Al año siguiente[54], en el que se observó un eclipse de luna por la
noche[55] y se quemó el antiguo templo de Minerva en Atenas, siendo
éforo Pitias y Calias arconte en Atenas, los lacedemonios envían a
Calicrátidas para sustituir a Lisandro en el mando de la armada, puesto
que su magistratura acababa de expirar al mismo tiempo que terminaba
el vigesimocuarto año de la guerra. Al entregarle las naves, dice
Lisandro a Calicrátidas se las entrega después de haber sido declarado
rey del mar[56] y después de haber vencido en un combate naval; pero
aquel le replica debe primeramente abordar a Éfeso, costear por el lado
izquierdo la isla de Samos, donde estacionan las naves atenienses,
y entregarle en Mileto el mando de la flota para que le reconozca
acreedor a dicho título de rey del mar. Contéstale Lisandro que le
importa poco todo eso siendo otro el jefe; y entonces Calicrátidas,
añadiendo a las naves que ha recibido de Lisandro otras cincuenta,
entregadas por Quíos, Rodas y otros países aliados, reúne la flota
entera, en número de ciento cuarenta embarcaciones, y se prepara
para arrojarse sobre el enemigo. Habiendo sabido que los amigos de
Lisandro principian a hablar mal de él y que no solo no cumplen su
deber con todo el celo posible, sino que esparcen rumores calumniosos
por las ciudades, entre otros el de que se comete gran yerro al
cambiar los jefes de la armada, con lo cual se exponen a entregarla
a hombres sin talento, sin conocimiento de las cosas marítimas y de
la táctica debida con sus subordinados, y que, al enviar gente sin
experiencia y desconocida en aquellos países, corren grave peligro de
atraerse grandes desgracias, reuniendo Calicrátidas en asamblea a los
lacedemonios presentes, les dice:
--«Me es completamente indiferente permanecer en mi casa, y si Lisandro
u otro cualquiera cree ser más perito que yo en la marina, nada tengo
que oponer. Pero como he recibido del estado el mando de la flota,
no puedo hacer otra cosa que ejecutar lo mejor que pueda las órdenes
que me han dado. En cuanto a vosotros, sin perder de vista el objeto
que yo ambiciono y las acusaciones que se dirigen a nuestra patria y
que sabéis tan bien como yo mismo, quiero que me aconsejéis lo que os
parezca mejor, entre quedarme aquí o regresar a Esparta para anunciar
lo que sucede en la armada.»
No atreviéndose nadie a manifestar otra cosa sino que debía obedecer
las órdenes de Esparta y realizar aquello para que ha sido nombrado,
dirigiéndose a Ciro le pide dinero para pagar a sus soldados. Ruégale
este aguarde dos días, por lo cual, irritado Calicrátidas por la
demora y por las antesalas que debía hacer para verle, dice que los
griegos son muy desgraciados por tener que hacer la corte a los
bárbaros en súplica de dinero; y añade que si consigue volver salvo a
su patria, hará cuanto pueda para reconciliar a los atenienses con los
espartanos. Después de esto se hace a la vela para Mileto, desde donde
envía algunas trirremes a Lacedemonia en busca de dinero, y convocando
a consejo a los milesios, les dice:
--«Mi deber, oh milesios, me obliga a obedecer a los magistrados de
mi país, y espero de vosotros mostréis el mayor celo posible para la
guerra, puesto que situados en medio de los bárbaros, habéis tenido
que sufrir mucho de ellos; es preciso, pues, deis el ejemplo a los
demás aliados, a fin de que podamos hacerles cuanto antes el mayor
daño posible, hasta que regresen los que he enviado a Lacedemonia en
busca de dinero, puesto que Lisandro a su marcha entregó a Ciro, como
cosa superflua, cuanto le quedaba, y este me ha despedido sin darme
nada cada vez que me he presentado a él, por lo cual no he podido
decidirme a esperar eternamente en su antecámara. Os prometo, sin
embargo, daros proporcionadas muestras de reconocimiento a las ventajas
que alcancemos sobre los bárbaros, mientras estamos aguardando lleguen
aquellos fondos; y con la ayuda de los dioses mostrémosles que no
tenemos necesidad de lisonjear a nadie para poder vengarnos de nuestros
enemigos.»
