Desta suerte fué celebrando las excelencias de la amistad y á lo último:

Quiero, dijo, que registres mis tesoros, que para los amigos siempre

están patentes y aun ellos son los mayores.

Mostróme lo primero la granada de Darío, ponderando que los tesoros del

sabio no son los rubíes ni los zafiros; sino los Zopiros.

Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo:

ni tan apretado, que lastime, ni tan holgado, que no ajuste con riesgo

de perderse. Atiende mucho á este diamante, no falso, sí al tope,

cuando conviene, y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en

almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza tan firme,

que ni en el yunque quiebra, expuesto á los golpes de la fortuna, ni

con las llamas de la cólera salta ni con el ungüento de la lisonja ni

del soborno se ablanda; sólo el veneno de la sospecha le puede hacer

mella.

[Marginal: _Veneno de la amistad._]

Fué haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad.

Á lo último sacó un pomito de olor, que despedía una fragancia muy

confortante y, cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar,

realzado del almizcle, me dijo:

No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo, más jubilante,

que jubilado. Bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie

y que le alegre y juntamente sane las morales llagas.

Entregóme, al despedirme, esta lámina preciosa, con este su retrato,

dedicado á la amigable fineza.

Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros

eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada

la amistad entre todos, muy á la enseñanza del Gerión. ¡Feliz empleo

de la varonil edad! Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para

sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia; nuestros dos

peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje del vivir,

salieron á proseguirle por la Francia.

Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre

á tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas

sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes

murallas, con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos

primeras provincias de la Europa, á España de la Francia, fortificando

la una contra la otra, con murallas de rigores, dejándolas tan

distantes en lo político, cuando tan confinantes en lo material. Y

ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo

había delineado en un mapa estas dos provincias, en los dos extremos

del orbe. Caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de

otros, por aplaudido.

[Marginal: _Franceses, antípodas de España._]

Al mismo punto que metieron el pie en Francia, conocieron sensiblemente

la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra; pero

mucho más la total oposición de sus moradores, en genios, ingenios,

costumbres, inclinaciones naturales, lengua y trajes.

¿Qué te ha parecido de España?, dijo Andrenio.

Murmuremos un rato della, aquí donde no nos oyen.

[Marginal: _Censura de España._]

Y aunque nos oyeran, ponderó Critilo, son tan galantes los españoles,

que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos

como los franceses; más generosos corazones tienen.

Pues díme, ¿qué concepto has hecho de España?

No malo.

¿Luego bueno?

Tampoco.

¿Según eso, ni bueno ni malo?

No digo eso.

¿Pues qué?

Agridulce.

¿No te parece muy seca y que de ahí les viene á los españoles aquella

su sequedad de condición y melancólica gravedad?

Sí; pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy

sustanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella y más

los estranjeros.

¿De tres solas? ¿Y qué son?

De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus

femeniles lunas, que enloquecen.

¿No te parece, que es muy montuosa y aun por eso poco fértil?

Así es; pero muy sana y templada. Que, si fuera llana, los veranos

fuera inhabitable.

Está muy despoblada.

También vale una della por ciento de otras naciones.

Es poco amena.

No la faltan vegas muy deliciosas.

Está aislada entre ambos mares.

También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de

pescados.

Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al

cabo del mundo.

Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor

que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su

vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares

Génova, sus caballos Francia y sus patacones todo el mundo.

Díme, y de sus naturales, ¿qué juicio has hecho?

Ahí hay más que decir: que tienen tales virtudes, como si no tuviesen

vicios, y tienen tales vicios, como si no tuviesen tan relevantes

virtudes.

No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.

Sí; pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos; no tan

ingeniosos. Son valientes; pero tardos. Son leones; mas con cuartana.

Muy generosos y aun perdidos. Parcos en el comer y sobrios en el beber;

pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los estranjeros; pero no

estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo; pero de grande

ánimo. Son poco apasionados por su patria y trasplantados son mejores.

