CAPÍTULO IV.

Después de esta campaña, parte cada división del ejército para su

respectiva ciudad y Agesilao se embarca en dirección a su patria[142].

Hácese la guerra desde entonces entre los atenienses, beocios, argivos

y aliados apostados en Corinto, y los lacedemonios establecidos en

Sición. Viendo los corintios su territorio devastado y diezmada su

población por el continuo pelear en su comarca, mientras goza el resto

de los aliados de la paz y cultivan sus campos, desean se llegue a

un acuerdo, principalmente los más notables y de mayor poderío, y se

reúnen para comunicarse sus deseos. Pero los argivos, atenienses,

beocios y aquellos corintios que habían participado de las dádivas del

rey y que eran los más activos fautores de la guerra, comprenden que

si no se deshacen de aquellos que piensan en la paz, correrán gran

riesgo de volver a caer bajo la influencia de Lacedemonia, y apelan al

degüello para impedirlo. No vacilan ante la más impía de las medidas,

pues que en efecto, ninguna sentencia de muerte se ejecuta durante una

fiesta y ellos escogen el último día de las Eucleas[143], a fin de que

puedan dar la muerte al mayor número de personas en la plaza pública.

Al dar la señal, cuantos se habían obligado a ejercer de asesinos

sacan sus puñales y principian a dar golpes a diestro y a siniestro,

así entre los que están de pie como entre los que están sentados, así

entre los espectadores como entre los jueces. Al esparcirse la noticia

del degüello, refúgianse los principales ciudadanos, unos junto a las

estatuas de los dioses en la plaza pública y otros en sus altares, pero

también allí aquellos impíos, pisoteando toda clase de leyes y siendo

a la vez sentenciadores y ejecutores, les degüellan delante de los

santuarios, de tal modo, que aun aquellos que no son asesinados, por

poco amor que tengan a la justicia, sienten horrorizarse su alma al

ver esta impiedad. De este modo perecen gran número de los ciudadanos

de más edad, pues eran los que en mayor cantidad se hallaban en la

plaza pública, ya que los más jóvenes, sospechando algo de lo que se

tramaba por las indicaciones de Pasimelo, se hallaban tranquilamente

en el Craneo[144]; pero pronto oyen los gritos y ven llegar algunos

ciudadanos que han podido escapar al degüello; arrojándose entonces

al Acrocorinto[145] rechazan a los argivos, así como a las restantes

tropas que les acosan. Mientras deliberan sobre lo que deben hacer, ven

caer el capitel de una columna[146], sin temblor de tierra ni viento

alguno, y cuando sacrifican, las víctimas son tales que los adivinos

declaran que lo mejor es abandonar la plaza.

Aléjanse, pues, para huir del territorio de Corinto; persuadidos empero

por las madres, hermanos y amigos que han ido a su encuentro y por

los juramentos de los que están en el poder, garantizándoles la más

completa seguridad, algunos regresan a sus hogares. Pero más tarde,

cuando ven el país tiranizado y destruido el estado al quitarle sus

fronteras y el nombre de Corinto a su patria, para darle el de Argos,

y un gobierno argivo impuesto a los corintios, gobierno que no puede

convenirles, pues les deja menos independencia que la que tienen

los metecos, comienzan muchos a pensar que no es vivir el tener que

sujetarse a tal estado de cosas, y paréceles una acción meritoria

procurar que Corinto vuelva a ser de nuevo la antigua patria, que

goce de su libertad, que se la purifique de los degüellos y se la

haga disfrutar de una buena legislación; enardécense al considerar

que si tales cosas llevan a cabo serán tenidos por los salvadores de

la patria, y que si no pueden realizarlo, conseguirán la más gloriosa

de las muertes, pues habrán ambicionado el mejor y más grande de los

bienes.

