Podría citarse en la historia de Grecia y en la de los bárbaros gran
número de hechos que prueban que los dioses tienen en cuenta así a los
hombres religiosos como a los impíos; pero solo referiré lo que atañe a
mi objeto. Los lacedemonios habían jurado respetar la independencia de
las ciudades, y, a pesar de esto, se habían apoderado de la acrópolis
de Tebas, por lo cual fueron castigados por las mismas víctimas de su
injusticia, ellos, que no habían sido sometidos jamás a ningún hombre
y bastaron siete desterrados para destruir el poder de los ciudadanos
que les habían introducido en la acrópolis y habían querido poner a su
patria bajo la dominación de los lacedemonios a fin de poder ejercer la
tiranía. Voy a relatar cómo sucedió todo esto.
Había en Tebas[192] un cierto Fílidas que hacía de secretario de
Arquias y de los demás polemarcas, y que aparentemente les había
prestado grandes servicios. Habiendo ido este hombre a Atenas para
algunos asuntos, se encontró con Melón, sujeto muy conocido y que era
uno de los tebanos allí refugiados. Informado este por Fílidas de la
tiranía ejercida por el polemarca Arquias y por Filipo, comprende
que la situación de la patria le es tan odiosa a Fílidas como a él
mismo. Danse, pues, garantías recíprocas de su fidelidad, y conciertan
el plan que debe seguirse. Melón inmediatamente se une a otros seis
desterrados, los más a propósito para sus designios, y no les hace
tomar otras armas que sus puñales. Principian por entrar de noche en
el territorio tebano, y después de haber pasado el día en un lugar
enteramente desierto, se acercan a las puertas de la ciudad como
si volviesen del campo, a la hora en que dejan su trabajo los más
rezagados. Luego que entran en la ciudad, pasan la noche en casa de
un ciudadano llamado Carón, y allí permanecen todo el día siguiente.
Fílidas se hallaba ocupado en arreglarlo todo para que celebrasen los
polemarcas las Afrodisias[193] antes de ser relevados de sus cargos;
habíales dicho hacía largo tiempo que les llevaría las mujeres más
hermosas y amables de Tebas, y les dice entonces que aquel día cumplirá
su palabra, pues querían, según sus gustos, pasar una noche agradable.
Terminada la cena, y cuando principian a hallarse ebrios a causa de
las incitaciones de aquel, sale para cumplir la orden de llevarles las
heteras[194], y vuelve acompañado de Melón y sus compañeros, de los
cuales, tres iban disfrazados de dueñas y los otros de sirvientas.
Después de haberles introducido en la antecámara del polemarca, entra y
dice a Arquias que las mujeres rehúsan entrar si hay en la sala algún
criado, por lo cual dan inmediatamente la orden para que todos se
retiren, y Fílidas, dando vino a los esclavos, les manda se recojan en
la habitación de uno de ellos. Introduce entonces a las heteras y hace
sentar una al lado de cada hombre. Se había convenido que después de
sentarse y al quitarse el velo, les darían de puñaladas. He aquí, según
se dice, cómo perecieron los polemarcas, aunque otros aseguran que
entraron como convidados los amigos de Melón, y los mataron.
