CAPÍTULO II.

Aunque todo hubiera salido a medida de su deseo, los lacedemonios son

de parecer de castigar a aquellos de sus aliados que durante la guerra

se han pasado a sus contrarios, o han mostrado más benevolencia hacia

sus enemigos que hacia Lacedemonia, para quitarles de este modo los

medios de una nueva defección. Envían primeramente a los mantineos la

orden de demoler sus muros, diciendo que no pueden asegurar de otra

manera su fidelidad, pues pretenden estar ciertos de que enviaron trigo

a los argivos cuando estos se hallaban en guerra con Lacedemonia, que

a menudo rehusaban tomar parte en las expediciones, a pretexto de

la tregua sagrada, y que si les acompañaban hacían mal el servicio.

Añadían también que no ignoraban su envidia cuando alcanzaban alguna

victoria los espartanos, y su gozo cuando sufrían alguna derrota.

Recuérdase asimismo que la tregua de treinta años, concertada después

de la batalla de Mantinea, ha terminado en este mismo año. Rehúsan los

mantineos demoler sus muros, por lo cual decrétase contra ellos una

expedición[184]. Agesilao suplica a la ciudad se le dispense de dirigir

esta expedición, pues la ciudad de Mantinea había prestado grandes

servicios a su padre en las guerras de Mesenia; por lo cual se nombra

jefe de ella a Agesípolis, a pesar de los lazos de amistad que había

tenido su padre con los principales de Mantinea.

Apenas ha llegado a este país lo entrega al saqueo; sin embargo, como

a pesar de esto los mantineos no demolían sus muros, hace excavar un

foso alrededor de la ciudad, empleando en este trabajo la mitad de

sus tropas, mientras la otra mitad está sobre las armas protegiendo

a los trabajadores. Una vez terminado este foso, podía ya con plena

seguridad levantar un contramuro alrededor de la ciudad; pero al

saber que hay en ella mucho trigo, por haber sido muy fértil el año

precedente, cree que corre el riesgo de arruinar a Lacedemonia y a los

aliados con largas campañas, y corta el río que pasa por la ciudad y

que era bastante considerable. Hallándose así obstruido el curso del

río, el agua retrocede y se extiende sobre los cimientos de las casas y

de la muralla; luego que se mojan los ladrillos de la parte inferior,

no pueden sostener el peso de los de arriba y principia el muro a

hundirse, y finalmente se derrumba. Intentan los sitiados, durante

algún tiempo, apuntalarlo con maderos, e imaginan varios medios para

que no caiga la torre; pero vencidos por las aguas y temiendo que

una vez haya caído la muralla sean tomados por asalto, consienten en

arrasar sus muros. Los lacedemonios rehúsan entonces tratar con ellos,

sino con la condición de repartir su población entre las inmediatas,

y las mantineos, viendo que no pueden evitarlo, se muestran prontos a

hacerlo.

Los partidarios de Argos y los principales de la población juzgaban se

les condenaría a muerte; pero Agesípolis consiente, a instancias de su

padre, en dejarles salir de la ciudad completamente seguros, en número

de sesenta. Los lacedemonios, con la lanza en la mano, se colocan para

verlos salir a ambos lados de las puertas de la ciudad, y a pesar de su

odio, dicho sea como una gran prueba de disciplina, les cuesta menos

trabajo el abstenerse de ofenderles que a los oligarcas mantineos.

Después hacen arrasar el muro y reparten en cuatro barrios la población

de Mantinea, conforme estaba dividida en otro tiempo. Apesadúmbrales

este cambio en los primeros momentos, porque era preciso derribar las

casas que poseían y levantar otras; pero al ver los propietarios que

permanecen de este modo más cercanos a sus tierras, que se hallaban

junto a los suburbios, que dominarán con el gobierno aristocrático,

y que de este modo se verán libres de los turbulentos demócratas,

concluyen por regocijarse de lo sucedido. Los lacedemonios no les

mandan un solo oficial para todos, sino uno para cada barrio; y los

mantineos, bajo su nueva constitución, toman parte más activa en la

guerra que bajo la democracia. He aquí lo que sucedió en Mantinea; esto

puede servir de experiencia para que no se deje pasar nunca un río por

dentro las murallas.

