Aunque todo hubiera salido a medida de su deseo, los lacedemonios son
de parecer de castigar a aquellos de sus aliados que durante la guerra
se han pasado a sus contrarios, o han mostrado más benevolencia hacia
sus enemigos que hacia Lacedemonia, para quitarles de este modo los
medios de una nueva defección. Envían primeramente a los mantineos la
orden de demoler sus muros, diciendo que no pueden asegurar de otra
manera su fidelidad, pues pretenden estar ciertos de que enviaron trigo
a los argivos cuando estos se hallaban en guerra con Lacedemonia, que
a menudo rehusaban tomar parte en las expediciones, a pretexto de
la tregua sagrada, y que si les acompañaban hacían mal el servicio.
Añadían también que no ignoraban su envidia cuando alcanzaban alguna
victoria los espartanos, y su gozo cuando sufrían alguna derrota.
Recuérdase asimismo que la tregua de treinta años, concertada después
de la batalla de Mantinea, ha terminado en este mismo año. Rehúsan los
mantineos demoler sus muros, por lo cual decrétase contra ellos una
expedición[184]. Agesilao suplica a la ciudad se le dispense de dirigir
esta expedición, pues la ciudad de Mantinea había prestado grandes
servicios a su padre en las guerras de Mesenia; por lo cual se nombra
jefe de ella a Agesípolis, a pesar de los lazos de amistad que había
tenido su padre con los principales de Mantinea.
Apenas ha llegado a este país lo entrega al saqueo; sin embargo, como
a pesar de esto los mantineos no demolían sus muros, hace excavar un
foso alrededor de la ciudad, empleando en este trabajo la mitad de
sus tropas, mientras la otra mitad está sobre las armas protegiendo
a los trabajadores. Una vez terminado este foso, podía ya con plena
seguridad levantar un contramuro alrededor de la ciudad; pero al
saber que hay en ella mucho trigo, por haber sido muy fértil el año
precedente, cree que corre el riesgo de arruinar a Lacedemonia y a los
aliados con largas campañas, y corta el río que pasa por la ciudad y
que era bastante considerable. Hallándose así obstruido el curso del
río, el agua retrocede y se extiende sobre los cimientos de las casas y
de la muralla; luego que se mojan los ladrillos de la parte inferior,
no pueden sostener el peso de los de arriba y principia el muro a
hundirse, y finalmente se derrumba. Intentan los sitiados, durante
algún tiempo, apuntalarlo con maderos, e imaginan varios medios para
que no caiga la torre; pero vencidos por las aguas y temiendo que
una vez haya caído la muralla sean tomados por asalto, consienten en
arrasar sus muros. Los lacedemonios rehúsan entonces tratar con ellos,
sino con la condición de repartir su población entre las inmediatas,
y las mantineos, viendo que no pueden evitarlo, se muestran prontos a
hacerlo.
Los partidarios de Argos y los principales de la población juzgaban se
les condenaría a muerte; pero Agesípolis consiente, a instancias de su
padre, en dejarles salir de la ciudad completamente seguros, en número
de sesenta. Los lacedemonios, con la lanza en la mano, se colocan para
verlos salir a ambos lados de las puertas de la ciudad, y a pesar de su
odio, dicho sea como una gran prueba de disciplina, les cuesta menos
trabajo el abstenerse de ofenderles que a los oligarcas mantineos.
Después hacen arrasar el muro y reparten en cuatro barrios la población
de Mantinea, conforme estaba dividida en otro tiempo. Apesadúmbrales
este cambio en los primeros momentos, porque era preciso derribar las
casas que poseían y levantar otras; pero al ver los propietarios que
permanecen de este modo más cercanos a sus tierras, que se hallaban
junto a los suburbios, que dominarán con el gobierno aristocrático,
y que de este modo se verán libres de los turbulentos demócratas,
concluyen por regocijarse de lo sucedido. Los lacedemonios no les
mandan un solo oficial para todos, sino uno para cada barrio; y los
mantineos, bajo su nueva constitución, toman parte más activa en la
guerra que bajo la democracia. He aquí lo que sucedió en Mantinea; esto
puede servir de experiencia para que no se deje pasar nunca un río por
dentro las murallas.
