[Marginal: _Librea del hombre._]

Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la

reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á

gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué

desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado

y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues,

cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.

Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio y menos

hacia la boca y los labios, color profano y malvisto en adelante,

vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para escusar las

risadas de los cuerdos.

Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no

permitiéndoles aun el volverse colorados; sino pálidos, en señal de sus

cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la

barba.

De suerte, que de pies á cabeza los reformaban. Echábanles á todos un

candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de

grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello,

nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.

[Marginal: _Gusto reformador._]

Hasta el material gusto les reformaba, ordenándoles que en adelante

no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños; sino las

picantes y agrias y algunas saladas. Y, porque á uno le hallaron unos

confites, le fué intimado se pusiese el babador, siempre que los

hubiese de comer. Y así todos se guardaban de trocar el cardo por las

pasas y todos comían la ensalada.

Cogieron á otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color.

Saltáronle á la cara, mandáronle que las trocase en guindas. De modo,

que aquí no está vedada la pimienta; antes se estima más que el azúcar,

mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la

usan y más si se junta con la naranja.

La sal también está muy valida y hay quien la come á puñados; pero sin

lo útil no entra en provecho. Salan muchos los cuerpos de sus obras,

porque nunca se corrompan, ni hay tales aromas para embalsamar libros,

libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales.

Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de

Plinio á cuatro bocados enfada. Ni hay hartazgo de zanahorias, como

unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán. Que aun

á Tito Livio hay quien le llama tocino gordo y de nuestro Zurita no

falta quien luego se empalaga.

Tenga yo gusto y voto; no siempre viva del ajeno. Que los más en el

mundo gustan de lo que ven gustar á otros. Alaban lo que oyeron alabar

y, si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben

decirlo. De modo que viven por otros y se guían por entendimiento

ajeno. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura.

Guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen, lo son.

Razone más que hable. Converse con los varones noticiosos y podrá tal

vez contar algunos chistes, encaminando á la gustosa enseñanza; pero

con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado

del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez, acompañado de sí mismo,

pasearse, pensando, no hablando.

Sea hombre de museo; aunque ciña espada. Y tenga delecto con los

libros, que son amigos manuales. No embuta de borra los estantes,

que no está bien un pícaro al lado de un noble ingenio. Y si ha de

preferir, sean los juiciosos á los ingeniosos. Muestre ser persona en

todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible,

hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo

con atención en todo y preciándose más de tener buena testa, que talle.

Advierta que el proporcional Euclides dió el punto á los niños, á

los muchachos la línea, á los mozos la superficie y á los varones la

profundidad y el centro.

[Marginal: _Leyes de cordura._]

Éste fué el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la

estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni

muy caída les leyó la Atención á instancia del Juicio.

Después Argos con un extraordinario licor, alambicado de ojos de

águilas y de linces, de corazones grandes y de cerebros, les dió

un baño tan eficaz, que á más de fortalecer mucho, haciéndolos más

impenetrables por la cordura, que un Roldán por el encanto, al mismo

punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo,

de cabeza á pies, que habían estado ciegos con las legañas de la niñez

y con las inadvertidas pasiones de la mocedad, y todos ellos tan

perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto; todo

lo advertían y lo notaban.

Con esto les dieron licencia de pasar adelante á ser personas y fueron

saliendo todos de sí mismos lo primero, para más volver en sí. Fuélos,

no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía,

sino conduciéndolos Argos á lo más alto de aquel puerto, puerta ya de

otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista, que se

topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos,

que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la

siguiente Crisi.

CRISI II

_Los prodigios de Salastano._

Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y

garbo, contaba un cortesano verídico, ya prodigio, intentaron entrar

en el palacio de un gran príncipe y aun de todos. Coronaba la primera,

brillantemente gallarda, de fragantes flores rubias trenzas y recamaba

su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un

mundo entero. Pero, en injuria de su gran belleza, la cerraron tan

anticipadamente las puertas y ventanas que, aunque se probó á entrar

por cien partes, no pudo. Que, teniéndola por entremetida, hasta los

más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar

adelante, convirtiendo su risa en llanto.

Fuése acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta y, chanceándose

con la primera á lo Zapata, la decía:

Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi

buen modo, tengo de hallar entrada.

Comenzó á introducirse, buscando medios é inventando trazas; pero

ninguna salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara,

todos se la hacían muy mala. Y ya no solas las puertas y ventanas la

cerraban; pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.

¡Eh! que no tenéis dicha, dijo la tercera, agradablemente linda.

Atended cómo yo por la puerta del favor me introduzco en palacio, que

ya no se entra por otra.

