Tal era el estado de los asuntos de los atenienses y lacedemonios en
el Helesponto[174]. Eteónico, sin embargo, había regresado a Egina,
cuyos habitantes habían mantenido hasta entonces amistosas relaciones
con los atenienses, y de acuerdo con los éforos animaba a cuantos
quisieran ir a saquear el Ática por mar, dando por motivo que la
guerra estaba en toda su fuerza. Encerrados así los atenienses dentro
de sus muros, envían a Egina una expedición de hoplitas a las órdenes
de Pánfilo, su general, los cuales se atrincheran en la isla, y como
tenían diez trirremes, sitian a los eginetas por mar y por tierra. Pero
cuando Teleutias, que se hallaba en las islas ocupado en la exacción
de tributos, sabe que está bloqueada Egina, acude en su auxilio y
hace retirar las naves atenienses, aunque sosteniéndose Pánfilo en sus
atrincheramientos.
Llega mientras tanto Hiérax, enviado por los lacedemonios, toma
el mando de la flota, y Teleutias regresa a su patria bajo los
más favorables auspicios. Efectivamente, al bajar al puerto para
embarcarse, no hay ningún soldado que no quiera estrecharle la mano:
unos le coronan de flores, otros le ponen las ínfulas[175], y aun
aquellos que llegan tarde para despedirle, arrojan al mar las coronas
mientras se aleja y le desean toda clase de prosperidades. Bien sé
que en estas cosas no hay ni grandes gastos, ni peligros, ni notables
astucias de guerra y sin embargo, ¡por Zeus!, no me parecería impropio
de un buen historiador el investigar los medios por los cuales
Teleutias consiguió hacerse querer de sus subordinados, pues ni las
riquezas ni los peligros son tan dignos de recordación como la conducta
de un hombre como este.
Hiérax, haciéndose a la vela para Rodas con sus restantes naves, deja
doce de ellas en Egina, a las órdenes de Gorgopas, su lugarteniente,
con las atribuciones de harmosta o gobernador. Desde entonces, en
realidad, los atenienses de la fortaleza hállanse más sitiados que
los habitantes de la ciudad; por lo cual, en virtud de un decreto
del pueblo, equipando los atenienses gran número de naves, abandonan
sus fortificaciones al quinto mes de su ocupación y conducen la
guarnición a su patria. Hecho esto, sufriendo mucho los atenienses a
causa de Gorgopas y de los corsarios, equipan trece naves, que ponen
a las órdenes de Éunomo. Mientras se halla Hiérax en Rodas, nombran
los lacedemonios a Antálcidas comandante de las naves, creyendo que
este nombramiento será del agrado de Tiribazo, y al llegar aquel a
Egina se hace seguir por las naves de Gorgopas y se dirige a Éfeso,
desde donde envía de nuevo a Egina a Gorgopas con sus doce naves, y
pone al frente de las restantes a su lugarteniente Nicóloco. Se hace
este a la vela hacia Abido, con el fin de socorrerla; pero antes se
detiene en Ténedos, cuya comarca saquea, y en la cual exige fuertes
contribuciones. Reúnense los generales atenienses de Samotracia, Tasos
y de los países comarcanos, para acudir en socorro de Ténedos, y cuando
tienen aviso de que Nicóloco se halla en Abido, salen del Quersoneso y
bloquean con sus treinta y dos naves la flota de aquel, que tiene solo
veinticinco.
Gorgopas, al volver de Éfeso, encuentra a Éunomo; pero se refugia
precipitadamente en Egina a la caída del sol, y al desembarcar hace
cenar inmediatamente a sus tropas. Éunomo, después de aguardar algún
tiempo, se retira, y sobreviniendo la noche tenía luz, según costumbre,
en su nave, que marchaba al frente de las demás, para que no pudiera
extraviarse ninguna de las que le seguían. Embarca entonces de nuevo
Gorgopas a sus tropas y sigue a cierta distancia aquel resplandor,
procurando no ser apercibido; para no despertar sospechas, los
celeustes[176] dan las voces de mando golpeando dos piedras entre sí,
en vez de darlas de palabra, y reman sin hacer mucho ruido. Cuando las
naves de Éunomo han llegado ya a la costa de Ática, cerca de Zoster, da
Gorgopas la orden de ataque con la trompeta. En las naves de Éunomo,
unos desembarcaban ya, otros echaban anclas y otros aún navegaban.
Principia el combate a la luz de la luna, y Gorgopas se apodera de
cuatro trirremes, que remolcadas por las suyas se lleva a Egina, y las
demás consiguen huir al Pireo.