Cuando los fugitivos de Fliunte saben que los lacedemonios examinaban

la conducta retrospectiva de sus aliados durante la guerra,

consideraron la ocasión oportuna y se dirigieron a Lacedemonia,

recordando a los espartanos que mientras estuvieron ellos en su patria,

la ciudad les recibió siempre dentro de sus muros y los habitantes

estuvieron siempre dispuestos a acompañarles en guerra donde quisieron,

y que después de haber sido arrojados de su población, en cosa

alguna querían obedecerles, y eran los únicos a quienes se rehusaba

la entrada en la población. Al oír esto los éforos, juzgan digno de

observación su parecer, y envían a decir a los fliasios que siendo

amigos de Lacedemonia, sus desterrados no habían merecido esta pena,

y por lo tanto, parecíales oportuno fuesen llamados voluntariamente

por la ciudad, mejor que hacérselos llamar a la fuerza. Los fliasios,

después de oír este mensaje, temen que si marchan contra ellos

los lacedemonios, haya algunas personas dentro de la ciudad que les

introduzcan, y efectivamente, contaban en ella los expatriados buen

número de parientes y partidarios, y además hallábanse en ella, como

sucede en casi todas las ciudades, bastantes individuos que deseaban

un cambio en la cosa pública, así como el levantamiento del destierro

a los expatriados. Por todo lo cual decretan sean nuevamente admitidos

los desterrados y se les devuelvan los bienes cuya propiedad se pruebe,

indemnizando a los actuales poseedores con fondos del tesoro público,

y para el caso de sobrevenir algún litigio, que se decida en justicia.

He aquí lo que sucedió durante este tiempo, relativamente a los

desterrados fliasios.

Llegan a Lacedemonia mensajeros de Acanto y Apolonia, las dos ciudades

más importantes de las cercanías de Olinto. Introducidos en la asamblea

y ante los aliados, después de haber visto a los éforos, el acantio

Clígenes dice:

«Espartanos y aliados: creemos ignoráis algo de lo que sucede en

Grecia. Bien sabéis vosotros todos que Olinto es la mayor ciudad

de Tracia; los olintios han principiado por apoderarse de algunas

ciudades, y después de someterlas les han impuesto sus leyes y su

constitución: más tarde han dominado en ciudades más importantes,

después de lo cual han procurado desligar de la dominación de Amintas,

rey de Macedonia, a las ciudades de esta región, y después de haber

persuadido a las más cercanas, se han dirigido igualmente hacia las más

distantes y poderosas: nosotros mismos les hemos dejado en posesión de

gran número de ciudades, entre ellas de Pela, la más importante de

todas las de Macedonia, y hemos sabido que el mismo Amintas habíase

visto obligado a abandonar su capital, y que poco falta para que no

se vea arrojado de toda Macedonia. Nos han enviado también muy a

menudo diputados para anunciarnos a los acantios y apolonios, que si

no juntamos nuestras tropas a las suyas, nos declararán la guerra.

Nosotros, oh lacedemonios, queremos conservar nuestras antiguas leyes y

nuestro gobierno nacional; pero si nadie viene a prestarnos su auxilio,

tendremos necesariamente que unirnos a ellos: tienen ya más de ocho

mil peltastas, y si tenemos que unir nuestras fuerzas a las suyas,

tendrán más de mil caballos. Hemos dejado allí diputados atenienses

y beocios, y hemos sabido que habían decretado también los olintios

enviar mensajeros a esas repúblicas para negociar una alianza. Si dicha

fuerza se junta a la de los atenienses y tebanos, ya podéis comprender,

añaden, qué invencible poder adquirirán vuestros enemigos. Se han

apoderado ya de Potidea, en el istmo de Palene; juzgad si tardarán

mucho en someter todas las ciudades que están aquende el mismo. Una

prueba de cuánto temor inspiran a todas aquellas ciudades es, que a

pesar del odio que sienten todos hacia los olintios, no se han atrevido

a enviar diputados con nosotros para enteraros de cuanto sucede.

