Así que comienza la primavera[189], la caballería olintia, en número
de unos seiscientos hombres, verifica una excursión hacia Apolonia en
mitad del día, y se disemina por la campiña para saquearla: aquel día
Derdas y su caballería habían llegado a Apolonia y se hallaban tomando
el almuerzo. Cuando se apercibe aquel de esta correría, da orden a
su gente para que armados y con los caballos enjaezados se mantengan
a la expectativa; y cuando ve que los olintios avanzan con seguridad
completa hasta los suburbios y las mismas puertas de la ciudad, sale
al frente de su caballería en correcta formación. Así que le distingue
el enemigo, emprende la fuga; mas él no se contenta con esto, sino que
le persigue unos noventa estadios[190] sin cesar de matarle gente,
hasta los mismos muros de Olinto: dícese que les mató unos ochenta
caballeros. Permanecen desde entonces los enemigos encerrados dentro
de sus muros y sin cultivar más que una pequeñísima parte de su
territorio. Algún tiempo después, Teleutias dirigíase contra la ciudad
de Olinto, a fin de destruir los árboles que habían quedado en pie y
los trabajos de cultivo de los enemigos, cuando la caballería olintia
avanza silenciosamente contra los lacedemonios, a cuya vista Teleutias,
indignado por su audacia, ordena a Tlemónidas, jefe de los peltastas,
se arroje sobre ellos a paso de carga. Los olintios, al verse atacados
por los peltastas, vuelven la espalda, retíranse en buen orden, y
vuelven a pasar el río; y los que les siguen, creyendo habérselas con
fugitivos, persíguenles con grande audacia y se disponen también a
atravesar el río; pero entonces la caballería olintia, aprovechando el
momento en que acaban los peltastas de atravesar el río y les ofrecen
un inmenso flanco, se vuelve, y cargando sobre ellos, matan al mismo
Tlemónidas y a más de ciento de sus soldados. Teleutias, al conocer
lo sucedido, monta en cólera, coge sus armas, y dirigiéndose hacia
adelante con sus hoplitas, ordena a los caballeros y peltastas persigan
sin tregua al enemigo. Gran número de ellos, cumpliendo sus órdenes,
avanzan hacia las murallas más de lo que la prudencia exige, y tienen
que retirarse con grandes pérdidas; y otros, alcanzados por las flechas
arrojadas desde las torres, tienen que replegarse desordenadamente para
ponerse a cubierto de los proyectiles. Cargan entonces los olintios
con su caballería, apoyada por los peltastas, y últimamente los mismos
hoplitas salen de la ciudad y se arrojan sobre la falange desordenada.
Perece Teleutias combatiendo, y al momento ceden las tropas; nadie hace
resistencia, y se declaran todos en fuga: unos procuran refugiarse en
Espartolo, otros en Acanto o en Apolonia, y gran parte en Potidea.
Persíguenles en todos sentidos los vencedores, y dan muerte a gran
número de hombres de los más útiles al ejército.
Paréceme que tales desgracias deben enseñar a los hombres, y
servirles para comprender que no se debe castigar mientras se está
encolerizado, ni siquiera a los esclavos, porque a menudo ha sucedido
que, arrastrados los dueños por la pasión, se han atraído a sí mismos
mayores desventuras de las que a los demás han ocasionado. Pero sobre
todo en la guerra, es una falta, muchas veces irreparable, el obrar
siguiendo las inspiraciones de la cólera. La cólera, en efecto, es
imprevisora, mientras la reflexión procura hallar con igual cuidado los
medios de evitar un desastre, que los necesarios para perjudicar al
enemigo.
Los lacedemonios, después de saber esta noticia, celebran consejo y
deciden mandar fuerzas considerables para abatir la soberbia de los
vencedores y no hacer inútiles cuantas ventajas hasta entonces se
habían conseguido. Pensando de esta suerte, envían como general al rey
Agesípolis, designándole también treinta espartanos, como se había
hecho cuando la expedición de Agesilao a Asia. Muchos periecos, gente
esforzada, así como buen número de extranjeros de los que se llaman
_trófimos_ y algunos bastardos espartanos bien reputados y que habían
ejercido elevados cargos en la ciudad, le siguen como voluntarios.
