Los sucesos de Tesalia que tuvieron lugar bajo el mando de Jasón, y
después de su muerte hasta la entronización de Tisífono, acaban de
relatarse, ahora voy a proseguir mi relación en el punto en que la
interrumpimos para esta digresión.
Cuando Arquidamo hubo conducido a Leuctra los refuerzos que mandaba,
los atenienses, considerando que los peloponesios continuaban siguiendo
a los lacedemonios, y que no se hallaban aún estos en el estado a que
habían sido reducidos los atenienses, reúnen los enviados de todos los
estados que quieren participar de la paz que había dictado el rey. Una
vez reunidos, decrétase, que cuantos quieran participar de la paz, se
unan a ellos con este juramento:
«Permaneceré fiel al tratado dictado por el rey y a los decretos de
los atenienses; y si se ataca alguna de las ciudades que han jurado,
la socorreré con todas mis fuerzas.»
Todos los estados aplauden este juramento; únicamente los eleos le
hacen oposición, pretendiendo no deben declarar independientes a los
marganeos, esciluntios y trifilios, cuyas ciudades, según decían, les
pertenecían legalmente. Los atenienses y cuantos habían decretado, a
tenor de la carta real, fuesen igualmente libres todas las ciudades
pequeñas y grandes, envían encargados para recibir los juramentos, con
orden de hacer jurar a los principales magistrados de cada población.
Prestan juramento todos los estados, a excepción de los eleos.
Mientras tanto los mantineos, considerándose completamente
independientes, se reúnen todos y decretan constituir una sola ciudad
en Mantinea y fortificarla. Por su parte, los lacedemonios no hallan
esta decisión acomodada a su gusto, si antes no se les pide su
consentimiento. Eligen, pues, a Agesilao para enviarle junto a los
eleos, porque, según creían, de padres a hijos había su familia sido
amiga de los mantineos.
Al llegar entre ellos, los magistrados rehúsan convocar la asamblea, y
mandan les declare el objeto de su llegada. Promételes Agesilao que si
suspenden el levantamiento de las fortificaciones durante algún tiempo,
hará de manera que puedan construirlas con el consentimiento de los
lacedemonios y sin gasto alguno; pero al responderle les es imposible
suspender estos trabajos, puesto que el estado en masa ha decretado
levantarlas sin la menor tardanza, se va de Mantinea muy encolerizado.
A pesar de todo, no parecía posible el guerrear contra ellos, pues la
autonomía era una de las condiciones de la paz que se había celebrado.
Algunas ciudades de Arcadia envían también a los mantineos operarios
para trabajar en la reconstrucción de los muros, y los eleos les
proporcionan tres talentos de plata para aplicarse al gasto de aquella.
He ahí el estado de los asuntos de los mantineos.
Entre los tegeatas, el partido de Calibio y Próxeno se reunía con el
objeto de favorecer la confederación de toda la Arcadia y para procurar
la sumisión de todas las ciudades a las decisiones de la confederación;
pero el partido de Estásipo procuraba conservar a la ciudad su estado
actual y las leyes patrias por que se regía. Vencidos los partidarios
de Próxeno y Calibio en la elección de las magistraturas, y creyendo
que si el pueblo se reunía, dominarían por el número, corren a las
armas. Estásipo y sus partidarios se arman también al verlos, y poco
les ceden en número: al venir a las manos, dan muerte a Próxeno y
a algunos otros que estaban junto a él, aunque no persiguen a los
fugitivos, pues el carácter de Estásipo no era a propósito para desear
fuese grande la matanza entre los ciudadanos: los de Calibio, que se
habían retirado junto a los muros y puertas de Mantinea, se reúnen y
toman descanso así que ven que sus adversarios no les persiguen. Habían
enviado ya a pedir socorro a los mantineos y se hallaban en tratos
con la fracción de Estásipo para llevar a efecto una reconciliación;
pero cuando ven llegar a los mantineos, unos escalan los muros y
ordenan les socorran cuanto antes y les gritan se apresuren, y otros
les abren las puertas. Los de Estásipo, al apercibirse de ello,
salen precipitadamente por la puerta que lleva al Palantio, y logran
refugiarse en el templo de Ártemis[231] antes de ser alcanzados por los
que les persiguen, y allí se encierran, manteniéndose a la expectativa.
