nuevo ocular portento, para que se desengañe Critilo, que no acaba de
creer haya en el mundo muchas de las cosas raras, que ha de ver esta
tarde. Suplícote, señor, me desempeñes á excesos.
¿Pues en qué dudáis?, dijo Salastano, después de haber hecho la salva á
su venida. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué
queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna, que ya los prodigios
de la naturaleza y arte no suponen?
Yo os confieso, dijo Critilo, que he tenido siempre por un ingenioso
embeleco el basilisco y no soy tan solo, que sea necio. Porque aquello
de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el hecho
está desmintiendo el testigo de vista.
¿En eso ponéis duda?, replicó Salastano. Pues advertid que ese no lo
tengo por prodigio; sino por un mal cotidiano. Pluguiera al cielo no
fuera tanta verdad.
[Marginal: _Domésticos basiliscos._]
Y si no, decidme; ¿un médico, en viendo un enfermo, no le mata? ¿Qué
veneno como el de su tinta en un récipe? ¿Qué basilisco más criminal y
pagado, que un Hermócrates, que aun soñando mató á Andrágoras? Dígoos
que dejan atrás á los mismos basiliscos, pues aquéllos, poniéndoles un
cristal delante, ellos se matan á sí mismo; y éstos, poniéndoles un
vidrio, que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle le echan en la
sepultura, estando cien leguas distante.
Déjenme ver el proceso, dice el abogado: quiero ver el testamento,
veamos papeles.
Y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la sustancia del
desdichado litigante, que en sólo haber ido á él ya fué malaconsejado.
¿Pues qué? un príncipe, con decir: yo lo veré ¿no deja consumido á
un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza? Si la miráis,
mal; y, si ella os mira, peor. ¿Con cuántos ha acabado aquel vulgar
_veremos_, el pesado _veámonos_, el prolijo _verse ha_ y el necio _ya
lo tengo visto_? ¿Y todo, _malmirado_, no mata? Creedme, señores, que
está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver
y no mirar. Así estuvieran todos como éste.
Y mostróles uno embalsamado.
[Marginal: _Basiliscos ciegos._]
Yo también, prosiguió Andrenio, siempre he tenido por un encarecimiento
ingenioso el unicornio, aquello de que, en bañando él su punta, al
punto purifica las emponzoñadas aguas: está bien inventado, mas no
experimentado.
Más dificultoso es eso, respondió Salastano. Porque hacer bien más
raro es en el mundo que hacer mal, más usado el matar que el dar vida;
con todo veneramos algunos de esos prodigios salutíferos, que con la
eficacia de su buen celo han ahuyentado los pestilenciales venenos y
purificado las aguas populosas.
[Marginal: _Católicos unicornios._]
Y si no decidme: aquel nuestro inmortal héroe, el rey católico don
Fernando, ¿no purificó á España de moros y de judíos, siendo hoy el
reino más católico, que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el
Dichoso, por ser bueno, ¿no purgó otra vez á España del veneno de los
moriscos en nuestros días?
¿No fueron éstos salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras
provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta.
Que si eso fuera, no hubiera ya ateismos donde yo sé ni herejías donde
yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros
de monstruosidades.
¡Oh, señor Salastano, replicó Critilo, que ya hemos visto algunos
déstos en otras partes, que han procurado con cristianísimo valor
debelar las oficinas del veneno, rebelde á Dios y al rey, donde se
habían hecho fuertes estas ponzoñosas sabandijas!
Yo lo confieso, dijo Salastano; pero temo no fuese más por razón de
estado, digo, no tanto por ser rebeldes al cielo, cuanto á la tierra.
Y si no, decidme ¿á qué otros reinos estraños los desterraron? ¿Qué
Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos á
millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado? ¿Qué
Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?
No os canséis, que esa pureza de fe, ponderó Balboa, sin consentir
mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad
de los estados de la casa de España y de Austria, debida á sus
coronados unicornios.