Son muy llegados á la razón; pero arrimados á su dictamen. No son muy

devotos; pero tenaces de su religión y absolutamente es la primer

nación de Europa odiada por tan envidiada.

Más dijeran, si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro

pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir.

Veníase encaminando hacia ellos y Critilo dijo:

Éste es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar

y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.

¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?

Sí, que hay genio común en las naciones y más en ésta. Y la primera

treta del trato es no vivir en Roma á lo húngaro, como algunos, que en

todas partes viven al revés.

La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos,

viendo que iban de España, fué si había llegado la flota.

Respondiéronle que sí y muy rica. Y cuando creyeron se había de

desazonar mucho con la nueva, fué tan al contrario, que comenzó á dar

saltos de placer, haciéndose son á sí mismo. Admirado Andrenio, le

preguntó.

¿Pues deso te alegras tú, siendo francés?

Y él: ¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?

¿Pues de qué provecho le es á Francia que enriquezca España y se le

aumente su potencia?

[Marginal: _Efectos de la flota._]

¡Oh qué bueno está eso! dijo el monsiur. ¿No sabéis vosotros que un

año, que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieron hacer

guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente,

cuando se ha alterado algo la plata del Perú, ¿no se han turbado todos

los príncipes de la Europa y todos sus reinos con ellos? Creedme que

los españoles brindan flotas de oro y plata á la sed de todo el mundo.

Y pues venís de España, muchos doblones traeréis.

No por cierto, respondió Critilo: de lo que menos habemos cuidado.

¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís!, exclamó el francés. Basta que

aún no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos, que aun á la

vejez no han comenzado á vivir. ¿No sabéis, que el hombre da principio

á la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y

acaba viejo por la honra?

Venimos, le dijeron, en busca de una reina, que si por gran dicha

nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto

bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían

entrado á la par con ella.

¿Cómo decís que se nombra?

Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.

[Marginal: _La sabiduría._]

Ya sé quién decís. Ésa en otro tiempo bien estimada era en todo el

mundo, por su mucha discreción y prendas; mas ya por pobre no hay quien

haga caso ni casa della. En viéndola sin dote, sin oro y plata, muchos

la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo

que no es de cuenta. Entendedme una cosa, que no hay otro saber como

el tener y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto

y poderoso, es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me

hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ahora venid conmigo.

Echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.

¿Dónde nos piensas llevar?

Donde halléis hombres, lo que mozos despreciasteis. ¡Cómo se echa de

ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os

lo diré. Y preguntó:

[Marginal: _Qué siglo este._]

¿En cuál pensáis vivir, en el del oro ó en el de lodo?

Yo diría, respondió Critilo, que en el de hierro. Con tantos, todo anda

errado en el mundo y todo al revés, si ya no es el de bronce, que es

peor con tanto cañón y bombarda. Todo ardiendo en guerras: no se oye

otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas

entrañas parece se han vuelto de bronce.

No faltará quien diga, respondió Andrenio, que es el siglo de cobre y

no de pague; mas yo digo que el de lodo, cuando todo lo veo puesto dél:

tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra. La virtud

dió en el suelo con su letrero: ¡Aquí yace! La basura á caballo, los

muladares dorados y, al cabo al cabo, todo hombre es barro.

No decís cosa, replicó el francés. Asegúroos que no es sino el siglo de

oro.

Mira quien tal creyera.

Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se

hace caso de otro, todo va á parar en él y por él y así dice bien,

cuando más mal, aquel público maldiciente: _tuti tiramo à questo

diavolo di argento_.

Relucía ya y de muy lejos uno como palacio grande; pero no magnífico, y

tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:

¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.

¿Qué mucho, si lo es?, respondió el monsiur, bailando de contento.

Que como al dar llaman ellos bailar, siempre andan bailando.

¿Todo el palacio es de oro?, preguntó Critilo.

