Éste es mi bajo y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala

de D. Fernando Ruiz de Contreras. Peor es acobardarse con la Fortuna.

Sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos. Y así

veréis que unos morlonazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con

cuanto quieren y se burlan de todo el mundo. Ellos son los felices; que

de los hombres de bien no hay quien se acuerde. Juro y voto que hemos

de andar á mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente.

No sé yo cómo será eso, replicó el licenciado: que la Fortuna no

hay entenderla. Tiene bravos reveses. Á otros más estirados he oído

ponderar que no hay tomarla el tino.

Yo, por lo menos, dijo el cortesano, de mis zalamerías pienso valerme y

mil veces hacerla el buz.

Buz de arca, dijo el soldado, ha de ser el mío. ¿Yo besarla la mano? Si

me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

[Marginal: _Fortuna ciega._]

Ya me parece que me la veo, decía el enano, y que ella no me ve á mí,

por ser pequeño. Que sólo son visibles los bienvistos.

Menos me verá á mí, dijo el estudiante, por ser pobre. Que á los

deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

¿Cómo os ha de ver, dijo el cortesano, si es ciega?

¿Eso más?, ponderó Critilo. ¿De cuándo acá ha cegado?

No corre otra en la corte.

¿Pues cómo podrá repartir los bienes?

¿Cómo? Á ciegas.

Así es, dijo el estudiante, y así la vió un sabio entronizada en un

árbol muy copudo, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas,

tiaras, capelos, mitras, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros

de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y

corozas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un sabio

y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía

ella á ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere y Dios te la depare

buena. Caía sobre la cabeza de uno una corona y sobre el cuello del

otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte. Y las más veces se

encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor

un remo. Á un docto le caía una mitra allá en Cerdeña ó acá en Jaca y á

un idiota bien cerca, todo á ciegas.

Y aun á locas, añadió el estudiante.

¿Cómo es eso?, replicó Critilo.

Todos lo dicen, que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con

concierto.

¿Y de qué enloqueció?

Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la malicia la

ha dado un brebaje y, á título de descansarla, se le ha alzado con el

mando y así da á sus favorecidos cuanto quiere: á los ladrones las

riquezas, á los soberbios las honras, á los ambiciosos las dignidades,

á los menguados las dichas, á las necias la hermosura, á los cobardes

las victorias, á los ignorantes los aplausos y á los embusteros todo.

El más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos

los premios ni por culpas los castigos. Unos yerran y otros los

murmuran. Al fin, todo va á locas, como digo.

[Marginal: _Amiga de ruines._]

¿Y por qué no á malas también, añadió el soldado, pues la hacen fama de

ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndolos y contraria de los

varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los

sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante

con todos?

¿Es posible, ponderó Critilo, que de tantos azares se compone? ¿Y con

todo eso la vamos á buscar desde que nacimos? ¿Y más ciegos y más locos

nos vamos tras ella?

Ya en esto se descubría un extravagante palacio, que por una parte

parecía edificio y por la otra, ruina. Torres de viento sobre arena,

soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio

no había sino la escalera, que en esta gran casa de la Fortuna no hay

otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas

cuanto más dobles y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas

para tenerse; riesgos sí para rodar.

El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña; pero

una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario

sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal

correspondencia que, así como comenzaba uno á subir por esta parte, al

punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron, cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal. Porque,

al punto que comenzó á caer, soltó de las manos la gran presa, que

había hecho de oficios y represa de beneficios. Cargos, dignidades,

riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo. Daba

aquí un bote una encomienda y saltaba acullá á manos de un enemigo

suyo. Agarraba otro de vuelo el oficio y todos andaban á la rebatiña,

haciendo grande fiesta al trabajo ajeno. Mas así se usa. Solemnizólo

mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

¡Pues, si hubierais visto rodar á Alejandro el Magno, aquel verle

soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias,

como nueces cuesta abajo y coja quien pudiere! Asegúroos, que fué una

Babilonia.

[Marginal: _Definición del favor._]

Acercóse Critilo á la primer grada con sus camaradas, donde estaba toda

la dificultad del subir. Porque aquí asistía el Favor, primer ministro

de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano á quien se

le antojaba, para ayudarle á subir y esto sin más atendencia, que su

gusto, que debía ser muy malo. Pues por maravilla daba la mano á ningún

bueno, á ninguno que lo mereciese; siempre escogía lo peor.

