CAPÍTULO III.

El año siguiente[79], en el cual tuvo lugar la olimpiada en que

Crocinas de Tesalia ganó el premio del estadio, siendo Endio éforo en

Esparta y arconte en Atenas Pitodoro, y que no cuentan los atenienses

por haber sido elegido durante la dominación de los oligarcas, es

el que llaman aquellos el año de la anarquía. Dicha oligarquía se

estableció del siguiente modo: el pueblo decretó se eligieran treinta

personas que escribiesen las leyes patrias por las que debía gobernarse

la república, y fueron elegidos Polícares, Critias, Melobio, Hipóloco,

Euclides, Hierón, Mnesíloco, Cremón, Terámenes, Aresias, Diocles,

Fedrias, Queréleo, Anecio, Pisón, Sófocles, Eratóstenes, Caricles,

Onomacles, Teognis, Esquines, Teógenes, Cleómedes, Erasístrato, Fidón,

Dracóntides, Éumates, Aristóteles, Hipómaco y Mnesítides. Después de

esto vuélvese Lisandro a Samos con la flota, y Agis sale de Decelia

con el ejército de tierra, dando licencia a cada división para que se

vuelva a su país.

En este mismo tiempo, y coincidiendo con un eclipse de sol, Licofrón de

Feras, queriendo dominar en toda la Tesalia, derrota en una batalla a

los laríseos y a los demás que se le oponen, matándoles mucha gente. En

la misma época, Dionisio, el tirano de Siracusa, vencido en un combate

por los cartagineses, pierde las ciudades de Gela y Camarina. Poco más

tarde los leontinos que habitaban en Siracusa hacen decepción a su

partido y se retiran a su ciudad, al propio tiempo que era enviada a

Catana por Dionisio la caballería siracusana.

Sitiados por todas partes los samios, y aunque no habían querido

acceder primeramente a las proposiciones de Lisandro, se entregan

cuando saben que había ordenado el asalto, a condición de que cada

hombre libre pudiera salir de la ciudad con el traje que lleve

puesto, pero abandonándoles todo lo restante, y así lo verifican.

Lisandro entrega más tarde la ciudad y cuanto contiene a sus antiguos

habitantes; establece en ella para su gobierno diez arcontes, licencia

las naves de los aliados para su respectiva ciudad y navega en

dirección a Esparta con su flota, llevando consigo los espolones de las

naves tomadas al enemigo, todas las trirremes del Pireo, menos doce,

las coronas que le han regalado las ciudades, cuatrocientos cincuenta

talentos que le quedaban de los tributos que para la guerra le había

concedido Ciro, y todo lo restante que había ganado en esta campaña.

Hace entrega de todo ello a los lacedemonios cuando termina el verano

en que tuvo fin la guerra, después de haber durado veintiocho años y

seis meses, durante los cuales fueron éforos los siguientes: el primero

Enesias, bajo el cual principió la guerra, quince años después de la

tregua de treinta años concertada después de la toma de Eubea; los

restantes fueron Brásidas, Isanor, Sostrátidas, Exarco, Agesístrato,

Angénidas, Onomacles, Zeuxipo, Pitias, Plístolas, Clinómaco, Ilarco,

León, Quérilas, Patesiadas, Cleóstenes, Licario, Epérato, Onomantio,

Alexípidas, Misgolaidas, Isias, Áraco, Evárquipo, Pantacles, Pitias,

Arquitas y Endio, bajo el cual volvió Lisandro a su patria, después de

haber realizado cuanto acabamos de referir.

Son elegidos los Treinta al concluir de derribarse la gran muralla

y las fortificaciones del Pireo, cosa que se hace con gran prisa;

pero nombrados para redactar las leyes por las que debía gobernarse

la república, difieren siempre para otro tiempo su composición

y publicación, y mientras tanto organizan el senado y las demás

magistraturas a medida de su deseo. Después hacen prender y condenan a

muerte a cuantos eran tenidos bajo la forma democrática por vivir de

las delaciones a expensas de todas las personas honradas; el senado les

condena con gran satisfacción, y no lo ven con pena todos aquellos a

quienes nada semejante les reprocha su conciencia. Deliberan después

respecto a los medios para gobernar la ciudad en completa libertad,

y para esto envían a Esquines y a Aristóteles a Lacedemonia con el

encargo de persuadir a Lisandro mande una guarnición hasta que se

hallen desembarazados de los malos ciudadanos y hayan constituido

el gobierno de la ciudad, obligándose a proveer a su mantenimiento.