Los enemigos que les persiguen súbense al templo, y después de levantar
la techumbre, les arrojan las tejas. Los demás, conociendo su mala
situación, les ruegan cesen en su ataque y declaran quieren salir del
templo. Apodéranse de ellos sus adversarios, les encadenan y conducen
sobre un carro a Tegea, donde, de acuerdo con los mantineos, les
condenan a muerte y les ejecutan.
Durante estos sucesos, unos setecientos tegeatas, del partido de
Estásipo, huyen a Lacedemonia, e inmediatamente decretan los espartanos
que es preciso, conforme a los juramentos, vengar a los muertos y
desterrados de Tegea. Dirígense, pues, contra los mantineos, a quienes
acusan de haber faltado a sus juramentos al dirigir sus armas contra
los tegeatas.
Los éforos decretan una leva de tropas, y la ciudad da el mando de las
mismas a Agesilao. Los arcadios se reúnen a consecuencia de esto en
Ásea[232], a excepción de los orcomenios, que no quieren tomar parte
en la Liga arcadia a causa de su enemistad con los mantineos; pero
como habían recibido en la ciudad el cuerpo de mercenarios reclutado
en Corinto y mandado por Polítropo, los mantineos quedáronse allí para
vigilarles; los hereos y lepreatas se unen a los lacedemonios contra
los mantineos.
Agesilao, después de ofrecer los sacrificios de la marcha, se dirige
a Arcadia. Ocupa a Eutea, ciudad fronteriza, donde no halló más que
los ancianos, las mujeres y los niños, pues que los hombres aptos para
las armas habían partido todos a unirse al ejército arcadio. No hace,
sin embargo, daño alguno a la ciudad: conserva a los habitantes todas
sus propiedades y compra todo lo que necesita su ejército, así como
hace restituir todo aquello de que se habían apoderado al entrar en
las poblaciones. Hace también reparar los muros, mientras espera los
mercenarios de Polítropo. Durante este tiempo dirígense los mantineos
contra los orcomenios; pero tienen que retirarse de delante de sus
muros después de haber sufrido bastantes bajas: decláranse en retirada,
y llegan a Elimia sin que les persigan los hoplitas orcomenios; pero
siendo acosados con grande audacia por las tropas de Polítropo, y
conociendo entonces los mantineos que si no rechazan a este enemigo,
perderán mucha gente con sus proyectiles, dan repentinamente una
media vuelta y les aguardan. Polítropo muere combatiendo y los demás
se declaran en fuga y hubieran perecido en su mayor parte si no
hubiese sobrevenido la caballería fliasia, que consiguió detener a los
mantineos en su persecución después de circunvalarles. Hecho esto,
vuélvense los mantineos a su ciudad. Al saber Agesilao esta nueva,
piensa que no podrán juntársele ya los mercenarios de Orcómeno, y
avanza con las tropas que tenía bajo su mando. Cenan el primer día en
territorio tegeata, y al día siguiente pasa al de Mantinea, acampa
al pie de los montes situados al occidente de esta ciudad, saquea el
país y devasta los campos. Los arcadios, reunidos en Ásea pasan de
noche a Tegea; al día siguiente acampa Agesilao a unos veinte estadios
de Mantinea; pero los arcadios de Tegea, que ocupaban ya los montes
entre esta ciudad y Mantinea, llegan con gran número de hoplitas,
deseando vivamente unirse a los mantineos, pues los argivos no les
habían mandado todas sus fuerzas. Indicaron algunos a Agesilao que
era conveniente les atacase separadamente; pero aquel, temiendo ser
acosado por la espalda por los mantineos, mientras avance contra los
enemigos, decide como cosa mejor permitir la unión, y en el caso en que
quisieran venir a las manos, combatir abierta y francamente. De este
modo conservan reunidas los arcadios todas sus fuerzas.
