CAPÍTULO V.

Creyendo Titraustes apercibirse de que Agesilao menosprecia el poder

del rey y que en vez de evacuar Asia alimenta más bien grandes

esperanzas de someterla, en la incertidumbre en que está respecto a

lo que debe hacer, envía a Grecia[117] al rodio Timócrates, a quien

entrega unos cincuenta talentos en oro, encargándole soborne a los

magistrados de las diferentes ciudades, exija de ellos las mayores

pruebas de fidelidad y les excite para que declaren la guerra a

los lacedemonios. Parte aquel a Grecia y hace aceptar sus dones a

Androclidas, Ismenias y Galaxídoro en Tebas, a Timolao y a Poliantes

en Corinto y a Cilón y sus amigos en Argos. Los atenienses, aunque no

participan de este oro, desean, sin embargo, la guerra con ardor, pues

creen están bajo el yugo de Esparta. Comienzan los que han recibido el

dinero por declamar en sus mismas ciudades contra los lacedemonios;

después excitan contra ellos el odio de todos, y concluyen, por último,

por confederar con ese objeto las ciudades más principales.

Conociendo el gobierno de Tebas que si no se principia la guerra no

querrán los lacedemonios romper la tregua con sus aliados, persuade

a los locrios opuntios a que levanten tributos en el territorio que

tienen en litigio con los focidios, con lo cual espera se arrojarán

enseguida los focidios sobre la Lócrida, presunción que vienen a

confirmar por completo los hechos, pues los focidios invaden aquella

comarca y se apoderan de considerables riquezas. Con este motivo el

partido de Androclidas persuade fácilmente a los tebanos a que socorran

a los locrios ya que los focidios han invadido un territorio que no

solo no está en litigio, sino que es reconocido por todos como amigo

y aliado. Así, pues, cuando los tebanos verifican una nueva irrupción

en la Fócida y devastan el país, envían los focidios diputados a

Lacedemonia reclamando su auxilio, juzgándose dignos de él, pues no han

principiado la guerra, ya que, según afirman, solo se han dirigido

contra los locrios para rechazarlos. Acogen con alegría los espartanos

este pretexto para combatir con los tebanos, pues tiempo hacía les

guardaban rencor por haber reclamado en favor de Apolo el diezmo del

botín de Decelia y por no haberles querido acompañar en el ataque

del Pireo, así como les acusaban también de haber convencido a los

corintios para que no fuesen a pelear con ellos, ni habían olvidado

tampoco el haber impedido a Agesilao sacrificar en Áulide, arrojando

del altar las víctimas y el haber rehusado seguirle en su expedición

a Asia. Consideran que es una preciosa ocasión para dirigir contra

ellos un ejército y poner coto a su insolencia; sus asuntos en Asia

hállanse en próspera situación, gracias a las victorias de Agesilao,

y en Grecia ninguna otra guerra ha de servirles de obstáculo; por

todo lo cual, estando los ciudadanos en esta disposición de ánimo,

anúncianles los éforos la declaración de guerra y mandan a Lisandro

junto a los focidios ordenándoles se dirijan a Haliarto[118] con un

ejército compuesto de focidios, eteos, heracleotas, melios y enianos.

Pausanias debía también dirigirse allí el día prefijado, seguido de los

espartanos y de los aliados peloponesios, para tomar el mando. Lisandro

ejecuta puntualmente las órdenes recibidas y aparta además a Orcómeno

del partido de los tebanos. Por su parte Pausanias, después de ofrecer

los sacrificios impetrando el feliz viaje, se establece en Tegea, de

donde envía a reclutar soldados a los jefes de los mercenarios y adonde

consigue asimismo se dirijan las tropas de las ciudades vecinas. Así

que los tebanos tienen la seguridad de que los lacedemonios invadirán

su país, envían mensajeros a Atenas que dicen al pueblo lo siguiente:

«Atenienses: Los cargos que nos habéis hecho de haber decretado al

terminar la guerra, crueles leyes contra vosotros, no son justos;

no era la ciudad, sino un solo hombre[119], quien lo propuso, pues

se sentaba entonces en el consejo de los aliados. Pero cuando los

lacedemonios hicieron decidirnos para atacar el Pireo, la ciudad en

masa decretó que no nos uniéramos a ellos para esta expedición. Por

esto, ya que sois vosotros una de las causas principales del odio

que nos tienen los espartanos, creemos justo vengáis en socorro de

nuestra ciudad. Pero aun creemos más, pues confiamos en que cuantos

se hallaban entonces en vuestra población se apresurarán a marchar

contra los lacedemonios. Ellos son, en efecto, los que después de

haber impuesto al pueblo una oligarquía odiosa, y mientras se llamaban

nuestros aliados llegando con poderoso ejército, os entregaron en manos

de la multitud; de modo que no ha dependido de ellos el que no hayáis

perecido por completo, pues el pueblo ha sido el que os ha salvado.

