Los lacedemonios y sus aliados se reunían en la Fócida, mientras los
tebanos, retirados a su país, defendían las entradas del mismo; en
cambio los atenienses, viendo que por ellos los tebanos aumentan su
poderío sin contribuir en modo alguno al sostenimiento de la flota,
mientras ellos se hallan abrumados por contribuciones en metálico,
por las piraterías de los eginetas y por el sostenimiento de los
destacamentos que vigilan el país, desean termine la guerra y envían
diputados a Lacedemonia para concertar la paz.
Celebrada esta[207], dos de los diputados atenienses embarcándose
en Lacedemonia, se dirigen directamente por orden de su ciudad a
participar a Timoteo conduzca a Atenas la flota, porque se ha hecho la
paz. En el trayecto, Timoteo conduce a Zacinto a los desterrados de
esta isla; pero cuando los zacintios participan a los lacedemonios la
manera como con ellos se ha portado Timoteo, consideran los espartanos
como culpables a los atenienses y equipan nuevamente una flota de
sesenta naves, no solo de Lacedemonia, sino también de Corinto.
Léucade, Ambracia, Élide, Zacinto, Acaya, Epidauro, Trecén, Hermíon y
Halias[208]. Nombran comandante de estas naves a Mnásipo, con orden de
vigilar todos estos parajes, y sobre todo de atacar particularmente a
Corcira. Envían asimismo a Dionisio[209] unos mensajeros para que le
hagan ver cuán ventajoso sería para él que no dominaran los atenienses
en aquella población.
Así que ha reunido su flota, se hace a la vela Mnásipo en dirección a
Corcira. Iban con él unos mil quinientos mercenarios, además de las
tropas lacedemonias. Luego de haber desembarcado, domina y saquea el
país, que estaba completamente plantado y cultivado y cuyas campiñas
estaban pobladas de magníficas habitaciones y bodegas bien provistas,
de tal suerte que se cuenta habían llegado los soldados a tal lujo que
no querían beber más que vino perfumado. Apodéranse también en los
campos de considerable número de esclavos y rebaños. Acampa después
Mnásipo su ejército terrestre en una colina distante unos cinco
estadios de la ciudad, que dominaba el país, a fin de poder atajar
el paso a todos los que viniesen a Corcira: en cuanto a la flota, la
coloca a la otra parte de la ciudad, en un lugar desde el cual podía
verse a lo lejos e impedir fondease cualquier nave en el puerto, en el
que, cuando no se oponía a ello la tempestad, hacía anclar sus naves, a
fin de tener mejor bloqueada la ciudad.
Los corcirenses, desde que no pueden recibir provisiones de sus
tierras, ocupadas por el enemigo, ni tampoco por el mar, pues la flota
enemiga supera en gran manera a la suya, hállanse en una situación muy
aflictiva. Envían a pedir socorros a Atenas, indicándoles perderán
inmensas ventajas y darán gran fuerza al enemigo si se dejan arrebatar
Corcira, ya que ninguna ciudad, excepto Atenas, puede equipar tantas
naves ni proporcionar tanto dinero. Además, Corcira se halla en una
situación sumamente estratégica, a la entrada del golfo de Corinto y de
las ciudades que baña, y su posición permite dañar a Laconia, así como
se encuentra a la distancia más favorable de Epiro, y en la situación
más ventajosa para el trayecto de Sicilia y del Peloponeso.
Al oír los atenienses tales indicaciones, creen deber tomar con empeño
este asunto, y envían al jefe Ctesicles con unos seiscientos peltastas,
que ruegan a Alcetas haga pasar a la isla. Los soldados, después de
desembarcar por la noche en un punto del país, entran en la ciudad.
Decretan además los atenienses se equipen sesenta naves, y eligen para
mandarlas a Timoteo, quien no hallando en Atenas las tripulaciones
necesarias para equiparlas, se dirige a las islas para completarlas,
no creyendo negocio baladí el dirigirse en cualquier situación contra
una flota completamente provista. Pero los atenienses, juzgando pierde
en la inacción la estación favorable para navegar, no tienen con él
la más mínima indulgencia y le quitan el mando, que dan a Ifícrates.
Inmediatamente de ser nombrado, equipa este con gran rapidez las
naves y obliga aun con violencia a los comandantes de las mismas.
Toma igualmente todas las naves atenienses que cruzan las aguas del
Ática, así como la _Páralos_ y la _Salaminia_[210], asegurando a los
atenienses que si alcanza buenos resultados en Corcira les devolverá
gran número de naves. De esta manera forma entre todas una flota de
setenta naves.
