CAPÍTULO VI.

Poco después[162] los aqueos, que eran dueños de la ciudad de

Calidón[163], en otro tiempo de Etolia, y que habían concedido el

derecho de ciudadanía a los calidonios, se ven obligados a poner en

ella guarnición, pues los acarnanios se dirigían a atacarla sostenidos

por algunas tropas atenienses y beocias con quienes habían hecho

alianza. Acosados por ellos, envían, pues, los aqueos mensajeros a

Lacedemonia, donde declaran al llegar que no habían sido bien tratados

por los espartanos.

«Ciudadanos --dicen--, nosotros hemos tomado parte en todas las

expediciones a que nos habéis convocado y os hemos seguido donde

quiera nos lo habéis mandado, pero vosotros, en cambio, ningún cuidado

experimentáis por nosotros al vernos sitiados por los acarnanios y por

sus aliados los atenienses y beocios. Si esto continúa así, no podremos

resistirles, pues nos será preciso abandonar la guerra del Peloponeso

y pasar el mar con todas nuestras fuerzas para ir a combatir a los

acarnanios y sus aliados, o procurar hacer la paz bajo las mejores

condiciones posibles.»

He aquí lo que dicen a los lacedemonios, amenazándoles veladamente

con apartarse de la alianza si no acuden a prestarles auxilio. Los

éforos y el senado declaran, después de haberles oído, que es preciso

marchar en auxilio de los aqueos contra los acarnanios, y envían a

Agesilao al frente de dos cohortes y del contingente de los aliados,

a los cuales se unen también en masa los aqueos. Así que desembarca

Agesilao, los campesinos acarnanios se retiran a las ciudades, y todos

los rebaños son llevados a gran distancia para que no caigan en poder

de los soldados. Al llegar a las fronteras, envía Agesilao mensajeros

a la asamblea acarnania reunida en Estrato[164] para que declaren

que asolará por completo su país, sin perdonar lo más mínimo, si no

renuncian a la alianza de los beocios y atenienses y no se confederan

con los lacedemonios. No obedeciéndole, lleva a efecto sus amenazas,

y ocupado únicamente en devastar el país, no avanza más que diez o

doce estadios por jornada, por lo cual, creyéndose los acarnanios en

seguridad a causa de la lentitud de su marcha, hacen bajar de los

montes a sus rebaños y continúan el cultivo de sus tierras; pero

cuando Agesilao les supone completamente tranquilizados, a los quince

o dieciséis días de su entrada en la comarca, sale temprano después de

haber celebrado los sacrificios, hace una marcha de ciento cincuenta

estadios, llega por la noche a las orillas del lago alrededor del cual

están apacentándose casi todos los rebaños acarnanios, y apoderándose

de una inmensa cantidad de bueyes, caballos y otros animales de toda

clase, hace igualmente gran número de prisioneros.

Quédase al día siguiente en el mismo lugar para venderlos como

esclavos; pero los peltastas acarnanios, llegando en número bastante

regular, y apostándose en los montes, al pie de los cuales está

acampado Agesilao, arrójanle dardos y piedras, permaneciendo ellos

fuera de su alcance, y obligando al ejército a abandonar las alturas

para bajar a la llanura, a pesar de hallarse ocupado en preparar la

cena. Durante la noche retíranse los acarnanios, y colocando centinelas

los lacedemonios, se entregan al descanso.

Al día siguiente comienza Agesilao su retirada; pero las montañas que

rodean el valle y la llanura donde está situado el lago no dejan más

que un estrecho paso, y los acarnanios, dueños de las alturas, arrojan

desde allí proyectiles de toda clase, y bajando de las cúspides,

atacan al ejército y le acosan de manera que hacen completamente

imposible su avance. Ningún daño causan a los acosadores los hoplitas y

caballeros de la falange que intentan su persecución, pues pronto, al

retirarse, llegan los acarnanios a posiciones inexpugnables. Conociendo

entonces Agesilao la dificultad en que se encuentra de salir de aquel

desfiladero mientras esté expuesto a los mismos ataques, decide atacar

a los que inquietan su izquierda a pesar de ser su número bastante

considerable, pues esta ladera de montaña es más accesible a los

hoplitas y caballos.

Mientras ofrece los sacrificios acósanle vivamente los acarnanios,

arrojando a sus soldados flechas y dardos, y adelantándose tanto,

que les causan gran número de heridos; pero luego que da la orden de

ataque, los hoplitas, que hacía quince años servían en el ejército,

se lanzan con arrojo hacia adelante; carga la caballería sobre los

enemigos, y él mismo les sigue con el grueso del ejército. Repliéganse

entonces los acarnanios que habían bajado hasta la llanura, y después

de haber lanzado algunos proyectiles, son alcanzados y muertos al

querer huir a las alturas. Los hoplitas acarnanios y la mayor parte de

sus peltastas se hallaban ordenados en batalla en la cima del monte,

donde aguardan a pie firme al enemigo: arrojan gran número de dardos;

sírvense de sus lanzas como armas arrojadizas, hiriendo a algunos

soldados de a caballo y matando muchos caballos; pero cuando están a

punto de llegar a las manos con los hoplitas lacedemonios, emprenden la

fuga y pierden en esta jornada unos trescientos hombres.

Levanta entonces Agesilao un trofeo, devastando después e incendiando

los alrededores; y obligado por los aqueos, ataca algunas poblaciones,

pero sin conseguir apoderarse de ninguna. Finalmente, como se acercaba

el otoño, decide abandonar el país, a pesar de que los aqueos creen

nada ha conseguido, pues no se ha apoderado de población alguna de

grado ni por fuerza. Ruéganle, pues, que, ya que no ha hecho otra cosa,

se quede allí el tiempo necesario para impedir a los acarnanios la

siembra de sus tierras; pero él les contesta que lo que le aconsejan es

contrario a sus propios intereses. «En cuanto a mí --dice--, pienso

dirigir una nueva expedición contra este país en el próximo verano, y

cuanto más hayan sembrado, mayores deseos tendrán de la paz.» Dicho

esto, se retira por la vía terrestre a través de Etolia, por un camino

que ni con muchas ni con pocas tropas hubiera podido seguirse contra la

voluntad de los etolios, pero que estos le franquean, con la esperanza

de que se les devuelva Naupacto. Llegado a Río, atraviesa el mar y

llega a Esparta, porque el paso del Calidón en el Peloponeso había sido

interceptado por las trirremes que los atenienses habían enviado desde

Eníadas.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 30 / 52 题