Informados los lacedemonios por los desterrados de que todos los
ganados que poseían los habitantes de la ciudad los habían puesto en
seguridad en el Pireo[154], donde se refugiaron también muchos de
la población, determinan una nueva expedición contra Corinto, siendo
asimismo jefe de ella Agesilao[155]. Dirígese[156] primero al Istmo,
pues era durante el mes en que tienen lugar los juegos ístmicos, y
eran los argivos los que hacían los sacrificios a Neptuno, como si
fuesen una misma cosa Argos y Corinto; pero cuando saben la llegada de
Agesilao, dejan abandonados los sacrificios y festines y se retiran
con gran miedo a la ciudad por el camino de Céncreas. Agesilao, al
ver esta retirada, no los persigue, sino que estableciéndose en el
templo, sacrifica por sí mismo al dios[157], y permanece allí hasta que
los fugitivos corintios hayan sacrificado y celebrado los juegos en
honor de aquel dios. Así que se marcha vuelven los argivos y a su vez
comienzan los juegos ístmicos, por lo cual se vio este año a los mismos
individuos vencidos dos veces en los juegos, y a los demás proclamados
dos veces vencedores.
Al cuarto día conduce Agesilao su ejército contra el Pireo; pero
viendo que está guardado por numerosas fuerzas, se retira después del
almuerzo en dirección a la ciudad, como si fuese a hacerse cargo de la
entrega de la misma. Temiendo entonces los corintios que en realidad
esto se verifique, ordenan a Ifícrates vaya con numerosos peltastas a
reforzarla; pero Agesilao, informado de su marcha durante la noche,
cambia de dirección al apuntar el día, y avanza contra el Pireo.
Dirígese él mismo, hacia las termas, mandando una cohorte a las cimas
más escarpadas, y pasa la noche junto a las termas, mientras la cohorte
tiene que pernoctar en las alturas. En esta ocasión tiene Agesilao que
imaginar un rasgo oportuno que, aunque pequeño en sí mismo, no deja,
sin embargo, de merecer aplauso: ninguno de los que habían llevado
alimentos a la cohorte se había acordado de llevar fuego consigo, y
haciéndose sentir en gran manera el frío, por la extremada elevación
en que se hallaban así como por haber llovido y granizado durante la
tarde, los soldados, que habían subido en traje de verano, hallábanse
ateridos de frío, y por esto y por hallarse en la oscuridad, no se
sentían con ganas para comer la cena. Entonces Agesilao envía no menos
de diez hombres con utensilios llenos de fuego. Subiendo estos por
distintas partes y hallando leña en abundancia, encienden gran número
de hogueras, después de lo cual se frotan con aceite, y la mayor parte
se ponen a cenar. Viose durante esta misma noche el resplandor del
incendio del templo de Neptuno, sin que nadie supiese la causa que lo
ocasionó.
Cuando vieron los del Pireo ocupadas las alturas, ya no pensaron en
defenderse, sino que hombres y mujeres, esclavos y libres, huyeron a
refugiarse con la mayor parte del ganado en el Hereo[158]. Agesilao
dirígese entonces con su ejército hacia el mar, y al mismo tiempo la
cohorte, al bajar de las alturas, se apodera de la fortaleza de Énoe y
de todo lo que contiene, proveyéndose abundantemente de víveres los
soldados en los alrededores de la misma. Cuantos se habían refugiado en
el Hereo salen asimismo y piden a Agesilao decida sobre su suerte: este
ordena se entreguen a los desterrados cuantos hayan contribuido a los
degüellos, y que los demás sean vendidos como esclavos, con lo cual se
hace una inmensa cantidad de prisioneros en el Hereo.
Llegan entonces diputados de varias ciudades, sobre todo de Beocia,
para saber las condiciones bajo los cuales podría obtenerse la paz.
