Después de haber realizado estas cosas y de haber tomado nueve ciudades
en ocho días, Dercílidas pensó en los medios de no servir de carga a
los aliados invernando en un país amigo, como lo había hecho Tibrón, y
al mismo tiempo impedir a Farnabazo inquietase con su caballería a las
ciudades griegas. Envía por lo mismo mensajeros a Farnabazo pidiéndole
si quiere la paz o la guerra, y este, comprendiendo que Eólida es una
temible avanzada para Frigia, donde reside, prefiere una tregua.
Hecho esto, dirígese Dercílidas a Tracia de Bitinia para invernar,
lo cual no desagrada en modo alguno a Farnabazo, pues los bitinios
le hacían a menudo la guerra, con lo cual Dercílidas toma y saquea
con seguridad completa Bitinia y tiene siempre víveres en abundancia.
Llégale de la otra orilla un refuerzo de los odrisios, enviado
por Seutes, consistente en unos doscientos caballos y trescientos
peltastas, cuyas tropas forman su campamento y se atrincheran a
unos veinte estadios del ejército griego, y después de pedir a
Dercílidas algunos hoplitas para guardar su campamento, emprenden sus
correrías, en las que hacen numerosos prisioneros y consiguen rico
botín. Hallábase su campo muy lleno de cautivos cuando los bitinios,
informados del número de los que salían y del de los centinelas
griegos que para su guarda dejaban, reuniéndose en masa peltastas
y caballería, caen, al apuntar el día, sobre los hoplitas, que eran
unos doscientos, y una vez a tiro, los reciben con flechas y dardos.
Los hoplitas, al ver heridos o muertos a sus compañeros sin poder
hacer nada por impedírselo la empalizada, que tiene la altura de un
hombre, arrancan las estacas y se lanzan sobre el enemigo, que cede
donde quiera que le ataquen, por ser fácil a los peltastas burlar la
persecución de los hoplitas; no cesan, sin embargo, de arrojar dardos
a derecha e izquierda, y a cada salida de los guardias les hacen gran
número de bajas, hasta que por fin, acorralados estos últimos como en
un establo, son aplastados por el gran número de los enemigos, con
excepción de unos quince hoplitas que, viendo lo desesperado de su
situación, habían podido escaparse durante el combate sin ser vistos
por los bitinios y que consiguen llegar al campamento griego. Matan
los bitinios a los guardas de las tiendas de los odrisios tracios y se
retiran después de haber recuperado todos los prisioneros, de manera
que los griegos, al acudir para prestarles auxilio, no encuentran en
el campamento más que los cadáveres completamente despojados de sus
vestidos. A su vuelta entierran los odrisios sus muertos, y después
de beber sobre sus cuerpos mucho vino, celebran carreras de caballos,
acampando desde entonces con los griegos y saqueando e incendiando
Bitinia.
Al principio de la primavera[98], partiendo Dercílidas de Bitinia,
entra en Lámpsaco. Hallábase aún allí cuando llegan los magistrados
lacedemonios Áraco, Naubates y Antístenes para examinar el estado
general de los negocios en Asia, y para decir a Dercílidas que debía
conservar el mando durante el año siguiente. Los éforos les habían
encargado igualmente convocasen a los soldados y censurasen su conducta
anterior y alabasen el que en la actualidad no obrasen injustamente
con nadie; debían asimismo decirles, que en lo futuro no se les
toleraría perjudicasen a nadie, mientras que si obraban justamente con
los aliados, sería alabada su conducta. Así, pues, reuniendo a los
soldados, les dijeron cuanto se les había encargado; pero el que había
sido jefe de las tropas de Ciro les contestó:
--«Ciudadanos de Lacedemonia, nosotros somos hoy lo mismo que éramos
antes; pero el jefe que hoy tenemos no es el mismo que era entonces; he
ahí por qué no cometemos hoy las mismas faltas, como podéis cercioraros
por vosotros mismos.»