Los peltastas de Orcómeno, acompañados de la caballería fliasia,
marchando por la noche en dirección de Mantinea, se presentan al
apuntar el día ante el campamento, mientras Agesilao ofrecía el
sacrificio, haciendo que cada cual corra a su puesto y que Agesilao
se retire hacia los suyos. Pero después que reconocer que son amigos
y que ha obtenido aquel signos favorables, da orden de avanzar a su
ejército después del desayuno. Por la noche, sin ser visto, acampa en
la garganta de la montaña situada detrás del país mantineo y rodeada de
montes próximos. Al amanecer del día siguiente, y mientras sacrificaba
delante del campamento, ve poblarse de enemigos las montañas, al pie
de las cuales se halla su retaguardia, y comprende entonces que es
preciso salir cuanto antes de aquel desfiladero. Teme, sin embargo,
que si él abre la marcha, el enemigo caerá sobre su retaguardia, por
lo cual permanece en el mismo sitio y mostrando al enemigo el frente
de su ejército, da orden a los que le siguen hagan su conversión a la
derecha y se coloquen junto a él detrás de la falange; de este modo, al
propio tiempo que aumenta la fuerza defensiva de esta, hace salir de
los desfiladeros a sus tropas. Cuando la falange se halla de este modo
con doble fondo, se pone a la cabeza de los hoplitas, y llegado a la
llanura, despliega nuevamente su ejército sobre nueve o diez escudos de
fondo.
Los mantineos, sin embargo, no verificaban ninguna salida, pues los
eleos que se les habían juntado, les persuaden a no librar combate
hasta que hayan llegado los tebanos, pretendiendo saber positivamente
que se les juntarán a causa de haberles prestado diez talentos para
esta expedición. Cediendo a sus razones, no salen de Mantinea los
arcadios, y Agesilao, a pesar de su vivo deseo de sacar de allí a
sus tropas por hallarse ya a mitad del invierno, permanece tres días
en estos países y a poca distancia de la ciudad para que no aparezca
que apresura por miedo su partida; pero al cuarto día por la mañana,
después de almorzar, da la orden de marcha a su ejército como para
acampar en el sitio en que lo había hecho el primer día después de
haber salido de Eutea[233]. Luego, no distinguiéndose ningún arcadio,
se apresura a dirigirse a esta población aunque era ya muy tarde para
que no se apercibiesen los fuegos enemigos y nadie pudiese decir sea
una fuga su retirada. En efecto, parecía haber levantado un poco el
ánimo de su patria, pues había invadido Arcadia y nadie había querido
aceptar batalla, a pesar de hallarse saqueando el país. Llegado a
Laconia, permite vuelvan a su casa los espartanos y despide para sus
respectivas ciudades a los periecos.
Inmediatamente después de la marcha de Agesilao, los arcadios, al
saber ha licenciado aquel su ejército, mientras ellos se encuentran
todos reunidos, se dirigen contra los hereos por no haber estos
querido formar parte de la confederación; hacen una irrupción en
su país, incendian las casas y cortan los árboles; pero cuando se
anuncia la llegada de los tebanos a Mantinea en socorro de esta,
dejan a los hereos y se juntan a ellos. Una vez reunidos, opinan los
tebanos haber hecho lo bastante acudiendo en su socorro, pues no veían
ya enemigo alguno en el país; pero los arcadios, argivos y eleos,
procuran persuadirles para que se arrojen inmediatamente sobre Laconia,
mostrándoles su gran número y alabando sobre manera al ejército tebano.
Los beocios, en efecto, se ejercitaban todos en las armas orgullosos
por la victoria obtenida en Leuctra, e iban acompañados además por
los focidios, a quienes habían subyugado, por las tropas eubeas de
todas las ciudades, por los locrios de las dos comarcas[234], por los
acarnanios, por los heracleotas y por los maleos, yendo también con
ellos la caballería y los peltastas tesalios. Regocijándose con esta
superioridad, a la cual oponen el aislamiento de Lacedemonia, suplican
a los tebanos que no se ausenten sin haber hecho antes una invasión en
el territorio espartano.
Los tebanos atienden a sus razones, pero reflexionan sobre lo difícil
que se reputa la entrada en Lacedemonia, y piensan que sin duda se
habían colocado puestos de vigilancia en los puntos más practicables.