Tomando luego Fílidas tres de los conjurados, se dirige a casa de
Leontíades y llama a la puerta, anunciándose como portador de una
orden de los polemarcas. Hallábase aquel acostado solo, después de
haber cenado, y su mujer hilaba sentada a su lado. Creyendo fiel a
Fílidas, les hace entrar, y apenas introducidos, le degüellan, y
obligan a su mujer con amenazas a guardar silencio: cuando salen,
dicen que dejan cerrada la puerta y que si la encuentran abierta,
matarán a cuantos están en la casa. Tomadas estas medidas, Fílidas
se dirige con dos de los suyos a la cárcel, y dice al carcelero que
por orden de los polemarcas conduce a un hombre para ser encarcelado;
ábreles el carcelero, y después de darle muerte, ponen en libertad a
los presos. Entréganles a toda prisa armas tomadas del pórtico y les
conducen entonces al Anfión, donde les ordenan se conserven sobre las
armas. Inmediatamente hacen pregonar a todos los tebanos, caballeros
y hoplitas, pueden salir de sus escondrijos, pues han perecido ya
los polemarcas. Mientras es de noche permanecen los ciudadanos en sus
casas, resistiéndose a creer que sea verdad; pero cuando se hace de día
y se ve la realidad de lo sucedido, júntanse a los conjurados así los
hoplitas como los caballeros. Los desterrados envían emisarios montados
a los que están en las fronteras de Atenas y a los dos generales, que
acuden así que conocen el motivo por el que se les llama.
El gobernador de la acrópolis, así que conoce el pregón que ha tenido
lugar durante la noche, pide refuerzos a Platea y Tespias, pero la
caballería tebana, informada de la llegada de los plateenses, marcha
a su encuentro y mata a más de veinte. Después de este encuentro,
vuelven a la ciudad, y reunidos a los atenienses que habían llegado
de las fronteras, atacan la acrópolis. Los que se hallaban en ella,
conociendo su pequeño número, principian a sobrecogerse de miedo al
ver el ardor de los que les atacan, excitados por las recompensas
brillantes prometidas a los que asaltaran primero la fortaleza, y
declaran la entregarán si se les permite salir libremente con sus
armas. Concédeseles gustosamente lo que piden, y se les deja salir,
después de haber celebrado una tregua y de haberse obligado con
juramento a sostenerla. Pero mientras salen, se apoderan los tebanos
de cuantos reconocen como enemigos y les condenan a muerte: algunos
son secretamente ocultados por los atenienses que habían venido de
las fronteras, y así consiguen salvarse; pero los tebanos se apoderan
asimismo de los hijos de aquellos a quienes habían muerto, y les
degüellan.
Luego que los lacedemonios conocen estos sucesos, condenan a muerte
al gobernador, que había abandonado la acrópolis sin aguardar a que
llegaran los refuerzos, y decretan una expedición contra los tebanos.
Agesilao, declarando que hacía más de cuarenta años había pasado de
la adolescencia, y demostrando que la ley en virtud de la cual los
otros ciudadanos de esta edad no se hallan obligados a salir de la
patria debe aplicarse igualmente a los reyes, se ve libre de dirigir
la expedición. No era, sin embargo, este el motivo por el que deseaba
permanecer en su patria, sino porque sabía que si mandaba esta invasión
dirían sus conciudadanos que Agesilao creaba obstáculos al estado
únicamente para favorecer tiranos, y por esto procuró amoldarse a
las circunstancias. Los éforos, acosados por los tebanos que habían
podido escapar de la matanza, envían en lo más fuerte del invierno
a Cleómbroto[195], que dirigía por primera vez un ejército. Como el
camino que pasa por Eléuteras se halla ocupado por Cabrias y los
peltastas atenienses, toma Cleómbroto, para atravesar el monte, la vía
de Platea; pero al avanzar los peltastas, se hallan en los picos a los
prisioneros libertados, que guardaban el paso en número de unos ciento
cincuenta. Mátanlos todos los peltastas, a excepción, acaso, de uno o
dos, y Cleómbroto baja a Platea, ciudad aún afecta a los lacedemonios,
y se dirige después a Tespias, de donde se dirige a Cinoscéfalas,
ciudad tebana, para establecer allí su campamento. Permanece en ella
unos diez y seis días, y regresa a Tespias, donde deja a Esfodrias
como gobernador con la tercera parte del continente de los aliados, y
le entrega todo el dinero que había sacado de su patria, ordenándole
reclute mercenarios. Esfodrias ejecuta sus órdenes, y Cleómbroto toma
el camino de Creusis y conduce a sus hogares a las tropas de su mando,
no sabiendo aquellas si en efecto se estaba en guerra o no con los
tebanos. Lo cierto es que había conducido su ejército al territorio
tebano, y que volvía después de haberles hecho el menos daño posible.