Dejándose aquel persuadir, consiguen se envíe allí la guarnición con el

gobernador Calibio.

Así que reciben la guarnición, tratan los atenienses a Calibio con

todos los miramientos posibles, a fin de que apruebe este cuanto

hagan, y habiendo puesto aquel a su disposición todos los soldados que

necesiten, comienzan a prender, no solo a los malvados y a las personas

de humilde clase, sino también a cuantos consideran poco dispuestos

a tolerar las injusticias y a cuantos pueden reunir cierto número de

partidarios para resistirles.

En sus primeros tiempos, Critias y Terámenes tenían las mismas

opiniones y estaban unidos por la amistad; pero como mostrara Critias

gran ardor para hacer perecer a muchos, por haber sido antes desterrado

por el pueblo, se le opuso Terámenes diciéndole no era justo condenar a

muerte a los que gozaban de la estimación del pueblo y que ningún daño

habían hecho a la gente honrada.

--«Así tú como yo --añadió-- hemos dicho y hecho muchas cosas para

agradar al pueblo.»

Pero Critias, que era aún íntimo de Terámenes, le contesta que no es

posible dejar de deshacerse de personas capaces de oponer obstáculos a

su dominación.

--«Si crees que porque somos treinta y no uno solo, no debemos vigilar

por nuestro mando como en una tiranía, eres muy inocente.»

Sin embargo, habiéndose concertado públicamente mucha gente, a causa de

la injusta muerte de varios ciudadanos, censurando los actos de este

gobierno, Terámenes hace presente de nuevo, que la oligarquía será de

corta duración si no se procura robustecerla con hombres versados en

los negocios. Temiendo entonces Critias y los demás de los Treinta

la influencia de Terámenes sobre los otros ciudadanos dispuestos a

agruparse a su alrededor, forman una lista de tres mil individuos que

deben asociárseles en la gestión de la república. Declara seguidamente

Terámenes que esto le parecía muy absurdo, ante todo porque queriendo

asociarse a todos los buenos ciudadanos, lo hacían solo con tres mil,

como si este número debiera contener únicamente personas honradas, o

bien como si fuera de estos tres mil no hubiese hombres celosos de

las cosas públicas, o finalmente, como si no pudiesen entrar en este

número algunos malvados. «Además --añade--, os veo hacer dos cosas

enteramente opuestas: un gobierno violento y a la par más débil que los

gobernados.» Eso dijo. Pero los Treinta, habiendo reunido en la plaza

pública a los tres mil, convocando en otro lugar a los que no estaban

incluidos en la lista, mandan a aquellos vayan a buscar sus armas, y

una vez se han marchado, envían a sus soldados y a los ciudadanos que

eran de su partido a recoger las armas de todos los que no constan

en dicha lista, haciéndolas después transportar a la acrópolis y

depositarlas en el templo. Hecho esto, y siéndoles ya todo posible,

condenan a muerte a muchos ciudadanos únicamente por enemistad y a

otros por sus riquezas. Deciden asimismo, con objeto de tener con qué

pagar a la guarnición, prenda cada uno de ellos a un meteco, y después

de darle muerte le sean confiscados sus bienes. Mandan entonces a

Terámenes que escoja el que bien le parezca; pero este contesta:

--«No me parece honroso que aquellos que se tienen por los más

excelentes ciudadanos puedan obrar con más injusticia que los

delatores, porque estos a lo menos dejan la vida a aquellos a quienes

quitan las riquezas, ¿y nosotros, sin que nos hayan dañado en lo más

mínimo, condenaremos a muerte a esa gente para confiscarles su fortuna?