Así, pues, dos de ellos, Pasimelo y Alcímenes atraviesan el torrente y

procuran llegar hasta el polemarca lacedemonio Praxitas, que se hallaba

con su guarnición en Sición y le dicen que podrán introducirle en el

recinto del muro que lleva al Lequeo[147]. Praxitas, que los conocía

desde mucho antes como hombres dignos de fe, cree en su palabra, y lo

dispone todo de manera que la división que debía partir a Sición, se

quede para tener fuerzas con que entrar en la ciudad. Sea casualidad,

sea cálculo, aquellos dos hombres se hallaban de guardia en el lugar en

que había sido levantado el trofeo[148], cuando se presenta Praxitas

a la cabeza de su división con los sicionios y todos los corintios

desterrados. Llegados junto a las puertas y temiendo la entrada

repentina, prefiere mandar antes a un hombre de su confianza para

que examine el estado interior de la ciudad; introdúcenle aquellos

dos hombres y se lo enseñan todo con tanta naturalidad, que vuelve y

declara que no hay que temer ningún engaño, conforme habían asegurado.

Con estas seguridades entran en la ciudad[149], pero como los muros

estaban separados entre sí por un intervalo bastante considerable, les

parece ser poco numerosos para ocupar este espacio, y hacen del mejor

modo que pueden una empalizada y un foso delante de ellos, a fin de

poder esperar acudan a unírseles los aliados. El puerto que estaba a su

espalda se hallaba guardado por los beocios.

Termina sin combate el día siguiente a la noche en que entraron, pero

llegan en masa al otro día los argivos y encuentran a sus enemigos

formados en orden de batalla, y constituida el ala derecha por los

lacedemonios, al lado de los cuales estaban los sicionios y los

fugitivos de Corinto en número de unos ciento cincuenta a la parte

oriental del muro; apoyándose en dicho muro están Ifícrates y sus

mercenarios y a su lado los argivos: el ala izquierda está formada

por los corintios de la ciudad. Llenos de confianza en su número,

marchan de frente al enemigo derrotando a los sicionios, derribando

la empalizada y persiguiéndolos hasta el mar, junto al cual hacen de

ellos gran matanza. El jefe de caballería[150] Pasímaco, que mandaba

un pequeño número de caballos, ordena a sus soldados aten sus corceles

a los árboles, arranca a los fugitivos sus escudos y marcha contra

los argivos con cuantos quieren seguirle. Al ver los argivos grabada

la Σ[151] en sus escudos, creen que son sicionios y no les temen; se

cuenta que Pasímaco dijo en este momento: «¡Por los Dióscuros![152]

estas Σ os engañan», y se arrojó sobre ellos; pero a pesar de combatir

con valor con el puñado de valientes que le rodean, él y muchos otros,

no consiguen más que hacerse matar.

Los expatriados corintios, sin embargo, habían vencido a sus

adversarios, y avanzando siempre se habían aproximado mucho al recinto

de la plaza; los lacedemonios también al apercibirse de la derrota de

los sicionios, acuden en su auxilio, defendiendo al mismo tiempo la

empalizada que estaba a su lado izquierdo. Así que saben los argivos

que van a acosarles los lacedemonios, se vuelven, y a la carrera se

dirigen hacia la empalizada para pasarla nuevamente, pero las últimas

filas de la derecha, al exponer sin defensa su flanco, son destrozadas

bajo los golpes de los lacedemonios, y el resto, que se había reunido

junto a los muros, se retira en gran desorden hacia la ciudad,

queriendo dar un rodeo para evitar el encuentro con los desterrados

corintios que se reconocen como enemigos, y subiendo a los muros por

medio de escalas, sin hallar en su precipitación más que la muerte, ya

al saltar de la muralla, ya al pie de la misma escalera, a manos de sus

perseguidores o bien aplastados bajo los pies de sus mismos compañeros.

No falta gente que matar a los lacedemonios, pues parece les concedió

en aquel momento la divinidad una victoria que jamás hubieran podido

esperar; porque, en efecto, ¿cómo es posible no parezca empujada

por una fuerza divina aquella multitud de enemigos entregada por su

voluntad, llena de miedo y estupor presentando al descubierto sus

cuerpos y arrastrada toda ella a combatir, contribuyendo a su pérdida

con todos sus esfuerzos, de manera que en un pequeño espacio de tiempo

pereció tan gran número, que los hombres acostumbrados únicamente a

ver montones de trigo, de leñas y de piedras, pudieron ver asimismo

montones de cadáveres? Los guardias beocios apostados en el puerto son

también muertos unos sobre los muros y otros sobre los tejados de los

astilleros, donde se habían refugiado.