Después de estos sucesos, parte Cabrias para Chipre a fin de socorrer
a Evágoras, con ochocientos peltastas y diez trirremes, y tomando
en Atenas otras naves y hoplitas, aborda durante la noche a Egina,
emboscándose con los peltastas en un lugar oculto a alguna distancia
del Heracleo[177]. Al rayar el alba, conforme a lo que se había
acordado, los hoplitas atenienses, a las órdenes de Deméneto, avanzan
hasta unos diez y seis estadios del Heracleo, a un sitio llamado la
Tripirgia[178]. Al saberlo Gorgopas, se dirige al encuentro del enemigo
con los eginetas, los soldados de su flota y ocho espartanos que
estaban con él: hace saber también a los equipajes de sus naves deben
seguirle cuantos sean de condición libre, y algunos hay que comparecen
con las primeras armas que hallan a mano. Así que las primeras filas
han dejado atrás a la emboscada, Cabrias y los suyos se arrojan sobre
ellos, agobiándolos con sus proyectiles; acuden en este momento los
hoplitas que han desembarcado de las naves, y pronto queda destruida
la vanguardia, de que forman parte Gorgopas y los lacedemonios, pues
no puede ofrecer una resistencia compacta; y una vez muertos estos,
el resto emprende la fuga. Quedan en el campo unos ciento cincuenta
eginetas y más de doscientos hombres mercenarios, metecos y marineros
que habían tomado parte en esta salida; con cuya victoria, los
atenienses pueden navegar con tanta confianza como si se estuviese en
plena paz, pues por no haber recibido sus pagas rehúsan los marineros
servir a Eteónico, aunque pretenda este obligarles a ello.
Es enviado de nuevo Teleutias para ponerse al frente de estas naves, y
al verle los marineros manifiestan abiertamente su satisfacción, y él,
reuniéndoles, les dice:
--«Soldados, llego sin traeros dinero; pero si el dios[179] lo permite
y vosotros me ayudáis con vuestros esfuerzos, haré todo lo posible para
procuraros víveres en abundancia, pues bien sabéis que mientras habéis
estado a mis órdenes he tenido mucho empeño en que nada os faltase; y
acaso os admiréis si os digo que preferiría carecer yo de víveres a
que vosotros estuvieseis sin ellos, pues ¡por los dioses! os aseguro
sufriría mejor estar dos días sin comer, que no veros a vosotros sin
víveres un solo día. Hasta hoy siempre ha estado abierta mi puerta a
todo el que ha tenido que pedirme algo; del propio modo continuará
de hoy en adelante: así es, que únicamente cuando vosotros tengáis
abundantes provisiones, me veréis a mí vivir con esplendidez; pero
sabed también soportar el frío, el calor y las vigilias, mientras
veáis tengo yo también que sufrirlas, pues si os impongo esta conducta
no es por el placer de atormentaros, sino para que podáis recoger de
ello grandes resultados. Soldados, añade, nuestra patria, que todo el
mundo reconoce como la más floreciente, no ha llegado a este grado
de prosperidad abandonándose a la molicie, sino, por el contrario,
sabedlo bien, exponiéndose a los trabajos y peligros cuando ha sido
necesario. También vosotros, lo sé muy bien, os habéis portado como
unos valientes; pero es preciso procuréis hoy sobrepujaros a vosotros
mismos, para que participemos con gozo de vuestras penalidades y de
vuestras victorias; porque ¿qué hay, en efecto, más hermoso que el no
tener que adular a nadie, ni griego, ni bárbaro, para obtener una paga,
y hallarse en estado de procurarse su subsistencia por sí mismos y del
modo más glorioso? Pues no debéis olvidar que la abundancia que en la
guerra nos procuramos a expensas del enemigo, produce a la vez nuestro
sustento y la gloria a los ojos de todos.»
Esto dijo, y todos gritan que están prontos a obedecer cuanto les
mande. En este momento estaba ofreciendo el sacrificio y les dice:
--«Soldados, id ahora a cenar, como ibais a hacer, y después de tomar
víveres para un día, volved inmediatamente a las naves para que nos
dirijamos a donde el dios tenga a bien llevarnos y lleguemos en momento
oportuno.»
