Creyendo Titraustes apercibirse de que Agesilao menosprecia el poder
del rey y que en vez de evacuar Asia alimenta más bien grandes
esperanzas de someterla, en la incertidumbre en que está respecto a
lo que debe hacer, envía a Grecia[117] al rodio Timócrates, a quien
entrega unos cincuenta talentos en oro, encargándole soborne a los
magistrados de las diferentes ciudades, exija de ellos las mayores
pruebas de fidelidad y les excite para que declaren la guerra a
los lacedemonios. Parte aquel a Grecia y hace aceptar sus dones a
Androclidas, Ismenias y Galaxídoro en Tebas, a Timolao y a Poliantes
en Corinto y a Cilón y sus amigos en Argos. Los atenienses, aunque no
participan de este oro, desean, sin embargo, la guerra con ardor, pues
creen están bajo el yugo de Esparta. Comienzan los que han recibido el
dinero por declamar en sus mismas ciudades contra los lacedemonios;
después excitan contra ellos el odio de todos, y concluyen, por último,
por confederar con ese objeto las ciudades más principales.
Conociendo el gobierno de Tebas que si no se principia la guerra no
querrán los lacedemonios romper la tregua con sus aliados, persuade
a los locrios opuntios a que levanten tributos en el territorio que
tienen en litigio con los focidios, con lo cual espera se arrojarán
enseguida los focidios sobre la Lócrida, presunción que vienen a
confirmar por completo los hechos, pues los focidios invaden aquella
comarca y se apoderan de considerables riquezas. Con este motivo el
partido de Androclidas persuade fácilmente a los tebanos a que socorran
a los locrios ya que los focidios han invadido un territorio que no
solo no está en litigio, sino que es reconocido por todos como amigo
y aliado. Así, pues, cuando los tebanos verifican una nueva irrupción
en la Fócida y devastan el país, envían los focidios diputados a
Lacedemonia reclamando su auxilio, juzgándose dignos de él, pues no han
principiado la guerra, ya que, según afirman, solo se han dirigido
contra los locrios para rechazarlos. Acogen con alegría los espartanos
este pretexto para combatir con los tebanos, pues tiempo hacía les
guardaban rencor por haber reclamado en favor de Apolo el diezmo del
botín de Decelia y por no haberles querido acompañar en el ataque
del Pireo, así como les acusaban también de haber convencido a los
corintios para que no fuesen a pelear con ellos, ni habían olvidado
tampoco el haber impedido a Agesilao sacrificar en Áulide, arrojando
del altar las víctimas y el haber rehusado seguirle en su expedición
a Asia. Consideran que es una preciosa ocasión para dirigir contra
ellos un ejército y poner coto a su insolencia; sus asuntos en Asia
hállanse en próspera situación, gracias a las victorias de Agesilao,
y en Grecia ninguna otra guerra ha de servirles de obstáculo; por
todo lo cual, estando los ciudadanos en esta disposición de ánimo,
anúncianles los éforos la declaración de guerra y mandan a Lisandro
junto a los focidios ordenándoles se dirijan a Haliarto[118] con un
ejército compuesto de focidios, eteos, heracleotas, melios y enianos.
Pausanias debía también dirigirse allí el día prefijado, seguido de los
espartanos y de los aliados peloponesios, para tomar el mando. Lisandro
ejecuta puntualmente las órdenes recibidas y aparta además a Orcómeno
del partido de los tebanos. Por su parte Pausanias, después de ofrecer
los sacrificios impetrando el feliz viaje, se establece en Tegea, de
donde envía a reclutar soldados a los jefes de los mercenarios y adonde
consigue asimismo se dirijan las tropas de las ciudades vecinas. Así
que los tebanos tienen la seguridad de que los lacedemonios invadirán
su país, envían mensajeros a Atenas que dicen al pueblo lo siguiente:
«Atenienses: Los cargos que nos habéis hecho de haber decretado al
terminar la guerra, crueles leyes contra vosotros, no son justos;
no era la ciudad, sino un solo hombre[119], quien lo propuso, pues
se sentaba entonces en el consejo de los aliados. Pero cuando los
lacedemonios hicieron decidirnos para atacar el Pireo, la ciudad en
masa decretó que no nos uniéramos a ellos para esta expedición. Por
esto, ya que sois vosotros una de las causas principales del odio
que nos tienen los espartanos, creemos justo vengáis en socorro de
nuestra ciudad. Pero aun creemos más, pues confiamos en que cuantos
se hallaban entonces en vuestra población se apresurarán a marchar
contra los lacedemonios. Ellos son, en efecto, los que después de
haber impuesto al pueblo una oligarquía odiosa, y mientras se llamaban
nuestros aliados llegando con poderoso ejército, os entregaron en manos
de la multitud; de modo que no ha dependido de ellos el que no hayáis
perecido por completo, pues el pueblo ha sido el que os ha salvado.
