Después de estos sucesos, cierto siracusano, llamado Herodas, que se
hallaba en Fenicia con el dueño de una nave, viendo gran movimiento
en las trirremes fenicias, que se equipaban otras en los astilleros y
que se construían buques de toda clase en gran número, averigua que
deben formar parte de una flota de trescientas naves, y subiendo en la
primera que se hace a la vela para Grecia, llega a Lacedemonia para
anunciar que el rey y Tisafernes preparan una expedición que ignora
contra quién irá dirigida.
Sobresaltados los espartanos, reúnen a sus aliados, consultando sobre
el partido que deben tomar, y Lisandro, que conoce la superioridad
de la marina griega, y recuerda la retirada del ejército heleno
que había ayudado a Ciro, persuade a Agesilao para que se encargue
de dirigir una expedición a Asia, poniendo a sus órdenes treinta
espartanos, dos mil neodamodes y seis mil hombres de los aliados. Tenía
asimismo la intención de acompañar a Agesilao a fin de restablecer
las decarquías[111] en las ciudades donde en otro tiempo las había
instalado pero que habían sido más tarde abolidas por los éforos al
restablecer los antiguos gobiernos.
Acepta Agesilao el mando de esta expedición, concediéndole los
lacedemonios cuanto pide, y proveyéndole de víveres para seis meses.
Después de haber ofrecido a los dioses los debidos sacrificios,
principalmente los necesarios para pedir un viaje feliz, se pone en
marcha[112], no sin haber mandado antes mensajeros a los diferentes
estados, fijando el número de soldados que debe enviar cada uno y el
sitio en donde deben reunírsele, yendo a sacrificar, como Agamenón
al dirigirse a Troya, a Áulide. Informados los beotarcas[113] de que
ofrecía sacrificios, envían soldados de caballería que le ordenan
cese al instante en sus sacrificios, y que arrojan asimismo del altar
las víctimas que allí encuentran inmoladas. Irritado Agesilao y
tomando a los dioses por testigos, embárcase en una trirreme, llega a
Gerasto[114], donde reúne la mayor parte de sus tropas, al frente de
las cuales se hace a la vela para Éfeso.
Una vez allí, recibe un mensaje de Tisafernes pidiéndole el motivo de
su llegada. Contéstale Agesilao es para asegurar la independencia de
las ciudades de Asia, a fin de que gocen la misma libertad que las de
Grecia. Replícale entonces Tisafernes:
--«Si quieres ejecutar una tregua hasta que lleguen las órdenes del
rey, me parece podrás volverte después de haberlo conseguido.
--Bien lo quisiera, contesta Agesilao, pero temo quieras engañarme;
mientras tanto, a cambio de las garantías que me des, puedo ofrecerte
que si obras con sinceridad ningún daño causaremos a tus provincias
mientras dure la tregua.»
Después de estos preliminares, jura Tisafernes que desea de buena
fe la paz, ante los enviados de Agesilao, Herípidas, Dercílidas y
Megilo, y estos se comprometen por juramento, a nombre de Agesilao ante
Tisafernes, a respetar la tregua mientras sea este fiel a su palabra.
Tisafernes, sin embargo, no tarda en faltar a su juramento, pues en
lugar de respetar la paz, hace pedir al rey un ejército numeroso para
reforzar el suyo; pero Agesilao, aunque conociendo esta conducta,
permanece fiel a la tregua.
