CAPÍTULO PRIMERO.

Así terminaron los disturbios en Atenas[96]. Poco tiempo después, Ciro,

habiendo enviado sus legados a Lacedemonia, pide que los espartanos

se porten con él del mismo modo que él se ha conducido con ellos en

su guerra contra los atenienses. Reconociendo los éforos lo justo de

esta petición, ordenan a Samio, comandante de las naves, se ponga a las

órdenes de Ciro para cuanto a este se le ofrezca, y aquel realiza con

gusto cuanto le pide Ciro. Después de haber reunido su flota a la de

este, se hace a la vela hacia la Cilicia, e imposibilita a Siénesis,

gobernador de ella, para oponerse por tierra a la expedición de Ciro

contra el rey. La manera como Ciro reunió un ejército y se dirigió

contra su hermano, el combate que tuvo lugar, la muerte de Ciro, y cómo

llegaron felizmente al mar los griegos, ha sido todo esto relatado por

Temistógenes el siracusano[97].

Tisafernes, de quien creía el rey haber recibido grandes servicios en

la guerra contra su hermano, habiendo sido enviado como sátrapa de

los países que ya antes de aquella gobernaba, y a los que tenía antes

Ciro, exige que todas las ciudades jónicas se sometan a él; pero estas

ciudades, decididas a conservar su libertad y temiendo a Tisafernes,

a quien habían menospreciado en el mero hecho de preferir entregarse

a Ciro, cuando vivía, no quieren recibirle, y envían mensajeros a

Lacedemonia para suplicarles tomen a pecho, en calidad de directores

de Grecia, los intereses de los griegos de Asia, a fin de que su

país no sea sometido y puedan continuar siendo libres. Envíanles los

lacedemonios a Tibrón como gobernador, al frente de mil neodamodes y de

otros cuatro mil peloponesios; Tibrón pide asimismo a los atenienses

trescientos de a caballo, cuyo sueldo se obliga a satisfacer. Envíanle

los atenienses muchos de los que habían servido bajo los Treinta,

considerando como un beneficio para el pueblo el que sean alejados,

aunque tengan que perecer en esa expedición. Después que han llegado a

Asia, reúne Tibrón otras tropas en las ciudades griegas del continente,

pues todas ellas están dispuestas a obedecer cuanto les mande un

espartano.

Con este ejército, Tibrón no desciende aún a la llanura, pues ve

demasiado débil su caballería; pero preserva del pillaje la comarca

que ocupa: únicamente después que se han juntado a él las tropas

griegas, salvadas felizmente de la expedición de Ciro, marcha a

oponerse a Tisafernes y toma posesión de las ciudades de Pérgamo,

Teutrania y Halisarna, en las cuales gobernaban Eurístenes y Procles,

descendientes del espartano Demarato, que había recibido este país como

regalo del rey por haber guerreado con él contra los griegos. También

se le juntan Gorgión y Góngilo, hermanos, uno de los cuales poseía

Gambrio y Palegambrio, y el otro Mirina y Grinio, las cuales habían

sido dadas por el rey a Góngilo por haber sido desterrado de Eretria

a causa de ser allí el único partidario de los medos. Tibrón se hace

dueño de todas las ciudades escasamente fortificadas. No habiendo

querido capitular Larisa, llamada la Egipcia, acampa en sus alrededores

y pretende sitiarla; viendo que no puede tomarla más que privándola

de agua, hace construir un gran pozo y un canal; pero como que los

sitiados en sus frecuentes salidas arrojan piedras y leña en el canal,

hace construir asimismo una testudo de madera encima del pozo, que no

priva a los laríseos de acudir durante la noche para incendiarla; por

lo cual los éforos, viendo que Tibrón nada consigue, le ordenan deje a

Larisa y marche contra Caria.

Hallábase ya en Éfeso para dirigirse a dicha región, cuando llega

Dercílidas para tomar el mando del ejército: era hombre tenido por

buen ingeniero, y por sobrenombre se le llamaba _Sísifo_. Parte, pues,

Tibrón para Esparta, y allí se le castiga con el destierro, pues los

aliados le acusan de haber permitido a su ejército saquear territorios

amigos. Dercílidas toma el mando del ejército, y viendo que Tisafernes

y Farnabazo desconfían uno de otro, se concierta con Tisafernes y

conduce sus tropas al país de Farnabazo, prefiriendo tener que guerrear

con uno solo a dirigirse contra los dos. Hacía ya tiempo que Dercílidas

se hallaba enemistado con Farnabazo, pues siendo gobernador de Abido

mientras Lisandro era jefe de la flota, las calumnias de Farnabazo

hiciéronle condenar a estar de pie con un escudo en la mano, lo cual es

un castigo a que se condena a los desertores en Lacedemonia, donde se

es muy sensible a esta afrenta; de ahí que se dirigiera con gran placer

contra Farnabazo. Muestra prontamente cuánto difiere su mando del de

Tibrón conduciendo su ejército a través de países amigos, y sin hacer

daño alguno a los aliados hasta Eólida, provincia de Farnabazo.

