Agesilao acudía desde Asia en auxilio del ejército[133]. Hallábase
en Anfípolis cuando Dercílidas[134] le anuncia la victoria de los
lacedemonios, victoria que les ha costado solo ocho hombres, mientras
han tenido los enemigos gran número de muertos.
--«¿No te parece --le dice Agesilao-- que sería muy conveniente
participar cuanto antes esta noticia a las ciudades que nos han enviado
soldados?
--Ciertamente --responde Dercílidas--, porque esto contribuirá a
aumentar su valor.
--Pero ya que estás aquí, ¿quién mejor que tú puede encargarse de
llevarles esta nueva?»
Dercílidas, que era muy aficionado a los viajes, le oye con gusto y le
dice:
--«Si tú lo ordenas...
--Te lo mando --contesta Agesilao--, y te encargo les digas que si la
fortuna nos es próspera, volveremos a verles conforme les prometimos.»
Dercílidas dirígese entonces al Helesponto, y Agesilao, después de
atravesar Macedonia, llega a Tesalia. Los de Larisa, Cranón, Escotusa
y Farsala, pueblos aliados todos de los beocios, así como los tesalios
que no se hallaban expatriados, le seguían acosándole: hasta entonces
su ejército estaba formado en un gran cuadrado con la mitad de la
caballería a la cabeza y la otra mitad a la cola. Pero como los
tesalios atacan su retaguardia deteniendo su marcha, envía allá toda
la caballería de la vanguardia excepto su guardia personal. Cuando
los dos ejércitos se hallan frente a frente, pareciendo peligroso a
los tesalios combatir a los hoplitas con solo caballería, se retiran
poco a poco. Son perseguidos prudentemente; y Agesilao, conociendo el
error que por ambas partes se comete, envía los vigorosos caballeros
que le acompañan[135] con orden de unirse a los demás y de perseguir
a los enemigos con la mayor prontitud posible sin dejarles tiempo
para rehacerse. Los tesalios, al verse cargados de improviso, no se
vuelven en su mayoría, y los que quieren hacerlo son alcanzados cuando
dan media vuelta sus caballos; mientras, el farsalio Policarmo[136],
comandante de la caballería que combate con denuedo, perece, con
los suyos, después de lo cual los tesalios se declaran en derrota.
Hallan unos la muerte, caen otros prisioneros, y los fugitivos no se
detienen hasta que llegan al monte Nartacio, y elevando Agesilao un
trofeo entre Pras y el monte Nartacio, queda muy satisfecho de haber
derrotado al pueblo más célebre por su caballería, con soldados que él
mismo ha reclutado y formado; al día siguiente atraviesa las montañas
aqueas de la Ftía, y desde entonces no tiene que pasar más que por
países amigos hasta la frontera de Beocia. Cuando iba a franquear dicha
frontera, el sol se muestra bajo la forma de luna[137] y reciben al
mismo tiempo la noticia del desastre naval de Cnido y la muerte del
lacedemonio Pisandro, comandante de las naves. Se le cuenta también
la manera cómo tuvo lugar este combate: junto a Cnido, Farnabazo,
ejerciendo de comandante de las naves, se hallaba al frente de las
trirremes fenicias, delante de las cuales Conón[138] con la flota
griega había dispuesto sus buques; Pisandro se había puesto en orden
de batalla, y cuando se vio cuán inferiores eran en número a los de la
flota griega mandada por Conón, los aliados que se hallaban en el ala
izquierda emprenden la fuga; reducido Pisandro a sus propias fuerzas,
libra combate, pero su trirreme, atravesada en varios puntos por los
espolones de los buques enemigos, tiene que encallar en la costa,
salvándose huyendo la mayor parte de los que estaban con él después
de haber abandonado la nave y refugiándose en Cnido, mientras perece
Pisandro combatiendo en su nave.
Al saber estas noticias experimenta Agesilao grande aflicción, y
reflexionando después que la mayor parte de su ejército se halla
bien dispuesto a pelear, pero que en modo alguno podrá retener a sus
soldados si saben han experimentado los lacedemonios algún desastre,
disimula y les anuncia que Pisandro ha muerto después de haber vencido
en un combate naval. Dicho esto, sacrifica algunos bueyes como en
acción de gracias por la buena nueva y manda a muchos algunos trozos
de las víctimas; de este modo las tropas de Agesilao, gracias al rumor
de la victoria naval de los lacedemonios, quedan vencedoras en una
escaramuza que tiene lugar poco después.