Mientras permanece inactivo y en reposo en Éfeso, encuéntranse las
ciudades en plena anarquía, pues había sido derribada la democracia
que habían constituido los atenienses, y no había sido tampoco
restablecida la decarquía establecida por Lisandro; sus habitantes,
que tanto querían a Lisandro, le suplican con vehemencia obtenga
de Agesilao lo que desean, por lo cual está siempre rodeado de una
apretada muchedumbre, que le sigue a todas partes, pareciendo Agesilao
un simple particular, mientras Lisandro se asemeja a un rey, lo
cual contribuye a excitar contra él a Agesilao, como pudo verse más
tarde. Los Treinta no pueden tampoco ocultar su envidia y representan
a aquel cuán culpable es la conducta de Lisandro, que despliega un
fausto verdaderamente real; de ahí que cuando este le presenta algunas
personas, niega Agesilao todas las peticiones en que parece interesarse
Lisandro. Finalmente apercibiéndose este de que todos los asuntos por
los que se interesa son despachados en sentido contrario a su deseo,
adivina el motivo de ello, y desde entonces no consiente que nadie le
acompañe, y manifiesta sin ambages a cuantos reclaman su mediación, que
sus asuntos tendrán peor éxito si interviene en ellos, y no pudiendo ya
soportar por más tiempo su infortunio, dirigiéndose a Agesilao le dice:
--«Agesilao, tú no buscas más que humillar a tus amigos.
--Sí, por Júpiter --contesta este--, en cuanto a aquellos que
desean sobreponérseme, porque respecto a aquellos que procuran mi
engrandecimiento, consideraría como una gran vergüenza el no procurar
honrarles como merecen.
--Posible es --replica Lisandro-- que obres en ello con más justicia
que yo, pero concédeme una nueva gracia, a fin de que no me deshonre
el no poder conseguir nada junto a ti, y que al mismo tiempo no sea un
obstáculo a tus acciones: envíame a cualquier parte, pues donde quiera
que sea procuraré serte útil.»
Después de haber hablado así, parécele conveniente a Agesilao y le
manda al Helesponto. Una vez allí, Lisandro averigua que el persa
Espitrídates ha sido humillado por Farnabazo, y teniendo con él una
entrevista le persuade a que se una a los griegos con sus hijos, sus
riquezas y unos doscientos caballos, dejando a los cuales en Cícico se
embarca con Espitrídates y su hijo y los conduce a Agesilao. Este, al
verlos, admirablemente complacido por esta acción, se informa del país
y del mando de Farnabazo.
Enorgullecido Tisafernes por saber se halla en camino el ejército que
le envía el rey, declara la guerra a Agesilao si no sale de Asia;
los aliados y los lacedemonios que allí se hallaban se muestran
apesadumbrados, comprendiendo la grande inferioridad de las fuerzas de
Agesilao, comparadas al grande aparato de las del rey; pero aquel, con
rostro alegre, ordena a los mensajeros den a Tisafernes las gracias
por haberse hecho enemigos de los dioses con su perjurio, y haberlos
convertido con él en aliados de los griegos. Da inmediatamente orden
a sus soldados para que hagan sus preparativos de campaña, y a las
ciudades por donde debía pasar para dirigirse a Caria, la de tener
bien provistos sus mercados, y envía asimismo a los jonios, eolios
y helespontinos la orden de que le manden a Éfeso las tropas que
deben proporcionarle. Tisafernes, sabiendo que Agesilao no tiene
caballería mercenaria y que Caria no se presta para las maniobras de
la caballería, así como que le guarda aquel rencor por su perfidia,
y creyendo que Agesilao va a dirigirse directamente hacia Caria,
su residencia, hace pasar a ella toda su infantería y ocupa con su
caballería la llanura del Meandro, esperando hallarse en situación
para aplastar con sus caballos a los griegos antes de que puedan estos
llegar a las otras comarcas, que no son favorables para las maniobras
de la caballería. Pero Agesilao, en vez de dirigirse directamente a
Caria, cambia súbitamente de dirección y avanza por Frigia, reclutando
fuerzas a su paso, sometiendo ciudades y recogiendo abundante botín
con esta repentina invasión. Avanzan con entera tranquilidad; pero al
llegar junto a Dascilio, los soldados de caballería de su vanguardia
suben a una colina para reconocer el país que se ofrece a su vista, y
da la casualidad que los caballos de Farnabazo, mandados por Ratines
y Bageo, hermano natural de Farnabazo, en número igual al de los
griegos, galopan también por orden de este último en dirección a la
misma colina. Cuando se distinguen unos a otros no distaban ya entre
sí más de cuatro pletros[115]; fórmanse los griegos en falange en
cuatro filas, y los bárbaros a doce de frente, pero con el fondo
muy nutrido; atacan los primeros y vienen a las manos. A cada golpe
rompen los griegos sus lanzas, mientras los persas, que las tienen de
cornejo, matan en poco tiempo a doce soldados y dos caballos, con lo
cual declárase en fuga la caballería griega; pero llega Agesilao en su
auxilio con los hoplitas, y tienen los bárbaros que retroceder después
de haber sido muerto uno de los suyos.