Eólida pertenecía a Farnabazo; pero Zenis de Dardania, durante su vida

la había gobernado con el título de sátrapa, y después que este murió

de enfermedad natural, su mujer Manía, también de Dardania, reúne una

escolta, prepara numerosos presentes para Farnabazo y para obtener la

protección de las queridas de este y de cuantos gozan de su favor, y se

pone en marcha cuando Farnabazo se preparaba a dar a otro la satrapía.

Introducida junto a él, «Farnabazo --le dice--, mi esposo era afecto

a tu persona y te pagaba con regularidad los tributos, de modo que le

honrabas muchas veces con tus alabanzas; ¿por qué nombrar, pues, otro

sátrapa, si yo puedo continuar sirviéndote con igual celo? Cuando no

sea de tu agrado, solo de tu voluntad depende el quitarme el mando».

Después de haberla oído, Farnabazo se decide a dar a esta mujer la

satrapía, y una vez dueña del país, fue tan exacta como su marido en

pagarle con regularidad los tributos, y además cada vez que iba a ver

a Farnabazo le llevaba algún presente, y cuando este visitaba el país,

le recibía más espléndida y graciosamente que los demás tributarios:

conservole asimismo las ciudades de que se había apoderado, y sometió

también a tres ciudades libres del litoral, Larisa, Hamáxito y Colonas,

asaltándolas con un ejército griego, mientras presenciaba la acción

sentada en su carro, y honrando después con ricos presentes a los

que se distinguían, de manera que formó a sus órdenes uno de los más

brillantes cuerpos de mercenarios. Acompañaba asimismo a Farnabazo

en sus expediciones contra los misios y pisidios que inquietaban los

territorios del rey, por todo lo cual Farnabazo le tributaba los más

grandes honores y alguna vez la llamaba a consejo.

Tenía ya más de cuarenta años cuando Midias, el esposo de su hija, se

deja llevar por las indicaciones de los que decían era vergonzoso que

estuviese el gobierno en manos de una mujer y él no fuese más que un

simple particular; y como a pesar de estar en guardia contra todos,

como es natural en una tiranía, tenía entera confianza con Midias y

le recibía con todo el cariño que puede existir entre una mujer y su

yerno, se dice que en una de esas ocasiones la ahogó. Mata igualmente

al hijo de Manía, joven de diez y siete años y muy notable por su

belleza, después de lo cual se apodera de Escepsis y Gergis, plazas

fuertes donde guardaba aquella sus tesoros. Las demás ciudades no

quieren reconocerle, y las guarniciones de las mismas las conservan

para Farnabazo. Midias, enviando después regalos a Farnabazo, le pide

el gobierno del país con iguales condiciones que le tenía Manía; pero

este le contesta que puede guardar los presentes para cuando venga a

buscarlos juntamente con su persona, y añade que no quiere vivir sin

vengar a Manía.

En esta situación llega Dercílidas, y en un solo día se apodera sin

lucha de Larisa, Hamáxito y Colonas, ciudades del litoral, y enviando

mensajeros a las ciudades eolias, les promete la libertad si le abren

sus puertas y se hacen sus aliadas. Los habitantes de Neandria, Ilión

y Cocilio se declaran en favor suyo, pues sus guarniciones griegas

no habían sido muy bien tratadas después de la muerte de Manía; pero

el jefe de la de Cebrene, plaza muy fuerte, esperando alcanzar de

Farnabazo grandes honores si le conserva esta ciudad, no recibe a

Dercílidas, quien, enojándose, se prepara para ponerle sitio; no siendo

favorables los signos de los sacrificios que ofrece antes de comenzar

el sitio, los renueva al día siguiente, y presentándose también

desfavorable, vuelve a consultarlos al otro día, continuando de este

modo durante cuatro días, irritándole mucho tales dilaciones, pues

deseaba apoderarse de toda Eólida antes de que llegara Farnabazo.

Aténadas de Sición, uno de los capitanes, creyendo pierde el tiempo

Dercílidas en estas bagatelas, y suponiéndose bastante para cortar

el agua a los cebrenios, avanza con su compañía y procura cegar las

fuentes; pero hacen una salida los sitiados, le hieren, mátanle dos

hombres y ahuyentan a los demás a fuerza de golpes y de dardos.

Hallábase Dercílidas muy apesadumbrado por este accidente, pues

comprendía se daría el asalto con menos vigor, cuando llegan mensajeros

de los griegos encerrados en la ciudad participándole no estaban

conformes con la conducta de su jefe y que preferían servir a los

griegos mejor que a los bárbaros. Estaban aún en tratos, cuando llega

un enviado del jefe para decir que tal es también su modo de pensar.

