CAPÍTULO VII.

Excepto Conón, al cual añaden Adimanto y Filocles, son depuestos en

Atenas todos los generales[61]. Dos de ellos que habían asistido

al combate naval, Protómaco y Aristógenes, no regresan a dicha

ciudad; pero así que los otros seis, Pericles, Diomedonte, Lisias,

Aristócrates, Trasilo y Erasínides llegan a ella, Arquedemo, demagogo

y distribuidor del dióbolo[62], propone una multa contra Erasínides, a

quien acusa ante el tribunal de haberse apoderado en el Helesponto de

cantidades que pertenecían al pueblo; acúsale igualmente por su mala

gestión como general, y el tribunal decreta el arresto de Erasínides.

Los generales dan después en la asamblea explicaciones sobre el combate

naval y sobre la violencia de la tempestad. Diciendo Timócrates que

era preciso encarcelarlos y conducirlos a la barra, la asamblea los

hace prender. Verifícase después una asamblea, en la que Terámenes,

entre otros, acusa vivamente a los generales; dice es de justicia

expliquen el motivo por el que no han recogido los náufragos, y lee

una carta en la que se disculpan únicamente con la tempestad para

probar que aquellos no alegan otra excusa. Cada general se defiende

después en pocas palabras, puesto que no se les concede el tiempo

que les dan las leyes, y relatan cuanto ha sucedido: mientras que

ellos mismos se hacían a la vela contra el enemigo, han confiado el

cuidado de recoger los náufragos a comandantes capaces y que habían

sido ya generales, Terámenes, Trasíbulo y otros de igual categoría. Si

es, pues, preciso acusar a alguien a causa de esto, únicamente debe

inculparse a los que de esta comisión fueron encargados; «y sin embargo

--añaden--, la acusación no nos conducirá a mentir y a pretender sean

ellos culpables, puesto que la violencia de la tempestad es la única

que ha impedido recoger los muertos». En apoyo de esta declaración

producen el testimonio de los pilotos y otros muchos que formaban

parte de la expedición. Persuaden con esto al pueblo, y levantáronse

muchos particulares que se ofrecen como caución; decrétase, pues, dejar

el asunto para la próxima asamblea, ya que era una hora muy avanzada

y no podían verse las manos al votar. Mientras tanto, debiendo el

senado ocuparse primeramente de este asunto, se propondrá al pueblo la

conducta que debe seguirse al juzgar a los procesados.

Sobrevienen las Apaturias[63], durante las cuales se reúnen los

parientes y aliados entre sí. Terámenes y sus partidarios preparan una

multitud de individuos vestidos de negro y con la cabeza afeitada a fin

de que comparezcan ante la asamblea como parientes de los muertos en

aquel combate, y persuaden a Calíxeno para que acuse a los generales en

el senado. Hacen convocar en seguida una asamblea, en la cual, por boca

de Calíxeno, da el senado su decisión:

«Habiendo sido oídas en la asamblea precedente así la acusación como

la defensa de los generales, se llama a votar a todo ateniense en

su propia tribu; se dispondrán dos urnas para cada una de estas,

y un heraldo publicará en la suya respectiva que todos los que

consideren fundamentada la culpabilidad de los generales deben votar

en la primera, y los que no lo consideren así, en la segunda. Si son

declarados culpables, serán castigados a muerte y entregados a los

Once, confiscados sus bienes y consagrado el décimo a la diosa Minerva

Atenea.»