A su regreso, fue asaltado por un viento impetuoso, que interpretaron
muchos como un funesto presagio para el porvenir. Este viento, que no
le ocasionó poco destrozo, sorprendió al ejército después de salir de
Creusis, mientras pasaba por el lugar en que la montaña costea el mar,
y precipitó a él gran número de acémilas con sus bagajes y arrebató
muchas armas, que cayeron también al mar. Finalmente, muchos de ellos,
que no podían seguir la marcha con las armas, abandonaron en las cimas
del monte sus escudos vueltos del revés y llenos de piedras para que no
volasen. Comieron del mejor modo que pudieron en Egóstena de Mégara, y
al día siguiente volvieron a buscar sus armas. Hecho esto, fuese cada
cual a su casa, pues Cleómbroto había licenciado a sus tropas.
Viendo los atenienses el poderío de los lacedemonios, pues la guerra no
está ya en Corinto, sino a las puertas del Ática, invadiendo Tebas, se
dejan dominar de tal modo por el miedo, que citan a juicio a los dos
generales que ocasionaron la conjuración de Melón contra Leontíades y
su partido, condenando a muerte a uno de ellos y desterrando al otro,
que no había esperado a saber el resultado del juicio.
Temiendo también los tebanos al poder lacedemonio si se hallan solos
contra ellos en la guerra, recurren a la siguiente estratagema.
Persuaden a fuerza de dinero al gobernador de Tespias, Esfodrias,
que aparente invadir el Ática para que se origine con ello una
ruptura entre atenienses y lacedemonios. Dócil Esfodrias a dichas
instrucciones, aparenta querer apoderarse del Pireo, que se hallaba ya
sin puertas, y parte de Tespias una mañana con sus soldados, después
de haberles hecho comer, diciendo quiere llegar al Pireo antes de
terminar el día. Llega en aquel mismo día a Tría y nada hace para
ocultar su camino; pero tomando otra dirección, se apodera de los
ganados y saquea las casas. Algunos de los que le habían encontrado
durante la noche, habían huido hacia Atenas, donde habían anunciado la
proximidad de un ejército formidable. Habíanse los atenienses armado
a toda prisa, y tanto los de a pie como los de a caballo, custodiaban
las puertas de la ciudad. Hallábanse en Atenas en aquella ocasión los
embajadores lacedemonios Etimocles, Aristóloco y Ocilo, quienes estaban
alojados en casa del próxeno Calias; préndenlos los atenienses después
que reciben aquella noticia, y los vigilan cuidadosamente creyendo
que han tenido parte en la trama; pero ellos quedan sorprendidos del
suceso y se justifican diciendo que si hubiesen sabido que debían
tomar el Pireo, no hubieran sido tan imprudentes para entregarse de
este modo a los atenienses, y sobre todo en casa del próxeno, donde a
cualquier momento podía hallárseles. Dicen además que pronto verán
los atenienses que nada de ello sabía la ciudad, pues están seguros de
que Esfodrias será condenado por Esparta. Se decide, pues, que ninguna
participación tienen en el asunto, y se les pone en libertad. Por su
parte, los éforos llaman a Esfodrias e intentan contra él una acusación
capital: el temor le impide comparecer a la citación, es sentenciado,
y a pesar de esta desobediencia, se le absuelve. Muchos encontraron en
Lacedemonia esta sentencia como informada por una notoria injusticia.