Mientras los diputados de Lacedemonia y Dercílidas habitan juntos en
una misma tienda, uno del séquito de Áraco cuenta que habían dejado
en Lacedemonia mensajeros del Quersoneso que iban a quejarse de que
no se podían cultivar las tierras de aquella región a causa de las
incesantes correrías de los tracios, y que si se elevaba una muralla de
mar a mar, se conseguiría poder gozar de grandes extensiones de buen
terreno que podrían cultivar cuantos espartanos quisieran, y añadían
que no les admiraría que enviase Lacedemonia algunos de sus ciudadanos
con las fuerzas necesarias para realizar este proyecto. Nada dice
Dercílidas del plan que ha formado al oír este relato, y les envía
entonces a Éfeso para recorrer las ciudades griegas, muy contentos
por la seguridad de que las hallarán tranquilas y prósperas. Pónense
aquellos en marcha, y Dercílidas, sabiendo que se queda aquel año con
el mando, envía nuevamente a pedir a Farnabazo qué prefiere, prolongar
la tregua del invierno, o la guerra. Prefiriendo aún aquel la tregua, y
habiendo Dercílidas asegurado así la paz para las ciudades limítrofes,
cruza el Helesponto con su ejército y pasa a Europa atravesando la
parte de Tracia que le es amiga, y recibiendo la hospitalidad del rey
Seutes, llega al Quersoneso. Después que reconoce contiene once o
doce ciudades, que posee un excelente suelo, favorable a toda clase
de cultivo, pero que según se le ha dicho se halla devastado por los
tracios, mide el istmo, y averiguando tiene treinta y siete estadios,
no vacila ya, ofrece sacrificios a los dioses y hace principiar el
muro, señalando a cada soldado el espacio que tiene que construir, y
prometiendo brillantes premios a los primeros que terminen su tarea,
y recompensas a todos los que de ellas se hagan dignos, con lo cual
queda terminada antes del otoño la muralla, que había sido principiada
en la primavera, detrás de la cual quedan completamente protegidas
once ciudades, varios puertos, gran extensión de excelente tierra
cultivable, de campos en pleno cultivo y magníficos y abundantes pastos
para toda clase de ganados. Hecho esto, vuelve a pasar a Asia.
Observando la situación de las diferentes ciudades, ve que en general
se hallan en plena prosperidad, excepto Atarneo, que halla ocupada por
desterrados de Quíos, los cuales, partiendo de esta plaza, saquean y
devastan Jonia, viviendo de su rapiña. Aunque informado Dercílidas
de que están abundantemente provistos de víveres, acampa alrededor de
sus muros y la sitia. A los ocho meses se apodera de ella, y colocando
a Dracón de Pelene por gobernador, después de llenar la plaza de toda
clase de provisiones con objeto de hacer de ella un descanso para
cuando pase por allí, se dirige a Éfeso, que está a tres jornadas de
Sardes.
Hasta entonces Tisafernes y Dercílidas, así como los demás griegos
y bárbaros de aquellas regiones, habían vivido en paz; pero llega
a Lacedemonia una diputación de las ciudades jonias anunciando que
si Tisafernes quiere, pueden hacerse independientes las ciudades
griegas, y que además, si se inquieta Caria, donde reside Tisafernes,
se conseguirá fácilmente el reconocimiento de dicha independencia.
Oyendo esto los éforos, mandan a Dercílidas que invada con su ejército
Caria, y a Fárax, comandante de las naves, que amenace las costas de
dicha comarca. Ejecutan ambos estas órdenes coincidiendo con la llegada
de Farnabazo junto a Tisafernes, tanto por haber sido nombrado este
general en jefe de las tropas, como con el intento de asegurarle estaba
pronto a hacer la guerra mancomunadamente con él y peleando juntos para
arrojar a los griegos de los dominios del rey; por lo demás, sufría
su amor propio por haberse dado el mando a Tisafernes, y no podía en
modo alguno consolarse de la pérdida de Eólida. Tisafernes, después
de haberle oído, le dice que comenzarán por dirigirse a Caria, y que
después decidirán lo que debe hacerse. Llegados a ella, después de
haber dejado suficientes tropas en las guarniciones de las fortalezas,
deciden volver a Jonia. Informado Dercílidas de que han pasado
nuevamente el Meandro, comunica a Fárax el temor de que Tisafernes y
Farnabazo saqueen y devasten el país poco fortificado que tienen que
recorrer y atraviesa también él el río. Iban marchando los dos jefes
seguidos del ejército, algo en desorden, puesto que creían al enemigo
en camino para Éfeso, cuando de pronto ven algunos centinelas subidos
en los túmulos funerarios[99], y subiendo también sobre algunos de
los túmulos y algunas torres que por allí había, distinguen formados
en batalla sobre el camino que deben seguir, a los carios, de blancos
escudos, a todo el ejército persa de aquellas comarcas, a las tropas
griegas que tenían a sueldo cada uno de los dos sátrapas, y a su
caballería, bastante numerosa, con Tisafernes en el ala derecha y
Farnabazo en la izquierda.
