Dirígese después Agis a Delfos[105], donde ofrece el diezmo del botín;
pero a su regreso a Herea, y siendo ya viejo, se siente enfermo y
ordena le lleven a Lacedemonia, donde llega aún vivo, pero donde muere
al poco tiempo, haciéndole unos funerales más espléndidos de lo que
puede esperar hombre alguno.
Transcurridos los días de luto, cuando debe ser elegido el rey,
levántanse rivales pretensiones a la realeza entre Leotíquides, que
decía ser hijo de Agis, y Agesilao, hermano de este último. Leotíquides
decía[106]:
--«Agesilao, bien sabes que el hijo del rey y no el hermano debe ser
elegido, y únicamente si no hay hijos es cuando debe serlo el hermano.
--Pues por eso debo ser rey.
--¿Cómo es posible, si estoy yo aquí?
--Pues muy sencillo, porque aquel a quien tú llamas padre, dice que no
eres suyo.
--Pero mi madre, que debe saberlo mejor que él, dice que lo soy.
--Poseidón[107] declara que miente, pues echó a tu padre del tálamo
nupcial a la vista de todo el mundo con un temblor de tierra, y este
hecho está confirmado por un testigo que se considera el más verdadero
de todos, el tiempo, puesto que tú no naciste hasta diez meses después
que tu padre huyó del tálamo y no volvió a él.»
He aquí lo que decían; Diópites, hombre muy versado en la
interpretación de los oráculos, recuerda en apoyo de Leotíquides un
oráculo de Apolo que dice deben guardarse de un rey cojo; pero Lisandro
replica en favor de Agesilao, que no cree ordene el dios se guarden
de uno que sea verdaderamente cojo, sino de un rey que no fuera de
sangre real, porque entonces sería verdaderamente coja la realeza, no
descendiendo de Hércules los jefes de la ciudad. Después de haber oído
a las dos partes, elige la ciudad por rey a Agesilao.
No había transcurrido aún un año desde que era rey Agesilao, cuando
un día, mientras se hallaba ofreciendo para el estado uno de los
sacrificios prescritos, el augur exclama, que los dioses indican una
conjuración de las más terribles; sacrificando de nuevo, preséntanse
aun más funestos los signos, y al sacrificar por tercera vez el
rey, le dice el adivino: «Agesilao, parece que estamos rodeados de
enemigos; he aquí los signos.» Sacrificase inmediatamente a los dioses
protectores y salvadores, y se cesa así que se han obtenido, no sin
trabajo, signos favorables. Hacía ya cinco días que estaban terminados
estos sacrificios, cuando un hombre denuncia a los éforos una
conjuración de la que es jefe Cinadón. Era este un joven de exterior y
alma varoniles, pero que no pertenecía a la clase de los iguales[108].
Pídenle los éforos detalles de cómo debe aquella realizarse, y el
denunciador refiere que Cinadón le ha conducido a un extremo de la
plaza pública y le ha mandado contara el número de los espartanos que
se hallaban en ella.
--«Y yo --dijo--, después de haber contado el rey, los éforos, los
senadores y algunos otros, en número de unos cuarenta, pregunté:
¿Por qué, Cinadón, me has hecho contar toda esa gente? A lo cual me
contestó: Debes considerar a todos estos como enemigos; todos los demás
que se encuentran sobre la plaza pública, en número de más de cuatro
mil, puedes considerarlos, por el contrario, como aliados.»
Después añade que Cinadón le ha enseñado en las calles unas veces uno
y otras veces dos a quienes daba el nombre de enemigos, mientras que
todos los demás, decía, eran amigos y del propio modo de los espartanos
que están en el campo, pues siendo enemigo el dueño, todos los demás
son aliados. Los éforos le preguntan cuál puede ser el número de los
conjurados, y contesta que también sobre este punto le ha dicho Cinadón
que los jefes tienen únicamente un pequeño número de auxiliares, pero
que les son completamente fieles los hilotas, los neodamodes, las
clases inferiores y los periecos. Cada vez que entre esta gente la
conversación gira sobre los espartanos, ninguno de ellos puede ocultar
que les sería agradable el comérselos crudos. Pídenle también:
--«Pero ¿cómo pensabais procuraros armas?»
Y él contesta:
--«Los jefes de nuestra conspiración dicen siempre que poseen las armas
necesarias.»
Y en cuanto a las armas para la multitud, cuenta que Cinadón le ha
llevado al mercado del hierro, donde le ha enseñado gran cantidad de
sables, espadas, estoques, hachas, hachuelas y hoces, y le ha dicho que
todos los instrumentos que emplean los hombres para trabajar la tierra
y para labrar la madera y la piedra, son otras tantas armas, así como
la mayor parte de los útiles de los otros oficios, son armas bastantes
contra gente desarmada. Finalmente, se le pide la fecha en que debe
estallar la conspiración, y refiere que se le ha recomendado no se
aleje de la ciudad.
Inmediatamente, y sin convocar siquiera lo que se llama la pequeña
asamblea, los éforos, después de oír todos estos datos y comprendiendo
que existe un plan determinado y completo en la conjuración,
sobrecogidos por el miedo, reúnen a toda prisa algunos ancianos, y
deciden enviar a Cinadón con otros jóvenes al pueblo de Aulón con orden
de conducir algunos hilotas y aulonitas, cuyos nombres están escritos
en una escítala[109]. Danle asimismo orden para conducir de aquella
ciudad a una mujer que decían era muy hermosa y a quien acusaban de
haber corrompido a todos los lacedemonios jóvenes y viejos que habían
ido a Aulón, encargo semejante a los que ya otras veces le habían
confiado los éforos. En esta ocasión le dan la escítala en la cual
estaban escritos los nombres de los que debía prender, y cuando pide
quiénes son los que tienen que ir con él, «dirígete al más anciano de
los hipagretas[110], le dicen, y ruégale te entregue seis o siete de
los que se hallen presentes.» Se había tenido buen cuidado de hacer
saber al hipagreta a quiénes debía mandar, y estos sabían también que
debían prender a Cinadón. Dícesele asimismo que irán con él tres carros
para que no tengan que ir a pie los presos, procurando así ocultar lo
mejor posible el único objeto para que se le enviaba. No se apoderaron
de él en la ciudad por no saber la extensión de la conspiración, y
para averiguar por Cinadón quiénes eran sus cómplices, antes que
estos pudieran saber se les había denunciado, y por lo tanto tomar la
fuga. Los encargados de prenderle debían retenerle e informarse de
los nombres de sus cómplices, enviándolos después inmediatamente, por
escrito, a los éforos. Estos tenían tanto interés en el buen éxito
de su plan, que habían enviado un escuadrón de caballería con los que
se dirigían a Aulón. Así que está preso Cinadón, llega un soldado de
a caballo con los nombres que aquel ha escrito, e inmediatamente los
éforos hacen prender al adivino Tisámeno y a los más notables de los
conjurados. Cuando llega Cinadón declara de plano y lo confiesa todo,
incluso el nombre de sus cómplices, y cuando se le pide qué objeto se
proponía con su trama, contesta que no quería ser inferior a nadie en
Esparta. Después de esto, átanle las dos manos, pásanle el cuello en
una pieza de madera, danle azotes, clávanle aguijones y es paseado así
con sus cómplices por la ciudad. Tal fue el castigo que recibieron.