Al día siguiente de esta escaramuza entre la caballería, ofrece
Agesilao un sacrificio para el ataque; pero siendo desfavorables las
entrañas de las víctimas, retrocede hacia el mar. Conociendo que no
podrá adelantarse en la llanura mientras no posea una caballería
bastante fuerte, comprende debe procurársela a todo trance, a fin de
no tener que hacer la guerra huyendo; ordena, por lo tanto, a los más
ricos de todas las ciudades de la comarca procuren criar caballos,
anuncia que dispensará del servicio a todo el que presente un caballo
con su equipo y un soldado experto en el manejo del mismo y hace
ejecutar con prontitud sus órdenes, como si se tratase de que cada cual
pusiera un sustituto para morir en su lugar.
Al principiar la primavera[116] reúne todo su ejército en Éfeso, y
queriendo adiestrarle, promete premios a las tropas de caballería
que mejor maniobren, a los hoplitas que tengan el cuerpo más robusto
y a los peltastas y arqueros que muestren mejor puntería en sus
tiros; hubiérase visto entonces los gimnasios llenos de hombres que
se ejercitaban, los hipódromos de los que evolucionaban a caballo, y
de arqueros y saeteros que tiraban al blanco. La ciudad entera en que
se hallaba ofrecía un interesante aspecto: la plaza pública llena por
todas partes de armas y caballos en venta; los obreros de toda clase,
en cobre, en madera, en hierro, en cuero y en pintura, trabajando en la
fabricación de armas; en fin, hubiera podido tomarse a Éfeso como un
taller de la guerra. Nada inspiraba, sobre todo, tanta confianza como
el ver al mismo Agesilao y a sus soldados con coronas de flores ir a
ofrecerlas al salir de los gimnasios a la diosa Diana; porque ¿cómo
no hallar buenas esperanzas donde los hombres respetan a los dioses,
se ejercitan en la guerra y obedecen a sus jefes? Persuadido asimismo
Agesilao de que el desdén hacia el enemigo da valor para combatirle,
dio orden a los pregoneros para que vendieran desnudos a los bárbaros
cogidos por los exploradores, y los soldados, viendo aquellos cuerpos
tan blancos, porque no se desnudan nunca, linfáticos y obesos, pues
siempre se hallaban montados en los carros, comprendían que la guerra
con ellos sería como si peleasen con mujeres.