Agesilao les niega audiencia orgullosamente, a pesar de que Fárax, en
su calidad de próxeno[159], se interesara mucho en que los recibiese;
sentado en un edificio circular construido en el puerto, inspecciona
los prisioneros. Los hoplitas lacedemonios, armados con sus lanzas,
acompañan a estos esclavos y atraen principalmente la mirada de cuantos
están presentes; porque siempre los que son felices y vencedores
parecen merecer más la atención de todo el mundo.
Estaba aún sentado Agesilao, y parecía satisfecho de su victoria,
cuando llega al galope un soldado con el caballo lleno de sudor, sin
contestar a cuantas preguntas se le hacen sobre las noticias que trae,
salta del caballo cuando está junto a Agesilao, corre hacia él y con
profunda tristeza le relata el desastre que ha sufrido la cohorte
del Lequeo. Levántase Agesilao de su asiento a esta nueva, coge su
lanza y ordena al heraldo convoque inmediatamente a los polemarcas,
penteconteras y jefes de las tropas mercenarias. Así que se presentan
les dice que coman algo, pues aún no habían almorzado, y le sigan
al instante, poniéndose él en marcha al frente de sus comensales,
sin pensar siquiera en tomar alimento. Ármanse los doríforos[160] y
le siguen inmediatamente. Habían ya pasado las termas y llegado a
las llanuras del Lequeo, cuando se les presentan tres soldados de a
caballo anunciándoles se han recogido ya los muertos. Así que Agesilao
oye esto, manda deponer las armas y da algún reposo a sus tropas, que
conduce después al Hereo; al día siguiente son vendidos los prisioneros.
Los diputados beocios que Agesilao hace llamar, y a quienes pregunta
el motivo de su venida, no hacen ya mención de la paz, sino que dicen
desean dirigirse a la ciudad junto a sus soldados, si nada se opone a
ello, y él, sonriendo, «Bien sé --les dice--que no os mueve el deseo de
ver a los soldados, sino el de inspeccionar por vuestros propios ojos
hasta dónde llegan las ventajas obtenidas por vuestros amigos; quedaos,
pues; yo mismo voy a conduciros, y podréis comprender mejor que yo
cuanto allí ha sucedido.» No se engañó: al día siguiente, después de
ofrecer un sacrificio, conduce a su ejército hacia la ciudad, y sin
derribar el trofeo, pero talando y quemando cuantos árboles quedaban
en pie para demostrar que nadie se atreve a salir a su encuentro,
establece su campo junto al Lequeo, y en lugar de dejar entrar en
la población a los diputados tebanos, les hace partir por mar hacia
Creusis[161]. La magnitud del desastre sufrido por los espartanos causó
gran pena a los soldados, excepto en aquellos cuyos hijos, padres
o hermanos habían perecido en el combate, pues se les veía pasear
adornados como después de una victoria, y glorificándose de la pérdida
que habían experimentado.
He aquí cómo había sucedido este revés a la cohorte. Cuando los
amicleos se hallan en campaña o ausentes de su patria, tienen costumbre
de volver a ella en la época de las Jacintias, para cantar el peán,
y en esta ocasión Agesilao había dejado a todos los amicleos de su
ejército en el Lequeo. El polemarca que mandaba la guarnición ordena
a las tropas de los aliados que allí se hallaban, queden guardando la
plaza, y él con una división de hoplitas y de caballería, escolta a los
amicleos a lo largo de los muros corintios. Al llegar a unos veinte
o treinta estadios de Sición, vuelve a tomar el camino del Lequeo con
los hoplitas, en número de unos seiscientos, y ordena al jefe de la
caballería regrese después de haber acompañado a los amicleos todo el
tiempo que lo deseen. No ignoraban los lacedemonios que se hallaban en
Corinto gran número de peltastas y de hoplitas, pero confiaban no se
atreverían estos a atacarles después de las últimas victorias. Al ver
dos hombres de los de la ciudad, Calias, hijo de Hipónico, general de
