Algún tiempo antes de estos sucesos[44], habían enviado los
lacedemonios a Lisandro para tomar el mando de la flota en sustitución
de Cratesípidas, pues había terminado ya el tiempo de su mando. Al
llegar aquel a Rodas[45], toma posesión de las naves y se dirige a Cos
y a Mileto, de donde se hace a la vela para Éfeso, y allí permanece con
setenta naves hasta que Ciro llegue de Sardes, y así que este llega
va a su encuentro Lisandro con los enviados espartanos y quejándose
de Tisafernes[46] y relatándole todo lo que ha hecho, suplican a Ciro
excite la guerra cuanto pueda; contesta este que tal es precisamente
el encargo que ha recibido de su padre, que estas son sus intenciones
y que hará cuanto de él dependa para realizarlas; añade que trae
quinientos talentos con este objeto; que si no bastan, hará uso de los
fondos privados que le ha entregado su padre, y que si todo esto no es
aún suficiente, hará fundir el trono sobre que está sentado, que es de
oro y plata.
Alábanle esta respuesta y le deciden a dar una dracma ática[47] a los
marineros, manifestándole que este aumento de sueldo hará desertar a
los de la flota ateniense, lo cual le economizará más tarde grandes
dispendios. Ciro aprueba tales propósitos, pero manifiesta le es
imposible ir contra las órdenes del rey, puesto que, según el tratado
de alianza, debe dar únicamente treinta minas[48] al mes, por cada nave
que los lacedemonios sostengan en la guerra. Nada replica entonces
Lisandro, pero al fin de la comida, al brindar Ciro y pedirle qué podrá
hacer que le sea agradable, contestó Lisandro: «Aumentar un óbolo[49]
al sueldo de cada marinero.» Desde aquel momento, el sueldo para los
marineros fue de cuatro óbolos, habiendo sido de tres hasta entonces.
Ciro paga además los atrasos y hace repartir un mes adelantado, lo cual
redobla el celo de los soldados.
Desanímanse con esta nueva los atenienses, y por medio de Tisafernes
le envían mensajeros, que no admite, por más que se lo ruegue aquel,
y por más que le incite a procurar, como él había hecho siguiendo
los consejos de Alcibíades, que ningún pueblo adquiriese gran
poderío, antes bien, que se debilitasen mutuamente con sus intestinas
disensiones. Después de haber reunido su flota en Éfeso, Lisandro
hace poner en seco sus naves, en número de noventa, y se mantiene en
reposo, ocupándose en recomponerlas y calafatearlas y en dar descanso a
sus tropas. Por su parte Alcibíades, sabiendo que Trasíbulo ha salido
del Helesponto para fortificar Focea, se dirige hacia él, después de
dejar el mando de la flota a su lugarteniente Antíoco, mandándole
expresamente no se acerque a las naves de Lisandro; pero este, con su
nave y otra, se hace a la mar con dirección al puerto de Éfeso desde
Notio[50], y se acerca a las proas de las de Lisandro. Este, poniendo
a flote un pequeño número de naves, le da caza; pero después, al ver
vienen los atenienses con mayor número de naves en auxilio de Antíoco,
dirige contra ellos toda su flota formada en orden de batalla. Echan
al agua entonces los atenienses que habían quedado en Notio todas sus
trirremes, y se hacen a la mar; de este modo se verifica un combate
naval, permaneciendo en buen orden los lacedemonios, mientras son
puestos en completa dispersión los atenienses, hasta que, perdidas
quince trirremes, se declaran en fuga: la mayor parte de los que las
montaban consiguen escaparse, pero algunos son apresados por los
enemigos. Lisandro se lleva las naves que ha tomado, levanta un trofeo
en Notio y se dirige a Éfeso; los atenienses se retiran a Samos.
Después de este combate, Alcibíades, habiendo regresado a Samos, se
hace cargo de toda la flota y la conduce hacia Éfeso, apoderándose de
la entrada del puerto, donde se coloca en orden de batalla para ver
si se acepta el combate; pero como Lisandro no se mueve a causa de la
numérica inferioridad de sus naves, se vuelve a Samos. Poco tiempo
después, los lacedemonios se apoderan de Delfinio[51] y de Eión[52].
Cuando llega a Atenas la nueva de este combate naval, levántase gran
indignación contra Alcibíades, y a su negligencia y mala dirección
se atribuye la pérdida de las naves. Son elegidos diez nuevos
generales: Conón, Diomedonte, León, Pericles, Erasínides, Aristócrates,
Arquéstrato, Protómaco, Trasilo y Aristógenes. Al ver Alcibíades que
el ejército está también indispuesto contra él, toma una trirreme y se
retira a su castillo del Quersoneso.
Sale en seguida Conón de Andros con sus veinte naves, y se dirige a
Samos para tomar el mando de la flota[53], según el decreto de los
atenienses. Para sustituir a Conón envían a Andros con cuatro naves a
Fanóstenes, quien encontrando dos trirremes turias, se apodera de ellas
con su equipaje; los atenienses encadenan a todos los prisioneros,
excepto a Dorieo, su jefe, natural de Rodas, quien prudentemente había
tenido que huir de Rodas y de Atenas para evitar la pena de muerte
pronunciada contra él y contra sus parientes por los atenienses, y
había adquirido después el derecho de ciudadano en Turios; túvose
compasión de él y se le soltó sin exigirle siquiera rescate.
Al llegar a Samos encuentra Conón la flota en completo desorden;
consigue arreglar setenta trirremes, en lugar de más de ciento a que
ascendía aquella anteriormente; se hace a la vela, seguido de los otros
generales, y hace desembarcos en varios puntos del territorio enemigo,
que entrega al saqueo.
Así termina este año, en el cual los cartagineses invaden Sicilia con
ciento veinte trirremes y un ejército de tierra de ciento veinte mil
hombres; vencidos primeramente en un combate, consiguen más tarde
apoderarse por hambre de Agrigento, después de un sitio de siete meses.