Efectivamente, Iscolao se hallaba en Eo, ciudad escirita[235], con un
destacamento de neodamodes y unos cuatrocientos desterrados de Tegea,
de entre los más jóvenes, hallándose otro destacamento en Leuctro,
sobre la Maleátide[236]. Reflexionan asimismo los tebanos que las
fuerzas lacedemonias pueden reunirse prontamente, y que en ninguna
parte se batirán mejor que en su misma patria. Todas estas reflexiones
hacen que no se apresuren a dirigirse contra Lacedemonia.
Llegan, sin embargo, algunos habitantes de Carias[237] que les anuncian
el aislamiento en que se encuentra Lacedemonia y que prometen servirles
de guías, manifestando consienten en ser degollados a la menor sospecha
de traición: llegan asimismo algunos periecos para llamarles en su
auxilio, manifestándoles solo aguardan su entrada en el país para
sublevarse en masa. Afirman igualmente que los periecos de Esparta
rehúsan obedecer en aquellos momentos la orden de congregarse que
han recibido de los lacedemonios. Oyendo los tebanos todas estas
referencias, que les llegan por conductos tan distintos, se dejan
convencer e invaden Laconia por Carias, mientras los arcadios avanzan
por Eo en la Escirítide. Según se dice, si Iscolao hubiese avanzado
hasta llegar a los pasos difíciles y los hubiese defendido, ningún
enemigo hubiera podido penetrar por allí; pero queriendo aprovecharse
del contingente de los eatas, permaneció en esta población mientras los
arcadios llegan en masa. Las tropas de Iscolao conservan sus ventajas
mientras tienen enemigos solo a su frente; pero cuando estos les
circunvalan subiéndose a los tejados de las casas, y les agobian con
sus proyectiles, perecen Iscolao y los suyos, a excepción de unos pocos
que consiguen escapar sin ser reconocidos. Los arcadios, después de
haberse abierto camino de este modo, avanzan sobre Carias para unirse a
los tebanos. Estos, al venir en conocimiento del éxito que han tenido
en su expedición los arcadios, se hacen mucho más audaces para bajar
a la llanura. Principian por incendiar y saquear Selasia, y al bajar
de los montes, acampan en el territorio consagrado a Apolo, de donde
salen al día siguiente, y no atreviéndose a atravesar el puente para
dirigirse contra la ciudad, pues se veían los hoplitas en el templo
de Alea[238], avanzan, teniendo a su derecha el Eurotas, quemando y
saqueando habitaciones llenas de considerables riquezas.
En cuanto a los de la ciudad, las mujeres espartanas no pueden
soportar la vista del humo del campamento enemigo[239], pues nunca
lo habían visto desde la ciudad, y los lacedemonios, cuya capital
carece de murallas, se aprestan convenientemente para defenderla, sin
poder ocultar el pequeño número de hombres que tienen en realidad.
Deciden los magistrados anunciar a los hilotas que cuantos quieran
tomar las armas y alistarse, obtendrán la seguridad de recibir su
libertad después de haber combatido con los ciudadanos. Dícese que
inmediatamente se inscribieron más de seis mil; de manera que reunida
esta multitud, inspiró nuevo temor y se les encontró demasiado
numerosos; pero como quedaban en Esparta los mercenarios de Orcómeno
y recibieron los lacedemonios el contingente de los fliasios, de los
corintios, de los epidaurios, de los peleneos y de otras ciudades,
principiaron a tener menos cuidado del número de los hilotas inscritos.
Cuando el ejército enemigo ha avanzado hasta Amiclas, atraviesa allí
el Eurotas. Los tebanos, dondequiera acampen, cortan los árboles y los
colocan ante sus líneas en el mayor número posible, y de esta manera
se ponen en guardia contra un ataque; pero los arcadios no toman
estas precauciones, pues abandonando sus armas, corren a saquear las
habitaciones. Tres o cuatro días después, la caballería avanza en
buen orden hasta el hipódromo, junto al templo de Geoco[240]; esta
caballería estaba formada por todos los tebanos, los eleos, todos
los caballos focidios, tesalios y locrios. Frente a esta caballería
se hallaba la de los lacedemonios, que parecía poco numerosa; pero
una emboscada de los hoplitas más jóvenes, en número de trescientos,
había sido colocada en la Casa de los Tindáridas[241], y al cargar la
caballería se arroja sobre el enemigo, obligando a aquella a replegarse
sin sostener el choque, movimiento seguido asimismo por gran número
de infantes que emprenden la fuga. Cuando ha cesado la persecución y
hace alto el ejército tebano, vuelven a restablecer su campamento.