Después de estas palabras levantáronse algunos, principalmente aquellos
a quienes se acusaba de ser sus adversarios y a los cuales el miedo
incita a indicar los medios para proveerse de dinero y a ofrecerse
ellos mismos para proporcionar alguna cantidad. Con ayuda de este
dinero y del de Quíos, da Calicrátidas cinco dracmas a cada marinero
para la travesía, y se dirige a Metimna, en Lesbos, ciudad aliada de
los atenienses. Rehusando entregarse los metimneos, pues tenían una
guarnición ateniense y sus principales habitantes eran de este partido,
sitia la ciudad y la toma a viva fuerza. Saquean los soldados cuantas
riquezas encuentran; pero hace reunir Calicrátidas en la plaza pública
todos los esclavos, y aunque querían los aliados fuesen vendidos
también los ciudadanos de Metimna, declara que mientras tenga él el
mando se opondrá con todas sus fuerzas a que ningún griego sea reducido
a la esclavitud. Da libertad al día siguiente a la guarnición ateniense
y a los ciudadanos, y hace vender a todos los esclavos de que se habían
apoderado. Hace decir también a Conón que pronto le impedirá ser el
favorito de la mar; y viendo se hace a la vela al clarear el día, le
persigue y le corta el camino de Samos para que no pueda refugiarse
allí.
Huye Conón con sus naves, que eran muy veleras, puesto que había
escogido en sus numerosos equipajes a los mejores remeros y los había
colocado en un pequeño número de naves, y se refugia con dos de los
diez generales, Erasínides y León[57], a Mitilene, ciudad de Lesbos.
Calicrátidas entra persiguiéndole al mismo tiempo que él en el puerto
con ciento setenta naves. Prevenido, pues, Conón en sus intenciones
por los enemigos, vese obligado a librar un combate naval ante el
puerto, en el que pierde treinta naves; la tripulación huye a tierra,
y las cuarenta naves restantes, llevadas a remolque, son puestas en
seco junto a los muros de la ciudad. Calicrátidas ancla en el puerto,
bloquea al enemigo, guardando la entrada de aquel, y hace acudir
por tierra gran cantidad de metimneos y las tropas de Quíos; recibe
asimismo el dinero de Ciro.
Sitiado por mar y por tierra Conón, y no pudiendo procurarse los
víveres en parte alguna, con gran cantidad de gente que mantener en la
población y sin recibir auxilio alguno de los atenienses, puesto que
ignoraban lo que ocurría, echa al agua sus dos mejores naves; equípalas
antes del día marcado con los mejores remeros de la flota; hace bajar
al fondo de la nave a los marinos, y para ocultarlos hace correr las
telas de la cubierta[58]. Así se hace durante el día, y por la noche,
cuando oscurece, los hace bajar a tierra a fin de que su maniobra
pasase desapercibida al enemigo. Al quinto día, después de haberse
aprovisionado de todo lo necesario, esperan hasta mediodía, y estando
entonces descuidadas las guardias y aun algunos centinelas dormidos,
salen del puerto, dirigiéndose un navío al Helesponto y el otro a la
alta mar. Salen en seguida en su persecución; cada cual se coloca donde
puede, córtanse las amarras, despiertan, y en tumulto procuran armarse
en el mismo lugar en que acababan de comer; embárcanse y se arrojan
en persecución de la nave que había ganado la altura; alcánzanla
al ponerse el sol, y se apoderan de ella después de un combate,
remolcándola con su tripulación hacia el resto del ejército. Pero la
que había huido en dirección al Helesponto burla la persecución y llega
a Atenas, donde lleva la nueva del bloqueo. Llega Diomedonte al canal
de Mitilene con doce naves en auxilio de Conón, pero echándose sobre
él de improviso Calicrátidas, le toma diez de sus naves, y Diomedonte
consigue escapar con otra nave y la suya.
Los atenienses, al saber cuanto ha ocurrido, decretan un socorro de
ciento diez naves, en las que embarcan a todo el que está en edad de
soportar el peso de las armas, así esclavos como libres; equípase
esta tropa en treinta días, después de los cuales se hace a la vela,
habiéndose también embarcado en ella una numerosa caballería. Dirígense
primero a Samos, donde se les reúnen diez naves samias; júntanseles
también más de treinta naves de otras comarcas aliadas, a cuyos
habitantes en masa obligan a embarcarse, y recogen también cuantas
naves tenían desparramadas en varios sitios, con lo cual se eleva el
número total de esta flota a más de ciento cincuenta embarcaciones.
