¡Qué casa, decía uno, la del duque del Infantado, cuando se hospedó en

ella el rey de Francia prisionero, y lo que Francisco la celebró!

¿Pues qué la debía, dijo otro, la del marqués de Villena, cuando hacía

y deshacía?

¿Y la del almirante, en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar

mayor grandeza?

¿Quién son éstos?, preguntó Andrenio.

Éstos, respondió el hombre sierpe, son hombres de honor en los

palacios, llámanse gentileshombres ó escuderos.

Y en buen romance, dijo el Sabio, son gente que, después de haber

perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo y los que, habiendo

sido la polilla de sus casas, vienen á ser la honra de las ajenas. Que

siempre verás que los que no supieron para sí quieren saber para los

otros.

Nunca pensé ver, ponderaba Andrenio, tanto necidiscreto junto y aquí

veo de todos estados y condiciones, hasta legos.

¡Oh! sí, dijo el Sabio: que en todas partes hay vulgo y, por tildada

que sea una comunidad, hay ignorantes en ella, que quieren hablar de

todo y se meten á juzgar de las cosas, sin tener punto de juicio.

Pero lo que estrañó mucho á Andrenio fué ver entre tales heces de la

república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos

y que se decía eran grandes personajes.

¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que

en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca,

más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona,

más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más

mochileros que en Milán: ¡no me espanta! ¡Pero gente de porte, el

caballero, el título, el señor! No sé qué diga.

¿Qué piensas tú, dijo el Sabio, que, en yendo uno en litera, ya por

eso es sabio? ¿En yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay

algunos y tan ignorantes, como sus mismos lacayos. Y advierte que,

aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á

hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se

declara hombre vulgar y plebeyo. [Marginal: _Vulgo definido._] Porque

el vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y

que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.

Volvieron los rostros á uno, que estaba diciendo:

Si yo fuera rey... (y era un mochilero).

Y si yo fuera papa..., decía un gorrón.

¿Qué habíais de hacer vos, si fuerais rey? ¿Qué?

Lo primero, me había de teñir los bigotes á la española, luego me había

de enojar y ¡voto!...

No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen á cueros.

Digo que había de hacer colgar media docena. Yo sé que oliera la casa

á hombre y que mirarían algunos cómo perdían las victorias y los

ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de

llevar encomienda quien no fuese soldado y de reputación, pues para

ellos se instituyeron. Y no déstos de las plumicas; sino un sargento

mayor Soto, un Monroy y un Pedro Estélez, que se han hallado en cien

batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo! ¡Qué

ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores,

que no hiciera!

Oh, ¡no me viera yo un mes papa!, decía el estudiante. Yo sé que

de otra manera irían las cosas. No se había de proveer dignidad ni

prebenda, sino por oposición. Todo por méritos. Yo examinara quién

venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.

Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse á la sopa.

Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza

mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro. Ni

faltaban aquí tantas moscas, como allá mosquitos. Los caldereros

siempre tenían calderas que adobar. Los olleros alabando lo quebrado.

Los zapateros á todo hombre, buscándole horma de su zapato, y los

barberos haciendo las barbas.

¿Es posible, dijo Andrenio, que entre tanta botica mecánica no topemos

una de medicinas?

Basta, que hay hartas barberías, dijo el Cécrope.

Y hartos en ellas, respondió el Sabio. Que, como bárbaros, hablan de

todo. Mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?

Con todo eso, dijo Andrenio, en una vulgaridad tan común es mucho que

no haya un médico, que recete. Por lo menos no había de faltar á la

murmuración civil.

No hacen falta, replicó el Sabio.

¿Cómo no?

[Marginal: _Necedad incurable._]

Porque, aunque todos los males tienen remedio, hasta la misma locura

tiene cura en Zaragoza ó en Toledo y en cien partes. Pero la necedad no

la tiene ni ha habido jamás hombre que curase de tonto.

Con todo eso, veis allí unos, que lo parecen.

Venían dándose á las furias de que todos se les entremeten en su oficio

y quieren curar á todos con un remedio. Y eso sería nada, si algunos no

se metiesen á quererles dar doctrina á ellos mismos, disputando con el

médico los jarabes y las sangrías.

¡Eh!, decían: déjense matar sin hablar palabra.

