CAPÍTULO V.

Informados los lacedemonios por los desterrados de que todos los

ganados que poseían los habitantes de la ciudad los habían puesto en

seguridad en el Pireo[154], donde se refugiaron también muchos de

la población, determinan una nueva expedición contra Corinto, siendo

asimismo jefe de ella Agesilao[155]. Dirígese[156] primero al Istmo,

pues era durante el mes en que tienen lugar los juegos ístmicos, y

eran los argivos los que hacían los sacrificios a Neptuno, como si

fuesen una misma cosa Argos y Corinto; pero cuando saben la llegada de

Agesilao, dejan abandonados los sacrificios y festines y se retiran

con gran miedo a la ciudad por el camino de Céncreas. Agesilao, al

ver esta retirada, no los persigue, sino que estableciéndose en el

templo, sacrifica por sí mismo al dios[157], y permanece allí hasta que

los fugitivos corintios hayan sacrificado y celebrado los juegos en

honor de aquel dios. Así que se marcha vuelven los argivos y a su vez

comienzan los juegos ístmicos, por lo cual se vio este año a los mismos

individuos vencidos dos veces en los juegos, y a los demás proclamados

dos veces vencedores.

Al cuarto día conduce Agesilao su ejército contra el Pireo; pero

viendo que está guardado por numerosas fuerzas, se retira después del

almuerzo en dirección a la ciudad, como si fuese a hacerse cargo de la

entrega de la misma. Temiendo entonces los corintios que en realidad

esto se verifique, ordenan a Ifícrates vaya con numerosos peltastas a

reforzarla; pero Agesilao, informado de su marcha durante la noche,

cambia de dirección al apuntar el día, y avanza contra el Pireo.

Dirígese él mismo, hacia las termas, mandando una cohorte a las cimas

más escarpadas, y pasa la noche junto a las termas, mientras la cohorte

tiene que pernoctar en las alturas. En esta ocasión tiene Agesilao que

imaginar un rasgo oportuno que, aunque pequeño en sí mismo, no deja,

sin embargo, de merecer aplauso: ninguno de los que habían llevado

alimentos a la cohorte se había acordado de llevar fuego consigo, y

haciéndose sentir en gran manera el frío, por la extremada elevación

en que se hallaban así como por haber llovido y granizado durante la

tarde, los soldados, que habían subido en traje de verano, hallábanse

ateridos de frío, y por esto y por hallarse en la oscuridad, no se

sentían con ganas para comer la cena. Entonces Agesilao envía no menos

de diez hombres con utensilios llenos de fuego. Subiendo estos por

distintas partes y hallando leña en abundancia, encienden gran número

de hogueras, después de lo cual se frotan con aceite, y la mayor parte

se ponen a cenar. Viose durante esta misma noche el resplandor del

incendio del templo de Neptuno, sin que nadie supiese la causa que lo

ocasionó.

Cuando vieron los del Pireo ocupadas las alturas, ya no pensaron en

defenderse, sino que hombres y mujeres, esclavos y libres, huyeron a

refugiarse con la mayor parte del ganado en el Hereo[158]. Agesilao

dirígese entonces con su ejército hacia el mar, y al mismo tiempo la

cohorte, al bajar de las alturas, se apodera de la fortaleza de Énoe y

de todo lo que contiene, proveyéndose abundantemente de víveres los

soldados en los alrededores de la misma. Cuantos se habían refugiado en

el Hereo salen asimismo y piden a Agesilao decida sobre su suerte: este

ordena se entreguen a los desterrados cuantos hayan contribuido a los

degüellos, y que los demás sean vendidos como esclavos, con lo cual se

hace una inmensa cantidad de prisioneros en el Hereo.

Llegan entonces diputados de varias ciudades, sobre todo de Beocia,

para saber las condiciones bajo los cuales podría obtenerse la paz.