Á cuyo real ejemplo, prosiguió Salastano, vemos sus cristianos
generales y virreyes limpiar las provincias, que gobiernan, y los
ejércitos que conducen, del veneno de los vicios. [Marginal: _Don
Álvaro de Sande. Don Gonzalo de Córdoba. Conde de Oropesa._] Don Álvaro
de Sande, tan religioso como valiente ¿no desterró los juramentos de
la católica milicia, condenándolos á infamia? Don Gonzalo de Córdoba
¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de
Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia ¿no libraron
aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno
sanguinario y bandolero? [Marginal: _Conde de Lemos._] ¿Qué tósigos de
vicios no ha ahuyentado deste nuestro reino de Aragón con su ejemplo y
con su celo el inmortal conde de Lemos?
Llegaos á este camarín, que os quiero franquear los muchos
preservativos y contravenenos, que yo guardo. En este rico vaso de
unicornio han brindado la pureza de la fe los católicos reyes de
España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina
doña Isabel, para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones
malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador
Carlos V. [Marginal: _Reinas de España._] En esta caja, confeccionada
de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el
buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.
Fuéles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba
y confesando todos su virtud eficaz.
¿Qué dos puñales son aquellos, que están en el suelo, preguntó Araujo,
que, aunque van por tierra, no carecen de misterios?
Ésos fueron, respondió Salastano, los puñales de ambos brutos, dándoles
del pie, sin quererlos tocar con su leal mano. Éste, dijo, fué de Junio
y este otro de Marco.
Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro
las traiciones y más contra su rey y señor; aunque sea el monstruo
Tarquinado.
Decís bien, respondió Salastano; pero no es esa la razón principal por
que los he arrojado en el suelo.
¿Pues cuál será?
Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares, se podían
guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería, después
que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la
malajustada justicia, llegó á la real garganta. Pero no me atrevo yo
á referir lo que ellos á ejecutar. Erízanse los cabellos á cuantos lo
oyeron, oyen y oirán, único, no ejemplar, sino monstruo. Sólo digo que
ya los Brutos se han quedado muy atrás.
[Marginal: _Monstruosidad de la herejía._]
Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre
las demás, dijo Critilo. Mucha desigualdad hay. Porque ¿de qué sirve
aquel retorcido caracol, que allí tenéis? Una alhaja tan vil, que anda
ya en bocas de villanos, para recoger bestias. ¡Eh!, sacadle de allí,
que no vale un caracol.
Aquí, suspirando Salastano, dijo: ¡Oh, tiempos! ¡oh, costumbres! Este
mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo
el orbe en la boca de Tritón, pregonando las hazañas, llamando á ser
personas y convocando los hombres á ser héroes.
Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio, que yo
más estimo. Hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados
penachos del mismo fénix.
Aquí, sonriéndose todos: ¿Qué otro ingenioso imposible es ese?, dijeron.
Pero Salastano: Ya sé que muchos lo niegan y los más lo dudan y que no
lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo también
á los principios dudé y más que en nuestro siglo lo hubiese. Con esta
curiosidad no perdoné ni á diligencia ni á dinero. Y como éste da
alcance á cuanto hay y aun á los mismos imposibles, haciendo reales los
entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido. Bien
que raras y una sola en cada siglo.
Y si no, decidme: ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo?
¿Cuántos Julios en tantos Agostos? ¿Qué Teodosios? ¿Qué Trajanos? En
cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino un fénix. Y si
no, pregunto: ¿Cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de
Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses
de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos; un Gran Capitán,
duque de Sesa, aplaudimos; un Basco de Gama y un Alburquerque
celebramos. [Marginal: _Fénix de la fama._] Hasta de un nombre no
oiréis dos famosos. Sólo un don Manuel, rey de Portugal; un solo Carlos
V y un Francisco I de Francia.
En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un
rico y éste yo lo creo, porque las riquezas no envejecen. En cada
siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo
Tulio. Y un filósofo, un gran poeta, un solo fénix ha habido en muchas
provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en
Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro
siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo eso,
quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es.
Y sacó una, bellísimamente coronada, la pluma de la fama de la reina
nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las
Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra
voló á la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda
Margarita. [Marginal: _Marqués Espínola. Don Felipe de Silva._] Con
éstas coronaban sus celadas el marqués Espínola, Galaso, Picolomini,
don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron
Baronio, Belarmino, Barbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués
Virgilio Malveci.
Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades
en aplausos.
Todo eso está bien, replicó Critilo; sola una cosa yo no puedo acabar
de creer, aunque muchos la afirman.
¿Y qué es?, preguntó Salastano. No hay que tratar, que yo la he de
conceder.
¡Eh! que no es posible, no os canséis, que no lleva camino.
¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser,
que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navíos de alto
bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto
de su fama? Porque ése aquí le tengo yo acecinado.
No es, sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco,
aquel mayor imposible: el pelícano. Yo confieso que hay basilisco,
yo creo el unicornio, yo celebro el fénix, yo paso por todo; pero el
pelícano no le puedo tragar.
¿Pues en qué reparáis? ¿Por ventura en el picarse el pecho, alimentando
con sus entrañas los polluelos?
No por cierto: ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.
¿Dudáis acaso en que ahogados de la envidia los resucite?
Menos: que, si la sangre hierve, obra milagros.
¿Pues en qué reparáis?
Yo os lo diré. En que haya en el mundo quien no sea entremetido, que
se halle uno, que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no
enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.
Pues advertid que ese pájaro solitario en nuestros días lo vimos en el
Retiro entre otras aladas maravillas.
Si eso es así, dijo Critilo, él dejó de ser ermitaño y se puso á
entremetido.
¿Qué arma tan extraordinaria es aquélla?, preguntó como tan soldado don
Alonso.
Estorea, respondió Salastano, y fué de la reina de las amazonas,
trofeos de Hércules con el balteo, que pudo entrar en docena.
¿Y es preciso, replicó Mercado, creer que hubo amazonas?
No sólo que las hubo; sino que las hay de hecho y en hechos.
[Marginal: _Serenísima reina de Francia._]
¿No lo es hoy la serenísima señora doña Ana de Austria, florida reina
de Francia? Así como lo fueron siempre todas las señoras infantas de
España, que coronaron de felicidades y de sucesión aquel reino. ¿Qué
es, sino una valerosa amazona la esclarecida reina polona, Belona,
digo cristiana, siempre al lado de su valeroso Marte en las campañas?
[Marginal: _Duquesa de Cardona._] Y la excelentísima duquesa de Cardona
¿no se portó muy como tal, encarcelada, donde había sido virreina? Pero
venerando y no olvidando tantos plausibles prodigios, quiero que veáis
otro género dellos, tenidos por increíbles.
Y al mismo punto les fué mostrando con el dedo un hombre de bien en
estos tiempos, un oidor sin manos; pero con palmas. Y lo que más es,
su mujer. Un grande de España desempeñado, un príncipe en esta era
dichoso, una reina fea, un príncipe oyendo verdades, un letrado pobre,
un poeta rico, una persona real, que murió sin que se dijese que de
veneno, un español humilde, un francés grave y quieto, un alemán
aguado. Y juró Balboa era el varón de Sabac. Un privado no murmurado,
un príncipe cristiano en paz, un docto premiado, una viuda de Zaragoza
flaca, un necio descontento, un casamiento sin mentiras, un indiano
liberal, una mujer sin enredo, uno de Calatayud en el limbo, un
portugués necio, un real de á ocho en Castilla, Francia pacífica, el
septentrión sin herejes, el mar constante, la tierra igual y el mundo
mundo.
En medio desta folla de maravillas entró un otro criado, que en aquel
punto llegaba de muy lejos, y recibióle Salastano con extraordinarias
demostraciones de gusto.
[Marginal: _El mayor prodigio._]
Seas tan bienllegado como esperado. ¿Hallaste, díme, aquel portento tan
dudado?
Señor, sí.
¿Y tú le viste?
Y le hablé.
¡Que tal preciosidad se halla en la tierra! ¡Que es verdad! Ahora digo,
señores, que es nada cuanto habéis visto. Ciegue el basilisco, retírese
el fénix, enmudezca el pelícano.
Estaban tan atónitos, cuan atentos los discretos huéspedes, oyendo
tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan
grande aplauso.
Dínos presto lo que viste, instó Salastano. No nos atormentes con
suspensiones.
Oid, señores, comenzó el criado, la más portentosa maravilla de cuantas
habéis visto ni oído.