Principia a esperarse entonces con más confianza que no atacarán la
ciudad, y efectivamente, levantando el campamento, toma el ejército
el camino de Helos y de Gitio; quemando cuantas ciudades indefensas y
cuanto encuentra a su paso, sitia durante tres días a Gitio, donde se
hallaban los arsenales lacedemonios, habiéndose juntado cierto número
de periecos a los enemigos y continuando después la campaña con los
tebanos.
Al conocer los atenienses estos sucesos, hállanse sumidos en
vacilaciones respecto a lo que deben hacer para los lacedemonios, y
celebran una asamblea por decisión del senado. Hallábanse presentes
los diputados lacedemonios y los de los aliados que permanecían aún
fieles a Esparta. Los espartanos Áraco, Ocilo, Fárax, Etimocles y
Olonteo dijéronles todos casi lo mismo. Recuerdan a los atenienses
que siempre, en las grandes ocasiones, se han sostenido mutuamente
para su mayor bien. Ellos en efecto, dicen, arrojaron de Atenas a los
tiranos, mientras los atenienses les socorrieron valerosamente cuando
se hallaban sitiados por los mesenios; enumeran asimismo todas las
ventajas que han obtenido cuantas veces han obrado de común acuerdo.
Les recuerdan también la manera cómo combatieron juntos a los bárbaros,
y que los atenienses fueron elegidos por todos los griegos, con el
beneplácito de los espartanos, jefes de la flota y depositarios del
tesoro común[242], así como los espartanos unánimemente proclamados
jefes de los ejércitos de tierra por el consentimiento de los
atenienses.
Uno de ellos, en especial, dice con poca diferencia estas palabras:
--«Ciudadanos: si os unís con nosotros en esta ocasión, es casi seguro
se realizará el antiguo proverbio de que los tebanos serán diezmados.»
Los atenienses, sin embargo, no acogen favorablemente estas palabras,
sino por el contrario, levantándose grandes murmullos, dicen:
--«Eso declaráis ahora; pero cuando estabais en la prosperidad bien
sabíais oprimirnos.»
Lo que pareció como más fundado en los hechos de cuanto dijeron los
lacedemonios fue que después de haber subyugado Atenas, se habían
opuesto al proyecto de los tebanos, que querían fuese arrasada Atenas.
El argumento más repetido fue el de que se debían los refuerzos
en virtud de los juramentos, pues no eran las injusticias de los
lacedemonios las que les habían indispuesto con los arcadios y sus
aliados, sino el auxilio que habían prestado estos a los tegeatas,
atacados por los mantineos contra la fe jurada. Esto produjo grande
alboroto en la asamblea, diciendo uno que los mantineos habían obrado
justamente al socorrer a los partidarios de Próxeno muertos por
Estásipo, y otros afirmando que habían sido injustos al dirigirse en
armas contra los tegeatas.
Mientras tiene lugar esta discusión en la asamblea, se levanta el
corintio Clíteles y dice:
«Ciudadanos atenienses: si ciertamente procuráis con imparcialidad
dejar sentado quiénes fueron los primeros en obrar injustamente,
¿quién podrá acusarnos a nosotros, desde que se celebró la paz, de
habernos dirigido contra alguna ciudad, de habernos apoderado de las
riquezas del que las poseía o de haber devastado las comarcas de otro
estado? Y, sin embargo, los tebanos han entrado en nuestros dominios,
han cortado nuestros árboles, incendiado nuestras casas y arrebatado
nuestros bienes y nuestros rebaños. ¿Cómo podríais, pues, sin faltar a
vuestros juramentos, no socorrernos cuando somos víctimas manifiestas
de la injusticia, y cuando habéis sido vosotros los que os tomasteis el
trabajo de ligarnos por toda clase de juramentos?»