Fuése entremetiendo con mucho agrado. Mas, aunque á los principios

halló cabida, fué engañosa y de apariencia y al cabo hubo de retirarse

mucho más desairada.

Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos

méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano,

se fué acercando lisonjero y, habiéndolas celebrado, significó su deseo

de saber quiénes eran. Lo que es el palacio bien conocido lo tenían,

como tan pateado.

Yo soy, dijo la primera, la que voy dando á todos los buenos días; mas

ellos se los toman malos y los dan peores. Yo, la que hago abrir los

ojos y á todo hombre que recuerde. Yo, la deseada de los enfermos y

temida de los malos, la madre de la vividora alegría. Yo, aquella tan

decantada esposa de Titón, que en este punto dejó el camarín de nácar.

Pues, señora Aurora, dijo el cortesano, ahora no me espanto de que no

tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro, con ser todas

tan pesadas. Ahí no hay mañana; todo es tarde. Díganlo las esperanzas.

Y con ser así, nada es hoy; todo mañana. Así que no os canséis, que

allí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.

Volvióse á la segunda, que ya decía:

¿Nunca oiste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy y

él es odio. Yo, la que, siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando

niños me babean y, como no les entro de los dientes adentro, me escupen

cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz. Que, si no

miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.

[Marginal: _La hija del tiempo._]

Pues, señora mía, dijo el cortesano, si vos sois la Verdad ¿cómo

pretendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? Ni de mil leguas. ¿De qué

pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de

traiciones, no por cierto, cuanto de... de... Bien podéis por ahora y

aun para siempre desistir de la empresa.

Ya en esto la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones, dijo:

Aquélla soy, sin quien no hay felicidad en el mundo y con quien toda

infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy

divididas las ventajas del bien; pero en mí todas concurren, la honra,

el gusto y el provecho. No tengo lugar, sino entre los buenos; que

entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante.

Denomínome del Amor. Y así, á mí no me han de buscar en el vientre;

sino en el corazón, centro de la benevolencia.

Ahora digo que eres la Amistad, aclamó el cortesano, tan dulce tú, cuan

amarga la Verdad. Pero, aunque lisonjera, no te conocen los príncipes.

Que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía

él mismo. Tú haces de dos uno y es imposible poder ajustar el Amor á la

Majestad.

[Marginal: _Majestad, sin amistad._]

Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú,

Aurora, á los trabajadores; tú, Amistad, á los semejantes, y tú,

Verdad, yo no sé adonde.

Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos á nuestros dos

peregrinos del mundo y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo

cortesano.

Aquí en este puesto, decía, que por eso me he acordado.

Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad,

corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí

toda la humana: espectáculo tan importante, cuan agradable. Porque

descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del

Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra,

los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna

y del Mando. Estancias todas muy de hombres y que á Andrenio se le

hicieron bien estrañas.

[Marginal: _La mejor vista._]

Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron

ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay. Perdóneme hoy

la belleza; pero ¡cosa rara! que lo que á unos parecía blanco, á otros

negro. Tal es la variedad de los juicios y gustos. Ni hay anteojos de

colores, que así alteren los objetos, como los afectos.

Veamos de una cuanto hay, decía Critilo. Que todo se ha de ver y en lo

más raro reparar.

Y comenzando por lo más lejos, que como digo, se descubría, no sólo

desde un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:

¿Qué insanos edificios son aquellos, hablando con la propiedad Mariana,

que acullá lejos, apenas se divisan y á glorias campean?

Aquéllas, respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños, son

las siete maravillas del orbe.

¿Aquéllas, replicó Andrenio, maravillas? ¿Cómo es posible? ¿Una

estatua, que se ve entre ellas pudo serlo?

¡Oh! sí, que fué coloso de un sol.

Aunque sea el sol mismo, si es una estatua, á mí no me maravilla.

[Marginal: _El sol que nace._]

No fué tan estatua, que no fuese una bien política atención, adorando

el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.

Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro. También es maravilla

y bien estraña. ¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?

¡Oh!, que fué de mármoles y jaspes.

Aunque fuera del mismo panteón.

¿No veis que lo erigió una mujer á su marido?

¡Oh qué bueno! Á trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero de

diamantes, de perlas, si no lágrimas, habría mujer, que le construyese

pira.

Sí, pero aquello de ser mausoleo, que dice permanece sola, convertida

en tortilla, creedme que fué un prodigio de fe.

[Marginal: _Maravillas modernas._]

¡Eh!, dejemos maravillas, que caducan, dijo Andrenio. ¿No hay alguna

moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?