Pero lo que él les refirió diremos fielmente, después de haber contado
lo que le pasó á la Fortuna con los Bragados y Comados.
CRISI III
_La cárcel de oro y calabozos de plata._
Cuentan, y yo lo creo, que una vez entre otras tumultuaron los
franceses y con la ligereza, que suelen, se presentaron delante de la
Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.
¿Qué murmuráis de mí?, dijo ella misma. ¿Que me he vuelto española? Sed
vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda. Por eso lo es. Ni á vosotros
os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda,
algún antojo y, por lo envidioso, de larga vista, de la felicidad de
España.
¡Oh, madrastra nuestra, respondieron ellos, y madre de los españoles!
¡Cómo te sangras en salud! [Marginal: _Loores de Francia._] ¿Es posible
que, siendo la Francia la flor de los reinos, por haber florecido
siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada
de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos
pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas,
escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud,
méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios,
es posible que, dejándonos á nosotros con las flores, les des á los
españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento
contigo, si tú con ellos haces excesos de favor?
Dísteles las unas y las otras Indias, cuando á nosotros una Florida en
el nombre, que en la realidad es muy seca. Y como, cuando tú comienzas
á perseguir á unos y favorecer á otros, no paras hasta que apuras, has
llegado á verificar con ellos los que antes se tenían por entes de
quimera, haciendo prácticos los mismos imposibles, como son ríos de
plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de
ámbares. Y, sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera
cucaña, donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los
terrones de bizcocho. Y con tantos y tan sabrosos dulces dicen que es
el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros.
¿Cómo se puede tolerar?
¿No digo yo, exclamó la Fortuna, que vosotros sois unos ingratos sobre
necios? ¿Cómo, que no os he dado las Indias? ¿Eso podéis negar con
verdad? Indias os he dado y bien baratas y aun de mogollón, como dicen,
pues sin costaros nada.
[Marginal: _Indias de Francia._]
Y si no, decidme: ¿Qué Indias para Francia, como la misma España? Venid
acá: lo que los españoles ejecutan con los indios ¿no lo desquitáis
vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos,
cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento,
vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de
París ¿no les volvéis á chupar á los españoles toda la plata y todo el
oro y esto sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar
una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin
despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares?
Andá y acabá de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor.
Creedme que los españoles son vuestros indios y tan desinteresados, que
con sus flotas os traen á vuestras casas la plata ya acendrada y ya
acuñada, quedándose ellos con el vellón y bien trasquilados.
No pudieron negar esta verdad tan clara; con todo eso no parecían
quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.
¿Qué es eso?, dijo la Fortuna. Hablad claro, acabad, decía.
Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que, así como
nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no
trajésemos á casa la plata, sirviendo á los españoles con la vileza que
sabemos y la esclavitud que callamos.
[Marginal: _El bien repartido._]
¡Oh, qué lindo!, alzó la voz la Fortuna. ¡Bueno por mi vida!
Monsieures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá,
cuando se repartieron los bienes á los españoles, les cupo la honra, á
los franceses el provecho, á los ingleses el gusto y á los italianos el
mando?
Cuán incurable sea esta hidropesía del oro intenta ponderar esta Crisi,
después de haberse desempeñado de aquel plausible portento, que el
criado de Salastano con gran gusto de todos refirió desta suerte:
Partí, señor, en virtud de tu precepto, en busca de aquel raro
prodigio, el amigo verdadero. Fuí preguntando por él á unos y á otros
y todos me respondían con más risa, que palabras. Á unos se les hacía
nuevo, á otros inaudito y á todos imposible.
Amigo fiel y verdadero ¿cómo ha de ser y en este tiempo y en este país?
Más lo estrañaban que el fénix.
Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de
la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la
prosperidad, me respondió Timón, el de Luciano, de ésos bien hallaréis
hartos. Y más, cuando más hartos. Que á la hora del comer son sabañones
y á la del ayudar son callos.
[Marginal: _Amigo, uno; enemigo, ninguno._]
Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo, dijo un caído:
no tenían número por muchos ni ahora por ninguno.
Pasé adelante y díjome un discreto:
¿Cómo es eso? ¿De modo, que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el
cielo se halla.