Da la orden de embarcarse cuando vuelven y se hace a la vela de noche
hacia el puerto de Atenas, mandándoles unas veces remar y otras
ordenándoles el descanso. Si alguno cree una locura el ir a atacar
con doce trirremes a un enemigo dueño de tantas naves, reflexione
un momento que Teleutias pensaba que los atenienses debían tener en
completo descuido la flota del puerto después de haber muerto Gorgopas,
y que aunque allí hubiese muchas naves arregladas, prefería atacar a
veinte estacionadas, que a diez en el mar, pues en estas los marinos
no pueden abandonar ni un momento su nave, y por el contrario, sabía
que los jefes de las naves ancladas en Atenas duermen en sus casas y
habitan los marinos en distintos lugares.
Con estos pensamientos se hace a la vela: cuando no dista ya del
puerto más que unos cinco o seis estadios, se detiene y hace tomar
algún descanso a sus soldados, y cuando apunta el día, se adelanta
seguido de los demás buques. Prohíbeles echar a pique o atacar ninguna
nave redonda, pero ordénales que cuando vean alguna trirreme anclada,
procuren ponerla fuera de combate, que se amarren a los buques de
transporte o de carga y procuren remolcarlos fuera del puerto, y
en cuanto a las naves de mayores dimensiones, las aborden y hagan
prisionera a toda la tripulación. Hubo algunos que, arrojándose sobre
el Digma[180], se apoderaron de varios comerciantes y propietarios
de naves y los condujeron a su flota. Todas las órdenes de Teleutias
fueron puntualmente ejecutadas.
Los atenienses, al apercibirse de que pasaba algo extraordinario, salen
fuera de sus casas para averiguar lo que era: unos van en busca de
armas, y otros esparcen la noticia por la ciudad. Todos los atenienses
hoplitas o de caballería llegan entonces armados al Pireo, que creen
en poder del enemigo; pero Teleutias envía a Egina las naves de que se
ha apoderado, haciéndolas escoltar por tres o cuatro de sus trirremes,
y después, alejándose del puerto con las demás naves, se retira
costeando por el Ática, se apodera de muchas barcas de pescadores y
de naves mercantes llenas de pasajeros que venían de las islas, y
se dirige a Sunio, donde toma gran cantidad de buques de transporte
cargados de grano o de mercancías. Hecho esto, regresa a Egina, donde
vende su presa, y con el producto de ella da a sus soldados la paga de
un mes. Continúa después recorriendo el mar y tomando cuanto encuentra,
con lo cual consigue mantener sus tripulaciones y se granjea soldados
que lo sirven con placer y prontitud.
Antálcidas volvía de su visita a Tiribazo, después de haber negociado
la alianza con el rey para el caso en que los atenienses y sus aliados
no quisieran aceptar la paz que este les proponía; pero cuando sabe
que Nicóloco y su flota se hallan bloqueados en Abido por Ifícrates
y Diotimo, se dirige a pie a dicha población, y tomando el mando
de la flota, se hace a la vela durante la noche, después de haber
esparcido el rumor de que ha sido llamado por los calcedonios, y aborda
a Percote, donde se entrega al reposo. Habiendo sabido Deméneto,
Dionisio, Leóntico y Fanias su marcha, salen en su persecución por el
lado de Proconeso; pero después que aquellos hubieron partido, regresa
a Abido, pues había llegado a su conocimiento que debía llegar Políxeno
con las naves de Siracusa y de Italia y quería se juntaran a sus naves.
Mientras tanto, Trasíbulo de Colito[181] sale de Tracia con ocho naves
para reunirse a la flota ateniense. Habiendo los vigías anunciado se
hallan a la vista ocho trirremes, hace Antálcidas embarcar los marinos
en sus doce naves más veleras, y dando orden de completar cuanto
pudiera faltar en los equipajes con los de las naves que deja, se
pone en emboscada, ocultándose lo mejor que puede. Deja después pasar
las trirremes, y entra entonces en sus aguas; así que le distinguen,
emprenden la fuga, pero sus buenos veleros alcanzan pronto a las más
pesadas. Prohibe a sus naves las ataquen, y continúa en persecución de
las más lejanas. Cuando se han apoderado de ellas, pierden ánimo las
naves atenienses que ha dejado detrás, y no oponen gran resistencia a
las últimas de los lacedemonios, con lo cual todos caen en su poder.
Además de las veinte naves de Siracusa que vienen a juntarse a
Antálcidas, llegan otras de la parte de Jonia sometida a Tiribazo,
así como varias equipadas por la provincia de Ariobarzanes, con quien
se hallaba desde largos años unido por los lazos de la amistad: por
otra parte, Farnabazo, llamado por el rey, se había dirigido hacia
la capital, ya que entonces fue cuando se casó con la hija del rey.