He aquí cuál fue su causa:
Esfodrias tenía un hijo llamado Cleónimo, que apenas había salido de
la infancia y era el más bello y amable de los muchachos de su edad y
el favorito de Arquidamo, hijo de Agesilao. Los amigos de Cleómbroto,
que en su cualidad de íntimos de Esfodrias deseaban vivamente salvarle,
temían a Agesilao y sus amigos, así como a los hombres imparciales,
pues parecía que Esfodrias había cometido una grave falta. En dicha
ocasión, Esfodrias díjole a Cleónimo: «Hijo mío, de ti depende el
salvar a tu padre, rogando a Arquidamo me vuelva favorable al suyo para
mi juicio.» Al oír estas palabras Cleónimo, se atreve a dirigirse a
Arquidamo y le suplica sea el salvador de su padre. Al ver Arquidamo
deshecho en llanto a Cleónimo, permaneciendo a su lado acompáñale en
su llanto, pero cuando hubo oído su súplica le contesta: «Oh Cleónimo,
has de saber que ni siquiera me atrevo a mirar cara a cara a mi padre,
y que cuando quiero obtener algo en la ciudad, procuro recurrir a
cualquier persona mejor que a él; pero sin embargo, ya que tú me lo
ruegas, está seguro que emplearé todo mi valimiento para hacer esto
por ti.» Vuélvese a su casa después de la comida pública y se entrega
al descanso. Al día siguiente, apenas se levanta, se pone al acecho
para que su padre no salga de casa sin que él se aperciba de ello. Así
que le ve salir, deja que le aborden los ciudadanos, que se dirijan
después a él los extranjeros, y aun cede el paso a los mismos esclavos
que tienen algo que pedir, y por fin, cuando Agesilao volviendo de
la orilla del Eurotas entra en su casa, se retira a sus habitaciones
sin haberle dicho nada. Al día siguiente hace lo mismo; Agesilao
sospecha el motivo de su presencia continua, pero no le interroga y
le deja hacer. Por su parte Arquidamo deseaba, como era natural, ver
a Cleónimo, pero no se atrevía a ir a su casa hasta que no hubiese
hablado con su padre; y los amigos de Esfodrias, no viendo entrar a
Arquidamo en la casa que antes frecuentaba, hallábanse en la mayor
inquietud, y creían había sido rechazado por su padre encolerizado.
Por fin Arquidamo se decide a abordarle y decirle: «Padre mío,
Cleónimo me ruega te suplique salves a su padre, y yo te lo ruego
encarecidamente, si es posible.» Agesilao le contesta: «En cuanto a mí,
te perdono la súplica que acabas de hacerme; pero ¿cómo obtendría yo
el perdón de mi patria si no declaraba culpable a un hombre que se ha
enriquecido a expensas de la ciudad?» Nada puede replicar Arquidamo, y
se retira vencido por la evidencia de la justicia. Sin embargo, volvió
de nuevo a la carga, ya espontáneamente, ya aguzado por otros, y dijo:
«Padre mío, ya sé que absolverías a Esfodrias si no fuese culpable;
pues bien, si ha cometido alguna falta, perdónale por amor a mí.»
Agesilao le contesta: «Si esto debe sernos honroso, así se hará»; y él,
al oír esto, se retira completamente descorazonado. Pero uno de los
amigos de Esfodrias, hallándose de conversación con Etimocles, le dice:
--«Supongo que vosotros, los amigos de Agesilao, decidiréis todos la
muerte de Esfodrias.»
A lo cual contesta Etimocles:
--«¡Por Zeus! entonces haríamos todo lo contrario de lo que desea él
mismo, pues este repite a cuantos habla de este asunto que no puede
negarse que sea culpable Esfodrias, pero sería muy cruel condenar
a muerte a un hombre que ya desde niño, de adolescente y de hombre
formal, ha llevado siempre la conducta más honrosa; sobre todo
necesitando, en efecto, Esparta de soldados como él.»