Cuando los fugitivos de Fliunte saben que los lacedemonios examinaban
la conducta retrospectiva de sus aliados durante la guerra,
consideraron la ocasión oportuna y se dirigieron a Lacedemonia,
recordando a los espartanos que mientras estuvieron ellos en su patria,
la ciudad les recibió siempre dentro de sus muros y los habitantes
estuvieron siempre dispuestos a acompañarles en guerra donde quisieron,
y que después de haber sido arrojados de su población, en cosa
alguna querían obedecerles, y eran los únicos a quienes se rehusaba
la entrada en la población. Al oír esto los éforos, juzgan digno de
observación su parecer, y envían a decir a los fliasios que siendo
amigos de Lacedemonia, sus desterrados no habían merecido esta pena,
y por lo tanto, parecíales oportuno fuesen llamados voluntariamente
por la ciudad, mejor que hacérselos llamar a la fuerza. Los fliasios,
después de oír este mensaje, temen que si marchan contra ellos
los lacedemonios, haya algunas personas dentro de la ciudad que les
introduzcan, y efectivamente, contaban en ella los expatriados buen
número de parientes y partidarios, y además hallábanse en ella, como
sucede en casi todas las ciudades, bastantes individuos que deseaban
un cambio en la cosa pública, así como el levantamiento del destierro
a los expatriados. Por todo lo cual decretan sean nuevamente admitidos
los desterrados y se les devuelvan los bienes cuya propiedad se pruebe,
indemnizando a los actuales poseedores con fondos del tesoro público,
y para el caso de sobrevenir algún litigio, que se decida en justicia.
He aquí lo que sucedió durante este tiempo, relativamente a los
desterrados fliasios.
Llegan a Lacedemonia mensajeros de Acanto y Apolonia, las dos ciudades
más importantes de las cercanías de Olinto. Introducidos en la asamblea
y ante los aliados, después de haber visto a los éforos, el acantio
Clígenes dice:
«Espartanos y aliados: creemos ignoráis algo de lo que sucede en
Grecia. Bien sabéis vosotros todos que Olinto es la mayor ciudad
de Tracia; los olintios han principiado por apoderarse de algunas
ciudades, y después de someterlas les han impuesto sus leyes y su
constitución: más tarde han dominado en ciudades más importantes,
después de lo cual han procurado desligar de la dominación de Amintas,
rey de Macedonia, a las ciudades de esta región, y después de haber
persuadido a las más cercanas, se han dirigido igualmente hacia las más
distantes y poderosas: nosotros mismos les hemos dejado en posesión de
gran número de ciudades, entre ellas de Pela, la más importante de
todas las de Macedonia, y hemos sabido que el mismo Amintas habíase
visto obligado a abandonar su capital, y que poco falta para que no
se vea arrojado de toda Macedonia. Nos han enviado también muy a
menudo diputados para anunciarnos a los acantios y apolonios, que si
no juntamos nuestras tropas a las suyas, nos declararán la guerra.
Nosotros, oh lacedemonios, queremos conservar nuestras antiguas leyes y
nuestro gobierno nacional; pero si nadie viene a prestarnos su auxilio,
tendremos necesariamente que unirnos a ellos: tienen ya más de ocho
mil peltastas, y si tenemos que unir nuestras fuerzas a las suyas,
tendrán más de mil caballos. Hemos dejado allí diputados atenienses
y beocios, y hemos sabido que habían decretado también los olintios
enviar mensajeros a esas repúblicas para negociar una alianza. Si dicha
fuerza se junta a la de los atenienses y tebanos, ya podéis comprender,
añaden, qué invencible poder adquirirán vuestros enemigos. Se han
apoderado ya de Potidea, en el istmo de Palene; juzgad si tardarán
mucho en someter todas las ciudades que están aquende el mismo. Una
prueba de cuánto temor inspiran a todas aquellas ciudades es, que a
pesar del odio que sienten todos hacia los olintios, no se han atrevido
a enviar diputados con nosotros para enteraros de cuanto sucede.
