haber podido descubrir el coronado necio de su dueño, cuando á lo
último, imaginándole en algún salón dorado, ocupando rico trono á toda
majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le
hallaron muy al contrario, metido en el más estrecho calabozo, que aun
luz no gastaba, por no gastarla ni aun de día, por no ser visto para
dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos
amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas.
La barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se
envidiaba. Mostraba unas grandes orejas de rico trasnochado, siendo tan
horrible en su aspecto. Nada se ayudaba con el vestido, que de viejo,
la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta.
Estaba solo quien de nadie se fiaba y todos le dejaban estar, rodeado
de gatos, con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos
no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.
Así como entraron, con que á nadie puede ver, fué á abrazarlos, que los
quisiera de oro; mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron,
buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, [Marginal:
_Infierno de plata._] palacio de Plutón, que toda casa de avaro es
infierno en lo penoso y limbo en lo necio.
Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de
la tiranía codiciosa, buscaban á toda priesa por dónde escapar; mas,
como en casa del desdichado se tropieza en los azares, yendo en fuga,
cayeron en una disimulada trampa, cubierta con las limaduras de oro
de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por
librarse, más le anudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera.
Suspiraba Andrenio su malvendida libertad. Cómo la consiguieron contará
la otra Crisi.
CRISI IV
_El museo del discreto._
Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio y aun dicen
corte, una casa, que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque
entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas,
cuanto más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas
virtudes. Guióle ya su dicha á entrar en una y aun única. Y al punto,
volviéndose á sus discretos les dijo:
Ya estamos entre personas: esta casa huele á hombres.
¿En qué lo conoces? le preguntaron.
Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?
Y mostróles algunos libros, que estaban á mano:
Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué
jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta?
¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto
museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se
alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface?
[Marginal: _Fullería discreta._] No hay lisonja, no hay fullería para
un ingenio, como un libro nuevo cada día.
Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron,
el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron,
todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los
inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los
insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo
de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la
sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben
y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia
borregos con bellocino de oro.
Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á
los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia,
un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes,
que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde
quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba
fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de
grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una,
que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar
un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:
Hombre ó prodigio, ¿quién eres?
Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.
¿Cómo menos?
Sí: que á veces más valiera no haber sido.
¿De dónde vienes?
De la nada.
¿Y dónde vas?
Al todo.
¿Cómo vienes tan solo?
Aun la mitad me sobra.
[Marginal: _Deseoso de saber._]
Ahora digo que eres sabio.
Sabio, no; deseoso de saber, sí.
¿Pues con qué ocasión viniste acá?
Vine á tomar el vuelo: que pudiendo levantarme á las más altas regiones
en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía abatido.
Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?
De ningún modo: que no se permuta bien un adarme de libertad por todo
el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.
¿Y podrás?
Siempre que quiera.
¿Podríasnos librar á nosotros?
Todo es que queráis.
¿Pues no habíamos de querer?
No sé: que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en
sus cárceles y muy hallados, cuando más perdidos. Ésta, con ser un
encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.
[Marginal: _Mundo encantado._]
¿Cómo es eso de encanto?, dijo Andrenio. ¿Pues no es éste, que vemos,
tesoro verdadero?
De ningún modo; sino fantástico.
Éste que reluce, ¿no es oro?
Dígole lodo.
¿Y tanta riqueza?
Vileza.
Éstos ¿no son montones de reales?
No hay una realidad en todos ellos.
Pues éstos, que tocamos, ¿no son doblones?
Sí, en lo doblado.
¿Y tanto aparador?
No es, sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis
que todo esto es apariencia, advertid que, en boqueando cualquiera, el
más rico, el más poderoso, en nombrando cielo, en diciendo: ¡Dios mío,
valedme!, al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y
aun cenizas.
Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se
desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando
los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron
vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien
horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron
reídos. [Marginal: _La muerte de blanco._] Los monarcas, arrastrando
púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados,
todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban
tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco
en hoyas y sepulcros.
Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron
en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan
rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo
aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en
huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa
más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en
un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.
Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues
desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y
él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le
querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y
donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra
cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía.
Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.
Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser
suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí
por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que,
aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en
romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados;
pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. [Marginal: _Fénix
sabia._] Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores
no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé.
Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de
todo lo bueno.
Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio,
fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si
en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este
centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.
Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente
turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano
monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba.
¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente.
De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba
arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á
sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas
Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito
quién era aquel serpihombre.
¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras?
Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de
ciencia.
[Marginal: _Bachillería del mundo, necedad del cielo._]
Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que
sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste
es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan
arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio,
que sabe todas las cosas malsabidas.
¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.
[Marginal: _Sabios de fortuna._]
¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.
Estrañó mucho el término y replicóle:
¿Qué cosa es ser sabio de ventura?
Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es
sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin
haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse
desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha
cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han
dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te
dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también
ser.
Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin
sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del
gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas,
literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso,
volviéndose á sus compañeros les dijo:
¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!
Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.
¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber
es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á
ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.
Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran
palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar
los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse,
en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. [Marginal: _Palacio
del entendimiento._] Era su arquitectura extremo del artificio y de la
belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien,
á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía
muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz
y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo
eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo
mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las
mascaban y se paladeaban con ellas.
¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.
Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.
Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la
boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no
lo eran, sino sales gustosísimas.
Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y
ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas
inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron
dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de
columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado
podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un
non plus ultra de su siglo.
Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los
ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos
y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa
curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en
quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas
maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.
Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y,
con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de
un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave
plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios,
pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba
los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que
no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las
fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus
peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. [Marginal: _Nicho de
la poesía._] Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy
sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando
mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara,
haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para
muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable
que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia
de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano
bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa
ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:
Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral
enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura
de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus
conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía
formarse su concha.
Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció
suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril
y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos
laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.
Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo
Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del
mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.
Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza.
Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la
cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los
instrumentos:
Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de
verdad que no le fuera inferior.
Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo
y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de
Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular;
mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética
Belleza.
Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó,
por lo plausible, todos los teatros de España.
Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero
tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla,
diciendo:
En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su
mucha frialdad con el amoroso fuego.
Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo:
Éstas más se suspenden, que suspenden.
Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán.
Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que
se escandalizaron mucho.
No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba
sus dolores Marica en el hospital.
Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que
todos celebraron mucho y con razón:
Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él
mismo se está diciendo el que amo es.
Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto;
aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo:
Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar
Gila en la noche de aquel santo.
Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que
frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar,
cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo:
Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta
inmundicia lasciva.
Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con
todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de
que estaba todo él esmaltado:
Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se
dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce
tanto, que dél se puede decir:
¡El alba es que sale!
Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo;
aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por
tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban
las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo
satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de
feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa.
Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y
acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado
Critilo dijo:
¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?
Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles;
pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.
Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los
quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.
Aun no es eso, respondió la gloria de los cisnes: que son tan
romancistas algunos, que no entienden el arte; sino que para las obras
grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que
es un otro Virgilio cristiano y tanto, que siempre se desempeña con
ángeles y con milagros.
Había un vacío en buen lugar y, notándolo Critilo, dijo:
De aquí algún gran plectro han robado.
No será eso; sino que estará destinado para algún moderno.
[Marginal: _Don Francisco de Sayas._]
¿Si sería, dijo Critilo, uno que yo conozco y estimo por bueno, no por
ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?
No pudieron detenerse más, porque la edad les daba prisa, y así
hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso y, en
lo fragante, Paraíso.
Llamóles el Tiempo á un otro salón más dilatado, pues no se le veía
fin. Introdújoles en él la Memoria y aquí hallaron otra bien extremada
ninfa, que tenía la mitad del rostro arrugado muy de vieja y la otra
mitad fresco muy de joven. [Marginal: _Historiadores._] Estaba mirando
á dos haces á lo presente y á lo pasado; que lo porvenir remitíalo á la
providencia. En viéndola, dijo Critilo:
Ésta es la gustosa Historia.
Mas el varón alado: No es sino la maestra de la vida, la vida de la
fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.
Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y
otros por ruines, grandes y pequeños, valerosos y cobardes, políticos
y temerarios, sabios é ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos,
sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas,
pero tan prodigiosas, que con una sola, que entregó á uno, le hizo
volar y remontarse hasta los dos coluros. No sólo daba vida con el
licor que destilaba; sino que eternizaba, no dejando envejecer jamás
los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque á
ninguno daba la que él quería, y esto á petición de la Verdad y de la
Entereza.
Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma
de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano,
diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se
vuela á la eternidad en plumas alquiladas.
Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.
Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora
sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á
ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y
á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el
inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.
Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un
gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó
con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto
plausiblemente y dijo:
Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.
Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien
dél. Informóse la ninfa si era benemérito.
Averiguó que no.
Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su
honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer
insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y
bien escritos después.
Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le
había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos
campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre
mucha elocuencia.
Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se
pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para
otros no tan esclarecidos.
Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo:
Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á
mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que
os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí
preciada.
Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado
en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.
Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la
pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto
cacarearlas más parecía de gallinas.
No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara,
poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César
cabal pluma y espada rige.
Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir
pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál
la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque
tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor
natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de
todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.
Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar
sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:
Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien
algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con
tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos
contentos de su entereza.
Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos
sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto,
le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir
libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que
ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.
Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que
parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del
Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se
halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más
atenta prudencia.
[Marginal: _Don José Pellicer._]
Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente
no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda
realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la
hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita
de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con
acierto de sí mismos.
Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por
el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole:
Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien,
la pluma escribirá mejor.