Al ver esto Dercílidas, manda inmediatamente a los jefes y capitanes
hagan formar a toda prisa sus tropas a ocho en fondo y se coloquen
a ambos lados los peltastas y caballos en el mayor número posible,
y él ofrece un sacrificio. Todas las tropas peloponesias aguantan a
pie firme y se preparan para el combate; pero los de Priene, Aquileo,
de las islas y de las ciudades jonias, arrojando las armas entre los
trigos, pues había espesas mieses en la llanura del Meandro, huyen en
gran parte, y cuantos quedan, dejan ver que no sostendrán el choque.
Anuncian que Farnabazo da la señal de combate, pero Tisafernes,
acordándose del valor con que se batió contra los persas el ejército
de Ciro, y creyendo que todos los griegos se parecen a esas tropas, no
quiere aventurar el combate, sino que hace decir a Dercílidas desea
entrar en parlamento con él: este en seguida, tomando los mejores de su
caballería e infantería, se adelanta hacia los mensajeros y les dice:
--«Ya veis que estaba dispuesto a combatir, pero ya que desea
Tisafernes parlamentar, no me niego; únicamente es preciso demos y
recibamos primero rehenes y garantías de buena fe.»
Aceptada esta proposición, después de realizarla, retíranse los dos
ejércitos: el de los bárbaros, a Trales de Caria, y los griegos a
Leucofris[100], donde se halla un templo de Diana muy venerado y un
lago de más de un estadio de circuito, notable por su arenoso fondo y
por el agua continua potable y templada.
Así se pasa este día, y al siguiente reúnense en el lugar indicado
y deciden se enuncien por cada cual las condiciones bajo las cuales
puede firmarse la paz. Dercílidas propone que reconozca el rey la
independencia de las ciudades griegas, y Tisafernes y Farnabazo que
el ejército griego evacue el territorio del rey y que retiren los
lacedemonios los gobernadores de las ciudades. Aceptado esto, convienen
en una tregua que dure mientras Dercílidas comunica las proposiciones a
Lacedemonia y Tisafernes al rey.
Mientras se verifica todo esto en Asia bajo el mando de Dercílidas,
irritados los lacedemonios desde largo tiempo contra los eleos, porque
habían hecho alianza con los atenienses, argivos y mantineos, por
haber rehusado admitir a los lacedemonios, bajo pretexto de haberles
condenado, en los combates hípicos y gimnásticos, y no solo por esto,
sino también porque habiendo Licas entregado su carro a los tebanos,
y estos, habiendo sido proclamados vencedores, al adelantarse aquel
para coronar al cochero, le dan de palos, a pesar de ser un anciano,
y le arrojan de allí, y porque más tarde habiendo Agis sido enviado
por un oráculo para sacrificar a Júpiter, se opusieron los eleos y no
quisieron procurase obtener una victoria con sus ruegos y plegarias,
pretendiendo además que, según una antigua ley de los griegos, no
podían estos recurrir al oráculo en una guerra con otros griegos, de
manera que Agis tuvo que marchar de allí sin haber podido ofrecer los
sacrificios; por todo esto, sobremanera irritados, deciden los éforos
y la asamblea hacerles entrar en razón, castigando su osadía. A este
efecto envían mensajeros a Élide para declarar que ha parecido justo
a los magistrados de Lacedemonia devuelvan los eleos su independencia
a las ciudades vecinas; contestan estos que habiendo conquistado por
la guerra estas ciudades, no quieren acceder a lo que se les pide, y
entonces los éforos les declaran la guerra. A la cabeza de su ejército
atraviesa Agis la Acaya e invade la Élide por Lariso[101], pero al
momento en que sus tropas entran en territorio enemigo y principian
a saquearle, sobreviene un temblor de tierra, por lo cual Agis,
considerándolo como un signo divino, saliendo del territorio eleo
licencia a su ejército. Desde entonces los eleos se hacen más audaces y
envían diputados a todas los ciudades que saben se hallan indispuestas
con los lacedemonios.