Pero los herreros llevaban brava herrería y aun todos parecían

caldereros. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen

oir, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no

nueva en tales puestos. Tratáronse muy mal; pero no se maltrataron. Y

dijéronles los herreros á los sastres, después de encomios solemnes:

¡Quitad de ahí, que sois gente sin Dios!

¿Cómo sin Dios?, replicaron ellos enfurecidos. Si dijérades sin

conciencia, pase; pero sin Dios ¿qué quiere decir eso?

Sí, repitieron los herreros, que no tenéis un dios sastre, como

nosotros un herrero y, cuando todos le tienen, los taberneros á Baco,

aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes á Mercurio, de quien

tomaron las trampas con el nombre, los panaderos á Ceres, los soldados

á Marte, los boticarios á Esculapio, ¡mirad qué tales sois vosotros,

que ningún Dios os quiere!

Andad de ahí, respondieron los sastres. Que sois unos gentiles.

Vosotros sí lo sois, que á todos queréis hacer gentileshombres.

Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando á los sastres con que,

ya que no tenían Dios, todos los daban al diablo.

¡Prodigiosa cosa, dijo Andrenio, que con meter tanto ruido, no tengan

habla!

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope; antes jamás cesan de hablar ni

tienen otro que palabras.

[Marginal: _Hablillas._]

Pues yo, replicó Andrenio, no he percibido aún habla, que lo sea.

Tienen razón, dijo el Sabio: que todas son hablillas y todas falsas.

Corrían actualmente algunas bien desatinadas. Que habían de caerse

muertos muchos cierto día y lo señalaban y hubo quien murió de espanto

dos días antes. Que había de venir un terremoto y habían de quedar

todas las casas por tierra. Pues ver lo que se iba extendiendo un

disparate déstos y los muchos que se lo tragaban y bebían lo que

contaban unos á otros. Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían, sin

saber de dónde ni cómo nacía. Resucitaba cada año un desatino, sin

saber bastante el desengaño fresco corriendo grasa. Y era de advertir

que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban y un

disparate lo iban heredando de abuelas á nietas y de tías á sobrinas,

haciéndose eterno por tradición.

No sólo no tienen habla, añadió Andrenio; pero ni voz.

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope. Voz tiene el pueblo y aun dicen que

su voz es la de Dios.

Sí, del dios Baco, respondió el Sabio y, si no, escuchadla un poco y

oiréis todos los imposibles, no sólo imaginados, pero aplaudidos. Oid

aquel español, lo que está contando del Cid, cómo de una puñada derribó

una torre y de un soplo un gigante. Atended aquel otro francés, lo que

refiere, y con qué credulidad, del Roldán y cómo de un tajo rebanó

caballo y caballero armados. Pues yo os aseguro que el portugués no se

olvide tan presto de la pala de la victoriosa Forneira.

Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner

tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes,

aforismos convenientes; pero jamás pudo introducirse ni despachó

una tan sola verdad ni el más mínimo desengaño, con que se hubo de

retirar. [Marginal: _Ídolos del vulgo._] Al contrario, llegó un

embustero, sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos

de disparates, como que se había de perder España otra vez, que había

acabado ya la casa Otomana; leía profecías de moros y de Nostradamus y

al punto se llenó la tienda de gente y comenzó á despachar sus embustes

con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración,

como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adivino que

Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto un monstrimujer con tanto séquito, que muchos de los

pasados y los más de los presentes la cortejaban y todos con las

bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por

dondequiera que pasaba, dejaba el aire tan espeso, que le podían

cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio, comenzó á dar arcadas.

¡Qué cosa tan sucia!, dijo Andrenio. ¿Y quién es ésta?

Ésta es, dijo el Cécrope, la Minerva desta Atenas.

Ésta la invencible y aun la crasa, dijo el Filósofo. Ella puede ser

Minerva; mas á fe, que es pingüe. Y quien tanto engorda, ¿quién puede

ser sino la ignorante satisfacción? Veamos dónde va á parar.

Pasó de las vendedoras á sentarse en el banco del Cid.

Aquélla, dijo el Cécrope, es la Sapiencia de tanto lego. Allí están

graduando á todos y calificando los méritos de cada uno. [Marginal:

_Calificación vulgar._] Allí se dice el que sabe y el que no sabe, si

el argumento fué grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido

como razonado, si el discurso fué cabal, si magistral la lección.