Después de esta acción, los corintios y argivos alcanzan una tregua

para recoger sus muertos; llegan entonces los aliados de los

lacedemonios y una vez reunidas todas las tropas, decide Praxitas

demoler en los muros un trozo suficiente para dar paso a un ejército y

luego, poniéndose a la cabeza de sus tropas, se dirige hacia Mégara.

Toma por asalto a Sidunte y Cromión[153], y después de dejar allí

guarniciones, retrocede fortificando Epiecea, a fin de que tengan

los aliados una fortaleza avanzada que proteja a los países amigos,

licenciando luego su ejército, y volviéndose a Lacedemonia.

Tienen lugar entonces importantes expediciones por ambas partes: envían

las ciudades contingentes de tropa, unas a Corinto y otras a Sición

para conservar los puestos avanzados; los dos ejércitos sostienen

tropas mercenarias con las cuales se mantiene la guerra en vigor.

Invade Ifícrates el territorio de Fliunte, y por medio de sucesivas

emboscadas devasta el país con pequeño número de soldados, y produce

muchas bajas a los habitantes de la ciudad que salen sin las debidas

precauciones, con lo cual los fliasios, que no habían querido antes

admitir en sus muros a los lacedemonios, temiendo no hiciesen volver

a sus desterrados bajo pretexto de su adhesión a Esparta, tienen un

miedo tal a las tropas de Corinto, que llaman en su auxilio a los

lacedemonios y les entregan la defensa de la ciudad y de la fortaleza.

Los lacedemonios, sin embargo, aunque afectos a los desterrados, no

hacen mención de su llamamiento mientras ocupan la ciudad, y cuando les

parece está suficiente tranquila, se marchan dejando el gobierno y las

leyes en el mismo estado en que se hallaban cuando entraron.

Ifícrates y sus soldados verifican numerosas irrupciones en Arcadia,

saquean el país y ponen sitio a las ciudades fuera de las cuales

nunca se atreven a salir los hoplitas arcadios, pues tienen un miedo

cerval a los peltastas, quienes a su vez temen de tal modo a los

lacedemonios, que no se ponen jamás a tiro de los hoplitas; pues había

sucedido ya, que poniéndose a su alcance habían sido perseguidos

por los lacedemonios más jóvenes, que habían conseguido matarles

algunos soldados. Los espartanos, que menospreciaban a los peltastas,

despreciaban aún más a sus propios aliados desde la conducta que los

mantineos habían tenido cierto día en una salida contra los peltastas;

habíanse arrojado sobre ellos fuera del Lequeo, pero recibidos con una

lluvia de dardos, se habían replegado y declarado en fuga, dejando en

poder de los enemigos algunos muertos, de manera que los lacedemonios

no dejaban de burlarse de ellos, diciéndoles temían más a los peltastas

que los niños a los fantasmas.

Salen los lacedemonios del Lequeo con una cohorte y con los desterrados

corintios, con objeto de rodear de tropas a Corinto. Por su parte los

atenienses, temiendo el poderío de los lacedemonios, y que después de

abatir los grandes muros de Corinto se dirigían contra ellos, creen que

lo mejor es reconstruir los muros derruidos por Praxitas, por lo cual

llegan con albañiles y carpinteros en gran número, restablecen en pocos

días el muro occidental que mira a Sición, y en cuanto al muro oriental

lo reconstruyen con mayor facilidad.

Reflexionando los lacedemonios que los argivos están en completo reposo

en su país y que se complacen en esa guerra, determinan dirigir contra

ellos otra expedición. Pónese al frente de ella Agesilao, y después de

devastar el país, pasa de improviso la frontera en Tenea y se dirige

hacia Corinto, donde destruye las murallas reconstruidas por los

atenienses. Acompañábale por mar su hermano Teleutias con una docena de

trirremes; de manera que pudo alabarse su madre de que en un mismo día,

uno de sus hijos se había apoderado por tierra de los muros enemigos,

y el otro por mar de sus naves y astilleros. Hecho esto, licencia

Agesilao el ejército de los aliados y conduce a Esparta las tropas

nacionales.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 28 / 52 题