Referidas estas palabras a Cleónimo, este, radiante de júbilo, se
dirige inmediatamente a casa de Arquidamo, y le dice: «Ya sé lo que has
hecho por nosotros, y por lo mismo has de saber que procuraré obrar
de manera que nunca tengas que sonrojarte de mi amistad.» No mintió,
pues durante su vida conservó en Esparta la conducta más ejemplar; y en
Leuctra, donde combatió a la vista del rey, junto al polemarca Dinón,
después de haber caído tres veces, fue el primero de sus conciudadanos
que halló la muerte combatiendo a los enemigos. Esta pérdida afligió
cruelmente a Arquidamo, pues según su promesa, Cleónimo no fue jamás
para él un motivo de vergüenza, sino más bien de honor. De este modo
evitó Esfodrias su condenación.
Los atenienses que eran partidarios de los beocios anuncian al pueblo
que los lacedemonios no solo no han castigado a Esfodrias, sino que
han alabado su proceder al tender asechanzas contra Atenas; por lo cual
colocan inmediatamente puertas en el Pireo, construyen naves y socorren
a los beocios con todo el celo posible. Por su parte, los lacedemonios
decretan otra expedición contra los tebanos, y creyendo que Agesilao
la dirigiría con más prudencia que Cleómbroto, le ruegan se ponga al
frente de aquella expedición, y él, contestando que no resistirá jamás
a la voluntad de la ciudad, se prepara para la marcha. Conociendo,
empero, que no es fácil llegar a Tebas si no se ocupa de antemano el
Citerón, y averiguando que los cletorios se hallan en guerra con los
orcomenios y sostienen mercenarios, entra en tratos con ellos, a fin de
poder disponer de sus tropas mercenarias cuando las necesite. Después
de haber ofrecido los sacrificios de la marcha y antes de llegar a
Tegea, hace entregar al jefe de los mercenarios de Clétor el sueldo de
un mes, con orden de apoderarse del Citerón, y al mismo tiempo ordena
a los orcomenios suspendan toda hostilidad mientras dure la campaña,
declarando que, según lo decretado por los aliados, se dirigirá
inmediatamente contra toda ciudad que ataque a otra cualquiera,
mientras esté el ejército ocupado en su expedición.
Después de haber pasado el Citerón, se dirige a Tespias, de donde
sale para entrar en el territorio tebano; pero encuentra la llanura
y los puntos más importantes del país completamente fortificados con
fosos y empalizadas. Sin punto fijo como centro de operaciones, y
acampando donde mejor les parece, salen las tropas cada día después del
almuerzo, y saquean la campiña situada a oriente de las empalizadas
y fosos. En efecto, los enemigos, así que aparecía Agesilao en un
punto, llegaban por su parte, para defenderse detrás de sus trincheras.
Un día que se retiraba ya hacia su campamento, los caballos tebanos
se arrojan de improviso sobre él por las aberturas practicadas en
la trinchera, mientras los peltastas habían salido para preparar la
comida, y mientras la caballería se hallaba completamente desmontada
o en preparación. Sorprenden los tebanos a los peltastas, así como a
Cleas y Epicídidas, caballeros espartanos, a un perieco lacedemonio,
Éudico, y a algunos desterrados atenienses que no habían montado aún
a caballo. Agesilao inmediatamente hace retroceder a los suyos, y
acude en su auxilio con los hoplitas; su caballería carga sobre la
del enemigo, estando apoyada por los hoplitas, que hacía diez años
servían en el ejército. Los de la caballería tebana, sin embargo,
parecían como si hubiesen bebido demasiado, pues aguardaban al enemigo
hasta que se hallaba a tiro, y entonces les lanzaban sus dardos sin
alcanzarles; finalmente, empezaron la retirada, en la cual perdieron
más de doce hombres. Así que comprende Agesilao que la caballería
tebana no comparece hasta después que ha pasado la hora de almorzar,
ofrece los sacrificios al clarear el día, introduce a sus soldados
en el interior del territorio atrincherado, saquea y quema cuanto en
él encuentra, y avanza hasta la ciudad. Después de haber hecho esto,
se retira a Tespias, que fortifica, y donde deja como gobernador a
Fébidas; volviendo él a pasar el monte, llega a Mégara, donde licencia
sus tropas, y conduce a Esparta la milicia nacional.