»Todos sabemos, ¡oh atenienses! que queréis reconquistar vuestro
antiguo poderío, y ¿qué mejor medio para conseguirlo que ayudar
vosotros mismos a los que son víctimas de las injusticias de Esparta?
No temáis el número de los que les siguen, pues debéis ser mucho
más audaces al recordar teníais tantos más enemigos cuando contabais
con muchos aliados. Mientras carecían estos de quien protegiera su
defección, ocultaban hipócritamente el odio que os tenían; pero así que
los lacedemonios se pusieron a su cabeza, mostraron inmediatamente sus
verdaderos sentimientos hacia vosotros. También hoy sucederá lo mismo;
así que se haga público que nos unimos unos y otros para combatir a
los lacedemonios, inmediatamente aparecerán, y en gran número, los
que les detestan. Basta que reflexionéis un poco para convenceros
de que es verdad cuanto os decimos. En efecto, ¿qué pueblo fiel les
queda ahora? No serán sin duda los argivos, que se han considerado
en todo tiempo como enemigos suyos, ni los eleos, pues acaban de
enajenárseles al tomarles sus ciudades y gran parte de su territorio;
y ¿qué diremos de los corintios, arcadios y aqueos, que, si bien
cediendo a sus instancias, han compartido con ellos sus trabajos, sus
peligros y sus gastos en la guerra que os hicieron, después de haber
hecho cuanto querían, no han alcanzado la más pequeña parte en su
poder, honores y riquezas? Por el contrario, se les ha envilecido e
irritado al enviarles hilotas por gobernadores, del propio modo que
supieron declararse jefes de los aliados independientes después de
haber conseguido el predominio sobre vosotros. Por otra parte, han
engañado notoriamente a cuantos apartaron de vuestra alianza, pues en
vez de reconocerles su libertad, les han impuesto la doble tiranía de
los gobernadores y de los Diez que estableció Lisandro en cada ciudad.
Y el rey de Persia, después de haberles proporcionado los recursos más
considerables para batir vuestro poderío, ¿ha alcanzado, por ventura,
ninguna ventaja que no hubiera podido obtener uniéndose a vosotros
contra ellos?
»¿No adquiriréis, pues, un poder mayor que el que teníais antes,
si os ponéis al frente de los pueblos que tan imprudentemente han
perjudicado? Durante la época de vuestro predominio teníais únicamente
imperio sobre el mar; pues bien, ahora podéis dominarnos a todos
nosotros, a los peloponesios, a las ciudades que antes os estaban
sometidas y al mismo rey, cuyo poderío es tan grande. Bien sabéis que
éramos para Esparta unos aliados dignos de ser tenidos en cuenta, y
ahora es natural que combatamos con vosotros con una energía mucho
mayor que la que desplegamos al combatir con ellos, pues la lucha
actual no tiene por objeto pelear por los siracusanos o por algún otro
pueblo extranjero, como sucedía entonces, sino por nosotros mismos, que
hemos visto lesionados nuestros derechos.
»No debéis ignorar tampoco que la codiciosa dominación de los
lacedemonios es mucho más fácil de abatir que en otro tiempo lo fue la
vuestra; vosotros teníais grandes fuerzas navales y mandabais sobre
ciudades que carecían de ellas, y en cambio los lacedemonios, cuyo
número es muy escaso, tiranizan a un gran número de estados que cuentan
con mayores fuerzas que ellos. He aquí lo que os decimos; sabedlo bien,
sin embargo, atenienses, pues creemos proponeros una alianza que os ha
de ser mucho más ventajosa que a nosotros.»
Después de decir esto se callaron. Gran número de atenienses hablan
en igual sentido, y por unanimidad se decreta socorrer a los tebanos.
Trasíbulo, después de leer el decreto a los enviados, les manifiesta
que, aunque el Pireo carezca de muralla, no por eso Atenas retrocederá
ante el peligro, para devolver a los tebanos más que lo que de ellos ha
recibido.