En viendo un ignorante, le llamaba y dejaba mil sabios. Y aunque todo

el mundo le murmuraba, nada se le daba. Que de sus temeridades tenía

hechos callos en el _qué dirán_. De una legua acechaba un embustero y

á los hombres de sustancia y de entereza no los podía ver, porque le

parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras.

Pues á un adulador, á un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le

echaba. Y para los hombres de veras y de su palabra era un topo. Que

jamás topó con un hombre de verdad; siempre echaba mano de tales como

él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera, entregándolos

cuanto hay y así todo lo confundían. Había millares de hombres por

aquel suelo, aguardando los favoreciese; pero él, en viendo un

entendido, un varón de prendas, decía:

Hete allá, puto, ¡quién á tal le ayudase! Es muy hombre: no conviene.

Sujeto, al fin, de bravo capricho.

Era de modo, que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno,

en armas, en letras, en grandeza y en nobleza, que había muchos y muy

á propósito. Pero ¿qué mucho, si descubrieron que estaba ciego de

todas pasiones y andaba á ciegas, topando con las paredes del mundo y

acabando con todo él?

Ésta, como digo, era la escala para subir á lo alto. No tenía remedio

Critilo por desconocido ni el cortesano por conocido ni el estudiante

ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le

hizo pariente y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver

que los gallinas volaban y el estudiante, de que los bestias corrían.

Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio,

que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado

en el valer. Conoció á Critilo, que no fué poco desde tan alto y de

donde muchos desconocieron á sus padres é hijos; mas fué llamada de

la sangre. Dióle luego la mano y levantóle y entre los dos pudieron

ayudar á subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta

facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de

un premio en muchos.

[Marginal: _Escala de la fortuna._]

Notaron una cosa bien advertida, estando á media escalera, y fué que

todos, cuantos miraban de la parte de arriba y que subían delante, les

parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquel que fué! ¡Qué sabio el que

murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos

enanos.

¡Qué cosa es, dijo Critilo, ir un hombre delante! ¡Aquello de ser

primero ó venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes

hombres y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada. Que

hay gran diferencia en el mirar á uno como superior ó inferior desde

abajo.

Llegaron ya á la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh

cosa rara! ¡oh prodigio nunca creído y de que quedaron atónitos y aun

pasmados! Digo, cuando vieron una reina totalmente diversa de lo que

habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba. Porque

no sólo no era ciega, como se decía; pero tenía una cara de cielo al

mediodía, con unos ojos más perspicaces que un águila, más penetrantes

que un lince. Su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de

madrastra. Y toda ella muy compuesta.

No estaba sentada, porque siempre estaba de leva y en continuo

movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines. Su vestir era la mitad

de luto y la otra mitad de gala. Miráronla y miráronse unos á otros,

encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad

y aun dudaron si era ella.

¿Pues quién había de ser?, respondió la Equidad, que la asistía con

unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su

espanto, y con voz harto agradable les dijo:

[Marginal: _Audaces afortunados._]

Llegaos acá. Decid, ¿de qué os habéis turbado? No reparéis en decir la

verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos, como encogidos. Sólo el soldado con valentía

en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo, que

pudo oirle todo el mundo, dijo:

Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de

decir hoy las verdades. Todo el mundo de cabo á cabo, desde la corona

á la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo

claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre

ajenos de lo que se dice.

Ya sé que todos se quejan de mí, dijo ella misma; pero ¿de qué y por

qué? ¿Qué es lo que dicen?

Mas ¿qué no dicen? respondió el soldado. Al fin yo comienzo con tu

licencia, si no con tu agrado. Dicen lo primero que eres ciega. Lo

segundo que eres loca. Lo tercero necia. Lo cuarto...

Aguarda, aguarda, basta, vete poco á poco, dijo: que hoy quiero dar

satisfacción al universo. Protesto lo primero que soy hija de buenos,

pues vengo de Dios y de su divina Providencia y tan obediente á sus

órdenes, [Marginal: _Fortuna sin hijos._] que no se mueve una hoja de

un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos es

verdad que no los tengo. Porque no se heredan ni las dichas ni las

desdichas.

El mayor cargo, que me hacen los mortales y el que yo más siento, es

decir que favorezco á los ruines. Que aquello de ser ciega seréis

vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines

procederes, que dan las cosas á otros tales como ellos. El ricazo

da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los ciento y los

doscientos á la ramera y traerá desnuda al ángel de una hija y el

serafín de una virtuosa consorte. En esto emplean sus grandes rentas.

Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los

merecen y positivamente los desmerecen. Favorecen al ignorante, premian

al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del

más merecedor ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona

por el peor hijo y la madre, por la hija más loca, el príncipe por el

ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor

por la oveja sarnosa, el prelado por el súbdito relajado, el capitán

por el soldado más cobarde.

Y si no, mirad cuando gobiernan hombres de entereza y de virtud, como

ahora, si son estimados los buenos, si son premiados los sabios.

Escoge el otro por amigo al enemigo de su honra y por confidente al

más ruin. Con ése se acompaña, ése que le gasta la hacienda.

Creedme que en los mismos hombres está el mal. Ellos son los malos y

los peores, ellos ensalzan el vicio y desprecian la virtud. Que no hay

cosa hoy más aborrecida.

[Marginal: _Manos de la fortuna._]

Favorezcan ellos los hombres de bien, que yo no deseo otro. ¿Veis aquí

mis manos? Miradlas, reconocedlas, que no son mías. Ésta es de un

príncipe eclesiástico y esta otra de un seglar. Con éstas reparto los

bienes, con éstas hago mercedes, con éstas dispenso las felicidades.

Ved á quién dan estas manos, á quién adelantan, á quién elevan. Que yo

siempre doy las cosas por manos de los mismos hombres ni tengo otras. Y

para que veáis cuánta verdad es ésta:

¡Hola!, ¡hola!, llamadme aquí luego el Dinero, venga la Honra, los

Cargos, Premios y Felicidades, venga acá cuanto vale y se estima en el

mundo, comparezcan aquí todos cuantos se nombran bienes míos.

Concurrieron luego todos y comenzó á alborotarlos cuerdamente.

Venid acá, decía, ruin canalla, gente baja y soez, que vosotros,

infames, me tenéis sin honra. Di, tú, bellaco, di, tú, dinero,

[Marginal: _El dinero residenciado._] ¿por qué estás reñido con los

hombres de bien? ¿Por qué no vas á casa de los buenos y virtuosos?

¿Es posible que me digan que siempre andas con gente ruin, haciéndote

camarada con los peores del mundo, y me aseguran que nunca sales de sus

casas? ¿Esto se puede tolerar?

Señora, respondió el Dinero, primeramente, todos los ruines, como son

rufianes, farsantes, espadachines y rameras, jamás tienen un real ni

para en su poder. Y si los buenos tampoco le tienen, no tengo yo la

culpa.

¿Pues quién la tiene?

Ellos mismos.

¿Ellos? ¿De qué suerte?

Porque no me saben buscar. Ellos no roban, no trampean, no mienten,

no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la

sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no

engañan: ¿cómo han de enriquecer, si no me buscan?

¿Qué, es menester buscarle? Váyase él, pues corre tanto, á sus casas

mismas y ruégueles y sírvales.

Señora, ya voy tal vez ó por premio ó por herencia y no me saben

guardar. Luego me echan puerta afuera, [Marginal: _Don Diego Antonio

Francés._] haciendo limosnas, remediando necesidades, más que

el arcipreste de Daroca. Pagan luego lo que deben, prestan, son

caritativos, no saben hacer una ruindad y así luego me echan puerta

afuera.

No es echarte á rodar; sino subirte bien alto, hasta el cielo. Y tú,

Honra, ¿qué respondes?

Lo mismo. Que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban,

no se entremeten; antes se humillan, se retiran del bullicio, no

multiplican cartas, no se presentan y así ni me saben buscar ni á ellos

los buscan.

¿Y tú, Hermosura?

[Marginal: _Belleza argüída._]

Que tengo muchos enemigos. Todos me persiguen, cuando más me siguen.

Quiérenme para el mundo; nadie para el cielo. Siempre ando entre locas

y necias. Las vanas me placean, me sacan á vistas; las cuerdas me

encierran, me esconden, no se dejan ver y así siempre me topan con

gente ruin á tontas y á locas.

Habla tú, Ventura.

Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son

atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes

dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los

desesperados no tienen qué perder. ¿Qué quieres tú que diga?

¿No veis, exclamó la Fortuna, lo que pasa?

Conocieron todos la verdad y valióle.