¿Acaso no será más injusta esta conducta que la suya?»

Los demás, al ver que Terámenes va a convertirse en un obstáculo a sus

proyectos, le tienden toda clase de asechanzas y le calumnian ante cada

uno de los senadores como si quisiera destruir el gobierno actual. Por

fin incitan a algunos jóvenes, que les parecen suficientemente audaces,

para que armados de puñales se dirijan con ellos al senado cuando esté

reunido. Así que aparece Terámenes, se levanta Critias y dice:

«Senadores, si alguno de vosotros cree se han decretado más muertes de

las que exigían las circunstancias, reflexione que en todas partes,

durante las revoluciones, sucede lo mismo, y que aquellos que han

establecido la oligarquía deben contar necesariamente con gran número

de enemigos en una ciudad que es, no solo la más poblada de todas las

de Grecia, sino también aquella en la que el pueblo ha disfrutado de

libertad durante más tiempo. No ignoráis tampoco cuán duro ha sido

el gobierno democrático para con nosotros; así, como nunca el pueblo

fue amigo de los lacedemonios que nos han salvado, mientras por el

contrario pueden contar seguramente con la fidelidad de los mejores

ciudadanos, establecimos de concierto con aquellos el actual gobierno

y donde quiera que vemos un enemigo de la oligarquía, hacemos cuanto

podemos para deshacernos de él. Pues bien: más justo aún nos parece

que si alguno de nosotros mismos procura dañar al actual gobierno,

sufra por ello la justa pena: eso es lo que hemos observado en

Terámenes, aquí presente, que procura perdernos miserablemente con

todas sus fuerzas. Fácilmente comprenderéis la verdad de lo que os

digo, considerando que no puede hallarse quien critique y se oponga

a nuestros planes, cuando queremos deshacernos de algún demagogo,

como lo hace Terámenes. Si así hubiese pensado desde el principio, le

tendríamos como enemigo, pero nadie podría considerarle como un hombre

perverso. Él ha sido, sin embargo, el primero que trató de la alianza

y amistad con Lacedemonia; él el primero que ha querido derribar la

democracia; él quien nos invitó más vivamente a castigar con la última

pena a los primeros acusados que fueron conducidos ante nosotros; y

ahora que tanto yo como vosotros somos considerados como enemigos

manifiestos del pueblo, no aprueba ya lo que se hace, sin duda para

ponerse al abrigo y para dejarnos responsables de todas las culpas.

»Por esto, no solo es preciso castigarle como un enemigo, sino como un

traidor hacia todos nosotros. Y ciertamente es tanto más grave que la

guerra la traición, cuanto más es difícil resguardarse de los golpes

invisibles que de los visibles, y tanto más odiosa, cuanto que puede

tratarse con los enemigos y hacerse con ellos alianza, mientras que

jamás puede tratarse ni tenerse la más mínima confianza con el que ha

sido reconocido una vez por traidor. Con el objeto de que conozcáis

que no es nueva para él esta manera de obrar, sino que es traidor por

naturaleza, voy a recordaros algunos de sus actos anteriores.

»Honrado en un principio a causa de su padre Hagnón, mostrose uno de

los más fogosos para que se entregase la democracia en manos de los

cuatrocientos, entre los cuales ocupó el primer lugar. Pero más tarde,

habiéndose apercibido de que se había levantado gran oposición contra

la oligarquía, fue también el primero en ponerse a la cabeza del

pueblo contra aquellos, por lo cual recibió el apodo de _Coturno_[80],

porque este se ajusta del mismo modo a cualquiera de los pies. Es

preciso, Terámenes, que el hombre digno no comprometa hábilmente a sus

partidarios en empresas que abandone él mismo así que se presenta un

obstáculo, sino que en cierto modo se halla sobre una nave y en ella

debe trabajar hasta que sopla el viento favorable, porque si no, ¿cómo

llegaría dicha nave a alcanzar el punto de destino si a cada obstáculo

volvía hacia atrás?

