Muy bien. Que buen callar se paga con otro. Éste calla, porque aquél

calle y todos dicen callar y callemos.

Pasaron á una botica, cuyo letrero decía:

Aquí se vende una quinta esencia de salud.

¡Gran cosa!, dijo Critilo.

Quiso saber qué era y dijéronle que la saliva del enemigo.

Ésa, dijo Andrenio, llámola yo quinta esencia del veneno, más letal que

el de los basiliscos. Más quisiera que me escupiera un sapo, que me

picara un escorpión, que me mordiese una víbora. ¿Saliva del enemigo?

¿Quién tal oyó? ¡Si dijera del amigo fiel y verdadero! Ésa sí que es

remedio único de males.

¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Egenio. Harto más mal hace la lisonja

de los amigos, aquella pasión con que todo lo hacen bueno, aquel afecto

con que todo lo disimulan, hasta dar con un amigo enfermo en sus

culpas, en la sepultura de su perdición. Creedme que el varón sabio

más se aprovecha del licor amargo del enemigo bien alambicado, pues

con él saca las manchas de su honra y los borrones de su fama. Aquel

temor de que no lo sepan los émulos, que no se huelguen, hace á muchos

contenerse á la raya de la razón.

Llamáronlos de otra tienda á gran prisa, que se acababa la mercancía y

era verdad, porque era la ocasión. Y pidiendo el valor, dijeron:

Ahora va de balde; pero después no se hallará un solo cabello por un

ojo de la cara y menos la que más importa.

Gritaba otro: Daos prisa á comprar, que mientras más tardáis, más

perdéis y no podréis recuperarlo por ningún precio. Éste redimía tiempo.

Aquí, decía otro, se da también de balde lo que vale mucho.

¿Y qué es?

El escarmiento.

¡Gran cosa! ¿Y qué cuesta?

Los necios le compran á su costa; los sabios á la ajena.

¿Dónde se vende la experiencia?, preguntó Critilo. Que también vale

mucho.

Y señaláronle acullá lejos en la botica de los años.

¿Y la amistad?, preguntó Andrenio.

Ésa, señor, no se compra; aunque muchos la venden. Que los amigos

comprados no lo son y valen poco.

Con letras de oro, decía en una:

Aquí se vende todo y sin precio.

Aquí entro yo, dijo Critilo.

Hallaron tan pobre al vendedor, que estaba desnudo y toda la tienda

desierta: no se veía cosa en ella.

¿Cómo dice esto con el letrero?

Muy bien, respondió el mercader.

¿Pues qué vendéis?

Todo cuanto hay en el mundo.

¿Y sin precio?

Sí, porque con desprecio, despreciando cuanto hay, seréis señor de

todo; y al contrario, el que estima las cosas no es señor dellas; sino

ellas dél. Aquí el que da se queda con la cosa dada y le vale mucho, y

los que la reciben quedan muy pagados con ella.

[Marginal: _Cortesía._]

Averiguaron era la cortesía y el honrar á todo el mundo.

Aquí se vende, preguntaba uno, lo que es proprio, no lo ajeno.

¿Qué mucho es eso?, dijo Andrenio.

Sí es. Que muchos os venderán la diligencia que no hacen, el favor que

no pueden y, aunque pudieran, no lo hicieran.

Fuéronse encaminando á una tienda, donde con gran cuidado los

mercaderes los hicieron retirar y con cuantos llegaban hacían lo mismo.

¿Ó vendéis, ó no?, dijo Andrenio. Nunca tal se ha visto, que el mismo

mercader desvíe los compradores de su tienda. ¿Qué pretendéis con eso?

Gritáronles otra vez que se apartasen y que comprasen de lejos.

¿Pues qué vendéis aquí? Ó es engaño ó es veneno.

[Marginal: _Estimación._]

Ni uno ni otro; antes la cosa más estimada de cuantas hay, pues es la

misma estimación, que, en rozándose, se pierde. La familiaridad la

gasta y la mucha conversación la envilece.

Según eso, dijo Critilo, la honra de lejos. Ningún profeta en su

patria. Y si las mismas estrellas vivieran entre nosotros, á dos días

perdieran su lucimiento. Por eso los pasados son estimados de los

presentes y los presentes de los venideros.

Aquélla es una rica joyería, dijo Egenio. Vamos allá. Feriaremos

algunas piedras preciosas, que ya en ellas solas se hallan las virtudes

y la fineza.

[Marginal: _Duque de Villahermosa._]

Entraron y hallaron en ella al discretísimo duque de Villahermosa, que

estaba actualmente pidiendo al lapidario le sacase algunas de las más

finas y de más estimación.

Dijo que sí, que tenía algunas bien preciosas.

