Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo

menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella.

Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una

entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes

murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que

levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.

¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de

cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los

más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.

[Marginal: _El doctor Juan Francisco Andrés._]

Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle

no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se

eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que

celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.

Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.

Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores

modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la

ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia,

del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando

advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito,

sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de

Justino, sin la mordacidad del Platina.

Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen

numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros,

porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son

chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de

historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á

la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia.

Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y

tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y

mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.

Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de

sí, diciendo:

Éstas no tanto eternizan las hazañas, cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada,

inclinándose siempre, ya al lado del odio, ya de la afición. Fué á

sacar una y dijo:

Ésta ya ha salido otra vez, ya la di á otro primero y, si mal no me

acuerdo, fué á Illescas, á quien le traslada capítulos enteros el

Sandoval. Basta, que yo me he equivocado.

Mucho se detuvieron aquí y aun se estuvieron: tan entretenida es la

mansión de la Historia.

[Marginal: _Buenas letras._]

Pasaron ya cortejados del Ingenio por la de la Humanidad. Lograron

muchas y fragantes flores, delicias de la agudeza, que aquí asistía tan

aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros,

y escogiéndolas en romance, las florestas españolas, las facecias

italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos

del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos,

las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios elogios,

teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales,

polianteas y fárragos.

No fué menos de admirar la ninfa anticuaria, de más curiosidad que

sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas,

piedras, incripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas,

barros, láminas, con todos los libros, que tratan de esta noticiosa

antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio

Agustín, ilustrada de los Golcios [Marginal: _Anticuarios_.] y

últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas

españolas de Lastanosa.

Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que á

la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas, cuando

vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas,

dioptras, cilindros, compases y pantómetras, [Marginal: _Matemáticas._]

conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las

matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun

de las vulgares. Pero de la noble pintura y arquitectura había tratados

superiores.

Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no

ignorar. [Marginal: _Filosofía natural._] Así como el de la indagadora

natural filosofía, levantando mil testimonios á la naturaleza. Servían

de estantes á sus curiosos tratados los cuatro elementos y en cada uno

los libros, que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces,

brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales y en el fuego

de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan

desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio, para meterlos en sí.

Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más

profunda estancia y más compuesta estaba, entresacando las saludables

hojas de algunas plantas, para confeccionar medidas y destilar quintas

esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral

Filosofía. [Marginal: _Filósofos morales._] Cortejáronla de propósito

y ella les dió asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer

lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contraveneno, y

mostró estimarlas mucho, si bien á algunos les parecieron algo secas

y aun frías, de más provecho que gusto; pero de verdad muy eficaces.

Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un

plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:

Éstas, aunque más desabridas, son divinas.

Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso

de humor, para aliviar el ánimo.

Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano,

tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de

comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.

Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella

las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los

circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que

de personas.

No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las

bestias, para que entiendan los hombres.

Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta

esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y,

aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la

eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.

De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran

fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose

mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados

con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas,

haberles dado forma de una aguda donosidad.

Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así

dijo:

Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de

intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para

ellas.

Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los

circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y

estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.

Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más

vicio que provecho, más para reir que aprovechar.

De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas á

las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.

Éstas otras, aunque vulgares, son picantes y tal señor hay, que gasta

su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la

mostaza, que, aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.

Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo, como en los

sentimientos, las remitió, más para paladear niños y mujeres, que para

pasto de hombres.

Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con

su buen olor recrean el cerebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque

malaliñadas y tan feas, que les causaron horror; mas la prudente ninfa

dijo:

No se ha de atender al estilo del infante don Manuel; sino á la

extremada moralidad y al artificio con que enseña.

Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fué deshojando y

dijo:

Estos raguallos del Boquelino, son muy apetitosos; pero de toda una

hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

[Marginal: _Políticas._]

Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás

estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que

á la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más

majestuoso, los estaba convidando y decía:

Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante: la que

enseña á saber vivir.

Entraron por razón de estado y hallaron una coronada ninfa, que parecía

atender más á la comodidad, que á la hermosura, porque decía ser bien

ajeno y aun se le oyó decir tal vez:

Dadme grosura y os daré hermosura.

Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien

acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y

dijo:

Ésta, sin más ver, es la Política.

¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan

fácilmente.

Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas

de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas

materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de

frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y

razón.

Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero

más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de

Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.

Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y

de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el

suelo y las pisó, diciendo:

Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden

parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias

á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos

tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fué una buena vieja.

Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida

de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan

Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto estraña: que, habiendo salido á luz una

otra muy perfecta y labrada, conforme á las verdaderas reglas de la

política cristiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un

gran personaje, mostrando grandes ganas de haberla á su mano. Trató

de comprar todos los ejemplares y dió cuanto le pidieron por ellos.

Y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela á su

príncipe, fué tan al revés, que, porque no llegase á sus manos, mandó

hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire

sus cenizas.

Mas, aunque fué en secreto, llegó á noticia de la atenta ninfa, que

como tan política, se las entiende á todo el mundo, y al punto mandó

al mismo autor la volviese á estampar, sin que faltase una tilde, y

repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no

volviesen ningún ejemplar á manos de aquel político, contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa, como odorífera. Y rogándole todos

la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:

Es una riquísima joya. Ésta no sale á luz; aunque da tanta. Son las

instrucciones que dió la experiencia de Carlos V á la gran capacidad de

su prudente hijo.

Estaba allí apartada una, que aspiraba á eterna, más en la cantidad,

que en la calidad. Obra de tomo. Nadie se atrevía á emprenderla.

Sin duda, dijo Critilo, que es la de Bobadilla, que todos cansados, la

dejan descansar.

Ésta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa, dijo la sagaz ninfa. No

tiene otra falta esta política, sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco

aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban

huecas, sin rastro de sustancia.

Éstas, dijo, son las repúblicas del mundo, que no dan razón, más que

de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito;

conténtanse con la corteza.

Conocieron el Galateo y otros sus semejantes y, pareciéndoles no era

este su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecía á la política de

cada uno, á la razón especial de ser personas.

Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes á sus

hijos, varios aforismos políticos, sacados del Tácito y de otros sus

secuaces; si bien había muchos por el suelo y dijo:

Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire

y vienen á dar en tierra.

[Marginal: _Libros espirituales._]

Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino

sagrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las

artes, la que enseña la divina política, y estaba repartiendo estrellas

en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

Éste, dijo el varón alado, advierte que no tanto es estante de libros,

cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo: ¡Oh, fruición del entendimiento! ¡Oh, tesoro de

la memoria, realce de la voluntad, satisfacción del alma, paraíso de

la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos

la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores,

atesoren riquezas con todo género de gustos y de pasatiempos; que para

mí no hay gusto como el leer ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo:

Eso no, dijo, sin ver primero en persona la hermosa Sofisbella, que

un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo

sol. Suplícote, oh conductor alado, quieras introducirme ante su

divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de

perfecciones. Ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la

perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus

labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de

su reir, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa,

la sublimidad de su talle, el decoro de su persona, la gravedad de su

trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes? que

cada instante que tardas, se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos,

después de dar noticia de lo que le aconteció á Andrenio, en la gran

plaza del vulgo.

CRISI V

_Plaza del populacho y corral del vulgo._

Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más

asistida de sus cortesanos, que asistiéndoles, cuando llegaron dos

pretendientes de dicha á solicitar sus favores. Suplicó el primero le

hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones

sabios y prudentes. Miráronse unos á otros los curiales y dijeron:

Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la

gracia pretendida.

Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso

con todos los ignorantes y necios. Riéronlo mucho los del cortejo,

solemnizando gustosamente una petición tan estraña. Mas la Fortuna, con

rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced.

Partiéronse ya entrambos tan contentos, como agradecidos, abundando

cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando

el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho

aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también

ella en su reparo y muy galante les dijo:

¿Cuál destos dos, pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido

el entendido? ¿Creeréis, que el primero? Pues sabed que os engañáis

de medio á medio. Sabed que fué un necio. No supo lo que pidió. Nada

valdrá en el mundo. ¡Este segundo sí que supo negociar! Éste se alzará

con todo.