»Ciertamente son sangrientas todas las revoluciones; pero tú mismo,

por tu facilidad en cambiar de partido, te has hecho cómplice así de

la muerte de los oligarcas que perecieron a manos del pueblo, como de

la de aquellos demócratas condenados por el gobierno aristocrático.

Este es el mismo Terámenes que habiendo recibido de los generales el

encargo de recoger los cuerpos de los atenienses que habían naufragado

en el combate naval junto a Lesbos, no solo no los recogió, sino que

para salvarse acusó a los generales e hizo condenarles a muerte. Pero

¿cómo podríamos perdonar a un hombre ocupado únicamente en satisfacer

su ambición, sin cuidarse en lo más mínimo ni del honor ni de sus

amigos? ¿Ni cómo no guardarnos de él, sabiendo sus repentinos cambios,

para que no pueda hacer lo mismo con nosotros? Por esto acusamos a este

hombre como conspirador y como procurando hacernos traición a todos.

Reflexionad sobre esto, y veréis cuánta razón tenemos al formular

esta acusación. Dícese que la mejor constitución de gobierno es la de

los espartanos; pues bien, si entre ellos uno de los éforos procurase

criticar al gobierno o hacer oposición a sus actos en vez de obedecer

ciegamente las decisiones de la mayoría, ¿no creéis que así por los

éforos como por todo el resto de la ciudad se le consideraría como

merecedor del más grande castigo? Vosotros, pues, también, si queréis

obrar con prudencia, no absolveréis en modo alguno a este, para poder

conservaros vosotros, puesto que si le perdonáis aumentará el número y

la audacia de vuestros adversarios, y si perece, en cambio, perderán

las esperanzas cuantos le son afines en ideas, así dentro como fuera de

la ciudad.»

Dicho esto, se sienta, y levantándose Terámenes, dice:

«Ciudadanos, debo ante todo recoger el último cargo que se ha

formulado contra mí. Dice Critias que he hecho perecer a los generales

por haberlos acusado; pero no fui yo quien principió los ataques;

ellos mismos fueron los que sostuvieron que a pesar de sus órdenes

no recogí los desgraciados del combate de Lesbos. Defendime diciendo

era imposible a causa de la tormenta aguantar la mar, y con mayor

motivo recoger los cuerpos; la ciudad en masa aprobó mi defensa, y los

generales parecieron acusarse a sí mismos, puesto que afirmaban era

posible salvar a los soldados, y sin embargo al marchar con la flota

habían preferido dejarles perecer.

»Por lo demás, no me admiro de que me acuse Critias injustamente:

cuando tenían lugar aquellos sucesos no estaba él presente, pues

había ido a Tesalia, donde con Prometeo se esforzaba en establecer la

democracia y armaba contra sus dueños a los mismos esclavos[81]. ¡Ojalá

no pueda reproducir aquí cuanto allí realizó! Estoy con él acorde en

un solo punto, y es, en que merece los mayores castigos todo aquel que

quiere derribaros o fortalecer a los que contra vosotros conspiran;

pero fácil os será, según creo, decidir quién es el que se conduce

así, reflexionando un momento tan solo sobre la conducta actual y la

conducta pasada de cada uno de nosotros.