Y cuando aguardaban todos algún cajón del Oriente, los diamantes al

tope, las esmeraldas, que alegran por lo que prometen y todas por lo

que dan, sacó un pedazo de azabache tan negro y tan melancólico, como

él es, diciendo:

Ésta, señor excelentísimo, es la piedra más digna de estimación de

cuantas hay. Ésta la de mayor valor. Aquí echó la naturaleza el resto,

aquí el sol, los astros y los elementos se unieron en influir fineza.

Quedaron admirados de oir tales exageraciones nuestros feriantes; pero

callaban donde el discreto duque estaba y él les dijo:

Señores, ¿qué es esto? ¿Éste no es un pedazo de azabache? ¿Pues qué

pretende este lapidario con esto? ¿Tiénenos por indios?

Ésta, volvió á decir el mercader, es más preciosa que el oro, más

provechosa que los rubíes, más brillante que el carbunclo. ¿Qué tienen

que ver con ella las margaritas? Ésta es la piedra de las piedras.

Aquí, no pudiéndolo ya sufrir el de Villahermosa, le dijo:

Señor mío, ¿éste no es un trozo de azabache?

Sí señor, respondió él.

¿Pues para qué tan exorbitantes encarecimientos? ¿De qué sirve esta

piedra en el mundo? ¿Qué virtudes la han hallado hasta hoy? Ella no

vale para alegrar la vista como las brillantes y transparentes ni

aprovecha para la salud, porque no alegra como la esmeralda ni conforta

como el diamante ni purifica como el zafir. No es contraveneno como la

bezoar ni facilita el parto como la del águila ni quita dolor alguno.

¿Pues de qué sirve, sino para hacer juguetes de niños?

¡Oh, señor!, dijo el lapidario, perdone vuecencia: que no es sino para

hombres y muy hombres, porque es la piedra filosofal, que enseña la

mayor sabiduría y en una palabra muestra á vivir, que es lo que más

importa.

¿De qué modo?

Echando una higa á todo el mundo y no dándosele nada de cuanto hay. No

perdiendo el comer ni el sueño, no siendo tontos. Y eso es vivir como

un rey, que es lo que aún no se sabe.

Dádmela acá, dijo el duque, que la he de vincular en mi casa.

Aquí se vende, gritaba otro, un remedio único para cuantos males hay.

Acudía tanta gente, que no cabían de pies; aunque sí de cabezas. Llegó

impaciente Andrenio y pidió le diesen de la mercadería presto.

Sí señor, le respondieron, que se conoce bien la habéis menester. Tened

paciencia.

Volvió de allí á poco á instar le diesen lo que pedía.

¿Pues, señor, le dijo el mercader, ya no se os ha dado?

¿Cómo dado?

Sí, que yo lo he visto por mis ojos, dijo otro.

Enfurecíase Andrenio negando.

Dice verdad; aunque no tiene razón, respondió el mercader: que, aunque

se le han dado, él no la ha tomado. Tened espera.

Iba cargando la gente y el amo les dijo:

Señores, servíos despejar y dar lugar á los que vienen, pues ya tenéis

recado.

¿Qué es esto?, replicó Andrenio. ¿Os burláis de nosotros? ¡Qué linda

flema por cierto! Dadnos lo que pedimos y nos iremos.

[Marginal: _Sufrir._]

Señor mío, dijo el mercader, andad con Dios, que ya os han dado recado

y aun dos veces.

¿Á mí?

Sí, á vos.

No me han dicho sino que tuviese paciencia.

¡Oh, qué lindo!, dijo el mercader, dando una gran risada. Pues, señor

mío, esa es la preciosa mercadería. Ésa es la que prestamos y ésa es el

remedio único para cuantos males hay. Y quien no la tuviere, desde el

rey hasta el roque, váyase del mundo. Tanto valí, cuanto sufrí.

Aquí lo que se vende, decía otro, no hay bastante oro ni plata en el

mundo para comprarlo.

¿Pues quién feriará?

Quien no la pierda, respondieron.

¿Y qué cosa es?

La libertad.

Gran cosa, aquello de no depender de voluntad ajena y más de un necio,

de un modorro. Que no hay tormento como la imposición de hombres sobre

las cabezas.

Entró un feriante en una tienda y díjole al mercader le vendiese sus

orejas. Riéronlo mucho todos; sino Egenio, que dijo:

Es lo primero, que se ha de comprar. No hay mercadería más importante.

Y pues habemos feriado lenguas para no hablar, compremos aquí orejas

para no oir y unas espaldas de ganapán ó molinero.

