(_Se levanta en actitud arogante y altiva_.)
JÚPITER, permíteme que hable la primera, como tu esposa y madre de los
dioses más poderosos. Ninguno mejor que yo podrá presentarte el mortal
más perfecto que el divino HOMERO. Y á la verdad, ¿quién osará
disputarle la supremacía, así como ninguna obra puede competir con su
_Iliada_, valiente y atrevida, y su reflexiva y prudente _Odisea_?
¿Quién, como él, ha cantado tu grandeza y la de los demás dioses, tan
magníficamente como si nos hubiera sorprendido en el Olimpo mismo y
asistido á nuestras asambleas? ¿Quién contribuyó más á que el odoro
incienso de la Arabia se quemase abundantemente ante nuestras imágenes
y se nos ofreciesen pingües hecatombes, cuyo sabroso humo, subiendo en
caprichosos espirales, nos era tan grato que aplacaba nuestras iras?
¿Quién, como él, refirió las batallas más sublimes en más hermosos
versos? Él cantó á la divinidad, al saber, á la vírtud, el valor, al
heroísmo y á la desgracia, recorriendo todos los tonos de su lira. Sea
él el premiado; pues creo, como cree el Olimpo entero, que ninguno se
ha hecho más acreedor á nuestras simpatías.