»Reflexionad también si sois consecuentes, después de haber procurado

con tanto interés que las ciudades de Beocia no estén reunidas bajo el

poder de un solo jefe, dejando ahora se forme un poder mucho mayor, y

que amenaza aumentar cada día, no solo por tierra, sino también por

mar. ¿Qué obstáculo podría, en efecto, hallarse para ello en un país

que posee en abundancia maderas de construcción, ingresos de grande

importancia en los mercados, y una numerosa población favorecida por

la fertilidad del suelo? Además, este país hállase inmediato al de

los tracios independientes, que ya actualmente se muestran con ellos

muy deferentes: si este pueblo cayera también bajo su dominación,

adquirirían mucha mayor fuerza y poder, sin contar con que, una vez

dominados los tracios, las minas de oro del Pangeo se ofrecerán a su

vista. Y nada de cuanto os decimos ha dejado de repetirse mil y mil

veces en la asamblea popular de los olintios. ¿Quién podría decir hasta

dónde llegan sus pretensiones? porque parece, en efecto, que el dios

haya querido fuesen aumentadas las pretensiones de los hombres a medida

que va en aumento su poder.

»Venimos, pues, lacedemonios y aliados, a participaros el estado en que

se hallan nuestros asuntos: ahora vosotros deliberaréis si os parecen

dignos de atención. Es preciso, sin embargo, que sepáis que esta grande

fuerza de que os hemos hablado no es en modo alguno inatacable, porque,

en efecto, todas las ciudades a las cuales se ha impuesto un gobierno

que detestan, le abandonarán así que vean oponérsele un partido

importante; pero si se les deja el tiempo de unirse estrechamente por

los lazos del matrimonio y por las adquisiciones que han decretado, y

de ver que puede sacarse provecho siendo del partido del más fuerte,

como sucede a los arcadios cuando os acompañan, pues aseguran sus

bienes y se apoderan de los de los enemigos, entonces este poder será

menos fácilmente abatido.»

Después de haber dicho esto, invitan los lacedemonios a los aliados

para que den su parecer en el mejor sentido para el Peloponeso y

para los aliados, y un gran número de ellos, principalmente los que

quieren dar gusto a los lacedemonios, se declaran por la expedición,

decidiéndose que cada ciudad enviará su contingente para un ejército

de diez mil hombres, permitiéndose también a las ciudades el que den

dinero en lugar de hombres, a razón de un trióbolo de Egina[185]

por individuo, y las que tienen que proporcionar caballería pagarán

por cada soldado de ella el sueldo de cuatro hoplitas. Apruébase

asimismo que si alguna ciudad falta al llamamiento, podrán condenarla

los lacedemonios a la indemnización de un estatero[186] diario por

individuo.

Convenidos estos extremos, levántanse los acantios y hacen nuevamente

uso de la palabra para declarar que ciertamente son muy buenas estas

condiciones, pero que no son susceptibles de la prontitud que el

asunto reclama. Añaden que valdría más que mientras se verifican

estos preparativos partiese al instante un jefe con todas las fuerzas

disponibles en Esparta y en las ciudades aliadas, y que al obrar así,

las ciudades que aún no se hubiesen unido a los olintios, no llegarían

a realizarlo, y que las que lo estuviesen ya, les prestarían un

auxilio más débil. Prevalece igualmente esta opinión, y envían los

lacedemonios a Eudámidas con los neodamodes y unos dos mil periecos y

esciritas[187].

Eudámidas, antes de marchar ruega a los éforos den a su hermano Fébidas

orden para reunir el resto de las tropas que no se le habían aún

juntado, y para conducirlas. Así que llega a las comarcas fronterizas

de Tracia, envía guarniciones a las ciudades que las desean, y ocupa a

Potidea, que se entrega voluntariamente, pues desde largo tiempo era

aliada de los lacedemonios, y de allí verifica varias excursiones,

haciendo la guerra en cuanto se lo permite la exigüidad de sus fuerzas.

Fébidas, después de reunir las tropas que no se habían podido juntar

a Eudámidas, colocándose a su cabeza, se pone en marcha. Llegado a

Tebas, acampa fuera de la ciudad, no lejos del gimnasio. Hallábanse en

disensión los tebanos: los dos polemarcas Ismenias y Leontíades eran

enemigos y estaba cada uno al frente de su partido. Ismenias, por odio

a los lacedemonios, no visitó siquiera a Fébidas; pero Leontíades le

agasaja, y cuando hubo intimado con él, le dice:

--«Fébidas, hoy puedes prestar el mayor servicio a tu patria, pues si

quieres seguirme con tus hoplitas, te introduciré en la acrópolis, y

una vez te hayas apoderado de ella, puedes estar seguro de que Tebas se

hallará completamente bajo el poder de los lacedemonios y de nuestro

partido, que os es enteramente afecto. En verdad que ahora, como ves,

ha sido pregonada la prohibición a todo tebano para acompañarte contra

los olintios; pero si nos ayudas a llevar a cabo nuestros planes,

enviaremos contigo gran número de hoplitas y caballos; de manera que

conducirás numerosos refuerzos a tu hermano, y mientras este procura

apoderarse de Olinto, tú te habrás hecho dueño de Tebas, ciudad mucho

mayor que aquella.»

