Excepto Conón, al cual añaden Adimanto y Filocles, son depuestos en
Atenas todos los generales[61]. Dos de ellos que habían asistido
al combate naval, Protómaco y Aristógenes, no regresan a dicha
ciudad; pero así que los otros seis, Pericles, Diomedonte, Lisias,
Aristócrates, Trasilo y Erasínides llegan a ella, Arquedemo, demagogo
y distribuidor del dióbolo[62], propone una multa contra Erasínides, a
quien acusa ante el tribunal de haberse apoderado en el Helesponto de
cantidades que pertenecían al pueblo; acúsale igualmente por su mala
gestión como general, y el tribunal decreta el arresto de Erasínides.
Los generales dan después en la asamblea explicaciones sobre el combate
naval y sobre la violencia de la tempestad. Diciendo Timócrates que
era preciso encarcelarlos y conducirlos a la barra, la asamblea los
hace prender. Verifícase después una asamblea, en la que Terámenes,
entre otros, acusa vivamente a los generales; dice es de justicia
expliquen el motivo por el que no han recogido los náufragos, y lee
una carta en la que se disculpan únicamente con la tempestad para
probar que aquellos no alegan otra excusa. Cada general se defiende
después en pocas palabras, puesto que no se les concede el tiempo
que les dan las leyes, y relatan cuanto ha sucedido: mientras que
ellos mismos se hacían a la vela contra el enemigo, han confiado el
cuidado de recoger los náufragos a comandantes capaces y que habían
sido ya generales, Terámenes, Trasíbulo y otros de igual categoría. Si
es, pues, preciso acusar a alguien a causa de esto, únicamente debe
inculparse a los que de esta comisión fueron encargados; «y sin embargo
--añaden--, la acusación no nos conducirá a mentir y a pretender sean
ellos culpables, puesto que la violencia de la tempestad es la única
que ha impedido recoger los muertos». En apoyo de esta declaración
producen el testimonio de los pilotos y otros muchos que formaban
parte de la expedición. Persuaden con esto al pueblo, y levantáronse
muchos particulares que se ofrecen como caución; decrétase, pues, dejar
el asunto para la próxima asamblea, ya que era una hora muy avanzada
y no podían verse las manos al votar. Mientras tanto, debiendo el
senado ocuparse primeramente de este asunto, se propondrá al pueblo la
conducta que debe seguirse al juzgar a los procesados.
Sobrevienen las Apaturias[63], durante las cuales se reúnen los
parientes y aliados entre sí. Terámenes y sus partidarios preparan una
multitud de individuos vestidos de negro y con la cabeza afeitada a fin
de que comparezcan ante la asamblea como parientes de los muertos en
aquel combate, y persuaden a Calíxeno para que acuse a los generales en
el senado. Hacen convocar en seguida una asamblea, en la cual, por boca
de Calíxeno, da el senado su decisión:
«Habiendo sido oídas en la asamblea precedente así la acusación como
la defensa de los generales, se llama a votar a todo ateniense en
su propia tribu; se dispondrán dos urnas para cada una de estas,
y un heraldo publicará en la suya respectiva que todos los que
consideren fundamentada la culpabilidad de los generales deben votar
en la primera, y los que no lo consideren así, en la segunda. Si son
declarados culpables, serán castigados a muerte y entregados a los
Once, confiscados sus bienes y consagrado el décimo a la diosa Minerva
Atenea.»
