buen puesto éste para tomar aliento y asiento! Que ya es tiempo de
tenerle.
Pusiéronse á contemplar lo que habían caminado hasta hoy.
¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas, como pasadas?
¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí!
Todo es niñería, respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué
humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué
profundidad tan notable se advierte de aquí allá! Despeño sería querer
volver á ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho, cuantos habemos dado hasta
hoy!
[Marginal: _Argos moral._]
Esto estaban filosofando, cuando descubrieron un hombre, muy otro de
cuantos habían topado hasta aquí, pues se estaba haciendo ojos para
notarlos, que ya poco es ver. Fuése acercando y ellos advirtiendo que
realmente venía todo rebutido de ojos de pies á cabeza y todos suyos y
muy despiertos.
¡Qué gran mirón es éste!, dijo Andrenio.
No; sino prodigio de atenciones, respondió Critilo. Si él es hombre, no
destos tiempos; y, si lo es, no es marido ni aun pastor ni trae cetro
ni cayado. ¿Mas si sería Argos? Pero no, que ése fué del tiempo antiguo
y ya no se usan semejantes desvelos.
Antes sí, respondió el mismo: que estamos en tiempos, que es menester
abrir el ojo y aun no basta; sino andar con cien ojos. Nunca fueron
menester más atenciones, que cuando hay tantas intenciones: que ya
ninguno obra de primera. Y advertid que de aquí adelante ha de ser el
andar despabilados, que hasta ahora todos habéis vivido á ciegas y aun
á dormidas.
Dínos por tu vida, tú que ves por ciento y vives por otros tantos,
¿guardas aún bellezas?
¡Qué vulgaridad tan rancia!, respondió él. ¿Y quién me mete á mí en
imposibles? Antes me guardo yo dellas y guardo á otros bienentendidos.
Estaba atónito Andrenio, haciéndose ojos también ó en desquite ó en
imitación.
Y reparando en ellos Argos, le dijo:
¿Ves ó miras? Que no todos miran lo que ven.
Estoy, respondió, pensando de qué te pueden servir tantos ojos. Porque
en la cara están en su lugar, para ver lo que pasa, y aun en el
cerebro, para ver lo que pasó; ¿pero en los hombros á qué propósito?
[Marginal: _Ojo á la carga y al cargo._]
¡Qué bien lo entiendes!, dijo Argos. Éstos son más importantes, los que
más estimaba don Fadrique de Toledo.
¿Pues para qué valen?
Para mirar un hombre la carga que se echa á cuestas y más si se casa
ó se arrasa, al aceptar el cargo y entrar en el empleo. Ahí es el ver
y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas,
viendo lo que pueden sus hombros. Que el que no es un Atlante ¿para
qué se ha de meter á sostener las estrellas? Y el otro, que no es un
Hércules, ¿para qué se entremete á sustituto del peso de un mundo? Él
dará con todo en tierra.
¡Oh, si todos los mortales tuviesen destos ojos! Yo sé que no se
echarían tan á carga cerrada las obligaciones, que después no pueden
cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo con la carga incomportable:
el uno de un matrimonio, sin patrimonio; el otro del demasiado punto,
sin coma; éste con el empeño en que se desempeña y aquél con el honor,
que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien, antes de
echarme la carga á cuestas; que el abrirlos después no sirve sino para
la desesperación ó para el llanto.
¡Oh, cómo tomaría yo otros dos, dijo Critilo, no sólo para no cargar de
obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna, que abrume la vida
y haga sudar la conciencia!
Yo confieso, que tienes razón, dijo Andrenio, y que están bien los ojos
en los hombros, pues todo hombre nació para la carga. [Marginal: _Ojo
al arrimo._] Pero díme: esos, que llevas en las espaldas ¿para qué
pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas ¿de qué sirven?
Y aun por eso, respondió Argos: para que miren bien dónde se arriman.
¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas
tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los
mismos hermanos? Maldito el hombre, que confía en otro, y sea quien
fuere. ¿Qué digo amigos y hermanos? De los mismos hijos no hay que
asegurarse y necio del padre, que en vida se despoja. No decía del todo
mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte á los enemigos,
que pedir en vida á los amigos. Ni aun en los mismos padres hay que
confiar, que algunos han echado dado falso á los hijos y ¡cuántas
madres hoy venden las hijas!
Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos. Ni hay otra
amistad, que dependencia. Á lo mejor falsean y dejan á un hombre en
el lugar, en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga
espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?
Buen remedio, dijo Critilo, no arrimarse á cabo alguno, estarse solo,
vivir á lo filósofo y á lo feliz.
Rióse Argos y dijo:
Si un hombre no busca algún arrimo, todos le dejarán estar y no vivir.
Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman. Aunque sea un
gigante en méritos, le echarán á un rincón. [Marginal: _Don Miguel
de Escartín._] Así puede ser más benemérito que nuestro obispo de
Barbastro, más hombre de bien que el mismo patriarca, más valiente que
Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo: nadie se acordará
dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima á buen poste y todo
jubileo á buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones
respaldares.
[Marginal: _Ojo político._]
Ésos sean los mismos, dijo Andrenio, y no los de las rodillas. Desde
ahora los renuncio allí. ¿Y para qué, sino para cegarse con el polvo y
quedar estrujados en el suelo?
¡Qué mal lo discurres!, respondió Argos. Ésos son hoy los prácticos.
Porque más político es mirar un hombre á quién se dobla, á quién hinca
la rodilla, qué numen adora, quién ha de hacer el milagro. Que hay
imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta,
figura del descarte, barajadas de la fortuna. Estos ojos son para
brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de
valer.
De verdad, que no me desagradan, dijo Critilo, y que en las cortes me
dicen se estiman harto. Por no tener yo otros como ellos, voy siempre
rodando. Esta mi entereza me pierde.
Una cosa no me puedes negar, replicó Andrenio: que los ojos en las
espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los pies están en
su lugar, para ver un hombre dónde los tiene, dónde entra y sale, en
qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?
¡Oh, sí! Para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior.
Atienda el sagaz con quién se toma, mire con quién las ha y, en
reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras.
Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido
entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él. Ni los
rebeldes titanes se hubieran atrevido á descomponerse con el Júpiter de
España. Que estas necias temillas tienen abrumados á muchos.
Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pies
á cabeza, no de ojetes, sino de ojazos, muy despiertos. Ojos en las
orejas para descubrir tanta falsedad y mentira. Ojos en las manos para
ver lo que da y mucho más lo que toma. Ojos en los brazos para no
abarcar mucho y apretar poco. Ojos en la misma lengua para mirar muchas
veces lo que ha de decir uno. Ojos en el pecho para ver en qué lo ha
de tener. Ojos en el corazón, atendiendo á quién le tira ó le hace
tiro. Ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran. Ojos y más ojos y
reojos, procurando ser Elmirante en un siglo tan Adelantado.
¿Qué hará, ponderaba Critilo, quien no tiene sino dos y ésos nunca
bien abiertos, [Marginal: _Hércules de Austria._] llenos de legañas y
mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías, que ya nadie da,
si no es el señor don Juan de Austria, un par désos, que te sobran?
¿Qué es sobrar?, dijo Argos. De mirar nunca hay harto. Á más de que no
hay precio para ellos; sólo uno y ese es un ojo de la cara.
¿Pues qué ganaría yo en eso?, replicó Critilo.
Mucho, respondió Argos. El mirar con ojos ajenos, que es una gran
ventaja; sin pasión y sin engaño, que es el verdadero mirar. Pero
vamos, que yo os ofrezco que, antes que nos dividamos, habéis de lograr
otros tantos como yo. Que también se pegan, como el entendimiento,
cuando se trata con quien le tiene.
¿Dónde nos quieres llevar?, preguntó Critilo, ¿y qué haces aquí, en
esta plaga del mundo, que todo él se compone de plagas?
[Marginal: _Puerto y puerta de la vida._]
Soy guarda, respondió, en este puerto de la vida, tan dificultoso, cuan
realzado: pues comenzándole todos á pasar mozos, se hallan al cabo
hombres. Aunque no lo sienten tanto como las hembras, con que de mozas,
que antes eran, se hallan después dueñas; mas ellas reniegan de tanta
autoridad. Y ya que no tienen remedio, buscan consuelo en negar. Y es
tal su pertinacia, que estarán muchas canas de la otra parte y porfían
que comienzan ahora á vivir. Pero callemos, que lo han hecho crimen de
descortesía y dicen: más querríamos nos desañasen, que desengañasen.
¿De modo, dijo Critilo, que eres guarda de hombres?
Sí y muy hombres: de los viandantes. Porque ninguno pase mercaderías de
contrabando de la una provincia á la otra. Hay muchas cosas prohibidas,
que no se pueden pasar de la juventud á la virilidad. Permítense en
aquélla y en ésta están vedadas so graves penas. Á más de ser toda
mala mercadería y perdida por ser mala hacienda. Cuéstales á algunos
muy cara la niñería. Porque hay pena de infamia y tal vez de la vida,
especialmente si pasan deleites y mocedades. [Marginal: _Costumbres de
contrabando._] Para obviar este daño tan pernicioso al género humano,
hay guardas muy atentas, que corren todos estos parajes, cogiendo los
que andan descaminados. Yo soy sobre todos y así os aviso que miréis
bien si lleváis alguna cosa, que no sea muy de hombres, y la depongáis.