Deslúmbrase Fébidas ante este discurso, pues prefería a la misma vida

cualquier brillante proeza; bien es verdad que no tenía fama de muy

razonable ni muy sensato. Luego que ha consentido en ello, Leontíades

le dice que emprenda la marcha como si fuese ya su partida definitiva,

y cuando sea oportuno, le dice, me juntaré a ti y te serviré de guía.

La asamblea tenía lugar en este momento bajo los pórticos de la plaza

pública, pues las mujeres celebraban las Tesmoforias en la Cadmea; era

en verano y a la hora del mediodía, por lo cual las calles se hallaban

desiertas. Leontíades, saltando entonces a caballo, hace retroceder

a Fébidas y le conduce a la acrópolis. Después de haber establecido

allí a Fébidas y a sus tropas, le entrega las llaves de las puertas y

le recomienda no deje entrar a nadie sin orden suya, y se dirige al

senado. Llegado allí, dice:

«Ciudadanos: los lacedemonios ocupan la acrópolis: no os asustéis

por ello, pues declaran no tratarán como enemigo al que no quiera la

guerra. Pero yo, en virtud de la ley que permite al polemarca prender a

todo hombre cuya conducta merezca la muerte, hago prender a Ismenias,

aquí presente, como fautor de la guerra. Vosotros, pues, capitanes de

las cohortes, y todos los restantes a quienes esto incumbe, levantaos,

apoderaos de este hombre y conducidle al lugar convenido.»

Estos, que habían recibido anticipadamente sus instrucciones, obedecen

y se apoderan de Ismenias: en cuanto a aquellos que nada saben y que

pertenecen al partido opuesto a Leontíades, unos huyen inmediatamente

de la ciudad por temor de que se les condene a muerte, y los otros se

dirigen primero a sus casas, y al saber que Ismenias está preso en

la Cadmea, se refugian en Atenas en número de unos trescientos, todos

ellos partidarios de Androclidas e Ismenias. Después de haber hecho

todo esto, eligen un nuevo polemarca para la vacante de Ismenias, y

Leontíades se dirige inmediatamente a Esparta. Encuentra allí a los

éforos y al pueblo fuertemente irritado contra Fébidas, porque ha

obrado en todo eso sin conocimiento del gobierno. Sin embargo, Agesilao

dice que si su conducta ha sido funesta a los intereses de Lacedemonia,

debe ser castigado; pero que si ha sido ventajosa para la ciudad, es

costumbre muy antigua poder tomar a su cuenta y riesgos tales golpes

de mano. «Se trata, pues --dice--, de averiguar si son favorables o

contrarios para Lacedemonia estos sucesos.» Presentándose entonces

Leontíades ante los miembros del senado, les dice:

«Ciudadanos lacedemonios: antes de los actuales sucesos conocíais y

censurabais los hostiles sentimientos que hacia vosotros abrigaban

los tebanos, pues les veíais siempre amigos de vuestros adversarios

y enemigos de vuestros aliados. ¿No rehusaron, acaso, seguiros en

vuestra expedición contra el pueblo del Pireo, vuestro más acérrimo

enemigo? ¿No hicieron también la guerra a los focidios porque los veían

favorablemente dispuestos a vosotros? Y ahora, ¿no acaban de concertar

una alianza con los olintios, porque sabían os dirigíais contra

ellos? Siempre teníais en la mente la posibilidad de que se apoderaran

violentamente de Beocia para sujetarla a su dominio, mientras que

ahora, después de lo que ha ocurrido, nada tenéis ya que temer de los

tebanos, y bastará mostréis una pequeña escítala[188] para que veáis

cumplimentadas allí vuestras órdenes, si queréis interesaros por

nosotros como nosotros nos interesamos por Esparta.»