Agesilao les niega audiencia orgullosamente, a pesar de que Fárax, en

su calidad de próxeno[159], se interesara mucho en que los recibiese;

sentado en un edificio circular construido en el puerto, inspecciona

los prisioneros. Los hoplitas lacedemonios, armados con sus lanzas,

acompañan a estos esclavos y atraen principalmente la mirada de cuantos

están presentes; porque siempre los que son felices y vencedores

parecen merecer más la atención de todo el mundo.

Estaba aún sentado Agesilao, y parecía satisfecho de su victoria,

cuando llega al galope un soldado con el caballo lleno de sudor, sin

contestar a cuantas preguntas se le hacen sobre las noticias que trae,

salta del caballo cuando está junto a Agesilao, corre hacia él y con

profunda tristeza le relata el desastre que ha sufrido la cohorte

del Lequeo. Levántase Agesilao de su asiento a esta nueva, coge su

lanza y ordena al heraldo convoque inmediatamente a los polemarcas,

penteconteras y jefes de las tropas mercenarias. Así que se presentan

les dice que coman algo, pues aún no habían almorzado, y le sigan

al instante, poniéndose él en marcha al frente de sus comensales,

sin pensar siquiera en tomar alimento. Ármanse los doríforos[160] y

le siguen inmediatamente. Habían ya pasado las termas y llegado a

las llanuras del Lequeo, cuando se les presentan tres soldados de a

caballo anunciándoles se han recogido ya los muertos. Así que Agesilao

oye esto, manda deponer las armas y da algún reposo a sus tropas, que

conduce después al Hereo; al día siguiente son vendidos los prisioneros.

Los diputados beocios que Agesilao hace llamar, y a quienes pregunta

el motivo de su venida, no hacen ya mención de la paz, sino que dicen

desean dirigirse a la ciudad junto a sus soldados, si nada se opone a

ello, y él, sonriendo, «Bien sé --les dice--que no os mueve el deseo de

ver a los soldados, sino el de inspeccionar por vuestros propios ojos

hasta dónde llegan las ventajas obtenidas por vuestros amigos; quedaos,

pues; yo mismo voy a conduciros, y podréis comprender mejor que yo

cuanto allí ha sucedido.» No se engañó: al día siguiente, después de

ofrecer un sacrificio, conduce a su ejército hacia la ciudad, y sin

derribar el trofeo, pero talando y quemando cuantos árboles quedaban

en pie para demostrar que nadie se atreve a salir a su encuentro,

establece su campo junto al Lequeo, y en lugar de dejar entrar en

la población a los diputados tebanos, les hace partir por mar hacia

Creusis[161]. La magnitud del desastre sufrido por los espartanos causó

gran pena a los soldados, excepto en aquellos cuyos hijos, padres

o hermanos habían perecido en el combate, pues se les veía pasear

adornados como después de una victoria, y glorificándose de la pérdida

que habían experimentado.

