Después de esta campaña, parte cada división del ejército para su
respectiva ciudad y Agesilao se embarca en dirección a su patria[142].
Hácese la guerra desde entonces entre los atenienses, beocios, argivos
y aliados apostados en Corinto, y los lacedemonios establecidos en
Sición. Viendo los corintios su territorio devastado y diezmada su
población por el continuo pelear en su comarca, mientras goza el resto
de los aliados de la paz y cultivan sus campos, desean se llegue a
un acuerdo, principalmente los más notables y de mayor poderío, y se
reúnen para comunicarse sus deseos. Pero los argivos, atenienses,
beocios y aquellos corintios que habían participado de las dádivas del
rey y que eran los más activos fautores de la guerra, comprenden que
si no se deshacen de aquellos que piensan en la paz, correrán gran
riesgo de volver a caer bajo la influencia de Lacedemonia, y apelan al
degüello para impedirlo. No vacilan ante la más impía de las medidas,
pues que en efecto, ninguna sentencia de muerte se ejecuta durante una
fiesta y ellos escogen el último día de las Eucleas[143], a fin de que
puedan dar la muerte al mayor número de personas en la plaza pública.
Al dar la señal, cuantos se habían obligado a ejercer de asesinos
sacan sus puñales y principian a dar golpes a diestro y a siniestro,
así entre los que están de pie como entre los que están sentados, así
entre los espectadores como entre los jueces. Al esparcirse la noticia
del degüello, refúgianse los principales ciudadanos, unos junto a las
estatuas de los dioses en la plaza pública y otros en sus altares, pero
también allí aquellos impíos, pisoteando toda clase de leyes y siendo
a la vez sentenciadores y ejecutores, les degüellan delante de los
santuarios, de tal modo, que aun aquellos que no son asesinados, por
poco amor que tengan a la justicia, sienten horrorizarse su alma al
ver esta impiedad. De este modo perecen gran número de los ciudadanos
de más edad, pues eran los que en mayor cantidad se hallaban en la
plaza pública, ya que los más jóvenes, sospechando algo de lo que se
tramaba por las indicaciones de Pasimelo, se hallaban tranquilamente
en el Craneo[144]; pero pronto oyen los gritos y ven llegar algunos
ciudadanos que han podido escapar al degüello; arrojándose entonces
al Acrocorinto[145] rechazan a los argivos, así como a las restantes
tropas que les acosan. Mientras deliberan sobre lo que deben hacer, ven
caer el capitel de una columna[146], sin temblor de tierra ni viento
alguno, y cuando sacrifican, las víctimas son tales que los adivinos
declaran que lo mejor es abandonar la plaza.
Aléjanse, pues, para huir del territorio de Corinto; persuadidos empero
por las madres, hermanos y amigos que han ido a su encuentro y por
los juramentos de los que están en el poder, garantizándoles la más
completa seguridad, algunos regresan a sus hogares. Pero más tarde,
cuando ven el país tiranizado y destruido el estado al quitarle sus
fronteras y el nombre de Corinto a su patria, para darle el de Argos,
y un gobierno argivo impuesto a los corintios, gobierno que no puede
convenirles, pues les deja menos independencia que la que tienen
los metecos, comienzan muchos a pensar que no es vivir el tener que
sujetarse a tal estado de cosas, y paréceles una acción meritoria
procurar que Corinto vuelva a ser de nuevo la antigua patria, que
goce de su libertad, que se la purifique de los degüellos y se la
haga disfrutar de una buena legislación; enardécense al considerar
que si tales cosas llevan a cabo serán tenidos por los salvadores de
la patria, y que si no pueden realizarlo, conseguirán la más gloriosa
de las muertes, pues habrán ambicionado el mejor y más grande de los
bienes.