Yo he visto cerca de cien vendimias, me respondió uno, y diría verdad,
porque parecía del buen tiempo, y, aunque toda la vida he buscado un
amigo verdadero, no he podido hallar sino medio y ése á prueba.
Allá en tiempo, que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí
contar, dijo una vieja, de un cierto Pilades y Orestes, una cosa como
ésa; pero á fe, hijo, que yo siempre lo he tenido más por conseja, que
por consejo.
No os canséis en eso, me juró y votó un soldado español. Porque yo he
rodeado y aun rodado todo el mundo y siempre por tierra de mi rey y,
aunque he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del
fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los
que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el
estómago, los de un solo pie á lo grullo, sirviéndoles de tejado, los
sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas, que
caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio,
que ahora oigo. Sólo dejé de ver la isla Atlántida por incógnita.
Podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no
se hallan.
[Marginal: _Naciones de España._]
Que no está tan lejos como eso, le dije; antes me aseguran le he de
hallar dentro de España.
Eso no creeré yo, replicó un crítico. Porque primeramente él no estará
donde clavan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen,
aun del más acertado amigo. Menos donde de cuatro partes las cinco son
palabras y amistad es obras y obras son amores. Pues donde no se dejan
falar, sino por servirles farautes, tampoco: que aun de sí mismos no se
dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca
cosa, yo lo dudo. Y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto desto
mismo. Pues donde todo se va en flor sin fruto, es cosa de risa y allí
todos los hidalgos, aunque muchos, corren á lo de Guadalajara.
¿Y en Cataluña? señor mío, repliqué yo.
Ahí aún podría ser: que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.
También son malos para enemigos.
Bien se ve: piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad; pero, una
vez confirmada, hasta las aras.
¿Cómo puede ser eso, instó un forastero, si allí se hereda la enemistad
y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la
bandolina?
Y aun por eso, respondió: que quien no tiene enemigos tampoco suele
tener amigos.
Con estas noticias me fuí empeñando la Cataluña adentro. Corríla toda,
que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los
imanes de una agradable estancia, antigua casa; pero no caduca. Fuíme
entrando por ella, como Pedro por la suya, y notando á toda observación
cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su
dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres. Hombres sí
y mucho, aunque no muchos, que á prueba me introdujeron allá. Criados
pocos: que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes
de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes
espejos. Y ninguno de cristal, por escusar toda quiebra; de acero si
y de plata, tan tersos y tan claros, como fieles. Todas las ventanas
con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra
las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos.
Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un
prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres. Digo tres que hacían
uno. Porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me
brujuleó, me dijo:
¿Búscasme á mí ó á ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse á
sí mismos, cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte
antes, se experimenta después, que no los trae otro, que su provecho ó
su honra ó su deleite.
¿Quién eres tú, le dije, para saber si te busco, aunque por lo raro ya
podría?
Yo soy, me respondió, el de tres uno: aquel otro yo, idea de la
amistad, norma de cómo han de ser los amigos. [Marginal: _Gerión
moral._] Yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón
tenemos. Que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos
entendimientos logra. Sabe por muchos, obra por todos, conoce y
discurre con los entendimientos de todos. Ve por tantos ojos, oye por
tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies.
Tantos pasos da en su conveniencia, como dan todos los otros. Mas entre
todos, sólo un querer tenemos: que la amistad es un alma en muchos
cuerpos. El que no tiene amigos no tiene pies ni manos. Manco vive, á
ciegas camina. Y ¡ay del solo! Que, si cayere, no tendrá quien le ayude
á levantar.
Luego que le oí, exclamé: ¡Oh, gran prodigio de la amistad verdadera,
aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil,
ventaja única del ya hombre! Á ti te busco, criado soy de quien te
estima, cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque
dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido ni se
logran las felicidades. Que hasta el saber es nada, si los demás no
saben que tú sabes.
Ahora digo, me respondió el Gerión, que es bueno para amigo Salastano.
Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con
necia infelicidad.
[Marginal: _Duque de Nochera._]
¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que también lo
sabía ser, el duque de Nochera!:
No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy; sino con quién: que del
convivir se llamó convite.