»Mientras se constituía este senado; mientras elegíais los magistrados

y se citaba a juicio a los delatores por todos conocidos, estuvimos

todos conformes en el mismo modo de pensar; pero cuando se principió

a prender a los hombres honrados y pacíficos, entonces fue cuando

comencé a pensar de un modo contrario al de mis colegas, porque sabía

que si se hacía morir sin haber cometido el más pequeño crimen a un

León de Salamina[82], considerado, con razón, como un hombre egregio,

todos los que se le parecen vendrían a temer para ellos mismos una

suerte igual, y este temor haría de ellos otros tantos enemigos del

actual gobierno; conocía también que si se prendía a Nicérato, hijo

de Nicias, ciudadano rico y que jamás había hecho nada con objeto

de lisonjear a la plebe, ni él ni su padre, se convertirían en

enemigos nuestros todos los ciudadanos a ellos parecidos; también

sabía, cuando hicisteis perecer a Antifón[83], quien durante la

guerra había proporcionado dos trirremes completamente equipadas,

que os mirarían con desconfianza todos aquellos que habían mostrado

celo por la república. Por esto combatí cuanto pude la proposición

de aquellos que querían nos apoderásemos cada uno de nosotros de un

meteco; pues era evidente que una vez muertos los primeros de estos,

todos los restantes se convertirían en enemigos del gobierno; opúseme

también a que se tomasen las armas al pueblo, pues no creí debiera

debilitarse la ciudad, convencido de que si los lacedemonios nos habían

salvado no era para que reducidos a un pequeño número nos hallásemos

imposibilitados para ayudarles, ya que, si esto hubiesen querido,

podían habernos dejado a todos sin vida haciendo durar por más tiempo

el hambre que por el sitio padecíamos. No he sido yo tampoco el que

aprobase la gestión de obtener una guarnición a sueldo, cuando nos

era posible rodearnos de cierto número de ciudadanos por medio de los

cuales fácilmente hubiéramos podido hacernos respetar. Tampoco me

pareció oportuno, al ver en la ciudad muchas personas descontentas del

gobierno y gran número de expatriados, desterrar a Trasíbulo, Anito y

Alcibíades, pues estaba cierto que adquiriría gran fuerza la oposición

si hábiles jefes se ponían al frente de la multitud, y si entreveían

como posible poder contar con un gran número de aliados aquellos que

aspiraban al poder.

»Y aquel que da tales avisos ¿debe ser considerado como traidor, o

por el contrario, debe tenérsele por un buen amigo? No son, Critias,

verdaderos enemigos los que impiden acrecer las fuerzas de los

adversarios, ni los que enseñan los medios para adquirir mayor número

de aliados, sino más bien aquellos que injustamente arrebatan las

riquezas de la gente honrada y condenan a muerte a los inocentes:

estos son los que aumentan el número de los enemigos y los que hacen

traición, no solo a sus amigos, sino a ellos mismos, movidos por una

culpable codicia. Si aún no estáis bastante convencidos de las verdades

que os digo, reflexionad un poco más conmigo. ¿Qué os parece preferirán

que aquí suceda Trasíbulo, Anito y los demás desterrados: lo que os

aconsejo, o lo que hacen todos estos? Creo que ahora piensan hallar

aliados en todas partes; pero en cambio, si los elementos más poderosos

de la población estuviesen por nosotros, no se atreverían ni siquiera

a poner el pie en la parte más remota del país.

»En cuanto a lo que ha dicho este respecto a mis mutaciones políticas,

considerad que el pueblo había votado por sí mismo el gobierno de

los cuatrocientos[84], juzgando que los espartanos confiarían más en

un gobierno de cualquier clase que fuese, que en la democracia; sin

embargo, no dejándonos estos ni un momento de reposo, y siendo público

que los jefes Aristóteles, Melantio y Aristarco construían un fuerte

sobre los diques, en el que querían introducir al enemigo, a fin de

alzarse ellos y sus amigos con el mando de la ciudad, el haberme yo

opuesto a sus designios así que me fue notorio, ¿debe ser considerado

como un acto propio del que hace traición a sus amigos?

»Llámame _Coturno_ porque procuro ajustarme a los dos partidos:

¡muy bien! pero, por los dioses, ¿cómo debe llamarse aquel que no

sabe ajustarse a ninguno? Porque, oh Critias, bajo la democracia

te consideraban como el mayor enemigo del pueblo, y ahora, bajo la

aristocracia, solo has sabido conquistarte el más fuerte odio de los

hombres honrados. En cuanto a mí, he declarado guerra permanente a

cuantos creen que solo es buena una democracia cuando toman parte

en el poder hasta los mismos esclavos y aquellos que por su pobreza

venderían por una dracma al estado; y combato sin tregua del mismo modo

a aquellos que creen es buena oligarquía la que somete la ciudad a la

tiranía de unos pocos. Siempre he creído que lo más conveniente era

unirse a los hombres de mérito, y robusteciéndolos con la caballería

y los escudos, apoyar al gobierno, y no he variado aún hoy de modo de

pensar; si puedes decir, Critias, dónde y cuándo me has visto, o con el

pueblo o con los tiranos, procurando arrebatar el gobierno a las gentes

honradas, habla y dilo, porque si me convences de que medito hoy este

crimen, o de que lo he perpetrado en otro tiempo, convengo en que soy

digno de perecer entre los más atroces suplicios.»