[Marginal: _Necedad valida._]

Admiráronse mucho y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas

desempeñóse ella, diciendo:

Mirad: los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad. ¿Qué digo

cuatro? Ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los

necios son los infinitos. Y así el que los tuviere á ellos de su parte,

ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado

del Cécrope, fué á ser necio con todos. Era increíble el séquito, que

arrastraba, el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en

la plaza mayor del universo; pero nada capaz. Llena de gentes; pero

sin persona, á dicho de un sabio, que con la antorcha en la mano al

mediodía iba buscando un hombre, que lo fuese y no había podido hallar

uno entero: todos lo eran á medias.

Porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente y las

mujeres de pescado. Al contrario, el que tenía pies, no tenía cabeza.

Allí vieron muchos Acteones, que, luego que cegaron, se convirtieron

en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de

carga. Muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro. No pocos,

de lobos, siempre en la fábula del pueblo. Pero los más, de estólidos

jumentos, muy á lo simple malicioso.

¡Rara cosa, dijo Andrenio, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de

elefante ni aun de vulpeja!

No, amigo, dijo el Filósofo: que aun en ser bestias no alcanzan esa

ventaja.

Todos eran hombres á remiendos y así cuál tenía garra de león y cuál de

oso en pie. Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico

de puerco. Éste tenía pies de cabra y aquél orejas de Midas. Algunos

tenían ojos de lechuza y los más de topo. Risa de perro, quien yo sé,

mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando, y

así oyeron en uno que estaban peleando. Á toda furia ponían sitio á

Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero

ni gente. Pasaban á Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles

de Francia. Restauraban toda España. Marchaban á Flandes, que no

había para dos días. Daban la vuelta á Francia, dividíanla en cuatro

potentados, contrarios entre sí, como los elementos. Y finalmente

venían á parar en ganar la Casa Santa.

¿Quién son éstos, preguntó Andrenio, que tan bizarramente pelean? ¿Si

estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de

Fuensaldaña y aquél otro Totavila?

Ninguno déstos es soldado, respondió el Sabio, ni han visto jamás la

guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquél,

que habla más que todos juntos, es el que lee las cartas, el que

compone los razonamientos, el que le va á los alcances al cura, digo:

el barbero.

[Marginal: _El vulgo en corrillos._]

Impaciente Andrenio, dijo: Pues si éstos no saben otro que estripar

terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

¡Eh!, dijo el Cécrope: que aquí todo se sabe.

No digas se sabe, replicó el Sabio; sino que todo se habla.

Toparon en otro, que estaban gobernando el mundo. Uno daba arbitrios,

otro publicaba pragmáticas, adelantaban los comercios y reformaban los

gastos.

Éstos, dijo Andrenio, serán del parlamento; no pueden ser otros, según

hablan.

Lo que menos tienen, dijo el Sabio, es de consejo; toda es gente que,

habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.

¡Oh, vil canalla!, exclamó Andrenio. ¿Y de dónde les vino á éstos

meterse á gobernar?

Ahí verás, respondió el Serpihombre, que aquí todos dan su voto.

Y aun su cuero, replicó el Sabio.

Y acercándose á un herrador:

Advertid, le dijo, que vuestro oficio es herrar bestias: dad alguna en

el clavo.

Y á un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél.

Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la

mejor de España, si el otro era gran soldado, de más ventura que valor

y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo. Ni

perdonaban á los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si

tenían más vicios de hombres, que prendas de reyes. De modo que todo lo

llevaban por un rasero.

¿Qué te parece?, dijo el Cécrope. ¿Pudieran discurrir mejor los siete

sabios de Grecia? Pues advierte que todos son mecánicos y los más

sastres.

Eso creeré yo: que de sastres siempre hay muchos.

[Marginal: _Murmuración mecánica._]

Y Andrenio: ¿Pues quién los mete á ellos en esos puntos?

¡Oh! que es su oficio tomar la medida á cada uno y cortarle el vestido.