Los enemigos que iban a oponerse a Agesilao se componían de beocios,
atenienses, argivos, corintios, enianos, eubeos y locrios de las
dos regiones[139], mientras que Agesilao tenía consigo la cohorte
lacedemonia que había llegado de Corinto y otra media recién llegada
de Orcómeno, además de con los neodamodes que habían hecho la campaña
de Asia, los mercenarios mandados por Herípidas, las tropas de las
ciudades griegas de aquella misma región y las que había reclutado a su
paso por las de Europa, así como los hoplitas de Orcómeno y de Fócida.
Los peltastas de Agesilao eran mucho más numerosos y el número de los
caballos era casi igual por ambas partes.
Tal era la fuerza de cada uno de los dos ejércitos, cuyo combate voy a
describir[140], pues no ha habido otro igual en nuestra época. Tiene
lugar el encuentro en la llanura cercana a Coronea, viniendo los de
Agesilao del Cefiso y los tebanos del Helicón. Mandaba Agesilao el
ala izquierda y los tebanos en su ejército formaban el ala derecha y
los argivos la izquierda. Iníciase el combate con gran silencio, pero
llegados los tebanos a la distancia de un estadio, arrojan grandes
gritos y avanzan a paso de carga: había entre ellos aún un intervalo
de tres pletros, cuando la falange mercenaria de Agesilao, al mando de
Herípidas y con ella los jonios, eolios y helespontinos, se destacan
del grueso del ejército, y a la carrera ponen en derrota a los tebanos
cuando han llegado al alcance de las picas; los argivos, no pudiendo
resistir el empuje de las tropas de Agesilao huyen hacia el Helicón.
Coronaban ya a Agesilao algunos soldados extranjeros, cuando le
anuncian que los tebanos se han entrado por entre los orcomenios hasta
los bagajes; despliega entonces la falange por medio de una brusca
evolución, se arroja sobre ellos, y los tebanos, viendo que sus aliados
huyen hacia el Helicón, apresuran el paso para alcanzarlos.
Entonces es sin duda alguna cuando muestra Agesilao el valor más
decidido; pero el partido que toma es el más peligroso. Podía haber
dejado pasar al enemigo, que se batía en retirada, y luego, cayendo
sobre él, destrozar su retaguardia, pero no lo hizo, sino por el
contrario, marchó de frente contra los tebanos, que chocando entre
sí los apretados escudos, y combatiendo dan la muerte al par que la
reciben. Finalmente, una parte de los tebanos consigue refugiarse en el
Helicón, pero en la derrota ha perecido gran número de ellos. Después
que está ya la victoria asegurada y que se ha conducido al mismo
Agesilao herido hasta su falange, llegan algunas soldados de a caballo,
preguntándole qué deben hacer con unos ochenta enemigos que se hallan
armados en el templo, y él, cubierto de numerosas heridas, pero sin
olvidar lo que debe a la santidad del lugar, manda se les deje salir en
completa libertad. Después, como ya era tarde, cenan los soldados y se
entregan al descanso.
Al día siguiente, manda Agesilao al polemarca Gilis forme el ejército
y levante un trofeo, se coronen de flores los soldados en honor
del dios y toquen sus instrumentos los flautistas; todo lo cual se
cumple puntualmente. Envían los tebanos sus heraldos, pidiendo una
tregua para recoger los muertos: concédesela Agesilao y se dirige
a Delfos para consagrar al dios la décima parte del botín, que no
bajó de cien talentos. Retírase a la Fócida el polemarca Gilis a la
cabeza del ejército y desde allí invade la Lócrida. Durante el día
los lacedemonios saquean efectos y víveres en las aldeas, pero cuando
llega la noche y quieren retirarse, son perseguidos por los locrios
que les lanzan dardos y flechas: vuélvense los espartanos y tratan de
perseguirles, causando algunas bajas a sus enemigos, pero los locrios,
renunciando desde entonces a acosarles, se contentan con ofenderles
desde lo alto de las colinas; recházanles también los lacedemonios
hasta los lugares más escarpados, y cuando emprenden la retirada,
habiendo cerrado por completo la noche, unos caen por las desigualdades
del terreno, otros porque no pueden ver, y muchos, finalmente, a manos
del enemigo. Halla la muerte, entre otros muchos que le rodean[141],
el polemarca Gilis, así como diez y ocho soldados aplastados por las
piedras o atravesados por los dardos, y si no hubiesen sido socorridos
por los soldados del campamento, después de haber cenado en él, corrían
todos gran riesgo de perecer.