Fébidas, entonces, envía partidas de merodeadores para que pasen
a sangre y fuego el país tebano, y él dirige en persona varias
expediciones, en las que destruye cuanto a su mano encuentra. Por su
parte los tebanos, queriendo hacer uso de represalias, dirígense en
masa contra el país de Tespias; pero llegados allí, se encuentran
con Fébidas, quien, acosándoles constantemente con sus peltastas,
les impide separarse un solo instante de la falange; de manera que,
arrepentidos los tebanos de su invasión, emprenden inmediatamente la
retirada, y aun los mismos bagajeros, arrojando los granos de que se
habían apoderado, se apresuran a encaminarse hacia sus casas: tan
grande es el temor que ha sobrecogido al ejército. Fébidas, rodeado
de sus peltastas, y seguido, según sus órdenes, de los hoplitas
en correcta formación, acosa vivamente al enemigo. Acaricia ya la
esperanza de derrotarle; marcha valerosamente a la cabeza de las
tropas, exhortándolas a cortar la retirada al enemigo, mientras da
orden a los hoplitas tespieos para que le sigan; pero llegada en su
retirada la caballería tebana a un bosque impenetrable, reúnense
primero, y después dan media vuelta, ya que es completamente imposible
el pasar: el pequeño número de peltastas que se hallan a la cabeza
de los lacedemonios tienen miedo y emprenden la fuga, y entonces la
caballería tebana toma de ellos mismos la idea de su persecución.
Fébidas y dos o tres de los que estaban a su lado perecen combatiendo,
y los mercenarios emprenden todos la fuga. Cuando llegan huyendo junto
a los hoplitas tespieos, estos, que se alababan antes de no haber
cedido nunca a los tebanos, huyen también, sin que se intente siquiera
perseguirles, pues era ya muy tarde. Por esto no fueron considerables
sus bajas; pero sin embargo no se detuvieron en su retirada hasta
llegar a los muros de la ciudad. Esta victoria inflama con nuevo ardor
a los tebanos, que verifican entonces varias expediciones contra
Tespias y las ciudades vecinas. El partido democrático de estas se
refugia en Tebas, pues que en todas ellas, como había sucedido con
aquella misma, se hallaban dominando los aristócratas; de manera que
también en ellas necesitaban socorros los amigos de Lacedemonia.
Después de la muerte de Fébidas, envían los espartanos por mar un
polemarca y una cohorte para conservar a Tespias.
Así que se aproxima la primavera decretan los éforos otra expedición
contra Tebas, y como en la anterior, suplican a Agesilao se ponga
al frente de ella. Juzgando este necesario seguir el mismo plan de
invasión, antes de ofrecer los sacrificios de la marcha da orden al
polemarca de Tespias para que se apodere de los desfiladeros del
Citerón, conservándolos en su poder hasta que él haya pasado. Después
de haberlos atravesado y haber llegado a Platea, aparenta querer
dirigirse a Tespias, dando orden para que preparen los alojamientos, y
mandando a las diputaciones se dirijan allí a esperarle, con lo cual
los tebanos creen que invadirá su territorio por aquella parte. Pero
Agesilao, después de haber sacrificado, se dirige, al apuntar el día,
del lado de Eritras; hace en un día con su ejército dos jornadas de
marcha, y a toda prisa pasa el atrincheramiento junto a Escolos, antes
de la llegada de los tebanos, que se hallaban defendiendo el lugar
por el cual había penetrado la primera vez. Obrando así, destruye el
país situado a oriente de Tebas, hasta el territorio de los tanagrios,
que se hallaba sometido bajo el poder de Hipotadoro a la influencia
espartana, y luego se retira, teniendo a su izquierda los muros de la
ciudad.