Después de estas palabras, los atenienses, con sus muestras de
aprobación, indican que Clíteles ha hablado justa y equitativamente.
Inmediatamente después levantose el fliasio Procles, y dijo[243]:
«Atenienses: luego que los tebanos se hayan deshecho de los
lacedemonios, seréis vosotros los primeros contra quienes tendrán que
dirigirse, pues, en efecto, sois el único estado que puedan considerar
como un obstáculo a su dominación sobre los griegos; es un hecho que
me parece evidente. Si esto es así, creo que al ir a defender a los
lacedemonios os defendéis también vosotros mismos, porque siendo
dueños de Grecia los tebanos, que se hallan mal dispuestos hacia
vosotros y que habitan al pie de vuestras mismas fronteras, será
mucho más difícil vuestra situación que teniendo lejos a vuestros
rivales. Mucho más prudente es, pues, el defenderos a vosotros mismos,
mientras tenéis aún aliados que no esperan el momento en que la ruina
de estos últimos os obligue a luchar solos contra los tebanos. Si
algunos de vosotros teméis que los lacedemonios, al salir con bien,
os susciten obstáculos más tarde, considerad que no debe temerse el
engrandecimiento de aquellos a quienes se prestan beneficios, sino el
de aquellos a quienes se hace algún daño. Debéis asimismo reflexionar
que es conveniente para las repúblicas, del propio modo que para los
particulares, asegurarse de la posesión de algún bien mientras se halla
este en todo su vigor, a fin de que, si alguna vez pierde su fuerza,
conserve algo como resultado de las penalidades pasadas. Ahora la
divinidad os ofrece ocasión propicia para adquirir en los lacedemonios
unos amigos para siempre, si los socorréis según sus súplicas; y, en
efecto, paréceme que no recibirían ante pequeño número de testigos este
beneficio vuestro, pues los dioses, que lo ven todo, lo sabrán ahora y
siempre, y llegará asimismo a oídos de aliados y enemigos, de griegos
y de bárbaros, ya que todo el mundo se preocupa en gran manera de lo
que está sucediendo. Si se mostraran ingratos hacia vosotros, ¿quién
podría manifestar consideración hacia ellos? Pero es preciso esperar
que se mostrarán leales y no ingratos ellos, que más que nadie son
considerados como amigos constantes de la gloria y enemigos de toda
acción deshonrosa.
»Además de esto, reflexionad sobre lo que voy a deciros: Si en
cualquiera ocasión amenazara a Grecia algún nuevo peligro por parte
de los bárbaros, ¿en quién podríais tener más confianza que en los
lacedemonios? ¿Qué defensores podríais desear mejores que aquellos que,
apostados en las Termópilas, prefirieron morir todos, que salvar la
vida abriendo el camino de Grecia a los bárbaros? ¿No es, pues, justo
que el recuerdo del valor que desplegaron con vosotros y la esperanza
de alcanzar juntos nuevos lauros, animen vuestro celo para con ellos,
para con nosotros y para con vosotros mismos? Es preciso asimismo
que sus aliados actuales[244] sean para vosotros un nuevo estímulo
para vuestro celo hacia ellos, pues bien sabéis que cuantos les
permanecen fieles en sus apuros[245] se avergonzarían de no atestiguar
su reconocimiento. Si nosotros, que parecemos solo exiguas ciudades,
queremos, sin embargo, participar de sus peligros, pensad que, al
juntarse a nosotros vuestra república, ya no serán pequeños estados los
que vendrán en su auxilio.