Calicrátidas, al saber que la flota de socorro está en Samos, deja
en Mitilene cincuenta naves al mando de Eteónico, y se hace a la
vela con las otras ciento veintiuna en la isla de Lesbos, junto al
cabo Malea[59], que está frente a Mitilene. Dio la casualidad que
los atenienses cenaban aquel mismo día en las islas Arginusas, que
están situadas muy cerca de Lesbos. Distinguiendo Calicrátidas los
fuegos durante la noche, y habiendo averiguado eran de los atenienses,
leva anclas a media noche para caer sobre ellos de improviso, pero
sobreviene fuerte lluvia y truenos que le impiden aguantar la mar.
Disipada la tormenta al comenzar el día, se hace a la vela en dirección
a las Arginusas; avanzan inmediatamente los atenienses a su encuentro,
teniendo a su frente el ala izquierda y en este orden: Aristócrates
en la extrema izquierda con quince naves, y luego con otras quince
Diomedonte; Pericles[60] sigue a Aristócrates, y Erasínides a
Diomedonte; detrás de este están los samios con diez naves formados
en una sola línea y mandados por un samio llamado Hipeo, y seguidos
inmediatamente de las diez naves de los tribunos ordenadas también en
una sola línea; seguían después las tres trirremes de los comandantes y
el resto de la flota aliada; a la cabeza del ala derecha está Protómaco
con quince naves, y después Trasilo con otras quince. Apoyan al
primero Lisias con un número igual de naves, y Aristógenes a Trasilo.
Habían escogido este orden de batalla a fin de impedir forzara el
enemigo sus líneas, pues sus buques eran mejores.
Las trirremes lacedemonias se habían colocado frente a frente
dispuestas en fila y preparándose a forzar la línea enemiga para
atacarla por la retaguardia, siendo más ligeros en la maniobra:
Calicrátidas mandaba el ala derecha. Hermón de Mégara, su
lugarteniente, le indicó que no haría mal en retirarse, ya que las
trirremes atenienses eran superiores en número, a lo cual contestaba
Calicrátidas que su muerte no sería gran desgracia para Esparta,
mientras que la huida sería una deshonra. Comienza en seguida el
combate, que dura largo tiempo, primero estando muy apretadas las
naves, después muy diseminadas. Arrojado al mar Calicrátidas en un
choque de su nave, no vuelve a aparecer. Protómaco y los suyos del
ala derecha, derrotan a la izquierda de los lacedemonios, quienes
principian a acentuar su fuga, unos a Quíos y la mayor parte a Focea;
los atenienses regresan a las Arginusas. Las pérdidas de estos habían
sido de veinticinco naves con su tripulación, fuera de algunos que
habían alcanzado la costa; las de los peloponesios fueron de nueve
naves espartanas, sobre diez que eran, y más de sesenta de los aliados.
Los generales atenienses deciden encargar a los comandantes Terámenes y
Trasíbulo, y a algunos tribunos, vayan con cuarenta y siete trirremes
en busca de las naves naufragadas y de los hombres de a bordo, mientras
que ellos, con el resto de la flota, se dirigirán al encuentro de las
naves ancladas en Mitilene bajo las órdenes de Eteónico. El viento
y un violento temporal les impide realizar tales propósitos, por lo
cual permanecen allí mismo y erigen un trofeo. Recibe Eteónico la
noticia del combate por medio de una nave de transporte; despídela en
seguida, ordenando a los de la tripulación retrocedan sin ruido y sin
comunicar con nadie y avancen poco después hacia la flota coronados y
gritando que Calicrátidas ha ganado la batalla y que ha perecido toda
la escuadra ateniense. Así lo hacen, y él, inmediatamente después de
su regreso, ofrece sacrificios por tan feliz nueva, y ordena al mismo
tiempo a los soldados tomen el almuerzo y a los comerciantes coloquen
con sigilo sus mercancías en las naves a fin de dirigirse a Quíos, ya
que el viento es favorable, y salgan detrás de ellos las trirremes, y
recoge asimismo las tropas en Metimna, después de haber incendiado los
campamentos. Conón, al ver en fuga a los enemigos y soplando un viento
favorable, hace botar al agua sus naves y se dirige al encuentro de los
atenienses, que habían ya abandonado las Arginusas, participándoles
la estratagema de Eteónico. Prosiguen los atenienses su marcha hasta
Mitilene; de allí se dirigen a Quíos, y luego se vuelven a Samos sin
haber realizado hecho alguno importante.