Después de oído este discurso, determinan los lacedemonios conservar

la acrópolis, ya que se halla en su poder, y hacer juzgar a Ismenias,

para cuyo objeto mandan tres jueces lacedemonios y uno por cada ciudad

aliada, así de las grandes como de las pequeñas. Una vez reunido este

tribunal, se acusa a Ismenias de haber sostenido relaciones con los

bárbaros; de estar ligado por la hospitalidad con el rey de Persia, en

daño de Grecia; de haber aceptado dinero del rey, y de haber sido autor

con Androclidas de las turbulencias de las ciudades griegas. Defiéndese

Ismenias de todos estos cargos; pero no puede, sin embargo, probar que

no alimente grandes y perniciosos designios, y es condenado a muerte,

sufriendo inmediatamente su pena. Leontíades y sus partidarios quedan

dueños de la ciudad y conceden a los lacedemonios más de lo que estos

deseaban.

Terminado así este asunto, continúan con vigor su expedición contra

Olinto. Envían como harmosta a Teleutias, con el contingente que del

reclutamiento de diez mil hombres deben proporcionar, y remiten

además a las ciudades aliadas las escítalas que ordenan seguir a

Teleutias, según el decreto acordado por los aliados. Son generalmente

obedecidos, a causa de la fama que tenía de no ser ingrato con los

que le complacían; y como era hermano de Agesilao, mostró gran celo

la ciudad de Tebas en enviarle hoplitas y caballos. Teleutias, sin

embargo, avanzaba con lentitud, porque procuraba no causar en su marcha

daño alguno a los países aliados y reunir cuantas fuerzas pudiese.

Envía anticipadamente mensajeros a Amintas, diciéndole que si desea

reconquistar su reino debe reclutar mercenarios y sembrar a manos

llenas el dinero entre los reyes vecinos, con el fin de hacérselos

aliados. Hace decir también a Derdas, gobernador de Elimia, que los

olintios han sometido ya la parte más considerable de Macedonia, y que

no retrocederán ante la más pequeña si no hay quien haga cesar sus

violencias.

Mientras toma todas estas medidas, llega al país aliado al frente de

un numeroso ejército. Una vez en Potidea, reúne todas sus fuerzas y

avanza por el territorio enemigo. Dirigiéndose a la ciudad, no incendia

ni devasta la comarca, convencido de que haciéndolo se crearía grandes

obstáculos, así para su marcha como para su retirada, mientras que

cuando de ella se aleje será el momento oportuno para cortar los

árboles, y con ello impedir la marcha de los que le persigan. Cuando

llega a unos diez estadios de la ciudad, hace descansar sobre las armas

a sus tropas; y como mandaba el ala izquierda, dirígese él mismo contra

las puertas por donde debía salir de la ciudad el enemigo: el resto

de la falange de los aliados formaba el ala derecha. Había también

dispuesto a la derecha la caballería lacedemonia, la de los tebanos

y la de los macedonios que se le habían unido. Había conservado,

sin embargo, a su lado a Derdas y su caballería, en número de unos

cuatrocientos, así porque la tenía en mucho aprecio, como por hacerse

agradable a Derdas prestándole un servicio que había de complacerle.

Cuando han salido los enemigos y están formados en batalla al pie de

sus muros, reunida toda su caballería, se arroja sobre los lacedemonios

y beocios. Policarmo, comandante lacedemonio, es arrojado de su caballo

y recibe en el suelo numerosas heridas; otros son muertos, y por fin

vuelve grupas la caballería del ala derecha. Al ver la derrota de esta,

cede también la infantería, y todo el ejército corría el riesgo de ser

vencido, si Derdas a la cabeza de su caballería no se hubiese dirigido

al galope hacia las puertas de Olinto; síguele también Teleutias con

su división en buen orden. La caballería olintia, al apercibirse de

este movimiento, y temiendo se le cierren las puertas, da media vuelta

y se retira a toda prisa. Mata entonces Derdas a gran número de ellos,

mientras pasaban ante él a escape, y la infantería olintia se retira

también dentro de los muros sin haber experimentado muchas bajas por la

proximidad de la muralla. Teleutias, después de levantar un trofeo y

haber hecho constar esta victoria, se retira cortando los árboles.

Tal fue la expedición que verificó en este verano; después licencia las

tropas macedonios y las de Derdas. Los olintios hacen, sin embargo,

frecuentes excursiones contra las ciudades aliadas a los lacedemonios,

devastan su territorio y matan a sus habitantes.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 35 / 52 题