Al año siguiente[102] decretan los éforos otra expedición contra Élide,
y exceptuando a los beocios y corintios, todos los aliados, incluso los
atenienses, se ponen a las órdenes de Agis. Penetra Agis en Élide por
Aulón[103], y en seguida los lepreatas, abandonando a los eleos, se le
unen seguidos de los macistios y epitalios; después de haber pasado el
río[104], se le entregan los letrinos, los anfídolos y los marganeos.
Dirígese entonces a Olimpia y sacrifica a Zeus olímpico sin que nadie
se lo impida. Después de haber sacrificado marcha contra la ciudad,
saqueando e incendiando el país, apoderándose de extraordinario número
de animales y de esclavos, oyendo lo cual llegan grandes grupos de
arcadios y de aqueos para tomar parte espontáneamente en la expedición
y en el botín; de manera que esta expedición vino a ser como un
abastecimiento para el Peloponeso.
Llegado junto a la población, Agis devasta los suburbios y los
gimnasios, notables por su hermosura; y en cuanto a la ciudad,
desprovista de murallas, bien se comprende que si no la tomó no fue
porque no pudo, sino porque no quiso.
Mientras saquea el país y el ejército esté acampado junto a Cilene,
los partidarios de Xenias, de quien se dice haber medido a celemines
el dinero heredado de su padre, quieren entregar la ciudad a los
lacedemonios, y echándose a la calle espada en mano, degüellan algunos
ciudadanos, y entre otros a un hombre parecido a Trasideo, jefe
del partido popular, creyendo que era este, con lo cual el pueblo,
completamente desanimado, se halla en la inacción: los asesinos creen
haber hecho ya cuanto tenían que hacer, y sus cómplices transportan las
armas a la plaza pública; pero Trasideo se hallaba aún durmiendo en
el mismo sitio en que se había apoderado de él la borrachera. Así que
el pueblo sabe que Trasideo no ha muerto, rodeando su casa por todas
partes como un enjambre de abejas alrededor de su reina, y después de
reunir al ejército, se pone a su cabeza y tiene lugar un combate en el
que queda vencedor el pueblo, y los autores del degüello tienen que
refugiarse en Lacedemonia.
Agis, al marchar, después de atravesar nuevamente el Alfeo dejando una
guarnición en Epitalio junto a este río, con los fugitivos de Élide,
y nombrando gobernador a Lisipo, licencia el ejército y regresa a su
país. Durante el resto del verano y en el siguiente invierno, Lisipo
y los suyos devastan el país de los eleos, y al verano siguiente,
Trasideo, mandando mensajeros a Lacedemonia, les participa que
consiente en demoler las murallas de Fea y Cilene, y liberar las
ciudades trifilias: Frixa y Epitalio, y a los letrinos, anfídolos y
marganeos, así como a los acroreos y la ciudad de Lasión, que les
disputaban los arcadios, exigiendo, sin embargo, quedarse con Epeo,
situada entre Herea y Macisto, que decían haber comprado por treinta
talentos, habiéndolos pagado a los que poseían dicha ciudad: pero los
lacedemonios, conociendo que es tan injusto tratando con uno más débil,
comprar algo por fuerza, como tomárselo con violencia, les obligan
también a renunciar a dicha ciudad, sin quitarles la presidencia del
templo de Júpiter olímpico aunque no la poseyesen desde mucho tiempo
antes, por ser los pretendientes a la misma muy poco idóneos para ella.
Hechas estas concesiones, se ajusta un tratado de paz y de alianza
entre los eleos y los lacedemonios, y de este modo termina la guerra
entre los dos pueblos.