Después de haber arreglado los asuntos de Lámpsaco, navega Lisandro
hacia Bizancio y Calcedonia; recíbenle los habitantes y dejan en
libertad, bajo la fe de los tratados, a las guarniciones atenienses.
Entonces huyen al Ponto los que habían entregado a Alcibíades la
ciudad de Bizancio, y más tarde se refugian en Atenas, donde se hacen
ciudadanos. Lisandro manda a Atenas a todas las guarniciones y a
cuantos atenienses encuentra, dándoles salvoconducto solo para dicha
ciudad, con la certidumbre de que cuanto mayor sea el número de los que
se reúnan allí o en el Pireo, tanto más pronto se hará sentir la falta
de víveres. Deja como gobernador lacedemonio en Bizancio y Calcedonia a
Estenelao, y él regresa a Lámpsaco[77], donde hace reparar las averías
de las naves.
Llega a Atenas durante la noche, la _Páralos_; espárcese la noticia de
la catástrofe, y los lamentos pasan del Pireo y de los grandes muros
a la ciudad, al transmitirse de boca en boca la noticia; nadie duerme
durante aquella noche, y los llantos son continuos, no solo por los
que habían perecido, sino sobre todo porque comienzan a temer tendrán
pronto que sufrir el mismo tratamiento que habían antes aplicado a
los melios, colonia espartana que habían tomado a la fuerza, a los
histieos, escioneos, toroneos, eginetas y a muchos otros griegos[78].
Al día siguiente se reúne la asamblea y en ella se dispone se obstruyan
todos los puertos, excepto uno solo, se reparen los muros, se
establezcan guardias y, por fin, se tomen todas las medidas necesarias
para poner a la ciudad en estado de sostener un sitio. Tal era su
situación.
Lisandro, partiendo del Helesponto con doscientas naves, llega a
Lesbos, donde arregla el gobierno de las otras ciudades y de Mitilene,
y envía diez trirremes, bajo el mando de Eteónico, a las plazas de
Tracia para someter aquel país a los lacedemonios. Después del combate
naval, Grecia entera abandona a los atenienses, a excepción de los
habitantes de Samos, los cuales, degollando a los notables, conservan
la posesión de su ciudad. Lisandro hace saber después de esto a Agis y
a Esparta que se pone en camino con doscientas naves.
Levántanse en masa los lacedemonios y los demás peloponesios, a
excepción de los argivos, por orden de Pausanias, uno de los dos reyes
de Esparta. Reunidas las tropas, pónese a su frente Pausanias y acampa
junto a Atenas, en el gimnasio de la Academia. Al llegar Lisandro a
Egina, devuelve la ciudad a los eginetas, de los cuales había reunido
gran número, y lo propio hace con los melios y restantes pueblos que
habían sido desposeídos de sus poblaciones; después de lo cual, una vez
devastada Salamina, fondea con ciento cincuenta naves junto al Pireo e
impide la entrada a los buques que quieran dirigirse a este puerto.
Sitiados por tierra y por mar los atenienses, sin saber qué resolver,
careciendo de naves, de aliados y de víveres, imaginan, como único
porvenir posible, el sufrir cuanto ellos habían realizado con las
pequeñas ciudades aliadas de Esparta, no por venganza, sino únicamente
por represalias. Por esto, rehabilitando a los que habían sido
depuestos de sus honores, sufren valerosamente el sitio, y a pesar
de los muchos que perecen de hambre, nadie se atreve a proponer la
capitulación. Sin embargo, comenzando ya a faltar el trigo, mandan
diputados a Agis proponiéndole una alianza, con la sola condición de
conservar los muros y el Pireo; pero aquel les dice que se dirijan a
Esparta, por carecer él de poderes bastantes. Traen los diputados esta
respuesta a los atenienses, y estos les envían a Lacedemonia; pero una
vez llegados a Selasia, junto a las fronteras de Laconia, y al saber
los éforos que lo que tienen orden de proponerles es lo mismo que
habían indicado a Agis, ordénanles se retiren y que vuelvan, si desean
la paz, después de una deliberación más prudente.
De regreso en Atenas, anuncian los diputados al pueblo el resultado de
su misión, y sobrecoge a todos la desesperación más profunda: cada cual
se figura ya ser vendido como esclavo, y cree que hasta que se envíen
nuevos diputados habrá tiempo bastante para que perezcan de hambre
muchos ciudadanos; además no había nadie que se atreviera a proponer
la demolición de los muros, puesto que por haber dicho Arquéstrato en
el senado, que lo mejor que podía hacerse era ajustar la paz bajo las
condiciones propuestas por los lacedemonios, que era la demolición de
la grande muralla en una extensión de diez estadios en cada uno de
sus recintos, fue preso, y había sido decretado además que no fuese
permitido abrir discusión sobre este punto. Así las cosas, Terámenes
dice en la asamblea que si quieren enviarle a Lisandro, averiguará de
los lacedemonios si la condición de los muros es para esclavizar la
ciudad o solo como garantía. Es enviado y aguarda junto a Lisandro
más de tres meses, espiando el momento en que por la falta de víveres
deberán aceptar los atenienses cuanto se les proponga. Por fin llega
al cuarto mes, y anuncia en la asamblea que Lisandro le ha detenido
todo este tiempo y que después quería mandarle a Lacedemonia, pues no
era dueño de hacer por sí lo que le pedían, por ser atribución de los
éforos. Entonces se le manda en comisión a Lacedemonia con otros nueve
más, con amplios poderes; por su parte Lisandro envía, entre otros
lacedemonios, a Aristóteles, expatriado de Atenas, para anunciar a
los éforos que había contestado a Terámenes que ellos eran los únicos
que podían tratar de la paz y de la guerra. Al llegar Terámenes y los
demás enviados a Selasia, son interrogados respecto al objeto de su
venida, y al decir que tienen amplios poderes para tratar de la paz,
los éforos mandan llamarles. Convócase una reunión cuando llegan, y
en ella los corintios y principalmente los tebanos y otros muchos
griegos manifiestan no debe tratarse con Atenas, sino arrasarla; pero
los lacedemonios declaran que no reducirán a la esclavitud a una
ciudad helénica que ha prestado los mayores servicios a los griegos en
sus grandes calamidades; por lo cual se ajusta la paz bajo condición
de demoler los grandes muros y las fortificaciones del Pireo, de
entregar todas sus naves a excepción de doce, de admitir de nuevo a los
desterrados y de reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean
de Esparta, siguiéndola así por mar como por tierra a donde quiera.
Llevan a Atenas estas condiciones Terámenes y sus colegas, y al entrar
en la ciudad son rodeados por una inmensa multitud que temía verles
volver sin haber alcanzado nada, pues no había ya medio para sostenerse
más tiempo a causa del gran número de los que perecían de hambre. Al
día siguiente hacen conocer los diputados las condiciones bajo las
cuales otorgan la paz los lacedemonios, y habla Terámenes declarando
que es preciso someterse a todo y arrasar los muros. Algunos ciudadanos
se levantan para oponerse, pero habiéndose declarado una fuerte mayoría
en favor de aquella proposición, se acuerda aceptar la paz. Aborda
entonces Lisandro al Pireo, entran los desterrados, son derruidos los
muros con gran ardor al son de las flautas, y se considera este día
como el primero de la libertad para Grecia.
Así termina este año, a mitad del cual Dionisio de Siracusa, hijo de
Hermócrates, se hace tirano, después de haber vencido los siracusanos
a los cartagineses, que tomaron más tarde, sin embargo, Agrigento por
hambre, una vez abandonada por los sicilianos.