»Reflexionad también si sois consecuentes, después de haber procurado
con tanto interés que las ciudades de Beocia no estén reunidas bajo el
poder de un solo jefe, dejando ahora se forme un poder mucho mayor, y
que amenaza aumentar cada día, no solo por tierra, sino también por
mar. ¿Qué obstáculo podría, en efecto, hallarse para ello en un país
que posee en abundancia maderas de construcción, ingresos de grande
importancia en los mercados, y una numerosa población favorecida por
la fertilidad del suelo? Además, este país hállase inmediato al de
los tracios independientes, que ya actualmente se muestran con ellos
muy deferentes: si este pueblo cayera también bajo su dominación,
adquirirían mucha mayor fuerza y poder, sin contar con que, una vez
dominados los tracios, las minas de oro del Pangeo se ofrecerán a su
vista. Y nada de cuanto os decimos ha dejado de repetirse mil y mil
veces en la asamblea popular de los olintios. ¿Quién podría decir hasta
dónde llegan sus pretensiones? porque parece, en efecto, que el dios
haya querido fuesen aumentadas las pretensiones de los hombres a medida
que va en aumento su poder.
»Venimos, pues, lacedemonios y aliados, a participaros el estado en que
se hallan nuestros asuntos: ahora vosotros deliberaréis si os parecen
dignos de atención. Es preciso, sin embargo, que sepáis que esta grande
fuerza de que os hemos hablado no es en modo alguno inatacable, porque,
en efecto, todas las ciudades a las cuales se ha impuesto un gobierno
que detestan, le abandonarán así que vean oponérsele un partido
importante; pero si se les deja el tiempo de unirse estrechamente por
los lazos del matrimonio y por las adquisiciones que han decretado, y
de ver que puede sacarse provecho siendo del partido del más fuerte,
como sucede a los arcadios cuando os acompañan, pues aseguran sus
bienes y se apoderan de los de los enemigos, entonces este poder será
menos fácilmente abatido.»
Después de haber dicho esto, invitan los lacedemonios a los aliados
para que den su parecer en el mejor sentido para el Peloponeso y
para los aliados, y un gran número de ellos, principalmente los que
quieren dar gusto a los lacedemonios, se declaran por la expedición,
decidiéndose que cada ciudad enviará su contingente para un ejército
de diez mil hombres, permitiéndose también a las ciudades el que den
dinero en lugar de hombres, a razón de un trióbolo de Egina[185]
por individuo, y las que tienen que proporcionar caballería pagarán
por cada soldado de ella el sueldo de cuatro hoplitas. Apruébase
asimismo que si alguna ciudad falta al llamamiento, podrán condenarla
los lacedemonios a la indemnización de un estatero[186] diario por
individuo.
Convenidos estos extremos, levántanse los acantios y hacen nuevamente
uso de la palabra para declarar que ciertamente son muy buenas estas
condiciones, pero que no son susceptibles de la prontitud que el
asunto reclama. Añaden que valdría más que mientras se verifican
estos preparativos partiese al instante un jefe con todas las fuerzas
disponibles en Esparta y en las ciudades aliadas, y que al obrar así,
las ciudades que aún no se hubiesen unido a los olintios, no llegarían
a realizarlo, y que las que lo estuviesen ya, les prestarían un
auxilio más débil. Prevalece igualmente esta opinión, y envían los
lacedemonios a Eudámidas con los neodamodes y unos dos mil periecos y
esciritas[187].
Eudámidas, antes de marchar ruega a los éforos den a su hermano Fébidas
orden para reunir el resto de las tropas que no se le habían aún
juntado, y para conducirlas. Así que llega a las comarcas fronterizas
de Tracia, envía guarniciones a las ciudades que las desean, y ocupa a
Potidea, que se entrega voluntariamente, pues desde largo tiempo era
aliada de los lacedemonios, y de allí verifica varias excursiones,
haciendo la guerra en cuanto se lo permite la exigüidad de sus fuerzas.
Fébidas, después de reunir las tropas que no se habían podido juntar
a Eudámidas, colocándose a su cabeza, se pone en marcha. Llegado a
Tebas, acampa fuera de la ciudad, no lejos del gimnasio. Hallábanse en
disensión los tebanos: los dos polemarcas Ismenias y Leontíades eran
enemigos y estaba cada uno al frente de su partido. Ismenias, por odio
a los lacedemonios, no visitó siquiera a Fébidas; pero Leontíades le
agasaja, y cuando hubo intimado con él, le dice:
--«Fébidas, hoy puedes prestar el mayor servicio a tu patria, pues si
quieres seguirme con tus hoplitas, te introduciré en la acrópolis, y
una vez te hayas apoderado de ella, puedes estar seguro de que Tebas se
hallará completamente bajo el poder de los lacedemonios y de nuestro
partido, que os es enteramente afecto. En verdad que ahora, como ves,
ha sido pregonada la prohibición a todo tebano para acompañarte contra
los olintios; pero si nos ayudas a llevar a cabo nuestros planes,
enviaremos contigo gran número de hoplitas y caballos; de manera que
conducirás numerosos refuerzos a tu hermano, y mientras este procura
apoderarse de Olinto, tú te habrás hecho dueño de Tebas, ciudad mucho
mayor que aquella.»