los hoplitas atenienses, e Ifícrates, jefe de los peltastas, aquellas
tropas en número tan exiguo y desprovistas de infantería ligera y de
caballería, creen poder atacarles con entera seguridad con el cuerpo
de peltastas; porque, en efecto, si los lacedemonios continúan su
marcha, asaltando sus flancos indefensos podrán causarles muchas bajas,
y si tratan de perseguirlos, los peltastas, que son los soldados más
ligeros, podrán escapar fácilmente a su persecución, por lo cual se
deciden a atacarles. Calias forma sus hoplitas a cierta distancia
de los muros, e Ifícrates, a la cabeza de los peltastas, ataca a la
cohorte; alcanzados los lacedemonios por los dardos que les hieren
o matan, ordenan a los escuderos cojan los heridos y los lleven al
Lequeo, y en realidad fueron los únicos de la cohorte que quedaron
con vida. Después ordena el polemarca a sus veteranos persigan a los
que les acometen; pero pesadamente armadas estas tropas, no pueden
aproximarse a tiro de los peltastas, pues habían recibido estos la
orden de retirarse sin aguardar a pie firme a los hoplitas, y los
lacedemonios, no corriendo todos con igual velocidad, se habían
desordenado algún tanto. Así, pues, cuando quieren juntarse de nuevo
a los suyos, los soldados de Ifícrates, dando una media vuelta,
les agobian con sus dardos, unos por detrás y otros por su flanco
descubierto, y matan en esta primera etapa diez o doce lacedemonios,
éxito que les infunde mayor osadía. Habiendo tenido los lacedemonios
esta desventaja, ordena el polemarca ataquen de nuevo los que hacía ya
quince años habían salido de la adolescencia; pero cuando se repliegan,
perecen en mayor número que la primera vez. Habían perdido ya sus
mejores tropas, cuando se les une la caballería e intenta con ellos un
nuevo ataque, y cuando se retiran los peltastas, ejecuta aquella una
falsa maniobra, pues en lugar de perseguirles hasta haberles causado
algunas bajas, carga de frente con los hoplitas y avanza y se retira al
mismo tiempo que estos. Después de haber repetido varias veces la misma
maniobra con iguales resultados, se debilitan cada vez más en número
y valor, mientras, por el contrario, los enemigos atacan cada vez con
mayor audacia y en mayor número.
No sabiendo ya qué hacer, se reúnen en una pequeña colina a dos
estadios del mar y a diez y seis o diez y siete del Lequeo. Los de este
punto, al apercibirse de su mala situación, se embarcan en botes para
dirigirse a la colina, y los lacedemonios, reducidos ya a la mayor
desesperación por su triste posición y por el número de sus muertos, no
pudiendo hacer nada para su defensa, emprenden la fuga cuando ven que
solo vienen hoplitas en su auxilio. Arrójanse unos al mar, y otros, en
reducido número, consiguen refugiarse en el Lequeo con los caballos.
En estos combates parciales y en la derrota pierden unos doscientos
cincuenta hombres. He aquí cómo sucedió este desastre.
Agesilao, después de dejar en el Lequeo una cohorte y los restos de la
que ha quedado en cuadro, se dirige a Esparta, entrando en las ciudades
lo más tarde posible y saliendo a primera hora. Aunque sale de Orcómeno
por la mañana, no entra en Mantinea hasta por la noche: tanto es lo
que teme la exasperación de sus soldados al comprender la alegría
e irrisión de los mantineos por su derrota. Ifícrates añade nuevos
laureles a los anteriores, pues se hace dueño de todas las plazas en
que había Praxitas establecido guarniciones, como en Sidunte y Cromión,
y Agesilao en Énoe, después de tomar el Pireo. En cuanto al Lequeo,
estaba guarnecido por tropas lacedemonias y aliadas. Desde el desastre
de la cohorte lacedemonia, los desterrados corintios no se atrevían
ya a salir de Sición más que por mar, y costeando desembarcaban en
distintos puntos, desde donde inquietaban a los de la ciudad que a su
vez los inquietaban también cuando podían.