»Todos sabemos, ¡oh atenienses! que queréis reconquistar vuestro

antiguo poderío, y ¿qué mejor medio para conseguirlo que ayudar

vosotros mismos a los que son víctimas de las injusticias de Esparta?

No temáis el número de los que les siguen, pues debéis ser mucho

más audaces al recordar teníais tantos más enemigos cuando contabais

con muchos aliados. Mientras carecían estos de quien protegiera su

defección, ocultaban hipócritamente el odio que os tenían; pero así que

los lacedemonios se pusieron a su cabeza, mostraron inmediatamente sus

verdaderos sentimientos hacia vosotros. También hoy sucederá lo mismo;

así que se haga público que nos unimos unos y otros para combatir a

los lacedemonios, inmediatamente aparecerán, y en gran número, los

que les detestan. Basta que reflexionéis un poco para convenceros

de que es verdad cuanto os decimos. En efecto, ¿qué pueblo fiel les

queda ahora? No serán sin duda los argivos, que se han considerado

en todo tiempo como enemigos suyos, ni los eleos, pues acaban de

enajenárseles al tomarles sus ciudades y gran parte de su territorio;

y ¿qué diremos de los corintios, arcadios y aqueos, que, si bien

cediendo a sus instancias, han compartido con ellos sus trabajos, sus

peligros y sus gastos en la guerra que os hicieron, después de haber

hecho cuanto querían, no han alcanzado la más pequeña parte en su

poder, honores y riquezas? Por el contrario, se les ha envilecido e

irritado al enviarles hilotas por gobernadores, del propio modo que

supieron declararse jefes de los aliados independientes después de

haber conseguido el predominio sobre vosotros. Por otra parte, han

engañado notoriamente a cuantos apartaron de vuestra alianza, pues en

vez de reconocerles su libertad, les han impuesto la doble tiranía de

los gobernadores y de los Diez que estableció Lisandro en cada ciudad.

Y el rey de Persia, después de haberles proporcionado los recursos más

considerables para batir vuestro poderío, ¿ha alcanzado, por ventura,

ninguna ventaja que no hubiera podido obtener uniéndose a vosotros

contra ellos?

»¿No adquiriréis, pues, un poder mayor que el que teníais antes,

si os ponéis al frente de los pueblos que tan imprudentemente han

perjudicado? Durante la época de vuestro predominio teníais únicamente

imperio sobre el mar; pues bien, ahora podéis dominarnos a todos

nosotros, a los peloponesios, a las ciudades que antes os estaban

sometidas y al mismo rey, cuyo poderío es tan grande. Bien sabéis que

éramos para Esparta unos aliados dignos de ser tenidos en cuenta, y

ahora es natural que combatamos con vosotros con una energía mucho

mayor que la que desplegamos al combatir con ellos, pues la lucha

actual no tiene por objeto pelear por los siracusanos o por algún otro

pueblo extranjero, como sucedía entonces, sino por nosotros mismos, que

hemos visto lesionados nuestros derechos.

»No debéis ignorar tampoco que la codiciosa dominación de los

lacedemonios es mucho más fácil de abatir que en otro tiempo lo fue la

vuestra; vosotros teníais grandes fuerzas navales y mandabais sobre

ciudades que carecían de ellas, y en cambio los lacedemonios, cuyo

número es muy escaso, tiranizan a un gran número de estados que cuentan

con mayores fuerzas que ellos. He aquí lo que os decimos; sabedlo bien,

sin embargo, atenienses, pues creemos proponeros una alianza que os ha

de ser mucho más ventajosa que a nosotros.»

Después de decir esto se callaron. Gran número de atenienses hablan

en igual sentido, y por unanimidad se decreta socorrer a los tebanos.

Trasíbulo, después de leer el decreto a los enviados, les manifiesta

que, aunque el Pireo carezca de muralla, no por eso Atenas retrocederá

ante el peligro, para devolver a los tebanos más que lo que de ellos ha

recibido.