¿Y quién son los que juzgan?, preguntó Andrenio, ¿los que dan el grado?

¿Quiénes han de ser, sino un ignorante y otro mayor? Uno, que ni ha

estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de Varia

Lección y el que más más, un Para Todos.

¡Oh!, dijo el Cécrope. ¿No veis que éstos son los más plausibles

personajes del mundo? Todos son bachilleres. Aquel que veis allí muy

grave, es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de

todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines: el

duende de los corrillos. Aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada

le cuentan de nuevo: saca gacetas y se escribe con todo el mundo y, no

cabiendo en todo él, se entromete en cualquier parte. Aquel licenciado

es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas,

mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos y, en habiendo

conclusiones, ni es visto ni oído. Aquel soldado nunca falta en las

campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al

duque de Alba, acude á la tienda del general, el demonio del mediodía,

mantiene la conversación, cobra el primero y el día de la pelea se hace

invisible.

Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo, ponderó Andrenio. ¿Y

éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

Y es de modo, respondió el Cécrope, que el que ellos una vez dan por

docto ése lo es, sepa ó no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores,

buenos médicos y grandes letrados y bastan á desacreditar un príncipe.

Dígalo el rey don Pedro. ¿Mas qué? Si el barbero del lugar no quiere,

nada valdrá el sermón más docto ni será tenido por orador el mismo

Tulio. Á éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir

blanco ni negro, hasta que éstos se declaran y al punto gritan:

¡Grande hombre!, ¡grande sujeto!

Y dan en alabar á uno, sin saber de qué ni para qué. Celebran lo que

menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni

saber. Por eso el buen político suele echar buen cencerro, que guíe el

vulgo adonde él quiere.

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares,

chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones,

que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y

plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del

populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de

sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en

Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de

aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como

los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba

el otro á su criado. No movían pie ni mano. [Marginal: _Aplauso

necio._] Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los

otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que

no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando

de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba

desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta

suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de

gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra

buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran

hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son

sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en

celebrarle.

Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo

cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que

le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole

á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto

numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería

su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que

porque había de ser [Marginal: _Juicio sin él._] su juez el vulgacho,

no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por

no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena

en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser

vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento

quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza

con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el

escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la

censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo

muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de

desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le

recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos

años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando

va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera,

¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua,

que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la

bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me

escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.

Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando

mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre

todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de

hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más

de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito,

inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no

dicen bien trasgos con trasgos.

[Marginal: _Varias vulgaridades._]

No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando

muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero

tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de

Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad,

sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase

un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como

el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el

de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de

Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid,

tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y

tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde

todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía

cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No

tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para

señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba

grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose

en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible

oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha

eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el

padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste

es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido

caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, [Marginal:

_Terror loco._] fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó,

que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no

montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que

no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que

pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando:

Que nos cortan, que nos cortan.

Comenzaron algunos á herirse y á matarse más bárbaramente, que

gentílicos bacanales. Fuéle forzoso á Andrenio retirarse á toda fuga,

tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos á Critilo; pero

valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz, que la antorcha de su

saber le comunicaba. Dónde fué á parar dirá la Crisi siguiente.

CRISI VI

_Cargos y descargos de la Fortuna._

Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer á

pedir nuevas mercedes, que á Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban

su perfección, de manos de quien habían recibido el ser. [Marginal:

_El saber del hombre._] Habló allí el hombre en primer lugar y pidió

como quien era, porque, viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada

la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición y

decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la

media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo á que, si no es cabeza,

tampoco es pies, sino la cara y suplicó con mucho agrado al Hacedor

divino que la dotase en belleza.

[Marginal: _La hermosura de la mujer._]

Hecha la gracia, dijo el gran Padre celestial, serás hermosa; pero con

la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella

nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el

entendimiento y la mujer la hermosura, él la testa y ella el rostro.

Llegó esto á oídos de la Fortuna y dicen cuestionó agravios, dando

quejas de que no hubiesen hecho caso de la Ventura.