Antálcidas, que se hallaba al frente de más de ochenta naves, domina
en el mar e impide la navegación de las naves que del Ponto debían
dirigirse a Atenas, obligándolas a refugiarse en los puertos de los
aliados.
Viendo los atenienses la fuerza de la flota enemiga, y temiendo termine
esta guerra de un modo tan desastroso para ellos como la primera,
sobre todo después de haberse aliado el rey con los lacedemonios, y
acosados además por los corsarios de Egina, desean vivamente la paz.
Los lacedemonios, que sostenían un ejército en el Lequeo y otro en
Orcómeno, y que se veían obligados a tener guarniciones en varias
ciudades, en las fieles para no perderlas y en las sospechosas para
que no se uniesen a los enemigos, y teniendo que soportar asimismo
en Corinto todas las contingencias de una guerra, sentíanse también
fatigados por la duración de esta lucha. En cuanto a los argivos,
viendo que se había decretado una expedición contra ellos, y sabiendo
por experiencia que el pretexto de los meses sagrados no les sirve para
nada, desean igualmente la paz.
Por todo lo cual, cuando Tiribazo propone a cuantos deseen saber las
condiciones de la paz que aceptará el rey acudan a su presencia,
todos se apresuran a realizarlo. Cuando se hallan reunidos, Tiribazo,
mostrándoles el sello real, da lectura a un escrito que decía:
«El rey Artajerjes considera justo ser reconocido como dueño de las
ciudades griegas de Asia, así como de las islas de Clazómenas y
Chipre, y que sean independientes las demás, pequeñas o grandes, a
excepción de Lemnos, Imbros y Esciros, que continuarán como siempre
sujetas a los atenienses. Todos los que no acepten esta paz serán
reputados enemigos míos, y les haré la guerra con los que la acepten,
así por mar como por tierra, y sin economizar dinero ni naves para
ello.»
Después de haber oído estas condiciones, los diputados de las ciudades
las participan a sus respectivos estados. Juran todos[182] su
cumplimiento, y los tebanos quieren prestar juramento por toda Beocia;
pero Agesilao rehúsa recibirlo si, como decía el escrito real, no
juran respetar la independencia de las ciudades grandes y pequeñas:
contéstanle aquellos diputados que no habían recibido instrucciones
suficientes.
--«Id, pues --les dice Agesilao--, y pedidlas, pero anunciad al mismo
tiempo a los vuestros que si no lo hacen, serán declarados fuera del
tratado.»
Parten dichos diputados, y Agesilao, a causa de su odio a los tebanos,
no quiere aguardar, y persuadiendo a los éforos, ofrece el sacrificio
de partida. Así que lo ha verificado, se dirige a Tegea, de donde
manda algunos soldados de caballería para apresurar los reclutamientos
en los alrededores, y varios mensajeros a las ciudades; pero antes
de que saliese de Tegea llegan los tebanos declarándole reconocen la
independencia de las ciudades. De este modo tienen los lacedemonios
que volverse a su población, después de haber obligado a entrar en el
tratado a los tebanos y haberles hecho reconocer la independencia de
las ciudades beocias. Los corintios no recogían tampoco su guarnición
de Argos; pero Agesilao les anuncia que si no se retiran, y a los
argivos que si no salen de Corinto, les declarará a todos la guerra.
Apodérase el miedo de ambas partes, y se retiran los argivos, volviendo
a tomar Corinto su antiguo gobierno, pues los autores de los degüellos
y sus cómplices se deciden voluntariamente a abandonar la ciudad, y
los demás ciudadanos llaman con placer a los expatriados.
Después que tiene lugar todo esto, y cuando las ciudades se han
obligado por juramento a observar la paz dictada por el rey,
licéncianse los ejércitos de mar y tierra. Celebran de este modo su
primera paz los lacedemonios, los atenienses y los aliados[183],
después de la guerra que siguió a la demolición de los muros de
Atenas. Los lacedemonios, después de haber hecho inclinar a su parte
las ventajas durante la guerra, consíguenlas mayores con la paz, pues
no solo fueron los promovedores de esta cerca del rey y obtuvieron
la independencia de las ciudades, convirtieron a Corinto en aliada
y libertaron a las ciudades beocias de la dominación tebana, cosa
que deseaban desde largo tiempo, sino que además hicieron cesar la
ocupación de Corinto por los argivos, amenazándoles con la guerra si no
se retiraban de dicha ciudad.