Todo, desde el fundamento hasta el tejado, por dentro y fuera. Y cuanto

hay en él todo es oro y todo plata.

Muy sospechoso se me hace, dijo Critilo: que la riqueza es gran comadre

del vicio y aun se dice vive mal con él. ¿Pero de dónde han podido

juntar tanto oro y tanta plata? Que parece imposible.

¿Cómo de dónde? Pues, si España no hubiera tenido los desaguaderos

de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, las

sanguijuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades

enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? Á más de

que el poderoso dueño, que en este palacio mora, tiene tal virtud, no

sé yo si dada del cielo ó tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si

con la mano izquierda, la convierte en plata, y, si con la derecha, en

oro.

¡Eh!, monsiur, dijo Critilo, que ésa fué una novela tan antigua como

necia de cierto rey, llamado Midas, tan sin medida ni tasa en su

codicia, que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre,

siendo su enfermedad de ahito.

¡Cómo, que es fábula!, dijo el francés. No es sino verdad tan cierta,

como practicada hoy en el mundo. [Marginal: _Midas al uso._] ¿Pues qué,

es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con una palmada, que

da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolomico

del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los doscientos al punto y

no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y, aunque

estudia en Baldo, no es de balde su ciencia.

Un médico, pulsando ¿no se hace él de oro y á los otros de tierra?

¿Hay vara de virtudes como la del alguacil y la pluma del escribano

y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más

guardado, lo sacan bajo tierra? ¿Las vanas Venus de la belleza, cuando

más tocadas y prendidas, no convierten en oro la inmundicia de su

torpeza? Hombre hay, que con sola una pulgada que da, convierte en el

oro más pesado el hierro más pesado. Al tocar de las cajas ¿no anda la

milicia más á la rebatiña, que al rebato? Las pulgadas del mercader,

¿no convierten en oro la seda y la holanda?

Creedme, que hay muchos Midas en el mundo: así los llama él, cuando más

desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés

es el rey de los vicios, á quien todos sirven y le obedecen. Y así, no

os admiréis que yo diga que el príncipe, que allí vive, convierte en

oro cuanto toca. Y una de las causas, porque yo voy allá, es para que

me toque también y me haga de oro.

Monsiur, instó Andrenio, ¿cómo puede vivir dese modo?

Muy bien.

Pues díme, ¿no se le convierte en oro el manjar, así como le toca?

Buen remedio: calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen dellos

y con ellos.

Sí; pero, en llegando á la boca el manjar, en comenzándole á mascar,

¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?

¡Oh, qué mal discurres!, dijo el francés. Ese melindre fué allá en otro

tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. [Marginal: _Oro potable._]

Ya se ha hallado traza cómo hacer el oro potable y comestible, ya

dél se confeccionan bebidas, que confortan el corazón y alegran

grandemente. Ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones

y dicen es tan sustancial, que basta á resucitar un muerto; que eso

de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de

miserables de no querer comer. Todo lo que no comen ni beben ni visten

dicen que lo convierten en oro. Ahorran, porque no se aforran. Mátanse

de hambre á sí y á sus familias y de matarse viven.

Con esto se fueron acercando y descubrieron á las puertas muchas

guardas que, á más de estar armadas todas con espaldares castellanos

contra los petos gallegos, eran tan inexorables, que no dejaban llegar

á ninguno ni de cien leguas. Y si alguno porfiaba en querer entrar,

arrojábanle un no, salido de una cara de hierro, que no hay bala que

así atraviese y deje sin habla al más osado.

¿Cómo haremos para entrar, dijo Andrenio: que cada guarda de éstas

parece un Nerón sincopado y aun más cruel?

No os embarace eso, dijo el francés: que esta guarda sólo es guarda de

la juventud. No dejan entrar los mozos.

Y así era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda.