Deslúmbrase Fébidas ante este discurso, pues prefería a la misma vida
cualquier brillante proeza; bien es verdad que no tenía fama de muy
razonable ni muy sensato. Luego que ha consentido en ello, Leontíades
le dice que emprenda la marcha como si fuese ya su partida definitiva,
y cuando sea oportuno, le dice, me juntaré a ti y te serviré de guía.
La asamblea tenía lugar en este momento bajo los pórticos de la plaza
pública, pues las mujeres celebraban las Tesmoforias en la Cadmea; era
en verano y a la hora del mediodía, por lo cual las calles se hallaban
desiertas. Leontíades, saltando entonces a caballo, hace retroceder
a Fébidas y le conduce a la acrópolis. Después de haber establecido
allí a Fébidas y a sus tropas, le entrega las llaves de las puertas y
le recomienda no deje entrar a nadie sin orden suya, y se dirige al
senado. Llegado allí, dice:
«Ciudadanos: los lacedemonios ocupan la acrópolis: no os asustéis
por ello, pues declaran no tratarán como enemigo al que no quiera la
guerra. Pero yo, en virtud de la ley que permite al polemarca prender a
todo hombre cuya conducta merezca la muerte, hago prender a Ismenias,
aquí presente, como fautor de la guerra. Vosotros, pues, capitanes de
las cohortes, y todos los restantes a quienes esto incumbe, levantaos,
apoderaos de este hombre y conducidle al lugar convenido.»
Estos, que habían recibido anticipadamente sus instrucciones, obedecen
y se apoderan de Ismenias: en cuanto a aquellos que nada saben y que
pertenecen al partido opuesto a Leontíades, unos huyen inmediatamente
de la ciudad por temor de que se les condene a muerte, y los otros se
dirigen primero a sus casas, y al saber que Ismenias está preso en
la Cadmea, se refugian en Atenas en número de unos trescientos, todos
ellos partidarios de Androclidas e Ismenias. Después de haber hecho
todo esto, eligen un nuevo polemarca para la vacante de Ismenias, y
Leontíades se dirige inmediatamente a Esparta. Encuentra allí a los
éforos y al pueblo fuertemente irritado contra Fébidas, porque ha
obrado en todo eso sin conocimiento del gobierno. Sin embargo, Agesilao
dice que si su conducta ha sido funesta a los intereses de Lacedemonia,
debe ser castigado; pero que si ha sido ventajosa para la ciudad, es
costumbre muy antigua poder tomar a su cuenta y riesgos tales golpes
de mano. «Se trata, pues --dice--, de averiguar si son favorables o
contrarios para Lacedemonia estos sucesos.» Presentándose entonces
Leontíades ante los miembros del senado, les dice:
«Ciudadanos lacedemonios: antes de los actuales sucesos conocíais y
censurabais los hostiles sentimientos que hacia vosotros abrigaban
los tebanos, pues les veíais siempre amigos de vuestros adversarios
y enemigos de vuestros aliados. ¿No rehusaron, acaso, seguiros en
vuestra expedición contra el pueblo del Pireo, vuestro más acérrimo
enemigo? ¿No hicieron también la guerra a los focidios porque los veían
favorablemente dispuestos a vosotros? Y ahora, ¿no acaban de concertar
una alianza con los olintios, porque sabían os dirigíais contra
ellos? Siempre teníais en la mente la posibilidad de que se apoderaran
violentamente de Beocia para sujetarla a su dominio, mientras que
ahora, después de lo que ha ocurrido, nada tenéis ya que temer de los
tebanos, y bastará mostréis una pequeña escítala[188] para que veáis
cumplimentadas allí vuestras órdenes, si queréis interesaros por
nosotros como nosotros nos interesamos por Esparta.»