Así que cesó de hablar se oye en el senado un murmullo de aprobación, y

Critias, comprendiendo que si deja decidir la suerte de Terámenes por

los senadores, va a ser absuelto, lo que considera como intolerable y

afrentoso, se adelanta, y después de haber conferenciado un instante

con los Treinta, ordena a la gente que había hecho ir allí armada

de puñales, se coloque frente al consejo y junto a las puertas.

Volviéndose después a la asamblea, les dice:

«Senadores: creo del deber de un buen presidente[85] no permitir

sean engañados sus amigos cuando de ello se apercibe: esto es lo que

voy a hacer. Toda esta gente que veis aquí ante vosotros, declara

no consentirá absolvamos a un hombre que públicamente trabaja para

derribar la oligarquía. Según las nuevas leyes, ningún ciudadano

incluido en la lista de los tres mil puede ser condenado a muerte sin

vuestra aprobación; pero los Treinta son dueños de hacerlo respecto a

los que no están incluidos en ella. Pues bien, de acuerdo con todos mis

colegas, borro de esta lista a Terámenes, que está presente, y a este

hombre, ya simple particular, añade, le condenamos a muerte.»

Al oír estas palabras Terámenes, corre hacia el altar de Vesta y dice:

«Ciudadanos: os suplico me concedáis la petición más legítima que nadie

os pueda dirigir, y es, que no se permita a Critias borrar ni a mi ni

a cualquiera de vosotros por su sola voluntad del número de los tres

mil, sino que, por el contrario, tanto a vosotros como a mí se nos

juzgue según la ley que rige para los que están inscritos en la lista.

No ignoro que este altar de nada podrá servirme, los dioses me son

testigos de ello; pero quiero rasgar el velo de la atroz injusticia de

todos estos hacia los hombres, y de su impiedad sin límite hacia los

dioses. Sin embargo, honrados ciudadanos, lléname de asombro el que no

procuréis poneros a cubierto de las asechanzas de todos estos, pues

bien sabéis que no es mi nombre más fácil de borrar de la lista que el

de cualquiera de vosotros.»

Inmediatamente el heraldo de los Treinta ordena a los Once prendan

a Terámenes, y entran estos con sus criados, teniendo a su cabeza a

Sátiro, el más audaz y el más desvergonzado de todos. Critias les dice:

--«Os entregamos a Terámenes, que aquí veis, condenado según la ley;

apoderaos de él, y después de conducirle donde sabéis, haced con él lo

que deben hacer los Once.»

Apenas dice estas palabras, Sátiro, con ayuda de sus criados, arranca

del altar a Terámenes; como puede suponerse, este implora a los dioses

y a los hombres sobre la infamia que sufre; pero el senado no se

conmueve, sobre todo cuando ve colocados junto a las puertas a hombres

semejantes a Sátiro, y llena de guardias toda la sala del tribunal, sin

que ignoren tampoco están preparados los hombres armados de puñales.

Llévanse aquellos a través del foro al acusado, quien se lamenta en

alta voz del tratamiento que le hacen sufrir. Cuéntase de él que,

diciéndole Sátiro lo pasará mal si no se calla, le pregunta: «¿Y si

me callo, qué pena me darás?» Después, cuando obligado a morir bebe

la cicuta, se pretende derramó las últimas gotas como si jugase a los

cotabos[86], diciendo: «Esto para el hermoso Critias.» Bien sé que

todas esas frases carecen de valor; pero hay que admirar, sin embargo,

a un hombre que cara a cara con la muerte no pierde ni su presencia de

ánimo ni su buen humor[87].

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 16 / 52 题