Á todos se les vinculaban, hasta ser hombres; pero de treinta años

arriba las franqueaban á todo hombre, si ya no fuese algún jugador,

descuidado, gastador ó castellano, gente toda de la cofradía del hijo

pródigo. Mas á los viejos, á los franceses y catalanes, puerta franca y

aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y

tan á la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. [Marginal:

_Puertas del interés._] Pero luego hubo otro tope y mayor, que á más

de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico,

de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo,

estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y candados

vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros á llamar, nadie respondía ni

á propósito mucho menos correspondía.

Mira, decía uno, que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

Más quiero mis dientes, que mis parientes. Cuando yo era pobre, no

tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre, no tiene

consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

¿No me conoces, que soy tu amigo?, gritaba otro.

Y respondíanle:

En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre y respondía un villano:

Ahora, que tengo, todos me dicen: Norabuena estéis Pedro.

¿Pues á tu padre?, decía un viejo.

Y el hijo respondía:

En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba á su padre un hijo le dejase entrar y él respondía:

Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni

padres con hijos: ¿pues qué sería suegras con nueras? Oyendo esto,

desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la

honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro? Pues no nos

faltará traza á nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróles una valiente maza, que estaba pendiente de una dorada

cencerra:

Miradla bien, dijo: que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis

que es?

Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas, dijo Critilo, aun creyera

yo era la clava de Hércules.

¿Cómo de Hércules?, dijo el francés. Fué juguete aquélla, fué un

melindre, respecto désta y todo cuanto el ahijado de Juno obró con ella

fué niñería.

¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

Dígote que no valió un clavo, respecto désta, ni supo Hércules lo que

se hizo ni supo vivir ni entendió el modo de hacer la guerra.

¿Cómo no, si con aquella triunfó de todos los monstruos del mundo, con

ser tantos?

Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho

más ejecutiva y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de

dificultades, que se han allanado con ésta.

Será encantada, dijo Andrenio, no es posible otra cosa. Obra grande de

algún poderoso nigromántico.

Que no está encantada, dijo el francés, aunque sí hechiza á todos. Más

os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas

ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de

un niño, obra prodigios.

[Marginal: _Poder del oro._]

¡Eh, monsiur, dijo Andrenio! No tanto encarecimiento. ¿Cómo puede ser

eso?

¿Cómo? Yo os lo diré. Porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso

metal, que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué pensáis vosotros, que los

reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de

los mosquetes y con el plomo de las balas? No, por cierto, sino con

_dinari y dinari e piu dinari_. Mal año para la tizona del Cid y para

la encantada de Roldán, respecto de una maza preñada de doblones. Y

porque lo veáis, aguardad.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo;

pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando

atónitos ambos peregrinos y blasonando el monsiur, aunque fueran las de

la torre de Dánae. Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo;

antes dudaba mucho el entrar, porque dudaba el poder salir. [Marginal:

_Reclamo de oro._] Hallaba, como prudente, grandes dificultades; mas

al ruido del dinero, que oyó contar, que por eso se llamó moneda, _a

monendo_, porque todo lo persuade y recaba y á todos convence, se dejó

vencer. Atrájole el reclamo del oro y de la plata. Que no hay armonía

de Orfeo, que así arrebate.

En estando dentro, se volvieron á cerrar las puertas, con otros tantos

cerrojos de diamante. Mas, ¡oh espectáculo tan raro como increíble!

Donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una

cárcel, llena de prisiones, pues á cuantos entraban los aherrojaban. Y

es lo bueno que á título de hacerles muchos favores.

Estaban persuadiendo á una hermosa mujer, que la enriquecían y

engalanaban y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por

vida y aun por muerte, la argolla de un rico collar, las esposas de

unos preciosos brazaletes, que paran en horcas, el apretador de sus

obligaciones, el esmaltado lazo de un nudo ciego, la gargantilla de un

ahogo. Ello fué casa y miento y cárcel verdadera.