Comparece entonces un hombre ante la asamblea, diciendo se ha salvado
sobre un tonel de harina, y que los que perecían le encargaron
anunciara al pueblo, si se salvaba, que los generales no recogieron
a los valientes que habían combatido por la patria. Sin embargo,
Euriptólemo, hijo de Pisianacte y algunos otros, hacen presente que
Calíxeno ha leído un decreto contrario a las leyes; algunos de los del
pueblo les aplauden, pero la mayor parte grita, que es muy extraño no
se deje hacer al pueblo lo que quiera. Hace uso entonces de la palabra
Licisco, para decir que debe condenarse a los perturbadores a iguales
penas que a los generales, si no dejan en reposo a la asamblea; con
lo cual principia de nuevo el tumulto, y por fin tiene que retirarse
aquella proposición. Algunos pritanos afirman que no consentirán se
vote en contra de las leyes, y Calíxeno sube de nuevo a la tribuna y
repite la acusación antes formulada; gritan otros que es preciso acusar
también a los que sean de opuesto parecer, y sobrecogidos de miedo los
pritanos, consienten todos en que tenga lugar la votación, fuera de
Sócrates el hijo de Sofronisco, que da su voto contrario, diciendo no
hará nunca nada contra las leyes[64]. Después de todo esto, sube a la
tribuna Euriptólemo, y en favor de los generales, dice lo siguiente:
«Atenienses: Subo a la tribuna para acusar en algunos puntos y para
defender en otros a Pericles, mi pariente y aliado, y a Diomedonte,
mi amigo, así como para daros el consejo que me parece de más utilidad
para la patria. Acuso a estos generales porque se opusieron a sus
colegas, cuando querían anunciar por medio de una comunicación al
consejo y al pueblo, que habían encargado a Terámenes y a Trasíbulo
recogiesen los náufragos con cuarenta y siete trirremes, y que estos no
lo habían hecho. Ahora comparten en común el peso de la falta que ha
sido cometida por algunos pocos, y en cambio de su filantropía pasada
corren el riesgo de sucumbir por una intriga de los culpables y de sus
enemigos. Pero no será esto así, si puedo convenceros para que obréis
conforme a justicia y según la religión, y para que procuréis averiguar
la verdad de todo ello, a fin de no tener más tarde que arrepentiros
y reconocer cometisteis una gran falta contra los dioses y contra
vosotros mismos. Os aconsejo, pues, no os dejéis engañar ni por mí ni
por nadie; que averigüéis quiénes son los culpables y les apliquéis el
castigo que queráis, uno a uno o a todos de una vez; pero concededles,
a lo menos, un día para defenderse, y no confiéis en nadie más que en
vosotros mismos.
»Atenienses, todos sabéis que el decreto de Canono[65] es considerado
como muy severo y que ordena se defienda cargado de cadenas ante el
pueblo todo el que haya dañado a los atenienses, y que si es declarado
culpable sea condenado a muerte y arrojado al Báratro, confiscados
sus bienes y el diezmo consagrado a la diosa. Pues bien, yo pido que
por este decreto sean juzgados los generales, ¡y por Zeus[66]! si os
parece bien, antes que nadie mi pariente Pericles, pues gran deshonra
sería para mí me interesara más por él que por el estado. Pero si
no lo queréis así, juzgadles según la ley contra los sacrílegos y
traidores, por la cual, todo el que haga traición al estado o robe
algún objeto sagrado, debe ser juzgado ante el tribunal, y si es
condenado no puede enterrársele en el Ática siéndole confiscados sus
bienes. Sea cualquiera, pues, oh atenienses, la ley que prefiráis,
juzgad separadamente a estos hombres, y dividid en tres partes la
sesión: en la primera os reuniréis e indagaréis si son culpables o no;
en la segunda tendrá lugar la acusación, y en la tercera la defensa.
Gracias a esto, caerá el mayor castigo posible sobre los culpables,
pero pondréis en libertad a los que no lo sean, y no perecerá, oh
atenienses, ningún inocente[67].
»En cuanto a vosotros, juzgad según la ley, y respetando los juramentos
religiosos, tened cuidado de combatir, juntamente con los lacedemonios,
a aquellos que les tomaron setenta naves y les vencieron por completo,
al condenarles ilegalmente y sin forma de proceso. ¿Qué teméis para
apresuraros tanto? ¿Acaso no podéis condenar o dar la libertad,
según creáis conveniente, conforme a la ley y no contra ella, como
lo quiere Calíxeno al persuadir al senado proponga al pueblo decida
todo el asunto en una sola votación? Tened presente que de este modo
podéis condenar a muerte a algún inocente, y que más tarde tendréis
que arrepentiros de ello. Tanto más extraña sería vuestra conducta
al pensar que Aristarco, después de haber cometido grandes excesos
en Énoe[68] y haber entregado esta ciudad a los tebanos, vuestros
enemigos, obtuvo de vosotros un día para su defensa, como había pedido,
y todo se realizó según prescribe la ley; y en cambio priváis de este
mismo derecho a unos generales que han vencido por completo a los
enemigos, después de haber obedecido siempre vuestras órdenes. Pero
no, no lo haréis, atenienses; antes al contrario, vigilaréis por el
cumplimiento de esas leyes que vosotros mismos habéis establecido y por
las cuales habéis llegado a tan gran poderío, y no intentaréis jamás
hacer nada contra lo que ellas establecen.