»En cuanto a mí, atenienses, siempre he admirado grandemente vuestra
ciudad cuando oía decir que cuantos se hallaban oprimidos o temían la
opresión se refugiaban entre vosotros y recibían vuestros auxilios;
pero ahora no solo lo oigo, sino que veo por mí mismo las súplicas que
los lacedemonios, tan afamados, y con ellos sus aliados más fieles, os
dirigen, rogándoos los socorráis. Veo asimismo a los tebanos, aquellos
que en otro tiempo no pudieron convencer a los lacedemonios para que os
redujesen a la esclavitud, que os piden ahora veáis con indiferencia la
destrucción de aquellos que os salvaron en otro tiempo. Dícese, para
la gloria y buena fama de vuestros antepasados, que no permitieron
quedaran insepultos los argivos que perecieron ante la Cadmea; sería
mucho más glorioso para vosotros no consintáis que se ultrajen ni
destruyan los lacedemonios que se hallan aún con vida. Es ciertamente,
asimismo, una gloriosa acción el haber reprimido la insolencia de
Euristeo, y haber salvado a los hijos de Hércules. Pero ¿no sería
más hermoso el salvar asimismo a los fundadores de la población[246]
y a la población entera? Sin embargo, la acción más hermosa sería
hoy socorrer, con las armas en la mano y a través de los peligros, a
los lacedemonios que en otro tiempo os salvaron por un voto, aunque
sin peligro. Si nosotros nos sentimos orgullosos al exhortaros para
que socorráis a un pueblo de valientes, ¿no sería para vosotros, que
podéis socorrerles eficazmente, un acto de reconocida generosidad, que
después de haber sido a menudo amigos y enemigos de los lacedemonios,
olvidaseis más bien las injurias que los beneficios y les mostraseis
vuestro reconocimiento, no solo en vuestro nombre, sino en el de toda
Grecia, como efectivamente por sus acciones han merecido?»
Después de este discurso comienzan los atenienses la votación: no
permiten hablar a los que quieren hacerlo en sentido opuesto, y votan
socorrer en masa a los lacedemonios, poniendo al frente de este
ejército al general Ifícrates. Terminados los sacrificios, ordena este
se coma en la Academia, y se dice que muchos salieron ya antes de
ponerse en marcha dicho jefe. Colócase este al frente de las tropas,
que marchan con entusiasmo, en la esperanza de que se las conduce a
realizar gloriosas acciones. Llegado a Corinto, permanece allí durante
algunos días, y principian a reprocharle las tropas esta pérdida de
tiempo; pero cuando les hace salir de la ciudad, se hallan llenos de
ardor para seguirle dondequiera los conduzca y para atacar los muros
contra los que se dirija.
En cuanto a Lacedemonia, los enemigos que devastaban su territorio,
arcadios, argivos y eleos, sus fronterizos, habían ya partido en gran
número, llevándose con ellos el botín que habían hecho. Los tebanos y
los demás enemigos deciden abandonar la comarca, porque ven disminuir
cada día más su ejército y porque cada vez se hacen más raros los
víveres, pues todo había sido consumido, arrebatado, dilapidado o
quemado, a lo cual se une la presencia del invierno, que contribuye
a que todos deseen partir. Cuando todas estas tropas se alejaron de
Lacedemonia, Ifícrates condujo igualmente a sus atenienses de Arcadia a
Corinto.
No pretendo criticar lo bueno que puede haber hecho durante el conjunto
de su mandato, pero respecto a su conducta en esta época, paréceme que
todos sus actos pecaron de inútiles o de imprudentes. Efectivamente
decide apoderarse del monte Oneo[247], a fin de que no puedan los
beocios regresar a su patria, y deja libre el paso más fácil, junto a
Céncreas. Más tarde, queriendo saber si los tebanos han pasado el monte
Oneo, envía en exploración a la caballería ateniense y a todos los
corintios; y sin embargo, un pequeño destacamento de hombres puede ver
lo mismo que una gran sección, pero en cambio, en caso de una retirada,
es mucho más fácil que puedan aquellos realizarla, hallando mayores
facilidades en los caminos que una gran división. Pero ¿no es el colmo
de la locura el hacer avanzar contra el enemigo muchas tropas, no
siendo bastante fuertes para rechazarle? Por esto aquella caballería,
cuya extensa línea ocupaba grande espacio, halló a causa de su número
muchos pasos difíciles, de manera que perdieron a lo menos veinte
hombres; y en cuanto a los tebanos, se retiraron como y por donde
quisieron.