Acudiendo los tebanos, se forman en batalla junto a Graostetos[196],
teniendo detrás de ellos el foso y la empalizada, creyendo hallarse en
un lugar muy favorable para el combate por la estrechez de la llanura
y la dificultad del acceso. Conociendo Agesilao la ventaja de la
posición del enemigo, no se dirige contra ellos, sino que, describiendo
una curva, avanza contra la ciudad, y los tebanos, temiendo por su
capital, que había quedado abandonada, se retiran de estas posiciones
y corren hacia Tebas por el camino de Potnia, pues en realidad era el
más seguro. Este ingenioso artificio de Agesilao, que obligó a los
enemigos a retirarse a la carrera, a pesar de estar distante él con
su ejército, fue muy celebrado y admirado. Algunos polemarcas con sus
cohortes atacan al enemigo a su paso; pero los tebanos, lanzando sus
dardos desde las colinas, dan muerte a Alípeto, uno de los polemarcas,
alcanzado por una lanza, siendo por fin rechazados los tebanos de
la altura en que se encontraban, mientras los esciritas y algunos
caballos, subiendo detrás de ellos, alcanzan a los últimos que se
dirigían a la ciudad. Pero una vez que han llegado los tebanos junto
a sus muros, se vuelven de frente, y al verlos a la defensiva los
esciritas se retiran velozmente. No murió ninguno de ellos, pero sin
embargo los tebanos erigieron un trofeo, pues habían hecho retirar a
sus perseguidores.
Agesilao por lo avanzado de la hora se vuelve situando su campamento
en el lugar en que los enemigos se habían formado en batalla, y al día
siguiente regresa a Tespias. Los peltastas mercenarios de Tebas le
siguen audazmente a poca distancia, y llamaban en voz alta a Cabrias,
que no había querido seguirles, cuando la caballería olintia, que
fiel a su juramento se hallaba en las filas lacedemonias, se vuelve
y les persigue en las laderas del monte, donde mata a gran número,
pues la infantería es alcanzada fácilmente por la caballería, si tiene
que subir una cuesta franqueable a los caballos. Llegado a Tespias,
Agesilao encuentra en completa desunión a los habitantes de la ciudad:
los que pretendían ser del partido lacedemonio querían matar a sus
adversarios, entre los cuales se hallaba Melón; oponiéndose a sus
designios, procura reconciliarles y les hace jurar la unión; luego
atraviesa nuevamente el Citerón y llega a Mégara, donde licencia las
tropas aliadas, conduciendo a las espartanas a su patria.
Atormentados vivamente los tebanos por la falta de víveres, pues
hacía ya dos años que no habían recolectado las mieses, envían a
Págasas[197] algunos comisionados, para que con dos trirremes compren
diez talentos de trigo. Mientras se hallan en esa comisión, Alcetas,
lacedemonio que guardaba a Oreo[198], equipa tres trirremes y procura
que nada se trasluzca de su intento, y cuando se halla el trigo en
la travesía, Alcetas se apodera de las trirremes, del trigo y de la
tripulación, que no bajaba de trescientos hombres. Enciérralos en
la acrópolis, donde habitaba él mismo, y hallándose entre los de su
séquito un jovencito oreíta, hermoso y amable, baja de la acrópolis
para entretenerse con él; pero, aprovechándose de esta negligencia los
prisioneros, se apoderan de la acrópolis. Sublévase también la ciudad,
y desde entonces los tebanos encuentran allí toda clase de facilidades
para procurarse víveres.
Al volver la primavera, hállase enfermo Agesilao, pues cuando con el
ejército volvió de Tebas, encontrándose en Mégara, y subiendo del
templo de Afrodisia[199] a la casa del gobernador, rompiósele una
vena, y la sangre del cuerpo se fue toda hacia la pierna sana[200]:
habiéndosele hinchado el muslo, y sufriendo insoportables dolores,
un médico siracusano le abrió la vena junto al tobillo, y una vez
que principió a manar sangre, no se detuvo día y noche, siendo vanos
cuantos esfuerzos se hacían para atajarla, hasta que perdió el sentido
Agesilao: únicamente entonces fue cuando cesó de fluir. Llevado en
este estado a Lacedemonia, permaneció allí enfermo el resto del verano
y durante todo el invierno.