He aquí cómo había sucedido este revés a la cohorte. Cuando los

amicleos se hallan en campaña o ausentes de su patria, tienen costumbre

de volver a ella en la época de las Jacintias, para cantar el peán,

y en esta ocasión Agesilao había dejado a todos los amicleos de su

ejército en el Lequeo. El polemarca que mandaba la guarnición ordena

a las tropas de los aliados que allí se hallaban, queden guardando la

plaza, y él con una división de hoplitas y de caballería, escolta a los

amicleos a lo largo de los muros corintios. Al llegar a unos veinte

o treinta estadios de Sición, vuelve a tomar el camino del Lequeo con

los hoplitas, en número de unos seiscientos, y ordena al jefe de la

caballería regrese después de haber acompañado a los amicleos todo el

tiempo que lo deseen. No ignoraban los lacedemonios que se hallaban en

Corinto gran número de peltastas y de hoplitas, pero confiaban no se

atreverían estos a atacarles después de las últimas victorias. Al ver

dos hombres de los de la ciudad, Calias, hijo de Hipónico, general de

los hoplitas atenienses, e Ifícrates, jefe de los peltastas, aquellas

tropas en número tan exiguo y desprovistas de infantería ligera y de

caballería, creen poder atacarles con entera seguridad con el cuerpo

de peltastas; porque, en efecto, si los lacedemonios continúan su

marcha, asaltando sus flancos indefensos podrán causarles muchas bajas,

y si tratan de perseguirlos, los peltastas, que son los soldados más

ligeros, podrán escapar fácilmente a su persecución, por lo cual se

deciden a atacarles. Calias forma sus hoplitas a cierta distancia

de los muros, e Ifícrates, a la cabeza de los peltastas, ataca a la

cohorte; alcanzados los lacedemonios por los dardos que les hieren

o matan, ordenan a los escuderos cojan los heridos y los lleven al

Lequeo, y en realidad fueron los únicos de la cohorte que quedaron

con vida. Después ordena el polemarca a sus veteranos persigan a los

que les acometen; pero pesadamente armadas estas tropas, no pueden

aproximarse a tiro de los peltastas, pues habían recibido estos la

orden de retirarse sin aguardar a pie firme a los hoplitas, y los

lacedemonios, no corriendo todos con igual velocidad, se habían

desordenado algún tanto. Así, pues, cuando quieren juntarse de nuevo

a los suyos, los soldados de Ifícrates, dando una media vuelta,

les agobian con sus dardos, unos por detrás y otros por su flanco

descubierto, y matan en esta primera etapa diez o doce lacedemonios,

éxito que les infunde mayor osadía. Habiendo tenido los lacedemonios

esta desventaja, ordena el polemarca ataquen de nuevo los que hacía ya

quince años habían salido de la adolescencia; pero cuando se repliegan,

perecen en mayor número que la primera vez. Habían perdido ya sus

mejores tropas, cuando se les une la caballería e intenta con ellos un

nuevo ataque, y cuando se retiran los peltastas, ejecuta aquella una

falsa maniobra, pues en lugar de perseguirles hasta haberles causado

algunas bajas, carga de frente con los hoplitas y avanza y se retira al

mismo tiempo que estos. Después de haber repetido varias veces la misma

maniobra con iguales resultados, se debilitan cada vez más en número

y valor, mientras, por el contrario, los enemigos atacan cada vez con

mayor audacia y en mayor número.

No sabiendo ya qué hacer, se reúnen en una pequeña colina a dos

estadios del mar y a diez y seis o diez y siete del Lequeo. Los de este

punto, al apercibirse de su mala situación, se embarcan en botes para

dirigirse a la colina, y los lacedemonios, reducidos ya a la mayor

desesperación por su triste posición y por el número de sus muertos, no

pudiendo hacer nada para su defensa, emprenden la fuga cuando ven que

solo vienen hoplitas en su auxilio. Arrójanse unos al mar, y otros, en

reducido número, consiguen refugiarse en el Lequeo con los caballos.

En estos combates parciales y en la derrota pierden unos doscientos

cincuenta hombres. He aquí cómo sucedió este desastre.

Agesilao, después de dejar en el Lequeo una cohorte y los restos de la

que ha quedado en cuadro, se dirige a Esparta, entrando en las ciudades

lo más tarde posible y saliendo a primera hora. Aunque sale de Orcómeno

por la mañana, no entra en Mantinea hasta por la noche: tanto es lo

que teme la exasperación de sus soldados al comprender la alegría

e irrisión de los mantineos por su derrota. Ifícrates añade nuevos

laureles a los anteriores, pues se hace dueño de todas las plazas en

que había Praxitas establecido guarniciones, como en Sidunte y Cromión,

y Agesilao en Énoe, después de tomar el Pireo. En cuanto al Lequeo,

estaba guarnecido por tropas lacedemonias y aliadas. Desde el desastre

de la cohorte lacedemonia, los desterrados corintios no se atrevían

ya a salir de Sición más que por mar, y costeando desembarcaban en

distintos puntos, desde donde inquietaban a los de la ciudad que a su

vez los inquietaban también cuando podían.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 29 / 52 题