Echáronle á un cortesano unos pesados grillos de oro, que no le dejaban

mover y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron

salones eran calabozos poblados de cautivos voluntarios y todos ellos

cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro; pero todos tan

contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado

de gatos, poniendo toda su fruición en oirlos mayar.

[Marginal: _Monstruosa codicia._]

¡Hay tan mal gusto en el mundo, como el tuyo!, dijo Andrenio. ¿No

fueran mejores algunos pajarillos enjaulados, que con sus dulces

cantos, te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos y vivos y que gustes de

oir sus enfadosos maídos, que á todos los demás atormentan?

Quita, que no lo entiendes, respondió él: para mí es la más regalada

música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del

mundo. ¿Qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo,

los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los

maullidos de un gato? Cada vez, que los oigo, se regocija mi corazón

y se alboroza mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el

gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los

instrumentos músicos con el maído de mis gatos?

Si fueran muertos, replicó Andrenio, aun me tentara; ¿pero vivos?

Sí, vivos y después muertos. Y vuelvo á decir que no hay más regalada

voz en cuantas hay.

Pues dínos: ¿Qué hallas de suavidad en ella?

¿Qué? Aquel decir _mío_, _mío_ y todo es _mío_ y siempre _mío_ y nada

para vos: esa es la voz más dulce para mí de cuantos hay.

Hallaron cosas á este tono bien notables. Mostráronles algunos y aun

los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con

los otros; pero ni aun para consigo mismos. Y con todo eso vivían.

¿Cómo se sabe, preguntó Andrenio, que estén descorazonados?

Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que,

buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de

oro y amortajados en sus talegos.

[Marginal: _Muerte del avaro._]

¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se

alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella

al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro

repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice _río_ de

las lágrimas que _lloro_. El hijo porque hereda, el pariente porque

se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se

desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque

dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las

cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable!

Mal, si vive, y peor, si muere.

[Marginal: _Rico hombre._]

En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de

cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.

¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no

escusados.

Y él: ¿Qué? Adorar.

¿Pues qué, es gentil?

Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

¿Pues qué adora?

Dora y adora una arca.

¿Qué? ¿Es judío?

En la condición ya podría; pero en la sangre no: que es muy noble, de

los ricos hombres de España.

Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

Antes, porque no lo es, es hombre rico.

¿Qué arca es ésta que adora?

La de su testamento.

¿Y es de oro?

Dentro sí; mas por fuera de hierro, pues no sabe qué ni por qué ni para

qué ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad, que cuentan de

las víboras, cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho y

después los hijuelos vengan la muerte de su padre, agujerándola el

vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear, cuando vieron

que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido. Luego el

heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado,

la mata á pesares. Á él, por heredarle, su otro hermano segundo le

despacha. De suerte, que unos á otros, como víboras crueles, se

emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la

madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará _senior_, antes de

llegar á ser señor. [Marginal: _Morir de mal de hijo._] El padre teme

al hijo y, cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta

su corazón, temiéndole como á su más cercano enemigo; pero el abuelo se

alegra y dice:

Seáis bien venido, ¡oh enemigo de mi enemigo!

Fuéles materia de risa, entre las muchas de pena, lo que le aconteció

á uno de estos guardadores. Que un ladrón de otro ladrón, que hay

ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió

se robase á sí mismo: de modo, que le ayudó á quitarse cuanto tenía.

Él mismo llevó á cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa,

transportándola y escondiéndola donde jamás la vió ni la gozó.

Lamentábase después, doblando el sentimiento, de ver que él había sido

el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

[Marginal: _Avaro ladrón de sí._]

¡Oh lo que puede el interés!, ponderaba Critilo. Que le persuada á un

desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para

ingratos, jugadores y perdidos; y que él ni coma ni beba ni vista ni

duerma ni descanse ni goce de su hacienda ni de su vida. Ladrón de sí

mismo, merece muy bien los cientos contados al revés y que le destierre

el discreto Horacio á par de un Tántalo necio.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 19 / 24 段