Durante este tiempo los corcirenses padecen de tal modo por el hambre,
que Mnásipo hace publicar, a consecuencia del gran número de tránsfugas
que coge, que hará vender a todos los desertores; pero como no por
esto llegan en menor número, concluye volviéndolos a la ciudad después
de hacerlos azotar, y como los sitiados no quieren recibirlos en sus
muros, ni siquiera como esclavos, perecen muchos de ellos fuera de las
murallas. Viendo Mnásipo sus sufrimientos, cree tener ya en su poder a
la ciudad, y cambia su modo de proceder con los mercenarios; despide
a unos sin pagarles y a otros retiéneles el sueldo de dos meses a
pesar de que, según se dice, no andaba escaso de dinero, pues que, en
realidad, la mayor parte de las ciudades le habían remitido dinero en
lugar de soldados, pues era cosa permitida en expediciones en que se
había de pasar el mar. Los sitiados, apercibiendo entonces desde lo
alto de las torres que las guardias están más descuidadas que antes
y que las tropas se hallan diseminadas por la campiña, verifican una
salida en la que hacen algunos prisioneros y matan algunos soldados.
Mnásipo, al verlos, se arma, y seguido de todos los hoplitas se arroja
en auxilio de los suyos, después de haber dado orden a los jefes y
oficiales de los mercenarios para que salgan a sostener el ataque; pero
habiéndole respondido algunos de aquellos que difícilmente encontraría
dispuesta a la obediencia a la gente a quien rehúsa la subsistencia,
principia a golpearles con su bastón y con la punta de la lanza, por lo
cual salen completamente desanimados del campamento y llenos de odio
contra él, enojosa disposición para un día de combate. Fórmalos en
batalla Mnásipo, derrota y persigue a los enemigos que estaban junto
a las puertas, pero llegados junto a los muros se vuelven y desde
los túmulos funerarios[211] les arrojan flechas y demás proyectiles,
mientras otros, saliendo por distinta puerta, se lanzan sobre la
retaguardia enemiga en masa compacta: los lacedemonios, que se hallaban
formados a ocho en fondo, creen muy débil el frente de su falange y
procuran verificar una maniobra para robustecerla; pero persuadidos
sus enemigos de que se declaran en fuga, se arrojan sobre ellos
impidiéndoles el realizar su movimiento y obligando a emprender la fuga
a sus tropas auxiliares. Mnásipo no puede auxiliar a las tropas así
acosadas, pues está también agobiado por los enemigos que tiene a su
frente y a los cuales deja cada vez mayores ventajas por el pequeño
número de sus fuerzas. Finalmente, los enemigos en masa atacan todos
la división de Mnásipo, ya muy abatida; los mismos ciudadanos, viendo
el aspecto que toman sus asuntos, salen también contra él; mátanle
y persiguen todos a sus tropas. Sin duda se hubieran apoderado del
campamento y de las trincheras, si no hubiesen visto la multitud de
comerciantes, criados y esclavos, y no se hubiesen retirado, tomándoles
por tropas de reserva. Levantan los corcirenses un trofeo y conceden
una tregua para recoger los muertos.
Redoblan el valor desde entonces los sitiados mientras experimentan
un abatimiento indecible los sitiadores, pues se decía también que
Ifícrates debía llegar de un momento a otro, y los corcirenses
equipaban al mismo tiempo las naves que tenían. Hipermenes, que era el
segundo de Mnásipo, equipa todas las embarcaciones que allí había, se
hace a la vela hacia los atrincheramientos y cargando las naves con
el dinero y los esclavos, las hace marchar mientras él permanece para
defender sus trincheras con los soldados y marineros que le quedan;
pero viéndose por fin completamente desorganizados, suben también a
las trirremes y parten, dejando mucho trigo, vino, esclavos y soldados
enfermos, pues temen ser sorprendidos en la isla por los atenienses y
se refugian en Léucade.
Ifícrates, una vez en camino para doblar el Peloponeso, mientras
avanza, hace todos los preparativos necesarios para el combate: deja
en tierra las grandes velas[212] como si se dirigiese al combate, y no
se sirve ni un momento de las altas[213] ni aun con viento favorable;
pues haciendo el trayecto a fuerza de remo, aumenta el vigor de sus
soldados y acelera la marcha de sus naves. Muchas veces, mientras
debían comer sus tropas, hacía poner en fila las naves y las conducía
alineadas unas después de otras: luego operaba una conversión a fin de
que tuviesen la proa hacia la costa, y a una señal las hacía partir
para ver cuál llegaría primero. Era esto un gran premio para la que
conseguía el hacer antes que todas la provisión de agua y de cuanto se
necesitaba, así como comer antes que todas; por el contrario, los que
llegaban últimos experimentaban gran castigo, pues tenían que hacer
todo esto después que los otros, y sin embargo, tenían que volver a
marchar al mismo tiempo cuando se daba la señal, por lo cual, los
primeros que llegaban podían hacerlo todo despacio y con comodidad,
mientras que los demás tenían que hacerlo a toda prisa. Cuando se
hallaban en país enemigo y era la hora de comer, establecía Ifícrates
centinelas en tierra, según es costumbre, pero además hacía levantar
los palos, colocando en ellos vigías que, hallándose en el punto más
alto, tenían un horizonte más extenso que los centinelas terrestres.