Sólo el soldado volvió á replicar y dijo:

Muchas cosas hay, que no dependen de los hombres; sino que tú

absolutamente las dispensas, las repartes como quieres y se quejan que

con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es, que todos viven

descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas

porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres,

los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin

hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados,

los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que á nadie

tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro; todos son

aguados.

Hasta la misma naturaleza se queja ó se escusa con que en todo te le

opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el

mundo. Si la una echa por un cabo, la otra por el otro. [Marginal:

_Fama, fortuna y naturaleza reñidas._] Por el mismo caso que la

naturaleza favorece á uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú

las desluces y las malogras. Pues vemos infinitos perdidos por esto,

grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un

Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrico

IV muerto á puñaladas, un Marqués del Valle pleiteando, un rey don

Sebastián vencido, un Belisario ciego, un Duque de Alba encarcelado, un

don Lope de Hozes abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe

don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el

mundo.

[Marginal: _Contrapesos de las felicidades._]

Basta, dijo la Fortuna: que lo que más me habían de estimar los hombres

eso me calumnian. ¡Hola!, Equidad, vengan las balanzas.

¿Veislas? ¿veislas? Pues sabed que no doy cosa, que no la pese y

contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá,

necios, inconsiderados, si todo lo diera á los sabios, ¿qué hicierais

vosotros? ¿Habíais de quedar destituídos de todo? ¿Qué había de hacer

una mujer, si fuera necia, fea y desdichada? ¿Desesperarse? ¿Y quién se

pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si

no, hagamos una cosa.

Traigan acá todas mis dádivas, vengan las lindas: si tan desgraciadas

son, truequen con las feas. Vengan los discretos: si tan descontentos

viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener.

Fué luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras,

riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fué tal el contrapeso de

cuidados á las honras, de dolores á los gustos, de descréditos á los

vicios, de achaques á los deleites, de pensiones á las dignidades, de

ocupaciones á los cargos, de desvelos á las riquezas, de trabajos á la

salud, de crudezas al regalo, de riesgo á la valentía, de desdoros á la

hermosura, de pobreza á las letras, que cada uno decía:

¡Démonos por buenos!

Estas dos balanzas, proseguía la Fortuna, somos la naturaleza y yo, que

igualamos la sangre. Si ella se inclina á la una parte, yo á la otra;

si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella á la hermosa, yo á la

fea. Siempre al contrario, contrapesando los bienes.

[Marginal: _Fortuna justiciera._]

Todo está bien, replicó el soldado; pero ¿por qué no has de ser

constante en una cosa y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena

tanta mudanza?

¿Qué más quisieran los dichosos?, respondió la Fortuna. ¡Bueno por

cierto! ¿Que siempre gozasen unos mismos los bienes y que nunca les

llegase su vez á los desdichados? Deso me guardaré yo muy bien.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta y nunca

pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes. Vayan á

veces. Sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues, si aun

con saber esto y llamarme la mudable, no se dan por entendidos los

poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando

los inferiores, atropellando los desvalidos, ¿qué hicieran, si ellos

supieran que no había de haber mudanza?

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los

ricos, los mandones, ¿qué fuera, si se aseguraran, echando un clavo á

su felicidad? Éste sí que fuera yerro.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda y desengáñese todo el mundo, que nada

permanece, sino la virtud.

No tuvo más que replicar el soldado; antes volviéndose al estudiante,

le dijo:

Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna,

¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo de

hablar.

Confesó él que no lo era; sólo venía á pretender un beneficio bobo.

Mas la Fortuna: Ya sé, dijo, que los sabios son los que hablan más mal

de mí y en eso muestran serlo.

Escandalizáronse todos mucho de oir esto.

Y ella: Yo me desempeñaré. No es porque ellos así lo sientan, sino

porque lo sienta el vulgo, para tener á raya los soberbios. Yo soy

el coco de los poderosos. Conmigo les hacen miedo. Teman los ricos,

tiemblen los afortunados, escarmienten los validos, enfrénense todos.

Una cosa os quiero confesar y es que los verdaderos sabios, que son

los prudentes y virtuosos, son muy superiores á las estrellas. Bien

es verdad que tengo cuidado no engorden, porque no duerman. Que el

enjaulado jilguero, en teniendo que comer, no canta. Y porque veáis que

ellos saben ser dichosos:

¡Hola!, arrastrad aquella mesa.