Comparece entonces un hombre ante la asamblea, diciendo se ha salvado

sobre un tonel de harina, y que los que perecían le encargaron

anunciara al pueblo, si se salvaba, que los generales no recogieron

a los valientes que habían combatido por la patria. Sin embargo,

Euriptólemo, hijo de Pisianacte y algunos otros, hacen presente que

Calíxeno ha leído un decreto contrario a las leyes; algunos de los del

pueblo les aplauden, pero la mayor parte grita, que es muy extraño no

se deje hacer al pueblo lo que quiera. Hace uso entonces de la palabra

Licisco, para decir que debe condenarse a los perturbadores a iguales

penas que a los generales, si no dejan en reposo a la asamblea; con

lo cual principia de nuevo el tumulto, y por fin tiene que retirarse

aquella proposición. Algunos pritanos afirman que no consentirán se

vote en contra de las leyes, y Calíxeno sube de nuevo a la tribuna y

repite la acusación antes formulada; gritan otros que es preciso acusar

también a los que sean de opuesto parecer, y sobrecogidos de miedo los

pritanos, consienten todos en que tenga lugar la votación, fuera de

Sócrates el hijo de Sofronisco, que da su voto contrario, diciendo no

hará nunca nada contra las leyes[64]. Después de todo esto, sube a la

tribuna Euriptólemo, y en favor de los generales, dice lo siguiente:

«Atenienses: Subo a la tribuna para acusar en algunos puntos y para

defender en otros a Pericles, mi pariente y aliado, y a Diomedonte,

mi amigo, así como para daros el consejo que me parece de más utilidad

para la patria. Acuso a estos generales porque se opusieron a sus

colegas, cuando querían anunciar por medio de una comunicación al

consejo y al pueblo, que habían encargado a Terámenes y a Trasíbulo

recogiesen los náufragos con cuarenta y siete trirremes, y que estos no

lo habían hecho. Ahora comparten en común el peso de la falta que ha

sido cometida por algunos pocos, y en cambio de su filantropía pasada

corren el riesgo de sucumbir por una intriga de los culpables y de sus

enemigos. Pero no será esto así, si puedo convenceros para que obréis

conforme a justicia y según la religión, y para que procuréis averiguar

la verdad de todo ello, a fin de no tener más tarde que arrepentiros

y reconocer cometisteis una gran falta contra los dioses y contra

vosotros mismos. Os aconsejo, pues, no os dejéis engañar ni por mí ni

por nadie; que averigüéis quiénes son los culpables y les apliquéis el

castigo que queráis, uno a uno o a todos de una vez; pero concededles,

a lo menos, un día para defenderse, y no confiéis en nadie más que en

vosotros mismos.

»Atenienses, todos sabéis que el decreto de Canono[65] es considerado

como muy severo y que ordena se defienda cargado de cadenas ante el

pueblo todo el que haya dañado a los atenienses, y que si es declarado

culpable sea condenado a muerte y arrojado al Báratro, confiscados

sus bienes y el diezmo consagrado a la diosa. Pues bien, yo pido que

por este decreto sean juzgados los generales, ¡y por Zeus[66]! si os

parece bien, antes que nadie mi pariente Pericles, pues gran deshonra

sería para mí me interesara más por él que por el estado. Pero si

no lo queréis así, juzgadles según la ley contra los sacrílegos y

traidores, por la cual, todo el que haga traición al estado o robe

algún objeto sagrado, debe ser juzgado ante el tribunal, y si es

condenado no puede enterrársele en el Ática siéndole confiscados sus

bienes. Sea cualquiera, pues, oh atenienses, la ley que prefiráis,

juzgad separadamente a estos hombres, y dividid en tres partes la

sesión: en la primera os reuniréis e indagaréis si son culpables o no;

en la segunda tendrá lugar la acusación, y en la tercera la defensa.

Gracias a esto, caerá el mayor castigo posible sobre los culpables,

pero pondréis en libertad a los que no lo sean, y no perecerá, oh

atenienses, ningún inocente[67].

»En cuanto a vosotros, juzgad según la ley, y respetando los juramentos

religiosos, tened cuidado de combatir, juntamente con los lacedemonios,

a aquellos que les tomaron setenta naves y les vencieron por completo,

al condenarles ilegalmente y sin forma de proceso. ¿Qué teméis para

apresuraros tanto? ¿Acaso no podéis condenar o dar la libertad,

según creáis conveniente, conforme a la ley y no contra ella, como

lo quiere Calíxeno al persuadir al senado proponga al pueblo decida

todo el asunto en una sola votación? Tened presente que de este modo

podéis condenar a muerte a algún inocente, y que más tarde tendréis

que arrepentiros de ello. Tanto más extraña sería vuestra conducta

al pensar que Aristarco, después de haber cometido grandes excesos

en Énoe[68] y haber entregado esta ciudad a los tebanos, vuestros

enemigos, obtuvo de vosotros un día para su defensa, como había pedido,

y todo se realizó según prescribe la ley; y en cambio priváis de este

mismo derecho a unos generales que han vencido por completo a los

enemigos, después de haber obedecido siempre vuestras órdenes. Pero

no, no lo haréis, atenienses; antes al contrario, vigilaréis por el

cumplimiento de esas leyes que vosotros mismos habéis establecido y por

las cuales habéis llegado a tan gran poderío, y no intentaréis jamás

hacer nada contra lo que ellas establecen.