Cuando cenaba o dormía en alguna parte, no encendía fuego durante la
noche, sino que hacía encender fogatas antes de llegar a la vanguardia,
a fin de que nadie pudiera acercarse desapercibidamente. Cuando el
tiempo era hermoso, volvía a hacerse a la mar después de cenar, sobre
todo si era favorable la brisa, avanzando mientras descansaban, pero
si era preciso hacer uso de los remos, daba reposo a los soldados
por tandas. Durante el día guiaba su flota por medio de señales,
disponiéndola unas veces en falange y otras poniéndola en fila: de
este modo sus tropas se habían ejercitado en todas las maniobras de un
combate naval, mientras avanzaban y llegaban perfectamente instruidas a
los mares que creían ocupados por los enemigos. Comía y cenaba la mayor
parte de las veces en territorio enemigo, pero como no se detenía en él
más que el tiempo necesario, volvía a zarpar antes de que llegaran los
habitantes, y avanzaban así con gran rapidez.
Cuando acaeció la muerte de Mnásipo se hallaba Ifícrates en los
alrededores de las islas Esfagias en Lacedemonia: llegado a Élide, pasa
la embocadura del Alfeo y echa el ancla junto al promontorio Ictis.
Al día siguiente parte para Cefalenia, teniendo en orden de batalla
su flota, sin descuidar durante su trayecto la más pequeña precaución
para hallarse dispuesto a combatir así que se presentase ocasión;
pues como no tenía noticia de la muerte de aquel jefe espartano por
ningún testigo ocular, sospechaba que esta noticia era únicamente
para engañarle, y se mantenía a la defensiva. Llegado, sin embargo, a
Cefalenia tiene entonces noticias positivas y permite descansar a sus
soldados.
Ya sé yo que se toman todas estas medidas y todas estas precauciones
cuando se espera un combate naval, pero lo que yo alabo en Ifícrates
es que tratando de llegar lo más pronto posible al lugar en que creía
poder librar batalla con los enemigos, hubiese encontrado medio de
impedir olvidaran los soldados durante el trayecto las maniobras de
un combate naval, sin que estos cuidados retardasen en lo más mínimo
su marcha. Después de haber sometido las ciudades de Cefalenia, se
dirige a Corcira, donde viene en conocimiento de que se aproximan
diez trirremes enviadas por Dionisio en socorro de los lacedemonios:
examina por sí mismo el paraje del país desde donde puede apercibirse
la llegada de las naves y participarlo por medio de señales visibles
a la ciudad; establece en él vigías y concierta con ellos respecto
al modo de señalar la llegada y desembarco, y después da sus órdenes
a veinte jefes de naves que deberán acompañarle, para que le sigan
así que les llame el pregonero, declarándoles anticipadamente que
el que no obedezca no deberá quejarse del castigo. Cuando se señala
la proximidad de los enemigos, y así que el heraldo ha llamado a
los expedicionarios, se despliega una actividad digna de encomio,
pues ni uno solo de los que debían embarcarse deja de correr hacia
las naves. Ifícrates, dirigiéndose al lugar en que se hallan las
trirremes enemigas hace prisioneras las tripulaciones que habían
desembarcado; el rodio Melánipo había, sin embargo, aconsejado a los
demás que no permaneciesen allí, y con sus naves se había hecho a
la vela después de embarcar sus equipajes, y aunque encontró en su
camino las naves de Ifícrates, pudo huir; pero las de Siracusa caen
todas con sus tripulantes en poder del último, quien después de
despojar de sus accesorios a las trirremes, las entra a remolque en
el puerto de Corcira. Concede a cada cual pueda pagar su rescate,
excepto al comandante Crinipo, que conserva, ya para sacar de él gruesa
suma, ya para venderle; pero este, vencido por el pesar, se da la
muerte. Ifícrates da libertad a los demás prisioneros, aceptando unos
corcirenses como garantía de su rescate.
Durante todo aquel tiempo acude al mantenimiento de sus marineros
haciéndoles cultivar las tierras para los corcirenses. Pasa después a
Acarnania a la cabeza de sus peltastas y de los hoplitas de la flota
y socorre las ciudades amigas que se hallan en perentoria situación,
haciendo la guerra a los turieos, pueblo esforzado y dueño de una
plaza fuerte. Más tarde, habiendo robustecido su flota con las naves
corcirenses, y teniendo entre todas unas noventa, se hace a la vela
hacia Cefalenia, donde levanta tributos y se prepara después para
devastar el país lacedemonio, unirse las ciudades enemigas de esta
comarca que quisieran recibirle, y hacer la guerra a las que quisieran
resistirle.
No puedo dejar de tributar grandes elogios a esta expedición de
Ifícrates, así como a su petición de que le dieran por colegas al
orador Calístrato, a quien no tenía simpatías, y a Calias, que gozaba
fama de ser uno de los más hábiles generales. En efecto, si quería
juntárselos como consejeros por ser hombres cuya habilidad conocía,
paréceme obraba como hombre prudente; y si veía en ellos únicamente
unos rivales, el no temer se le acuse jamás de molicie o descuido, lo
considero como propio de un hombre que tiene elevadísima conciencia de
sí mismo. Eso es lo que hizo Ifícrates.