Y aun todos en el mundo son ya sastres en descoser vidas ajenas y dar

cuchilladas en la más rica tela de la fama.

Aunque era tan ordinario aquí el ruido y tan común la vocería,

sintieron que hablaban más alto allí cerca, en una ni bien casa ni mal

zahurda, aunque muy enramada: que, en habiendo riego, hay ramos.

¿Qué estancia ó qué estanque es éste?, preguntó Andrenio.

Y el Cécrope, agestándose de misterio:

Éste es, dijo, el Areópago. Aquí se tiene el consejo de estado de todo

el mundo.

Bueno irá él, si por aquí se gobierna. Ésta más parece taberna.

Sí lo es, respondió el Sabio: que, como se les suben los humos á las

cabezas, todos dan en quererlo ser.

Por lo menos, replicó el Cécrope, no pueden dejar de dar en el blanco.

Y aun en el tinto, respondió el Sabio.

Pues de verdad, volvió á instar, que han salido de aquí hombres bien

famosos y que dieron harto que decir de sí.

¿Quiénes fueron éstos?

[Marginal: _Cabezas de motines._]

¿Cómo quiénes? ¿Pues no salió de aquí el tundidor de Segovia, el

cardador de Valencia, el segador de Barcelona y el carnicero de

Nápoles, que todos salieron á ser cabezas y fueron bien descabezados?

Escucharon un poco y oyeron que unos en español, otros en francés, en

irlandés algunos, y todos en tudesco, estaban disputando cuál era más

poderoso de sus reyes, cuál tenía más rentas, qué gente podían meter en

campo, quién tenía más estados, brindándose á la salud dellos y á su

gusto.

De aquí, sin duda, dijo Andrenio, salen tantos, como andan rodando por

esa gran vulgaridad, dando su voto en todo. Yo creí procedía de estar

tan acabados los hombres, que andaban ya en cueros; mas ahora veo que

todos los cueros andan en ellos.

Así es, ponderó el Sabio. No verás á otro por ahí, sino pellejos

rebutidos de poca sustancia. Mira aquél, cuanto más hinchado más vacío.

Aquel otro está lleno de vinagre á lo ministro. Aquellos botillos

pequeños son de agua de azahar, que con poco tienen harto: luego se

llenan. Aquéllos, muchos son de vino y por eso en tierra. Aquellos

otros, los que, en siendo de voto, son de bota. Muchos están embutidos

de paja, que la merecen. Colgados otros, por ser de hombres fieros, que

hasta del pellejo de un bárbaro están acullá haciendo un tambor, para

espantar, muerto, sus contrarios: tan allá resuena la fiereza déstos.

De la mucha canalla, que de adentro redundaba, se descomponían por

allí cerca muchos otros corrillos y en todos estaban murmurando del

gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de

oro y de la paz. Era cosa ridícula oir los soldados tratar de los

consejos, dar prisa al despacho, reformar los cohechos, residenciar

los oidores, visitar los tribunales. [Marginal: _Necios barajados._]

Al contrario los letrados, era cosa graciosa verlos pelear, manejar

las armas, dar asaltos y tomar plazas. El labrador, hablando de los

tratos y contratos, el mercader de la agricultura, el estudiante de

los ejércitos y el soldado de las escuelas, el seglar ponderando las

obligaciones del eclesiástico y el eclesiástico las desatenciones

del seglar. Barajados los estados, metiéndose los del uno en el

otro, saltando cada uno de su corro y hablando todos de lo que menos

entienden.

Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho

bien de los pasados, exagerando la insolencia de los mozos, la libertad

de las mujeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo.

Yo, menos entiendo el mundo, decía éste, cuanto más va.

Y yo lo desconozco del todo, decía aquél, otro mundo es éste del que

nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen

otros tantos viejos, que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que

ellos tanto alababan. Y detrás de aquéllos otros y otros, encadenándose

hasta el primer viejo su vulgaridad.

Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes,

mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de

desempeñar las casas de los señores y restituirlas á aquel su antiguo

lustre.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 21 / 24 段