Después de oído este discurso, determinan los lacedemonios conservar
la acrópolis, ya que se halla en su poder, y hacer juzgar a Ismenias,
para cuyo objeto mandan tres jueces lacedemonios y uno por cada ciudad
aliada, así de las grandes como de las pequeñas. Una vez reunido este
tribunal, se acusa a Ismenias de haber sostenido relaciones con los
bárbaros; de estar ligado por la hospitalidad con el rey de Persia, en
daño de Grecia; de haber aceptado dinero del rey, y de haber sido autor
con Androclidas de las turbulencias de las ciudades griegas. Defiéndese
Ismenias de todos estos cargos; pero no puede, sin embargo, probar que
no alimente grandes y perniciosos designios, y es condenado a muerte,
sufriendo inmediatamente su pena. Leontíades y sus partidarios quedan
dueños de la ciudad y conceden a los lacedemonios más de lo que estos
deseaban.
Terminado así este asunto, continúan con vigor su expedición contra
Olinto. Envían como harmosta a Teleutias, con el contingente que del
reclutamiento de diez mil hombres deben proporcionar, y remiten
además a las ciudades aliadas las escítalas que ordenan seguir a
Teleutias, según el decreto acordado por los aliados. Son generalmente
obedecidos, a causa de la fama que tenía de no ser ingrato con los
que le complacían; y como era hermano de Agesilao, mostró gran celo
la ciudad de Tebas en enviarle hoplitas y caballos. Teleutias, sin
embargo, avanzaba con lentitud, porque procuraba no causar en su marcha
daño alguno a los países aliados y reunir cuantas fuerzas pudiese.
Envía anticipadamente mensajeros a Amintas, diciéndole que si desea
reconquistar su reino debe reclutar mercenarios y sembrar a manos
llenas el dinero entre los reyes vecinos, con el fin de hacérselos
aliados. Hace decir también a Derdas, gobernador de Elimia, que los
olintios han sometido ya la parte más considerable de Macedonia, y que
no retrocederán ante la más pequeña si no hay quien haga cesar sus
violencias.
Mientras toma todas estas medidas, llega al país aliado al frente de
un numeroso ejército. Una vez en Potidea, reúne todas sus fuerzas y
avanza por el territorio enemigo. Dirigiéndose a la ciudad, no incendia
ni devasta la comarca, convencido de que haciéndolo se crearía grandes
obstáculos, así para su marcha como para su retirada, mientras que
cuando de ella se aleje será el momento oportuno para cortar los
árboles, y con ello impedir la marcha de los que le persigan. Cuando
llega a unos diez estadios de la ciudad, hace descansar sobre las armas
a sus tropas; y como mandaba el ala izquierda, dirígese él mismo contra
las puertas por donde debía salir de la ciudad el enemigo: el resto
de la falange de los aliados formaba el ala derecha. Había también
dispuesto a la derecha la caballería lacedemonia, la de los tebanos
y la de los macedonios que se le habían unido. Había conservado,
sin embargo, a su lado a Derdas y su caballería, en número de unos
cuatrocientos, así porque la tenía en mucho aprecio, como por hacerse
agradable a Derdas prestándole un servicio que había de complacerle.
Cuando han salido los enemigos y están formados en batalla al pie de
sus muros, reunida toda su caballería, se arroja sobre los lacedemonios
y beocios. Policarmo, comandante lacedemonio, es arrojado de su caballo
y recibe en el suelo numerosas heridas; otros son muertos, y por fin
vuelve grupas la caballería del ala derecha. Al ver la derrota de esta,
cede también la infantería, y todo el ejército corría el riesgo de ser
vencido, si Derdas a la cabeza de su caballería no se hubiese dirigido
al galope hacia las puertas de Olinto; síguele también Teleutias con
su división en buen orden. La caballería olintia, al apercibirse de
este movimiento, y temiendo se le cierren las puertas, da media vuelta
y se retira a toda prisa. Mata entonces Derdas a gran número de ellos,
mientras pasaban ante él a escape, y la infantería olintia se retira
también dentro de los muros sin haber experimentado muchas bajas por la
proximidad de la muralla. Teleutias, después de levantar un trofeo y
haber hecho constar esta victoria, se retira cortando los árboles.
Tal fue la expedición que verificó en este verano; después licencia las
tropas macedonios y las de Derdas. Los olintios hacen, sin embargo,
frecuentes excursiones contra las ciudades aliadas a los lacedemonios,
devastan su territorio y matan a sus habitantes.