Así que vuelve la primavera, los lacedemonios decretan una nueva
expedición, y dan el mando de ella a Cleómbroto. Cuando llega con su
ejército al pie del Citerón, destaca a los peltastas para apoderarse de
las alturas que dominan el camino. Pero siendo ya dueños de aquellas
alturas un cuerpo de tebanos y uno de atenienses, dejan avanzar a los
peltastas, y cuando están a sus pies se arrojan en su persecución
y matan más de cuarenta de ellos, por lo cual Cleómbroto considera
imposible el tránsito al país tebano, y retirándose con sus fuerzas,
las licencia.
Reunidos en Lacedemonia los aliados, hacen presente en su asamblea
que se hallan agotados sus recursos por la guerra, a causa de la
debilidad con que se verifican las operaciones, porque podríase, en
efecto, equipar un número de naves mayor que el de los atenienses, y
tomar su ciudad por hambre; podríase también con estas naves hacer
pasar un ejército a Tebas por la Fócida, o si se quería por Creusis.
A consecuencia de este parecer, equípanse sesenta trirremes, que se
ponen a las órdenes de Polis. Los que habían tenido esta idea no se
engañaron, pues los atenienses son bloqueados. Las naves cargadas de
víveres llegan hasta Gerasto[201], pero no se atreven a pasar de allí,
pues la flota lacedemonia se halla en los alrededores de Egina, Ceos y
Andros. Impulsados por la necesidad, suben los atenienses a las naves,
y bajo el mando de Cabrias obtienen la victoria en un combate naval
con Polis, desde cuyo suceso pueden llegar sin obstáculo los víveres a
Atenas.
Como los lacedemonios se preparaban para hacer pasar un ejército a
Beocia, los tebanos suplican a los atenienses envíen otro alrededor del
Peloponeso, creyendo no les sería posible a los lacedemonios defender
al mismo tiempo su país y las ciudades aliadas de estos comarcas
mientras enviaban fuerzas suficientes contra ellos. Irritados también
los atenienses por el asunto de Esfodrias, envían llenos de ardor
sesenta naves alrededor del Peloponeso, después de haber elegido como
jefe a Timoteo[202]. Hallándose Tebas libre durante toda la estación
de la invasión de los enemigos, mientras mandaba las tropas Cleómbroto
y se hallaba en expedición naval Timoteo, dirígense osadamente los
tebanos contra las ciudades próximas y les hacen volver a su dominio.
Al mismo tiempo Timoteo en sus correrías marítimas somete en poco
tiempo a Corcira, sin reducir a sus habitantes a la esclavitud, ni
desterrar a nadie, ni cambiar las leyes, conducta que le granjea la
simpatía de todas las ciudades.
Los lacedemonios por su parte equipan otra flota y nombran como
comandante de la misma a Nicóloco, hombre osado: así que se hallan
a la vista las naves de Timoteo no duda ni un momento, y aunque le
faltan seis naves de los ambraciotas, ataca con sus cincuenta y cinco
embarcaciones a las sesenta de Timoteo. Es vencido, y Timoteo eleva
un trofeo en Alicia; pero mientras este, después de haber varado sus
naves, se ocupaba en arreglar las averías, reforzado Nicóloco con
las seis trirremes ambraciotas, navega hacia Alicia[203], donde se
hallaba Timoteo, y no acudiendo este a la provocación, levanta a su
vez un trofeo en las islas más próximas. Timoteo, sin embargo, después
de haber recompuesto sus naves y recibido otras de Corcira, con lo
cual reúne una flota de más de setenta velas, conserva decididamente
la superioridad naval, y pide dinero a Atenas, pues lo necesita en
abundancia a causa de tener muchas naves.