Farnabazo y los enviados conocen los sucesos de Bizancio en Gordio[35],
ciudad de Frigia, donde pasan el invierno; al comenzar la primavera[36]
se dirigen hacia el rey, encontrando en su marcha la embajada
lacedemonia, compuesta de Beocio y de otros mensajeros, los cuales les
participan que los espartanos han alcanzado del rey cuanto pedían.
Encuentran asimismo a Ciro, que había recibido el mando de todas
las provincias marítimas, y que debía auxiliar a los lacedemonios,
quien les enseña una carta con el sello real dirigida a todos los
habitantes del Asia inferior, y en la que se decía: «Envío a Ciro
como _cárano_[37] de los pueblos que se reúnen en el Castolo»[38].
Cárano quiere decir Señor. Los diputados atenienses, al conocer estas
órdenes, y después de haber visto a Ciro, desean aún más vivamente
dirigirse hacia el rey, y si no, regresar a su patria; pero Ciro ordena
a Farnabazo que le entregue los diputados, o que les impida a lo menos
volver a su patria, no queriendo que los atenienses conociesen cuanto
había sucedido. Farnabazo los retuvo todo el tiempo necesario, diciendo
unas veces iba a llevarles ante el rey, y otras que les enviaría a
Atenas, a fin de que nada pudiesen reprocharle; pero al cabo de tres
años suplica a Ciro les deje en libertad, representándole había jurado
volver a conducirles hasta el mar, si no les llevaba ante el rey; por
lo cual son enviados a Ariobarzanes[39] con la orden de conducirles
a la costa, y este les lleva a Cíos en Misia, de donde, por mar, se
reúnen a su ejército.
Queriendo Alcibíades volver con sus tropas a Atenas, se hace a la vela
directamente hacia Samos, de donde, tomando veinte naves, entra en el
golfo Cerámico de Caria y regresa de nuevo a aquella ciudad después de
haber exigido veinte talentos a estas comarcas. Trasíbulo, con treinta
buques, se dirige a Tracia, donde somete las plazas que habían sido
tomadas por los lacedemonios, y entre otras Tasos, que había sido
devastada por la guerra, las sublevaciones y el hambre. Trasilo llega a
Atenas con el resto del ejército, y antes de su llegada habían elegido
los atenienses tres generales: Alcibíades, desterrado; Trasíbulo,
ausente, y Conón, que se hallaba en la ciudad.
Alcibíades, con sus veinte trirremes y el dinero recogido, parte de
Samos, dirigiéndose a Paros, de donde marcha directamente a Gitio[40]
para vigilar las treinta trirremes que sabía preparaban allí los
lacedemonios, y para cerciorarse del modo que sería recibido a su
vuelta a Atenas. Después que conoció le era favorable la población, que
se le ha elegido general, y que especialmente sus amigos le incitan
a que regrese, entra en el Pireo el día en que la ciudad celebraba
las Plinterias[41], en las cuales se cubre con un velo la estatua de
Minerva Atenea, cosa que consideraron algunos como infausta para él y
para la ciudad, puesto que en aquel día ningún ateniense se atrevía a
emprender cosa alguna seria. Al desembarcar en el Pireo, la muchedumbre
de este y de la ciudad se aglomera alrededor de las naves para admirar
y ver a aquel Alcibíades que aseguran muchos es el mejor de todos los
ciudadanos, y el único, dicen, que ha mostrado la injusticia de su
destierro. Él es la víctima de muchos que le son inferiores y a quienes
aplastaba con su elocuencia, porque su política no tenía otro objeto
que el interés personal, mientras que él, por el contrario, tendió
siempre a aumentar el bien común con el simultáneo empleo de sus
propios recursos y de los de la ciudad; cuando ha querido ser juzgado
sin dilación alguna de la acusación contra él dirigida como profanador
de los misterios, sus enemigos han conseguido se desechase una súplica
que tan justa parecía, y durante su ausencia le han hecho desterrar
de su patria; entonces, esclavo de la necesidad, se ha visto obligado
a servir a sus enemigos más crueles, expuesto cada día a perder su
vida, y viendo a sus más íntimos amigos, a sus parientes, a sus
conciudadanos y a la ciudad entera cometer grandes faltas, sin poder
serles de ninguna utilidad a causa de su destierro; no deben temerse
las revoluciones ni las sublevaciones de hombres como él, añaden,
puesto que la popularidad le coloca encima de todos los de su edad y le
iguala a los que son más ancianos, mientras sus enemigos continúan a
estar dispuestos, como antes, a hacer perecer a los mejores ciudadanos,
así que puedan verificarlo impunemente, por lo cual quedarán solos en
su patria, ya que, apartados los ciudadanos que valen más que ellos,
deberá el pueblo necesariamente contentarse con los que queden.[42]
El partido opuesto a Alcibíades aseguraba era este la única causa de
todas las calamidades públicas que se habían experimentado, y que había
el peligro de que este general atrajese a la ciudad por sí solo, todos
los funestos resultados que eran de temer.
Alcibíades, después de haber entrado en el puerto, no desembarca en
seguida por temor a sus enemigos, pero quedándose sobre el puente,
procura distinguir a sus amigos, viendo a su primo Euriptólemo, hijo
de Pisianacte y a sus restantes parientes y amigos, desembarca y se
dirige a la ciudad con esta escolta, preparada a rechazar cualquier
ataque que contra él se intente. En el senado y en la asamblea se
defiende de la profanación, diciendo ha sido víctima de una injusticia,
y después de haber presentado varias razones del mismo género, sin
que nadie le replique, pues no lo hubiera tolerado la asamblea, por
unanimidad es proclamado generalísimo, con amplias facultades, como el
único capaz de recuperar para la república su antiguo poderío; hace
salir inmediatamente todas las tropas a fin de que la procesión de los
Misterios pueda celebrarse por su trayecto acostumbrado por tierra[43],
ya que a causa de la guerra había tenido que hacerse por mar, y después
levanta un ejército de mil quinientos hoplitas, ciento cincuenta
caballos y cien naves.
Tres meses después de su regreso, se embarca en dirección a Andros,
que se había separado de la alianza ateniense, designándosele como
generales adjuntos de las tropas de tierra, a Aristócrates y Adimanto,
hijo de Leucolófides. Desembarca Alcibíades su ejército en Gaurio, que
está en la isla de Andros; pone en fuga a los andrios, que se habían
dirigido a su encuentro, y después de haberles causado muchas bajas,
los encierra en los muros con los lacedemonios que estaban con ellos.
Levanta después un trofeo, y pasados algunos días, se dirige hacia
Samos donde principia las hostilidades.