Era redonda y capaz de todos los siglos. En medio della se ostentaban

muchas venturas, en bienes, digo cetros, tiaras, coronas, mitras,

bastones, varas, laureles, púrpuras, capelos, toisones, hábitos,

borlas, oro, plata, joyas y todas sobre un riquísimo tapete. [Marginal:

_Mesa de la fortuna._] Mandó luego llamar todos los pretendientes de

ventura, que fueron todos los vivientes, que ¿quién hay que no desee?

Coronaron la gran mesa y, teniéndolos así juntos, les dijo:

Mortales, todos estos bienes son para vosotros. ¡Alto!, disponeos para

conseguirlos, que yo nada quiero repartir, por no teneros quejosos.

Cada uno escoja lo que quisiere y coja lo que pudiere.

Hizo señal de agarrar y al punto comenzaron todos á porfía á alargar

los brazos y estirarse, para alcanzar cada uno lo que deseaba; pero

ninguno podía conseguirlo. [Marginal: _Don Diego Jerónimo Sala._]

Estaba ya uno muy cerca de alcanzar una mitra; aunque no la merecía

tanto como un vicario general y sea el doctor Sala. Anduvo porfiando

toda la vida tras ella; mas nunca la pudo asir y murió con aquel buen

deseo.

Daba saltos un otro por una llave dorada y, aunque se fatigó y fatigó á

otros, como tenía dientes, se le defendía.

Empinábanse algunos al rojo; al cabo se quedaban en blanco.

Anhelaba otro y aun sudaba tras un bastón; mas vino una bala y

derribóle, cuando le iba á empuñar.

Cogían unos la carrera muy de atrás y á veces por rodeos é indirectas.

Daban valientes saltos por alcanzar alguna cosa y quedábanse burlados.

Andaba cierto personaje, aunque á lo disimulado, por alcanzar una

corona. Cansábase de ser príncipe de retén; mas quedóse con estas

esperanzas.

Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de

carne, no se dignó de mirar á los demás, burlándose de todos.

Éste sí, dijeron, que se ha de alzar con todo y más que tiene cien

garras.

Alzó el brazo, que fué izar una entena. Hizo temblar todos los bienes

de la Fortuna; mas, aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y

casi casi llegó á rozarse con una corona, no la pudo asir, de que quedó

hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna.

Probábanse ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al

cabo todos se rendían.

¿No hay algún sabio?, gritó la Fortuna. Venga un entendido y pruébese.

[Marginal: _Sabio señor de todo._]

Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo: que los largos, raras

veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole y decían:

¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido?

Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni

matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fué tirando hacia sí y

trayendo con él todos los bienes juntos.

Aquí alzaron todos el aplauso y la Fortuna dijo:

Ahora veréis el triunfo del saber.

Hallóse en un punto con todos los bienes en su mano, señor de todos

ellos. Fuélos tanteando y, habiéndolos sospesado, ni tomó la corona ni

la tiara ni el capelo ni la mitra; sino una medianía, teniéndola por

única felicidad.

Viendo esto el soldado, llegóse á él y rogóle le alcanzase un bastón de

aquéllos y el cortesano un oficio.

Preguntóle si quería ser ayuda de cámara. Y él dijo:

De cámara no; de mesa sí.

Mas no se halló tal plaza, que era muerta.

Dábale una tenencia de la guarda. Tampoco la aceptó, por ser oficio de

coscorrones, de más ruido que provecho.

Toma, pues, esta llave capona.

¿Y cómo comeré yo sin dientes? No te canses en buscarme oficio en

palacio, que todo es ser mozo; búscame un gobierno allá en Indias y

mejor cuanto más lejos.

Al estudiante le alcanzó su beneficio. Para Critilo y Andrenio un

espejo de desengaños.

Mas ya en esto tocaron á despejar, el Tiempo con su muleta, la Muerte

con su guadaña, el Olvido con su pala, la Mudanza dando temerarios

empellones, el Disfavor puntapiés, la Venganza mojicones.

Comenzaron á rodar unos y otros por una y otra parte. Que para el caer

no había sino una grada y ésa deslizadero; todo lo demás era un despeño.

Cómo salieron deste común riesgo nuestros dos peregrinos de la vida,

que lo mejor del correr es el parar bien y lo más dificultoso de la

ventura es el buen dejo, ése será el principio de la Crisi siguiente.

TABLA

Páginas

PRÓLOGO VII

PRIMERA PARTE

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 23 / 24 段