Inmediatamente Dercílidas, para quien son favorables aquel día las

víctimas, pone a sus tropas sobre las armas y las conduce a las puertas

de la ciudad, que le son abiertas para que puedan entrar en ella, y

dejando allí una guarnición, se dirige en seguida a Escepsis y Gergis.

Midias, que temía la llegada de Farnabazo y que desconfiaba ya de

la disposición de ánimo en que se hallaban los ciudadanos, envía

mensajeros a Dercílidas diciéndole entrarán en parlamento si le manda

rehenes; Dercílidas envía un ciudadano de cada una de las poblaciones

aliadas y le invita a escoger el número que bien le parezca: quédase

con diez, sale de la ciudad, entra en componendas con Dercílidas y le

pregunta qué condiciones pone a su alianza, a lo cual contesta aquel

que quiere sean libres e independientes todos los habitantes, diciendo

lo cual, avanza en dirección a Escepsis, y Midias, conociendo no puede

impedirle la entrada contra el deseo de los ciudadanos, no se opone.

Dercílidas, después de haber sacrificado a Minerva en la acrópolis de

Escepsis, hace salir la guarnición de Midias y entrega el gobierno

de la plaza a los ciudadanos exhortándoles a que se rijan por leyes

propias de griegos y de hombres libres; después de lo cual, se dirige

a Gergis acompañado de gran número de los de Escepsis, que le tributan

toda clase de honores y se alegran con lo que acaba de suceder. Midias,

que iba con él, le suplica le entregue la ciudad de Gergis, a lo cual

contesta Dercílidas que no le rehusará jamás ninguna cosa justa; pero

mientras dice esto, se adelanta con él hasta las puertas de la ciudad

seguido de las tropas, que marchan pacíficamente en dos filas. Los

vigías apostados en las torres reconocen a Midias, que va con él, y no

lanzan un solo dardo. Entonces le dice Dercílidas:

--«Midias, manda abrir las puertas para guiarme y dirigirte conmigo al

templo a ofrecer un sacrificio a Minerva.»

Midias vacila, pero por fin, temiendo ser detenido si se opone, da

orden para que abran las puertas. Entra Dercílidas en la ciudad, yendo

con él Midias, y se dirigen a la acrópolis, ordenando antes a sus

soldados estén con las armas a lo largo de los muros mientras ofrece

con su acompañamiento el sacrificio a Minerva. Una vez este terminado,

da la orden a los guardias de Midias de alinearse en armas a la cabeza

del ejército, como si fuesen mercenarios suyos, ya que nada tenía que

temer de Midias. Este, vacilante y sin saber qué hacer,

--«Me voy --le dice--para prepararte mi hospitalidad.

--No, por Júpiter --contesta Dercílidas--; me sonrojaría recibiendo

de ti la hospitalidad en lugar de ofrecértela yo una vez terminado el

sacrificio; quédate, pues, con nosotros, y mientras preparan la comida,

examinemos ambos lo que tenemos que hacer uno para otro en conformidad

a la justicia.»

Después que se sentaron, comienza Dercílidas a preguntarle:

--«Dime, Midias, ¿te dejó tu padre dueño de cuanto posees?

--Seguramente --contesta.

--Y ¿cuántas casas tenías, cuántos campos y cuántos prados?»

Habiéndolos enumerado Midias, los escepsios que se hallaban presentes,

gritan:

--«Este hombre miente, Dercílidas

--Y vosotros --les dice este--, no seáis tan puntillosos.»

Cuando ha detallado todas sus posesiones, vuelve a preguntarle:

--«Dime, ¿de quién dependía Manía?»

Todos exclaman:

--«De Farnabazo.

--Por lo mismo ¿todo lo que tenía era, pues, de Farnabazo?

--Seguramente --contestan.

--Entonces todo nos pertenece, pues Farnabazo es nuestro enemigo y

poseemos lo que era suyo. Conducidme, pues, a donde se hallan los

bienes de Manía y de Farnabazo.»

Condúcenle entonces a la habitación de Manía, de la cual ha tomado

posesión Midias, y este también le sigue. Así que ha entrado

Dercílidas, llama a los mayordomos y los hace prender por sus

servidores, declarándoles serán degollados inmediatamente si se

descubre han robado algo de lo que pertenecía a Manía. Muestran cuanto

tienen, y Dercílidas, asegurándose de todo, hace cerrar la casa, pone

su sello y establece en ella guardia. Al salir dice a los tribunos y a

los capitanes colocados junto a la puerta:

--«Compañeros, tenemos asegurada la paga durante un año a un ejército

de 8000 hombres; si encontramos aún algo más, todo eso tendremos.»

Dijo esto conociendo que los que le oyesen serían mucho más obedientes

y celosos. Midias le pide entonces:

--«¿Y yo, Dercílidas, dónde deberé habitar?

--En el lugar que te designa la justicia, Midias --le contesta--; en

Escepsis, tu patria, y en casa de tu padre.»

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 19 / 52 题