»Remontaos hasta los mismos sucesos y a las circunstancias que han
motivado la falta de los generales. Vencedores en la batalla naval,
habían bajado otra vez a tierra; Diomedonte propone que todas las
naves, diseminándose, vayan a recoger los náufragos y los restos de
las naves; por el contrario, Erasínides pide que la flota entera
se haga a la mar cuanto antes, para atacar al enemigo en Mitilene;
Trasilo sostiene pueden conciliarse ambas opiniones dejando una parte
de las naves en el lugar del combate y persiguiendo al enemigo con
las restantes. Prevalece este parecer; se decide que cada uno de los
ocho generales deje tres naves de su sección, a las cuales se añadirán
las diez de los tribunos, las diez de los samios y las tres de los
navarcos[69]: resultan entre todas cuarenta y siete; de modo que había
cuatro naves por cada una de las doce que habían sido sumergidas. En el
número de los tribunos puestos al frente de esta división se hallaban
Trasíbulo y Terámenes, el que en la asamblea anterior acusó a los
generales; el resto de la flota se hace a la vela contra los enemigos.
»¿Qué encontráis en todo eso que no os parezca prudente y bien
dispuesto? ¿Acaso no es justo que los jefes de la expedición rindan
cuentas de cuantos yerros hayan cometido ante el enemigo, y que si los
encargados de recoger los náufragos han dejado de ejecutar las órdenes
de los generales, sean ellos traídos a juicio? Pero en favor de unos y
otros, debo añadir que la tempestad impidió realizaran las órdenes que
habían recibido de los generales. Como testigos presenciales tenéis a
cuantos han conseguido salvarse, y entre estos a uno de los generales
que escapó al naufragio de su navío, y que hoy quieren también envolver
en la misma sentencia que debe darse contra aquellos que faltaron al
cumplimiento de su deber, a pesar de haber necesitado él mismo de ese
socorro. No queráis, pues, oh atenienses, conduciros en medio de la
victoria y de la fortuna como harían los vencidos y los desgraciados:
no imputéis a falta de previsión una desgracia inevitable enviada por
un dios, ni condenéis como traición la imposibilidad de obrar y de
obedecer lo ordenado, a causa de la tempestad. Mucho más justo sería
recompensar con coronas a los vencedores, que condenarles a muerte
escuchando los consejos de hombres depravados.»
Después de decir estas palabras, propone Euriptólemo por escrito, sean
juzgados separadamente los acusados, según la ley de Canono, a pesar
de la propuesta del senado, de que fuesen todos sentenciados a la vez.
Al votarse esta proposición, primeramente es adoptada, pero después de
las solemnes protestas de Menecles, se procede a una segunda votación,
y se aprueba lo propuesto por el senado, después de lo cual se condena
a muerte a los ocho generales que habían tomado parte en el combate
naval, y los seis presentes son ejecutados.
No tardaron mucho tiempo los atenienses en arrepentirse, y decretaron
se presentasen ante la asamblea cuantos procuraron engañar al pueblo,
como culpables hacia el estado, debiendo prestar caución hasta ser
juzgados. Uno de ellos era Calíxeno; otros cuatro son encausados con
él y encarcelados por los mismos que prestaban caución por ellos; pero
antes de ser juzgados pudieron escaparse en una revuelta en que pereció
Cleofonte. Calíxeno volvió a Atenas con otros desterrados del Pireo;
pero execrado por todos, pereció de hambre.