También proporcionan voluntarios las ciudades aliadas, alistándose
también como tales algunos caballeros tesalios que querían hacerse
conocer y apreciar por Agesípolis, y finalmente Amintas y Derdas
muestran mayor actividad que la primera vez. Después de disponerlo
todo, Agesípolis parte para Olinto.
La ciudad de los fliasios, que había merecido los elogios de Agesípolis
a causa de la prontitud con que había proporcionado grandes cantidades
para esta expedición, creyendo que hallándose ausente Agesípolis no
se dirigirá Agesilao contra ella, pues no había sucedido nunca que
estuviesen los dos reyes ausentes al mismo tiempo de Esparta, se atreve
a no conceder justicia a los desterrados que han regresado a su patria,
pues estos, en efecto, pedían fuesen decididos los puntos en litigio
por un tribunal imparcial; pero los ciudadanos quieren sea juzgada su
querella por la misma ciudad. Reclaman aquellos, alegando que no puede
haber verdadera justicia si una de las partes litigantes ha de decidir
como juez; pero no se les escucha, por lo cual se dirigen entonces
a Lacedemonia para quejarse del gobierno de su ciudad: acompáñales
asimismo cierto número de habitantes de Fliunte, que afirman se les
considera por gran número de ciudadanos como verdaderas víctimas de
la injusticia, por lo cual, irritada la ciudad, condena a todos los
que se han dirigido a Esparta sin misión alguna del estado. Estos no
se apresuran a volver a su patria; antes por el contrario, permanecen
en Lacedemonia e informan a los de esta ciudad de que los que cometen
estas violencias son los mismos que les han desterrado y cerrado las
puertas a las tropas espartanas, que han comprado sus bienes y emplean
la violencia para conservarlos, habiendo encontrado por fin el medio
de hacerles castigar por haberse dirigido a Lacedemonia, a fin de que
nadie, en lo futuro, se atreva a revelarles lo que pasa en su ciudad.
Creyendo los éforos que, en efecto, se cometía allí injusticia,
declaran la guerra a los fliasios, cosa que no disgustó a Agesilao,
pues la familia de Podánemo, desterrada en la actualidad, estaba unida
con su padre Arquidamo por los lazos de la hospitalidad, y él mismo
lo estaba con la familia de Procles, hijo de Hipónico. Terminados los
sacrificios de la marcha, emprende la campaña, a pesar de que varias
diputaciones marchan a su encuentro ofreciéndole grandes cantidades
para evitar la invasión: contesta a todos que no se dirige allí para
cometer injusticias, antes al contrario, para proteger a los que de
ellas son víctimas. Por fin afirman los fliasios se hallan dispuestos
a hacer cuanto quiera, rogándole suspenda su expedición; pero él les
contesta que no puede creer solo en sus palabras, pues otras veces
le han engañado y necesita, por lo mismo, una garantía efectiva.
Habiéndole preguntado cuál era la garantía que exigía, contesta: «La
misma que nos disteis otra vez sin que hubieseis padecido perjuicio
alguno: el entregarnos la acrópolis.» No habiendo accedido a su
petición, invade el país y rodea su ciudad con obras de fortificación,
dejándola completamente sitiada. Gran número de lacedemonios repiten,
sin embargo, que por algunas personas se enajena una ciudad de más
de cinco mil almas, y en realidad, para ponerlo más de relieve, los
fliasios celebraban sus asambleas a la vista del ejército, por lo cual
Agesilao ideó el siguiente medio para contrarrestar este reproche. Cada
vez que salía alguien de la ciudad, atraído por la amistad o por la
parentela de los desterrados, hace preparar comidas públicas como las
de Esparta y dar alimentos suficientes a cuantos quieren tomar parte
en los ejercicios; ordena asimismo se les procure toda clase de armas
sin retroceder ante ningún gasto. Ejecútanse sus órdenes, y de este
modo se forma un cuerpo de más de mil hombres robustos, disciplinados
y bien armados; de manera que llegan los lacedemonios a desear por
compañeros de armas a estos soldados.
En estas cosas empleaba su actividad Agesilao. Mientras tanto,
Agesípolis, saliendo de Macedonia, sitúase con sus tropas frente a
Olinto: pero viendo que nadie sale a atacarle, se ocupa en devastar
cuanto ha sido hasta entonces respetado en su territorio, y destruye
las mieses de las comarcas aliadas, así como cayendo sobre Torone,
se apodera de ella por asalto. Hallábase en esto, cuando es atacado
por una ardiente fiebre, propia de la estación canicular en que se
encontraban; y habiendo visto por la mañana el templo de Dioniso en
Afitis[191], entrole el deseo de gozar de la sombra de sus cuevas y de
sus aguas límpidas y frescas: transpórtasele aún con vida, pero muere
fuera del templo, una semana después de haber caído enfermo. Su cuerpo,
cubierto de miel, es llevado a su patria, donde recibe sepultura real.