Sin duda que sí, como dicen que van degenerando los hombres y siendo

más pequeños, cuanto más va. De suerte, que cada siglo merman un dedo

y á este paso vendrán á parar en títeres y figurillas, que ya poco

les falta á algunos. Sospecho que también los corazones se les van

achicando y así se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos, que

conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que

era su real _faciebat_. Ya no hay Rómulos ni Alejandros ni Constantinos.

También se hallan algunas maravillas flamantes, respondió Argos; sino

que, como se miran de cerca, no parecen.

Antes habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas,

mucho mayores parecen.

¡Oh! no, dijo Argos: que la vista de la estimación es muy diferente de

la de los ojos en esto del aprecio.

Con todo eso, atención á aquellas sublimes agujas, que campean en la

gran cabeza del orbe.

Aguarda, dijo Critilo: aquella tan señalada es la cabeza del mundo.

¿Cómo puede ser, si está entre pies de Europa, á pierna tendida de

Italia, por medio del Mediterráneo y Nápoles su pie?

Ésa que te parece á ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la

coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, [Marginal: _Roma._]

la sacra y triunfante Roma, por su valor, sabiduría, grandeza, mando y

religión, corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos

á todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía.

Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se

ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertid una cosa, que

con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho á la superioridad de

prendas de sus santísimos dueños.

Ahora ¿no me dirás una verdad? ¿Qué pretendieron estos sacros héroes

con estas agujas tan excelsas? Que aquí algún misterio apuntan, digno

de su piadosa grandeza.

¡Oh, sí!, respondió Argos. Lo que pretendieron fué coser la tierra con

el cielo, empresa que pareció imposible á los mismos Césares y éstos la

consiguieron.

¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?

[Marginal: _Venecia._]

Miro, dijo Andrenio, que en cada provincia hay que notar. Aquel

murciégalo de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni

bien en tierra y siempre á dos vertientes.

¡Oh, qué política!, exclamó Argos, que tan de sus principios le viene,

tan fundamentalmente comienza. Y deste su raro modo de estar celebraba

el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada

canal, con que aun el mismo mar saben traer acanalado á su conveniencia.

¿No hay maravillas en España?, dijo Critilo, volviendo la mira á su

centro. ¿Qué ciudad es aquella, que tan en punta parece que amenaza al

cielo?

Será Toledo, que á fianzas de sus discreciones, aspira á taladrar las

estrellas, si bien ahora no la tiene.

¿Qué edificio tan raro es aquel, que desde el Tajo sube escalando su

alcázar, encaramando cristales?

Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas

modernas.

No sé yo por qué, replicó Andrenio, si, al uso de las cosas muy

artificiosas, tuvo más de gasto que de provecho.

[Marginal: _Cardenal Tribulcio._]

No discurría así, dijo Argos, cuando lo vió el eminente discreto

cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio

de más utilidad.

¿Cómo pudo decir eso quien tan al acaso discurría?

Ahí veréis, dijo Argos. Enseñando á traer el agua á su molino desde sus

principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del católico

monarca el mismo río de la Plata, las pesquerías de las perlas, el uno

y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.

¿Qué palacio será aquel, preguntó Critilo, que entre todos los de la

Francia se corona de flores de oro?

[Marginal: _Palacio del rey de Francia._]

Gran casa y gran cosa, respondió Argos. Ése es el trono real, ése la

más brillante esfera, ése el primer palacio del rey cristianísimo, en

su gran corte de París, y se llama el Lobero.

¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano! ¡Qué sonsonete tan de

grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena

poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el

quinto cielo de tanto cristianísimo Marte, la popa de los soplos de la

fortuna; pero ¡el Lobero! No es nombre decente á tanta majestad.

¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Argos. Creedme que dice más de lo que

suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero, y no voy

con vuestra malicia, porque ahí se les ha armado siempre la trampa á

los rebeldes lobos con piel de ovejas, digo aquellas horribles fieras

hugonotas.

¡Oh, qué brillante alcázar aquel otro!, dijo Andrenio, corona de los

demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles á todos las

luces de su permanente esplendor. ¿Si sería del augusto Ferdinando

III, aquel gran César, que está hoy esparciendo por todo el orbe el

resplandor de sus ejemplos? [Marginal: _Rey de Polonia._] También

podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro

de Polonia, victorioso, primero de sí mismo y triunfante después de

tanto monstruo rebelde. ¡Oh, qué claridad de alcázar y qué rayos está

esparciendo á todas partes! Merece serlo del mismo sol.

Y lo es, respondió Argos. Digo, de aquella sola reina entre cuantas

hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien

ir.

Yo allá voy desde luego, dijo Critilo.

Y allí veréis, añadió Argos, que, aunque es tan majestuoso y brillante,

aun no es digno epiciclo de tanta belleza.

Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia

sí cierta maravilla corriente. Era un criado pronto. Y lo que más les

admiró fué que decía bien de su amo. Preguntó en llegando cuál era el

Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.

¿Qué me quieres?, respondió el mismo.

Á ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya

casa es un teatro de prodigios, [Marginal: _Maravillas de la fortuna._]

cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la

naturaleza y arte, pero más las de la Fama, no olvidando las de la

Fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las plausibles, así antiguas

como modernas, nada le satisface, hasta tener alguno de tus muchos

ojos, para la admiración y para la enseñanza.

Toma éste de mi mano, dijo Argos, y llévaselo depositado en este

cofrecillo de cristal [Marginal: _Mano ocular._] y dirásle que lo

emplee en tocar con ocular mano todas las cosas, antes de creerlas.

Partíase tan diligente, como gustoso, cuando dijo Andrenio:

Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de

Salastano y lograr tanto prodigio.

Y á mí, de procurar su amistad, añadió Critilo, ventajosa felicidad de

la vida.

Id, confirmó Argos, y en tan buen hora, que no os pesará en toda la

vida.

Fué el viaje peregrino, oyéndole referir cosas bien raras.

Sólo las que yo le he diligenciado, decía, pudieran admirar al mismo

Plinio, á Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos

de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas

insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las

hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya

en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en

camafeos.

Ésa, dijo Critilo, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia

inútil. Porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus,

que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de

belleza.

Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su

doctrina y en sus retratos también. Que suele decir mi amo que,

después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto,

que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un

hombre eminente, un duque de Alba, los entendidos, un Lope de Vega los

vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se

caminan siglos.

Primor fué siempre de acertada política, ponderó Critilo, eternizar los

varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas á

los venideros, ya para premio á los pasados: véase que fueron hombres y

que no son imposibles sus ejemplos.

Al fin, dijo el criado, háselos entregado la antigüedad á mi amo. Que

ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos

en imágenes. [Marginal: _Cadenillas de Hércules._] Pero las que muchos

celebran y las miran y aun llegan á tocarlas con las manos son las

mismas cadenillas de Hércules, que, procediéndole á él de la lengua,

aprisionaban á los demás de los oídos. Y quieren decir las hubo de

Antonio Pérez.

Ésa es una gran curiosidad, ponderó Andrenio, garabato para llevarse el

mundo tras sí.

¡Oh, gran gracia la de las gentes!

¿Y de qué son?, preguntó Critilo. Porque de hierro cierto es que no

serán.

En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy

cortesana elocuencia.

Á este modo les fué refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron

desde un puesto bien elevado, en el centro de un gran llano, una ciudad

siempre victoriosa.

[Marginal: _Huesca victoriosa._]

Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio, dijo, es la noble casa

de Salastano y éstos, que ya gozamos, sus jardines.

Fuélos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque, que

coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas,

por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron á registrar

fragantes maravillas. Toparon luego con el mismo laberinto de azares,

cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidencias al

que le descubre.

[Marginal: _Culto jardín._]

Más adelante se veía un estanque, gran espejo del cielo, surcado de

canoros cisnes y aislado en medio dél un florido peñón, ya culto Pindo.

Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y

mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya

propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también

ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos

del honor.

Gozaron flores á toda variedad y todas raras, unas para la vista, otras

para el olfato y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas

transformaciones.

No registraban cosa, que no fuese rara. Hasta las sabandijas, tan

comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los

camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad.

Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro

alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir

sino un día, [Marginal: _Símbolo de la codicia._] viva imagen de la

necia codicia. Aquí se oían cantar y las más veces gemir las pintadas

avecillas del paraíso, con picos de marfil; pero sin pies, porque no le

han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido, como de campanilla

y al mismo instante huyó el criado, voceándoles su riesgo al ver el

venenoso ceraste, que él mismo cecea, para que todo entendido huya de

su lascivo aliento.

Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado

la de Noé, teatro de prodigios tan á sazón, que estaba actualmente el

discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas á la curiosidad

de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines.

Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general,

y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy

bienhablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su

discreción bizarra. [Marginal: _Suspiros de Heráclito._] Tenía uno

en la mano, celebrando con lindo gusto, una redomilla llena de las

lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos

para llorar, que para ver, cuando de todo se lamentaba.

¿Qué hiciera éste, si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos?,

ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta

decir portugués para galante y entendido. Si él hubiera visto lo

que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tal conjuración de

monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas ó se hubiera

podrido de todo punto.

[Marginal: _Carcajadas de Demócrito._]

Yo, dijo Balboa, más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de

aquel otro socarrón, su antípoda, que de todo se reía.

Ése, señor mío, de la risa, respondió Salastano, yo la gasto y el otro

le guardo.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 17 / 24 段