Así, pues, dos de ellos, Pasimelo y Alcímenes atraviesan el torrente y
procuran llegar hasta el polemarca lacedemonio Praxitas, que se hallaba
con su guarnición en Sición y le dicen que podrán introducirle en el
recinto del muro que lleva al Lequeo[147]. Praxitas, que los conocía
desde mucho antes como hombres dignos de fe, cree en su palabra, y lo
dispone todo de manera que la división que debía partir a Sición, se
quede para tener fuerzas con que entrar en la ciudad. Sea casualidad,
sea cálculo, aquellos dos hombres se hallaban de guardia en el lugar en
que había sido levantado el trofeo[148], cuando se presenta Praxitas
a la cabeza de su división con los sicionios y todos los corintios
desterrados. Llegados junto a las puertas y temiendo la entrada
repentina, prefiere mandar antes a un hombre de su confianza para
que examine el estado interior de la ciudad; introdúcenle aquellos
dos hombres y se lo enseñan todo con tanta naturalidad, que vuelve y
declara que no hay que temer ningún engaño, conforme habían asegurado.
Con estas seguridades entran en la ciudad[149], pero como los muros
estaban separados entre sí por un intervalo bastante considerable, les
parece ser poco numerosos para ocupar este espacio, y hacen del mejor
modo que pueden una empalizada y un foso delante de ellos, a fin de
poder esperar acudan a unírseles los aliados. El puerto que estaba a su
espalda se hallaba guardado por los beocios.
Termina sin combate el día siguiente a la noche en que entraron, pero
llegan en masa al otro día los argivos y encuentran a sus enemigos
formados en orden de batalla, y constituida el ala derecha por los
lacedemonios, al lado de los cuales estaban los sicionios y los
fugitivos de Corinto en número de unos ciento cincuenta a la parte
oriental del muro; apoyándose en dicho muro están Ifícrates y sus
mercenarios y a su lado los argivos: el ala izquierda está formada
por los corintios de la ciudad. Llenos de confianza en su número,
marchan de frente al enemigo derrotando a los sicionios, derribando
la empalizada y persiguiéndolos hasta el mar, junto al cual hacen de
ellos gran matanza. El jefe de caballería[150] Pasímaco, que mandaba
un pequeño número de caballos, ordena a sus soldados aten sus corceles
a los árboles, arranca a los fugitivos sus escudos y marcha contra
los argivos con cuantos quieren seguirle. Al ver los argivos grabada
la Σ[151] en sus escudos, creen que son sicionios y no les temen; se
cuenta que Pasímaco dijo en este momento: «¡Por los Dióscuros![152]
estas Σ os engañan», y se arrojó sobre ellos; pero a pesar de combatir
con valor con el puñado de valientes que le rodean, él y muchos otros,
no consiguen más que hacerse matar.
Los expatriados corintios, sin embargo, habían vencido a sus
adversarios, y avanzando siempre se habían aproximado mucho al recinto
de la plaza; los lacedemonios también al apercibirse de la derrota de
los sicionios, acuden en su auxilio, defendiendo al mismo tiempo la
empalizada que estaba a su lado izquierdo. Así que saben los argivos
que van a acosarles los lacedemonios, se vuelven, y a la carrera se
dirigen hacia la empalizada para pasarla nuevamente, pero las últimas
filas de la derecha, al exponer sin defensa su flanco, son destrozadas
bajo los golpes de los lacedemonios, y el resto, que se había reunido
junto a los muros, se retira en gran desorden hacia la ciudad,
queriendo dar un rodeo para evitar el encuentro con los desterrados
corintios que se reconocen como enemigos, y subiendo a los muros por
medio de escalas, sin hallar en su precipitación más que la muerte, ya
al saltar de la muralla, ya al pie de la misma escalera, a manos de sus
perseguidores o bien aplastados bajo los pies de sus mismos compañeros.
No falta gente que matar a los lacedemonios, pues parece les concedió
en aquel momento la divinidad una victoria que jamás hubieran podido
esperar; porque, en efecto, ¿cómo es posible no parezca empujada
por una fuerza divina aquella multitud de enemigos entregada por su
voluntad, llena de miedo y estupor presentando al descubierto sus
cuerpos y arrastrada toda ella a combatir, contribuyendo a su pérdida
con todos sus esfuerzos, de manera que en un pequeño espacio de tiempo
pereció tan gran número, que los hombres acostumbrados únicamente a
ver montones de trigo, de leñas y de piedras, pudieron ver asimismo
montones de cadáveres? Los guardias beocios apostados en el puerto son
también muertos unos sobre los muros y otros sobre los tejados de los
astilleros, donde se habían refugiado.
