CAPÍTULO III.

Dirígese después Agis a Delfos[105], donde ofrece el diezmo del botín;

pero a su regreso a Herea, y siendo ya viejo, se siente enfermo y

ordena le lleven a Lacedemonia, donde llega aún vivo, pero donde muere

al poco tiempo, haciéndole unos funerales más espléndidos de lo que

puede esperar hombre alguno.

Transcurridos los días de luto, cuando debe ser elegido el rey,

levántanse rivales pretensiones a la realeza entre Leotíquides, que

decía ser hijo de Agis, y Agesilao, hermano de este último. Leotíquides

decía[106]:

--«Agesilao, bien sabes que el hijo del rey y no el hermano debe ser

elegido, y únicamente si no hay hijos es cuando debe serlo el hermano.

--Pues por eso debo ser rey.

--¿Cómo es posible, si estoy yo aquí?

--Pues muy sencillo, porque aquel a quien tú llamas padre, dice que no

eres suyo.

--Pero mi madre, que debe saberlo mejor que él, dice que lo soy.

--Poseidón[107] declara que miente, pues echó a tu padre del tálamo

nupcial a la vista de todo el mundo con un temblor de tierra, y este

hecho está confirmado por un testigo que se considera el más verdadero

de todos, el tiempo, puesto que tú no naciste hasta diez meses después

que tu padre huyó del tálamo y no volvió a él.»

He aquí lo que decían; Diópites, hombre muy versado en la

interpretación de los oráculos, recuerda en apoyo de Leotíquides un

oráculo de Apolo que dice deben guardarse de un rey cojo; pero Lisandro

replica en favor de Agesilao, que no cree ordene el dios se guarden

de uno que sea verdaderamente cojo, sino de un rey que no fuera de

sangre real, porque entonces sería verdaderamente coja la realeza, no

descendiendo de Hércules los jefes de la ciudad. Después de haber oído

a las dos partes, elige la ciudad por rey a Agesilao.

No había transcurrido aún un año desde que era rey Agesilao, cuando

un día, mientras se hallaba ofreciendo para el estado uno de los

sacrificios prescritos, el augur exclama, que los dioses indican una

conjuración de las más terribles; sacrificando de nuevo, preséntanse

aun más funestos los signos, y al sacrificar por tercera vez el

rey, le dice el adivino: «Agesilao, parece que estamos rodeados de

enemigos; he aquí los signos.» Sacrificase inmediatamente a los dioses

protectores y salvadores, y se cesa así que se han obtenido, no sin

trabajo, signos favorables. Hacía ya cinco días que estaban terminados

estos sacrificios, cuando un hombre denuncia a los éforos una

conjuración de la que es jefe Cinadón. Era este un joven de exterior y

alma varoniles, pero que no pertenecía a la clase de los iguales[108].

Pídenle los éforos detalles de cómo debe aquella realizarse, y el

denunciador refiere que Cinadón le ha conducido a un extremo de la

plaza pública y le ha mandado contara el número de los espartanos que

se hallaban en ella.

--«Y yo --dijo--, después de haber contado el rey, los éforos, los

senadores y algunos otros, en número de unos cuarenta, pregunté:

¿Por qué, Cinadón, me has hecho contar toda esa gente? A lo cual me

contestó: Debes considerar a todos estos como enemigos; todos los demás

que se encuentran sobre la plaza pública, en número de más de cuatro

mil, puedes considerarlos, por el contrario, como aliados.»

Después añade que Cinadón le ha enseñado en las calles unas veces uno

y otras veces dos a quienes daba el nombre de enemigos, mientras que

todos los demás, decía, eran amigos y del propio modo de los espartanos

que están en el campo, pues siendo enemigo el dueño, todos los demás

son aliados. Los éforos le preguntan cuál puede ser el número de los

conjurados, y contesta que también sobre este punto le ha dicho Cinadón

que los jefes tienen únicamente un pequeño número de auxiliares, pero

que les son completamente fieles los hilotas, los neodamodes, las

clases inferiores y los periecos. Cada vez que entre esta gente la

conversación gira sobre los espartanos, ninguno de ellos puede ocultar

que les sería agradable el comérselos crudos. Pídenle también:

--«Pero ¿cómo pensabais procuraros armas?»

Y él contesta:

--«Los jefes de nuestra conspiración dicen siempre que poseen las armas

necesarias.»

Y en cuanto a las armas para la multitud, cuenta que Cinadón le ha

llevado al mercado del hierro, donde le ha enseñado gran cantidad de

sables, espadas, estoques, hachas, hachuelas y hoces, y le ha dicho que

todos los instrumentos que emplean los hombres para trabajar la tierra

y para labrar la madera y la piedra, son otras tantas armas, así como

la mayor parte de los útiles de los otros oficios, son armas bastantes

contra gente desarmada. Finalmente, se le pide la fecha en que debe

estallar la conspiración, y refiere que se le ha recomendado no se

aleje de la ciudad.

Inmediatamente, y sin convocar siquiera lo que se llama la pequeña

asamblea, los éforos, después de oír todos estos datos y comprendiendo

que existe un plan determinado y completo en la conjuración,

sobrecogidos por el miedo, reúnen a toda prisa algunos ancianos, y

deciden enviar a Cinadón con otros jóvenes al pueblo de Aulón con orden

de conducir algunos hilotas y aulonitas, cuyos nombres están escritos

en una escítala[109]. Danle asimismo orden para conducir de aquella

ciudad a una mujer que decían era muy hermosa y a quien acusaban de

haber corrompido a todos los lacedemonios jóvenes y viejos que habían

ido a Aulón, encargo semejante a los que ya otras veces le habían

confiado los éforos. En esta ocasión le dan la escítala en la cual

estaban escritos los nombres de los que debía prender, y cuando pide

quiénes son los que tienen que ir con él, «dirígete al más anciano de

los hipagretas[110], le dicen, y ruégale te entregue seis o siete de

los que se hallen presentes.» Se había tenido buen cuidado de hacer

saber al hipagreta a quiénes debía mandar, y estos sabían también que

debían prender a Cinadón. Dícesele asimismo que irán con él tres carros

para que no tengan que ir a pie los presos, procurando así ocultar lo

mejor posible el único objeto para que se le enviaba. No se apoderaron

de él en la ciudad por no saber la extensión de la conspiración, y

para averiguar por Cinadón quiénes eran sus cómplices, antes que

estos pudieran saber se les había denunciado, y por lo tanto tomar la

fuga. Los encargados de prenderle debían retenerle e informarse de

los nombres de sus cómplices, enviándolos después inmediatamente, por

escrito, a los éforos. Estos tenían tanto interés en el buen éxito

de su plan, que habían enviado un escuadrón de caballería con los que

se dirigían a Aulón. Así que está preso Cinadón, llega un soldado de

a caballo con los nombres que aquel ha escrito, e inmediatamente los

éforos hacen prender al adivino Tisámeno y a los más notables de los

conjurados. Cuando llega Cinadón declara de plano y lo confiesa todo,

incluso el nombre de sus cómplices, y cuando se le pide qué objeto se

proponía con su trama, contesta que no quería ser inferior a nadie en

Esparta. Después de esto, átanle las dos manos, pásanle el cuello en

una pieza de madera, danle azotes, clávanle aguijones y es paseado así

con sus cómplices por la ciudad. Tal fue el castigo que recibieron.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 21 / 52 题