»Remontaos hasta los mismos sucesos y a las circunstancias que han

motivado la falta de los generales. Vencedores en la batalla naval,

habían bajado otra vez a tierra; Diomedonte propone que todas las

naves, diseminándose, vayan a recoger los náufragos y los restos de

las naves; por el contrario, Erasínides pide que la flota entera

se haga a la mar cuanto antes, para atacar al enemigo en Mitilene;

Trasilo sostiene pueden conciliarse ambas opiniones dejando una parte

de las naves en el lugar del combate y persiguiendo al enemigo con

las restantes. Prevalece este parecer; se decide que cada uno de los

ocho generales deje tres naves de su sección, a las cuales se añadirán

las diez de los tribunos, las diez de los samios y las tres de los

navarcos[69]: resultan entre todas cuarenta y siete; de modo que había

cuatro naves por cada una de las doce que habían sido sumergidas. En el

número de los tribunos puestos al frente de esta división se hallaban

Trasíbulo y Terámenes, el que en la asamblea anterior acusó a los

generales; el resto de la flota se hace a la vela contra los enemigos.

»¿Qué encontráis en todo eso que no os parezca prudente y bien

dispuesto? ¿Acaso no es justo que los jefes de la expedición rindan

cuentas de cuantos yerros hayan cometido ante el enemigo, y que si los

encargados de recoger los náufragos han dejado de ejecutar las órdenes

de los generales, sean ellos traídos a juicio? Pero en favor de unos y

otros, debo añadir que la tempestad impidió realizaran las órdenes que

habían recibido de los generales. Como testigos presenciales tenéis a

cuantos han conseguido salvarse, y entre estos a uno de los generales

que escapó al naufragio de su navío, y que hoy quieren también envolver

en la misma sentencia que debe darse contra aquellos que faltaron al

cumplimiento de su deber, a pesar de haber necesitado él mismo de ese

socorro. No queráis, pues, oh atenienses, conduciros en medio de la

victoria y de la fortuna como harían los vencidos y los desgraciados:

no imputéis a falta de previsión una desgracia inevitable enviada por

un dios, ni condenéis como traición la imposibilidad de obrar y de

obedecer lo ordenado, a causa de la tempestad. Mucho más justo sería

recompensar con coronas a los vencedores, que condenarles a muerte

escuchando los consejos de hombres depravados.»

Después de decir estas palabras, propone Euriptólemo por escrito, sean

juzgados separadamente los acusados, según la ley de Canono, a pesar

de la propuesta del senado, de que fuesen todos sentenciados a la vez.

Al votarse esta proposición, primeramente es adoptada, pero después de

las solemnes protestas de Menecles, se procede a una segunda votación,

y se aprueba lo propuesto por el senado, después de lo cual se condena

a muerte a los ocho generales que habían tomado parte en el combate

naval, y los seis presentes son ejecutados.

No tardaron mucho tiempo los atenienses en arrepentirse, y decretaron

se presentasen ante la asamblea cuantos procuraron engañar al pueblo,

como culpables hacia el estado, debiendo prestar caución hasta ser

juzgados. Uno de ellos era Calíxeno; otros cuatro son encausados con

él y encarcelados por los mismos que prestaban caución por ellos; pero

antes de ser juzgados pudieron escaparse en una revuelta en que pereció

Cleofonte. Calíxeno volvió a Atenas con otros desterrados del Pireo;

pero execrado por todos, pereció de hambre.

Las Helénicas; ó, Historia griega desde el año 411 hasta el 362 antes de Jesucristo · 第 12 / 52 题