--«Vosotros --les dice-- no habéis hecho más que rehusar a nuestros

enemigos vuestro auxilio para combatirnos, y en cambio nosotros

pelearemos con los que os ataquen.»

Los tebanos regresan a su ciudad y se preparan a la defensa, así como

los atenienses para ayudarles. Tampoco los lacedemonios dejan de

prevenirse, pues el rey Pausanias avanza hacia Beocia con su ejército

y el del Peloponeso a excepción de los corintios, que no han querido

seguirle. Lisandro, que conduce los soldados de Fócide, de Orcómeno

y de las demás ciudades de aquella región, llega antes que Pausanias

frente a Haliarto, y una vez allí, no espera tranquilamente al ejército

lacedemonio, sino que avanza contra la ciudad con las tropas que tiene;

había persuadido ya a sus habitantes a que se apartaran del partido

enemigo y a que se hicieran independientes, pero habiéndose opuesto a

ello algunos tebanos que había en la ciudad, la pone sitio, lo cual

sabido por los de Tebas, avanzan estos a la carrera, así hoplitas como

caballos. No se ha averiguado aún si le sorprendieron de improviso o

si es que creyó poder sostener su ataque con esperanza de vencerlos,

pero lo que sí está completamente averiguado es que el combate tuvo

lugar ante los muros, y que levantaron los tebanos un trofeo ante las

puertas de Haliarto. Muerto Lisandro, huyen sus soldados al monte,

vigorosamente perseguidos por los tebanos, los cuales alcanzaban ya la

cima, cuando los hoplitas enemigos, viéndoles atascados en desfiladeros

estrechos y difíciles, se vuelven y les lanzan dardos y les rechazan.

Dos o tres tebanos de los más osados perecen, y las piedras arrojadas

desde la cima caen sobre los restantes, lo cual hace que volviendo al

combate los fugitivos rechacen del monte con más de doscientos hombres

de pérdida, a los tebanos.

Contristados estos, pensando que en la jornada no han experimentado

menos daño que el que han hecho sufrir al enemigo, recobran al día

siguiente los ánimos al cerciorarse de que los focidios y demás

aliados han regresado durante la noche a sus hogares. La llegada, sin

embargo, de Pausanias y el ejército espartano hace creerles de nuevo

en gran peligro, y se dice que el silencio y la consternación reinaba

en su ejército; pero cuando al día siguiente llegan los atenienses

para juntárseles y ven que Pausanias no se mueve ni presenta combate,

comienzan a recobrar los ánimos. Convoca Pausanias a los polemarcas

y penteconteras[120], deliberando sobre si debe librar el combate o

proponer una tregua para levantar los cuerpos de Lisandro y de los que

han perecido con él. Considerando todos ellos que Lisandro ha muerto,

que su ejército ha sido vencido y dispersado y que los corintios no

han querido tomar parte en esta guerra, así como que las tropas que

mandan no se hallan muy dispuestas a combatir, deciden pedir una

tregua para recoger los muertos, sobre todo después de considerar que

la caballería enemiga es muy numerosa y muy débil la suya, y sobre

todo que yaciendo los muertos al pie de los muros, aunque quedasen

vencedores en la batalla sería muy difícil levantarlos, por impedirlo

los soldados que estaban en las torres. Los tebanos declaran, sin

embargo, que no devolverán los muertos si los lacedemonios no evacuan

el país, cosa a que acceden gustosos, y recogiendo sus muertos salen de

Beocia.

Después de estos hechos, los lacedemonios se retiran completamente

desconcertados, mientras quedan los tebanos llenos de arrogancia, hasta

el punto de que, si llega alguien a poner el pie en su territorio,

después de apalearle le ponen otra vez en la frontera. Tal es el

resultado de la expedición de los lacedemonios.

Al llegar a Esparta es acusado Pausanias y es condenado a la pena

capital. Los cargos que se le hacían consistían: En haber llegado más

tarde que Lisandro a Haliarto, siendo así que había convenido en llegar

el mismo día; el haber recogido los muertos gracias a una tregua y no

por un combate, y por fin, haber dado libertad al pueblo de Atenas

que tenía encerrado en el Pireo. Como no se presenta al tribunal, es

condenado a muerte; huye a Tegea y allí muere de enfermedad. Esto es

cuanto sucedió en Grecia en esta época.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 23 / 52 题