Después de esta acción, los corintios y argivos alcanzan una tregua
para recoger sus muertos; llegan entonces los aliados de los
lacedemonios y una vez reunidas todas las tropas, decide Praxitas
demoler en los muros un trozo suficiente para dar paso a un ejército y
luego, poniéndose a la cabeza de sus tropas, se dirige hacia Mégara.
Toma por asalto a Sidunte y Cromión[153], y después de dejar allí
guarniciones, retrocede fortificando Epiecea, a fin de que tengan
los aliados una fortaleza avanzada que proteja a los países amigos,
licenciando luego su ejército, y volviéndose a Lacedemonia.
Tienen lugar entonces importantes expediciones por ambas partes: envían
las ciudades contingentes de tropa, unas a Corinto y otras a Sición
para conservar los puestos avanzados; los dos ejércitos sostienen
tropas mercenarias con las cuales se mantiene la guerra en vigor.
Invade Ifícrates el territorio de Fliunte, y por medio de sucesivas
emboscadas devasta el país con pequeño número de soldados, y produce
muchas bajas a los habitantes de la ciudad que salen sin las debidas
precauciones, con lo cual los fliasios, que no habían querido antes
admitir en sus muros a los lacedemonios, temiendo no hiciesen volver
a sus desterrados bajo pretexto de su adhesión a Esparta, tienen un
miedo tal a las tropas de Corinto, que llaman en su auxilio a los
lacedemonios y les entregan la defensa de la ciudad y de la fortaleza.
Los lacedemonios, sin embargo, aunque afectos a los desterrados, no
hacen mención de su llamamiento mientras ocupan la ciudad, y cuando les
parece está suficiente tranquila, se marchan dejando el gobierno y las
leyes en el mismo estado en que se hallaban cuando entraron.
Ifícrates y sus soldados verifican numerosas irrupciones en Arcadia,
saquean el país y ponen sitio a las ciudades fuera de las cuales
nunca se atreven a salir los hoplitas arcadios, pues tienen un miedo
cerval a los peltastas, quienes a su vez temen de tal modo a los
lacedemonios, que no se ponen jamás a tiro de los hoplitas; pues había
sucedido ya, que poniéndose a su alcance habían sido perseguidos
por los lacedemonios más jóvenes, que habían conseguido matarles
algunos soldados. Los espartanos, que menospreciaban a los peltastas,
despreciaban aún más a sus propios aliados desde la conducta que los
mantineos habían tenido cierto día en una salida contra los peltastas;
habíanse arrojado sobre ellos fuera del Lequeo, pero recibidos con una
lluvia de dardos, se habían replegado y declarado en fuga, dejando en
poder de los enemigos algunos muertos, de manera que los lacedemonios
no dejaban de burlarse de ellos, diciéndoles temían más a los peltastas
que los niños a los fantasmas.
Salen los lacedemonios del Lequeo con una cohorte y con los desterrados
corintios, con objeto de rodear de tropas a Corinto. Por su parte los
atenienses, temiendo el poderío de los lacedemonios, y que después de
abatir los grandes muros de Corinto se dirigían contra ellos, creen que
lo mejor es reconstruir los muros derruidos por Praxitas, por lo cual
llegan con albañiles y carpinteros en gran número, restablecen en pocos
días el muro occidental que mira a Sición, y en cuanto al muro oriental
lo reconstruyen con mayor facilidad.
Reflexionando los lacedemonios que los argivos están en completo reposo
en su país y que se complacen en esa guerra, determinan dirigir contra
ellos otra expedición. Pónese al frente de ella Agesilao, y después de
devastar el país, pasa de improviso la frontera en Tenea y se dirige
hacia Corinto, donde destruye las murallas reconstruidas por los
atenienses. Acompañábale por mar su hermano Teleutias con una docena de
trirremes; de manera que pudo alabarse su madre de que en un mismo día,
uno de sus hijos se había apoderado por tierra de los muros enemigos,
y el otro por mar de sus naves y astilleros. Hecho esto, licencia
Agesilao el ejército de los aliados y conduce a Esparta las tropas
nacionales.