Con estos preparativos había transcurrido ya un año desde la marcha de
Agesilao; de manera que Lisandro y los otros treinta vuelven a Esparta,
siendo reemplazados por los que se habían nombrado bajo el mando de
Herípidas. Agesilao confía la caballería a Jenocles y a otro jefe,
los hoplitas neodamodes a Escites, a Herípidas las tropas que habían
servido a Ciro, y a Migdón el contingente de los aliados. Anuncia
después a sus soldados va a llevarles por el más corto camino a la
parte más fortificada del país, a fin de que preparen su espíritu y su
cuerpo para combatir dentro de poco. Tisafernes cree quiere engañarle
como la otra vez, y que su verdadero designio es el de dirigirse a
Caria: hace, pues, pasar como la primera vez su infantería a dicha
región, y coloca también su caballería en la llanura del Meandro; pero
Agesilao, que no había mentido, se dirige inmediatamente, cumpliendo lo
que había dicho, a la provincia de Sardes; marcha tres días a través
del desierto, sin encontrar al enemigo, procurando a su ejército
víveres en abundancia; pero al cuarto día se distingue la caballería
de los bárbaros. El comandante de la caballería da orden al jefe de
los escevóforos para que pase el Pactolo y asiente el campamento; y
allí, al ver algunos sirvientes griegos apartarse de los suyos para
saquear, matan a gran número de ellos, por lo cual Agesilao envía a la
caballería para socorrerles. Por su parte los persas, al conocer les
llega este refuerzo, reúnen también su caballería y hácenla avanzar
en orden de batalla. Agesilao, al ver que los enemigos carecen de
infantería mientras él tiene todas las fuerzas que necesita, juzga
oportuno librar combate. Inmoladas las víctimas, hace avanzar a su
falange contra la caballería enemiga, ordena a los hoplitas veteranos
lleguen al mismo tiempo a la carrera y avancen corriendo los peltastas,
así como manda cargar a la caballería, mientras él les sigue con todo
el ejército.
Rechazan los persas a la caballería; pero cayendo sobre ellos
todo el peso del ejército, tienen que replegarse, pereciendo unos
inmediatamente en el río, mientras los otros se declaran en fuga.
Persíguenles los griegos y se apoderan de su campamento, ocupándose
los peltastas, según su costumbre, en saquear. Agesilao, envolviéndolo
todo con su ejército, hace que los dos campos se confundan y realiza
un inmenso botín que produce más de setenta talentos, además de los
camellos de que se apoderan, y que se llevó Agesilao a Grecia.
Mientras tenía lugar este combate, se hallaba Tisafernes en Sardes,
por lo cual los persas le acusaron de haberles hecho traición, y el
rey, considerándole como la causa de todos esos desastres, envió
a Titraustes con orden de cortarle la cabeza. Hecho esto, envía
Titraustes mensajeros a Agesilao para decirle:
--«Agesilao, el autor de todas las dificultades entre ambos ha recibido
ya su merecido castigo; el rey quiere que te vuelvas a tu país y que
las ciudades independientes de Asia le paguen el antiguo tributo.»
Agesilao contesta que no puede adherirse a esto sin el consentimiento
de los magistrados de su país.
--«Pues bien --dice Titraustes--, mientras esperas las instrucciones de
tu patria, retírate al territorio de Farnabazo, pues yo te he vengado
ya de tu enemigo.
--Está bien --contesta Agesilao--; pero es preciso que proveas a mi
ejército de los víveres necesarios, hasta que haya llegado allí.»
Titraustes le da treinta talentos, y él los toma y se dirige a Frigia,
que pertenecía a Farnabazo.
Mientras estaba en la llanura que se encuentra pasada Cime, llega un
mensajero de los magistrados de Esparta y le ordena tome también el
mando de la flota, escogiendo a quien quiera para comandante de las
naves. Obran así los lacedemonios por la razón de que, gracias a la
concentración del mando de los dos ejércitos en un solo jefe, el de
tierra ganará mucho en poder, y la flota podrá también ser sostenida
por el ejército cuando así fuese necesario. Al saber esta nueva,
Agesilao excita a las ciudades situadas en las islas y en el litoral
a que construyan cuantas trirremes puedan, con lo cual obtiene un
refuerzo de ciento veinte naves, así de las ciudades a quienes las
ha pedido, como de los particulares que quieren congraciarse con él.
Escoge para comandante de las naves a Pisandro, su cuñado, amigo de la
gloria y de alma bien templada, pero que carece del talento necesario
para un mando tan elevado. Parte Pisandro para llenar sus funciones, y
Agesilao continúa, como se había propuesto, su marcha contra Frigia.