Porque, como digo, á más de ser cosa perdida, quedaréis afrentados,
cuando seáis reconocidos. Y advertid que, por más escondida que la
llevéis, os la han de hallar. Que del mismo corazón redundará luego á
la boca y los colores al rostro.
Demudóse Andrenio. Mas Critilo, por desmentir indicios, mudó de plática
y dijo:
En verdad, que no es tan áspera la subida, como habíamos concebido.
Siempre se adelanta la imaginación á la realidad. ¡Qué sazonados están
todos estos frutos!
Sí, respondió Argos: que aquí todo es madurez. No tienen aquella acedía
de la juventud, aquel desabrimiento de la ignorancia, lo insulso de
su conversación, lo crudo de su mal gusto. [Marginal: _Hombre en su
punto._] Aquí ya están en su punto, ni tan pasados como en la vejez ni
tan crudos como en la mocedad; sino en un buen medio.
Topaban muchos descansos, con sus asientos bajo de frondosos morales
muy copados, cuyas hojas, según decía Argos, hacen sombra saludable y
de gran virtud para las cabezas, quitándoles á muchos el dolor della.
Y aseguraban haberlos plantado algunos célebres sabios, para alivio en
el cansado viaje de la vida. Pero lo más importante era que á trechos
hallaban algún refresco de saber, confortativos de valor, que se decía
haberlos fundado allí á costa de su sudor algunos varones singulares,
dotándolos de renta de doctrina. Y así en una parte les brindaron
quintas esencias de Séneca, en otras divinidades de Platón, néctares
de Epicuro y ambrosías de Demócrito y de otros muchos autores sacros
y profanos, con que cobraban, no sólo aliento, pero mucho ser de
personas, adelantándose á todos los demás.
[Marginal: _Aduana de vida._]
Al sublime centro habían llegado de aquellas eminencias, cuando
descubrieron una gran casa labrada, más de provecho, que de artificio.
Y, aunque muy capaz, nada suntuosa. De profundos cimientos, asegurando
con firmes estribos las fuertes paredes. Mas no por eso se empinaba
ni poblaba el aire de castillos ni de torres. No brillaban chapiteles
ni andaban rodando las giraldas. Todo era á lo macizo, de piedras
sólidas y cuadradas, muy á machamartillo. Y aunque tenía muchas vistas
con ventanas y claraboyas á todas luces; pero no tenía reja alguna ni
balcón. Porque entre hierros, aunque dorados, se suelen forjar los
mayores y aun ablandarse los pechos más de bronce.
El sitio era muy esento, señoreando cuanto hay á todas partes y
participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la
ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al
oriente de donde se viene y la otra al ocaso donde se va. Y aunque
ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla
entraban todos y por ésta salían algunos.
[Marginal: _Transformaciones de la edad._]
Causóles aquí estraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros
y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente salían diferentes
de sí mismos. Así lo confesó uno á la que le decía: Yo soy aquélla,
respondiéndole: Yo no soy aquél.
Los que entraban risueños, salían muy pensativos; los alegres,
melancólicos; ninguno se reía. Todo era autoridad. Y así los muy
ligeros antes, ahora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los
flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta; pisando
firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy sustanciales.
Estaba atónito Andrenio, viendo tal novedad y tan impensada mudanza.
Aguarda, dijo: aquel que sale hecho un Catón ¿no era poco ha un
chisgaravís?
El mismo.
¡Hay tal transformación!
¿No veis aquel, que entraba saltando y bailando á la francesa, cómo
sale muy tétrico y muy grave á la española? Pues aquel otro sencillo
¿notáis qué doblado y qué cauto se muestra?
Aquí, dijo Andrenio, alguna Circe habita, que así transforma las
gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metamorfosis, que
celebra Ovidio? Mirad aquel, que entró hecho un Claudio emperador, cuál
sale hecho un Ulises. [Marginal: _Madurez varonil._] Todos se movían
antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta
el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.
Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio y salió luego
barbinegro. Los colorados, pálidos; convertidas las rosas en retamas. Y
en una palabra, todos trocados de pies á cabeza, pues ya no movían ésta
con ligereza á un lado ni á otro; sino que la tenían tan quieta, que
parecía haberles echado á cada uno una libra de plomo en ella. Los ojos
altaneros, muy mesurados. Asentaban el pie, no jugando del brazo. La
capa sobre los hombros muy á lo chapado.
No es posible sino que aquí hay algún encanto, repetía Andrenio.
Aquí algún misterio hay. ¿Ó esos hombres se han casado, según salen
pensativos?
¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la
transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay
de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos,
que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la
varonil edad.
En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza,
la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con
la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad,
el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la
virilidad.
Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio,
que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el
seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué
sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones,
tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta
cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con
pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses
salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí.
Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y
su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.
Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos:
Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?
Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen
todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que
pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.
Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el
Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy
bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta,
el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante
un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á
Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras.
[Marginal: _Examen de personas._] Llegaron á tiempo que actualmente
estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.
Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.
Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.
Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí
mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde
le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.
Vos le hacéis y él os deshace, dijo el presidente.
Y remitióle á la reforma de los que hacen número en el mundo.
Respondió otro que él pasaba adelante, por no poder volver atrás.
Los más decían que porque los habían echado, con harto dolor de su
corazón, de los floridos países de su mocedad; que, si eso no fuera,
toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y á
éstos los remitieron á la reforma de aniñados.
Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y á su
antecedente tan atrás. Porque hasta entonces, divertido con los
pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero, aquellos
ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban
empleos. Remitiéronle á la reforma de la espera, si no quería reinar
por falto, que era despeñarse.
En busca de la honra dijeron algunos que iban, muchos tras el interés
y muy pocos los que á ser personas; aunque fueron oídos de todos con
aplauso y de Critilo con observación.
Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los
habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la
Atención y el Recato y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle
al primero no sé qué libros y algunos muy metidos en los senos.
Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio,
contra las pragmáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y
comedias.
[Marginal: _Reforma de libros._]
Condenáronlos á la reforma de los que sueñan despiertos. Y los libros
mandaron se les quitasen á hombres que lo son y se relajasen á los
pajes y doncellas de labor. Y generalmente todo género de poesía en
lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras,
entremeses, follaje de primavera, se entregaron á los pisaverdes.
Lo que más admiró á todos fué que la misma Gravedad en persona ordenó
seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase
coplas ajenas, mucho menos propias ó como suyas, so pena de ser
tenidos por ligeros, desatentos ó versificantes. Lo que es leer algún
poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico, en verso grave, se
les permitió á algunos de mejor gusto, que autoridad, y esto en sus
retretes, sin testigos, haciendo el descomido de tales niñerías; pero
allá á escondidas, chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fué
uno, á quien le hallaron un libro de caballerías.
Trasto viejo, dijo la Atención, de alguna barbería.
Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese á los escuderos
y boticarios. Mas los autores de semejantes disparates, á locos
estampados.
Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de
leer las obras de algunos otros autores, que habían escrito contra
estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo, y respondióles la
Cordura que de ningún modo, porque era dar de lodo en el cieno y había
sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor.
En lugar de tanto libro inútil, ¡Dios se lo perdone al inventor de
la estampa!, ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron
algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la
utilidad con la dulzura.
[Marginal: _Polilla del tiempo._]
Acusaron éstos á otros, que no menos ociosos y más perniciosos, se
habían jugado el sol y quedado á la luna, diciendo que para pasar el
tiempo. Como si él no los pasase á ellos y como si el perderlo fuera
pasarlo.
De hecho le hallaron á uno una baraja. Mandaron al punto quemar las
cartas, por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan
barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la
reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que
se los hallaron, con todos los tahures, hasta los cuartos, que es la
cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el
sosiego para toda la vida.
En medio desta suspensión y silencio se le oyó silbar á uno, cosa que
escandalizó mucho á todos los circunstantes y más á los españoles.
Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés y le
condenaron á nunca estar entre personas.
Más les ofendió un sonsonete, como de guitarra, instrumento vedado
so graves penas de la Cordura. Y así refieren que dijo el Juicio, en
sintiendo las cuerdas:
¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres ó entre barberos?
Hízose averiguación de quién la tañía y hallaron era un portugués. Y
cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que
le rogaban, que á los tales se les ruega, tañese algún son moderno y
lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron
y con mayor después que cesase. Gustaron mucho, aun los más serios
ministros de la reforma humana. Y generalmente se les mandó á todos
los que pasan de mozos á hombres que de allí adelante ninguno tañese
instrumento ni cantase; pero que bien podían oir tañer y cantar, que es
más gusto y más decoro.
[Marginal: _Enamorado, mozo ó loco._]
Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que
llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle
á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él
tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar
el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la
pintada, ésta ó aquélla.
Reparó una de las guardas y dijo:
Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.
Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.
Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como
moneda falsa, doblones de muchas caras.
Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto
de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas,
deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.
El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano
y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le
atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de
mesón, vacío de seso.
Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los
ojos en el sombrero.
Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.
Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron
un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta
averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.
[Marginal: _Traje, corteza del ánimo._]
No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón
en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies
á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy
malvisto de la Autoridad.
¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el
populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le
absolviese de juicio.
Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le
condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para
que todo el mundo viese su desgarro.
Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase
arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo,
cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la
cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á
sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es
bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los
soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los
anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran
los que aquellos destierran.