--«Vosotros --les dice-- no habéis hecho más que rehusar a nuestros
enemigos vuestro auxilio para combatirnos, y en cambio nosotros
pelearemos con los que os ataquen.»
Los tebanos regresan a su ciudad y se preparan a la defensa, así como
los atenienses para ayudarles. Tampoco los lacedemonios dejan de
prevenirse, pues el rey Pausanias avanza hacia Beocia con su ejército
y el del Peloponeso a excepción de los corintios, que no han querido
seguirle. Lisandro, que conduce los soldados de Fócide, de Orcómeno
y de las demás ciudades de aquella región, llega antes que Pausanias
frente a Haliarto, y una vez allí, no espera tranquilamente al ejército
lacedemonio, sino que avanza contra la ciudad con las tropas que tiene;
había persuadido ya a sus habitantes a que se apartaran del partido
enemigo y a que se hicieran independientes, pero habiéndose opuesto a
ello algunos tebanos que había en la ciudad, la pone sitio, lo cual
sabido por los de Tebas, avanzan estos a la carrera, así hoplitas como
caballos. No se ha averiguado aún si le sorprendieron de improviso o
si es que creyó poder sostener su ataque con esperanza de vencerlos,
pero lo que sí está completamente averiguado es que el combate tuvo
lugar ante los muros, y que levantaron los tebanos un trofeo ante las
puertas de Haliarto. Muerto Lisandro, huyen sus soldados al monte,
vigorosamente perseguidos por los tebanos, los cuales alcanzaban ya la
cima, cuando los hoplitas enemigos, viéndoles atascados en desfiladeros
estrechos y difíciles, se vuelven y les lanzan dardos y les rechazan.
Dos o tres tebanos de los más osados perecen, y las piedras arrojadas
desde la cima caen sobre los restantes, lo cual hace que volviendo al
combate los fugitivos rechacen del monte con más de doscientos hombres
de pérdida, a los tebanos.
Contristados estos, pensando que en la jornada no han experimentado
menos daño que el que han hecho sufrir al enemigo, recobran al día
siguiente los ánimos al cerciorarse de que los focidios y demás
aliados han regresado durante la noche a sus hogares. La llegada, sin
embargo, de Pausanias y el ejército espartano hace creerles de nuevo
en gran peligro, y se dice que el silencio y la consternación reinaba
en su ejército; pero cuando al día siguiente llegan los atenienses
para juntárseles y ven que Pausanias no se mueve ni presenta combate,
comienzan a recobrar los ánimos. Convoca Pausanias a los polemarcas
y penteconteras[120], deliberando sobre si debe librar el combate o
proponer una tregua para levantar los cuerpos de Lisandro y de los que
han perecido con él. Considerando todos ellos que Lisandro ha muerto,
que su ejército ha sido vencido y dispersado y que los corintios no
han querido tomar parte en esta guerra, así como que las tropas que
mandan no se hallan muy dispuestas a combatir, deciden pedir una
tregua para recoger los muertos, sobre todo después de considerar que
la caballería enemiga es muy numerosa y muy débil la suya, y sobre
todo que yaciendo los muertos al pie de los muros, aunque quedasen
vencedores en la batalla sería muy difícil levantarlos, por impedirlo
los soldados que estaban en las torres. Los tebanos declaran, sin
embargo, que no devolverán los muertos si los lacedemonios no evacuan
el país, cosa a que acceden gustosos, y recogiendo sus muertos salen de
Beocia.
Después de estos hechos, los lacedemonios se retiran completamente
desconcertados, mientras quedan los tebanos llenos de arrogancia, hasta
el punto de que, si llega alguien a poner el pie en su territorio,
después de apalearle le ponen otra vez en la frontera. Tal es el
resultado de la expedición de los lacedemonios.
Al llegar a Esparta es acusado Pausanias y es condenado a la pena
capital. Los cargos que se le hacían consistían: En haber llegado más
tarde que Lisandro a Haliarto, siendo así que había convenido en llegar
el mismo día; el haber recogido los muertos gracias a una tregua y no
por un combate, y por fin, haber dado libertad al pueblo de Atenas
que tenía encerrado en el Pireo. Como no se presenta al tribunal, es
condenado a muerte; huye a Tegea y allí muere de enfermedad. Esto es
cuanto sucedió en Grecia en esta época.