¿Es posible, decía con profundo sentimiento, que nunca haya él oído

decir: Ventura te dé Dios, hijo; ni ella, ventura de fea? Dejadles

y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no

tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me

han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el Saber y la

Belleza. Yo les he de malograr sus prendas: ni él será dichoso ni ella

venturosa.

Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron

desgraciados: todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son

los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces

se dijo: Ventura de fea. Poco vale el saber, el tener, los amigos y

cuanto hay, si no tiene un hombre dicha, y poco le importa ser un sol á

la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de

su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que

le había puesto el varón alado. El cual, sin poderle satisfacer, se le

había desaparecido.

Créeme, decía el enano, que todo pasa en imagen y aun en imaginación

en esta vida: hasta esa casa del saber, toda ella es apariencia. ¿Qué?

¿Pensabas tú ver y tocar con las manos la misma Sabiduría? [Marginal:

_Fuga de Astrea._] Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás

virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo

sino unos borrones della en estos escritos, que aquí se eternizan.

Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus

sabios; mas ya aun ésos acabaron. No hay otro saber, sino el que se

halla en los inmortales caracteres de los libros. Ahí la has de buscar

y aprender.

¿Quién, pues, fué, preguntó Critilo, el hombre de tan bizarro gusto,

que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito

museo?

Si estuviéramos en Aragón, dijo el Pigmeo, yo creyera ser del duque de

Villahermosa don Fernando. Si en París, del erudito duque de Orleans.

Si en Madrid, del gran Filipo. Y si en Constantinopla, del discreto

Osman, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca

de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener y todas las

prendas se malogran.

Quisiera hallar primero, replicó Critilo, aquel mi camarada, que te he

dicho, que echó por la vereda de la Necedad.

Si por ahí fué, ponderó el enano, sin duda estará ya en casa de la

Dicha: que antes llegan ésos que los sabios. Ten por cierto que le

hallaremos en aventajado puesto.

¿Y sabes tú el camino de la Dicha?, preguntó Critilo.

Ahí consiste la mayor dificultad, que una vez puesto en él, nos llevará

al colmo de toda felicidad.

Con todo, paréceme que es éste, en lo desigual. Demás que me dieron por

señas esas hiedras, que arrimadas se empinan y entremetidas crecen.

Llegó en esto un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa y

preguntó si iba bien para la Ventura.

¿Cuál buscáis, dijo el enano: la falsa ó la verdadera?

¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

[Marginal: _Ventura hipócrita._]

¡Y cómo si la hay! ¡Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre.

Tiénese por dichoso uno en ser rico y es de ordinario un desventurado.

Cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las

manos de la justicia y es ése su mayor castigo.

Un ángel fué para mí aquel hombre, dice éste: y no fué sino un demonio,

que le perdió.

Tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de

fortuna y no es sino un bofetón, de que no le ha tenido por hombre el

cielo para fiarle un acto de valor.

Tal dice: Dios me vino á ver. Y no fué, sino el mismo Satanás en sus

logros. Cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida

indispuesto y hubiera sido su único remedio, para sanar en el ánimo.

Alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres y ésa

es su mayor desventura. Estima la otra desvanecida por su mayor dicha

su buena gracia y ésa fué su mayor desgracia. Así que los más de los

mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha. Que

errando los principios, todas salen falsas las consecuencias.

Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trato éste del enfado!), y

al punto comenzó á quejarse y murmurar y un estudiante á contradecirle.

Que todos cuantos piensan saber algo dan en espíritu de contradicción.

Pasaron de una en otra á burlarse del enano.

Y tú, dijo el estudiante, ¿qué vas á buscar?

Voy, dijo, á ser gigante.

¡Bravo aliento! Pero, ¿cómo podrá ser eso?

Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna. Que, si ella favorece,

los pigmeos son gigantes. Y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más

ruines que yo están hoy bien encaramados. Que no hay prendas que tengan

ni hay sabiduría ni ignorancia ni valor ni cobardía ni hermosura ni

fealdad; sino ventura ó desdicha. Tener lunar ó estrella. Todo es risa

lo demás. Al fin, ella se dará maña, cómo yo sea grande ó lo parezca:

que todo es uno.

Voto á tal, dijo el soldado, que quiera ó no, ella habrá de hacer la

razón.

No tan alto, señor soldado, dijo el estudiante: ¡más bajo!

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 22 / 24 段