Agesilao, al saber esta noticia, no demuestra que ha perecido un rival,
antes derrama abundantes lágrimas y echa de menos su compañía, pues
en Esparta los reyes habitan juntos cuando en ella se encuentran.
Agesípolis y Agesilao confiábanse a menudo las confidencias más intimas
sobre su juventud, sus cacerías, sus caballos y sus amores, y además,
mientras vivían juntos, mostrábale el último gran respeto, pues era
mayor en edad. Envían en su lugar los lacedemonios en calidad de
gobernador contra Olinto a Polibíades.
Agesilao había dejado ya trascurrir el tiempo prudencial que se había
fijado para la duración de las provisiones en Fliunte, pues tal es
el dominio que sobre los apetitos puede tenerse que los fliasios,
habiendo decretado entregar la mitad del trigo que antes se daba a
todo el mundo, al ejecutar esta resolución, pudieron sostener el sitio
durante doble tiempo del que se había presumido. Y tal es también la
superioridad de la audacia sobre la timidez, que cierto Delfión, que
pasaba por hombre distinguido, al frente de trescientos fliasios pudo
dominar el influjo de los que deseaban la paz, y retener en la cárcel
a los individuos de quienes desconfiaba; pudo asimismo obligar al
pueblo a montar las guardias y asegurarse de su fidelidad vigilándole
constantemente. A menudo verificaba salidas con sus partidarios más
decididos, y rechazaba las guardias de diferentes puntos de las
fortificaciones enemigas. Sin embargo, cuando a pesar de todos sus
arbitrios esos hombres tan decididos no pudieron hallar víveres en
parte alguna de la ciudad, pidieron una tregua a Agesilao para enviar
una comisión a Esparta, pues habían determinado entregar a discreción
la ciudad a los lacedemonios.
Irritado Agesilao de que no le consideren con autoridad suficiente para
ello, halla medio para que sus amigos de Esparta obtengan se le deje
árbitro de la suerte de Fliunte, y entonces accede a dejar paso franco
a aquella comisión. Redobla, sin embargo, la vigilancia en las guardias
para que nadie pueda salir de la ciudad, pero a pesar de todas estas
precauciones, Delfión, y con él un esclavo estigmatizado que había
sustraído gran cantidad de armas a los sitiadores, consiguen escapar
durante la noche. Cuando los diputados vuelven de Esparta con la
noticia de que esta da sus más amplios poderes a Agesilao respecto a lo
que debe hacerse con la ciudad, decide aquel que cincuenta desterrados
y cincuenta sitiados sean los que han de manifestar quiénes deban
conservar la vida o perecer de entre los sitiados, y que más adelante
establecerá las leyes según las cuales deban gobernarse. Mientras
ejecutan sus órdenes, deja una guarnición en la ciudad con el sueldo
de seis meses, después de lo cual licencia a los aliados y regresa a
Esparta con sus conciudadanos. Así terminó la expedición a Fliunte,
después de haber durado un año y ocho meses.
Polibíades, por su parte, acosaba vivamente por el hambre a los
olintios, pues no podían recibir por tierra ni introducir por mar
alimento alguno, obligándoles con esto a enviar una diputación a
Lacedemonia para tratar de la paz. Danse a los enviados amplios
poderes, y celebran allí un tratado, obligándose a reconocer por amigos
o por enemigos a los que lo sean de Lacedemonia, a seguir a todas
partes donde quieran conducirles los espartanos, y a ser sus aliados.
Después de haber jurado permanecer fieles a estas condiciones, regresan
a su país.
Todo favorecía a los lacedemonios: hallábanseles completamente
sometidos los tebanos y beocios; afectos y bien dispuestos los
corintios; humillados los argivos, después de haber visto que el
pretexto de los meses sagrados de nada les servía; de todos abandonados
los atenienses, y castigados cuantos aliados a Esparta no habían sido
enteramente fieles: de ahí que todo parecía indicar para ellos una
gloriosa y duradera dominación.