destrozar

las mieses de aquellos de quien habéis recibido las primeras semillas,

así como que nosotros no pudiésemos desear se hallasen en la mayor

abundancia posible de frutos aquellos a quienes les dimos las primeras

simientes? Pero si los dioses han decidido haya guerras entre los

hombres, es preciso pongamos toda la lentitud posible en comenzar

las hostilidades, y una vez existan estas, la mayor prontitud en

terminarlas.»

Autocles, orador muy famoso por su precisión, habla después de él en

estos términos:

«Lacedemonios: cuanto voy a deciros no tendrá por objeto el adularos,

no lo desconozco; pero me parece que aquellos que quieren ver tan

sólida y permanente como sea posible, la amistad que desean celebrar,

deben manifestarse mutuamente las causas de sus guerras. En cuanto

a vosotros, decís abiertamente que todas las ciudades deben ser

independientes, pero vosotros mismos ponéis los mayores obstáculos a

su independencia, pues imponéis como primera condición a las ciudades

aliadas la de que os sigan a donde quiera las conduzcáis. ¿Y cómo

puede conciliarse eso con la independencia? Os hacéis enemigos sin

el consentimiento de los aliados, a quienes mandáis después contra

aquellos; de suerte que los que se llaman independientes, se hallan muy

a menudo obligados a marchar contra sus mejores amigos.

»Pero lo que es aún mucho más opuesto a la independencia, es que

establezcáis en todas partes gobiernos de diez o de treinta individuos

y que procuréis con todas vuestras fuerzas, no que estos jefes

gobiernen a tenor de la ley, sino que tengan la suficiente fuerza para

contener a las ciudades, de manera que parece os regocijáis más en la

tiranía que en el gobierno libre. Además, cuando el rey mandó fuesen

independientes las ciudades, habéis sabido reconocer y proclamar que no

obrarían los tebanos según las prescripciones del rey, si no dejaban

que cada ciudad se gobernase a sí misma por las leyes que quisiere;

pero en cambio, cuando os habéis apoderado de la Cadmea[220], no

habéis permitido siquiera a los tebanos conservaran su independencia.

Los que desean contraer una amistad, no deben pretender de los demás

se les conceda plena justicia, mientras se abandonan ellos a su más

desenfrenada ambición.»

Después de terminar este discurso hízose general silencio y acogieron

con gozo sus ataques cuantos conservaban motivos de queja contra los

lacedemonios. Después de esto, Calístrato dice:

«Oh lacedemonios, no creo poder pretender que no hayáis cometido tantas

faltas como las que nosotros hemos hecho. No pienso, sin embargo, que

no se deba sostener relación alguna con los que han errado alguna vez,

pues veo que no hay hombre alguno que termine su vida sin claudicar.

Por el contrario, paréceme que los hombres que han cometido errores

alguna vez, se hacen con ello más prudentes, sobre todo cuando han

resultado castigados con estas faltas como nosotros. Veo que vosotros

también os habéis atraído algunas veces grandes desastres con vuestras

desconsideradas acciones, entre las cuales es preciso contar la

ocupación de la Cadmea en Tebas, pues a pesar de todos los cuidados que

habéis tomado para asegurar a las ciudades su independencia, todas han

vuelto a caer en poder de los tebanos, luego de haber sufrido estos

tan notoria injusticia. Por esto espero que habréis aprendido la poca

utilidad que presta la ambición, y confío que en lo futuro seáis más

comedidos en vuestra recíproca amistad.

»Respecto a los calumniosos rumores de algunos que queriendo impedir la

paz han dicho que al venir nosotros no nos mueve el deseo de vuestra

amistad, sino el temor de que regrese Antálcidas con el dinero del

rey, considerad todo esto como pura habladuría. En efecto, el rey

decretó positivamente la independencia de todas las ciudades griegas;

¿en qué, pues, temeríamos al rey, si cuanto obramos y decimos se halla

informado por esta misma idea? ¿Creerá, acaso, alguno que prefiera el

rey emplear su dinero haciendo a otros poderosos, cuando ve realizar

sin gasto alguno cuanto reconoció como más ventajoso? Pero, sea de esto

lo que quiera, ¿para qué hemos venido? Comprenderéis fácilmente que no

es a causa de vuestros apuros, si echáis una ojeada al estado actual

de nuestros asuntos así por tierra como por mar. ¿Por qué, pues, hemos

venido? Evidentemente porque algunos de nuestros aliados obran de un

modo que nos es tan poco grato como a vosotros. Quisiéramos comunicaros

gustosamente las ideas de rectitud que tenemos, a fin de reconocer os

debemos nuestra conservación; y para abordar la cuestión principal os

recordaré que todas las ciudades son consideradas como vuestras o como

nuestras, así como en cada estado todo el mundo está dividido entre

el partido lacedemonio y el ateniense. Si fuéramos, pues, amigos, ¿de

qué parte podríamos temer razonablemente ningún peligro? ¿Quién podría

inquietarnos por tierra siendo vosotros nuestros amigos, y quién podría

dañaros por mar al ser nosotros vuestros más íntimos aliados?

»Todos sabemos que las guerras tienen siempre un comienzo y un fin,

y que si no es hoy, más adelante desearemos todos la paz. ¿Por qué,

pues, aguardar al momento en que nos hallemos agobiados por multitud de

males, más bien que hacer la paz lo más pronto posible y antes de ser

alcanzados por algún daño irreparable? No doy mi aprobación a aquellos

atletas que después de haber vencido muchas veces y de haberse labrado

gran reputación, son ambiciosos hasta el punto de no querer detenerse

hasta haber sido vencidos y haberse visto obligados a renunciar a su

profesión, ni tampoco a aquellos jugadores que cuando están de suerte

doblan en seguida la apuesta, pues veo que la mayor parte de ellos

son presa de la más completa miseria. Considerando todas estas cosas

debemos aprovecharnos de que aún nos hallemos en vigor y en prosperidad

para hacernos francos y mutuos amigos en lugar de liarnos en una guerra

en la que juguemos el todo por el todo, pues nosotros por vosotros y

vosotros por nosotros hemos de elevarnos en Grecia a un poder mucho

mayor en lo futuro del que hemos tenido en lo pasado.»

Habiendo parecido todas estas cosas animadas por la prudencia

y sabiduría, decretan los lacedemonios aceptar la paz bajo las

condiciones de retirar los gobernadores de las ciudades, licenciar sus

tropas de mar y tierra, y reconocer la independencia de las ciudades.

Establécese asimismo que en el caso de que un estado contravenga a

estas cláusulas, socorran los que quieran a las ciudades oprimidas,

pero los que no quieran ir en su auxilio no puedan ser obligados

a ello por su juramento. Juran estas condiciones los lacedemonios

por ellos y por sus aliados, así como los atenienses y los suyos,

cada ciudad de por sí. Los tebanos habían sido inscritos entre las

demás ciudades que habían jurado, pero al día siguiente vuelven sus

diputados para suplicar se escriba beocios en lugar de tebanos,

entre los que han jurado. Agesilao responde que no cambiará nada

de cuanto han jurado y escrito primeramente, pero que si no quieren

ser comprendidos en el tratado, borrará su nombre, si así lo exigen.

Como de este modo la paz se hallaba en vigor entre todos los estados

griegos, excepto los tebanos, que eran los únicos que habían reclamado

contra ella, consideran los atenienses la posibilidad de que sean

diezmados los tebanos, como se decía, y estos se ausentan completamente

desconcertados.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 41 / 52 题