Hasta el mismo vender hallaron se feriaba, porque saber uno vender sus

cosas vale mucho, que ya no se estima por lo que son, sino por lo que

parecen. Los más de los hombres ven y oyen con ojos y oídos prestados:

viven de información de ajeno gusto y juicio.

Repararon mucho en que todos los famosos hombres del mundo, el mismo

Alejandro en persona, que lo era, [Marginal: _Señor don Juan de

Austria._] dos Césares, Julio y Augusto y otros deste porte y de los

modernos el invicto señor don Juan de Austria, frecuentaban mucho una

botica en que no había letrero.

Llevólos á ella su mucha curiosidad. Preguntaron á unos y á otros qué

era lo que allí se vendía y nadie lo confesaba. Creció más su deseo.

Advirtieron que los sabios y entendidos eran los mercaderes.

Aquí gran misterio hay, dijo Critilo.

Llegóse á uno y muy en secreto le preguntó qué era lo que allí se

vendía.

Respondióle: No se vende; sino que se da por gran precio.

¿Qué cosa es?

Aquel inestimable licor, que hace inmortales á los hombres, y entre

tantos millares como ha habido y habrá los hace conocidos, quedando

los demás sepultados en el perpetuo olvido, como si nunca hubiera

habido tales hombres en el mundo.

¡Preciosísima cosa!, exclamaron todos. ¡Oh qué buen gusto tuvieron

Francisco I de Francia, Matías Corvino y otros! Decidnos, señor, ¿no

habrá para nosotros siquiera una gota?

Sí la habrá, con que deis otra.

¿Otra, de qué?

De sudor propio, que, tanto cuanto uno suda y trabaja, tanto se le da

de fama y de inmortalidad.

Pudo bien Critilo feriarla y así les dieron una redomilla de aquel

eterno licor. Miróla con curiosidad y, cuando creyó sería alguna

confección de estrellas ó alguna quinta esencia del lucimiento del sol

y de trozos de cielo alambicados, halló era una poca tinta mezclada con

aceite. Quiso arrojarla; pero Egenio le dijo:

No hagas tal y advierte que el aceite de las vigilias de los estudiosos

y la tinta de los escritores, juntándose con el sudor de los héroes y

tal vez con la sangre de las heridas, fabrican la inmortalidad de su

fama. Desta suerte la tinta de Homero hizo inmortal á Aquiles, la de

Virgilio á Augusto, la propia á César, la de Horacio á Mecenas, la de

Jovio al Gran Capitán, la de Pedro Mateo á Enrique IV de Francia.

¿Pues cómo todos no procuran una excelencia como ésta?

Porque no todos tienen esa dicha ni ese conocimiento.

Vendía Tales Milesio obras sin palabras y decía que los hechos son

varones y las palabras hembras.

Horacio carecía especialmente de ignorancia y aseguraba ser la

sabiduría primera.

Pitaco, aquel otro sabio de la Grecia, andaba poniendo precios á todos

y muy moderados, igualando las balanzas, y en todas partes encargaba su

_Ne quid nimis_.

Estaban muchos leyendo un gran letrero en una tienda, que decía:

Aquí se vende el bien á mal precio.

Pero entraban pocos.

No os espantéis, Egenio, que es mercadería poco estimada en el mundo.

Entren los sabios, decía el mercader, que vuelven bien por mal y

negocian con eso cuanto quieren.

Aquí hoy no se fía, decía otro, ni aun del mayor amigo, porque mañana

será enemigo.

Ni se porfía, decía otro.

Y aquí entraban poquísimos valencianos, como ni en las del secreto.

Había al fin una tienda común, donde de todas las demás acudían á saber

el valor y la estimación de todas las cosas. Y el modo de apreciarlas

era bien raro, porque era hacerlas piezas, arrojarlas en un pozo,

quemarlas y al fin perderlas. Y esto hacían aun de las más preciosas,

como la salud, la hacienda, la honra y, en una palabra, cuanto vale.

¿Esto es dar valor?, dijo Andrenio.

Señor, sí, le respondieron: que hasta que se pierden las cosas, no se

conoce lo que valen.

Pasaron ya á la otra acera de la gran feria de la vida humana, á

instancia de Andrenio y despechos de Critilo; pero muchas veces los

sabios yerran, para que no revienten los necios. Había también muchas

tiendas, pero muy diferentes, correspondiendo en emulación una de esta

parte á la de la otra. Y así decía en la primera un letrero:

Aquí se vende el que compra.

Primera necedad, dijo Critilo.

¡No sea maldad!, replicó Egenio.

Iba ya á entrar Andrenio y detúvole, diciendo:

¿Adónde caminas, que vas vendido?

Miraron de lejos y vieron cómo se vendían unos á otros, hasta los

mayores amigos.

Decía en otra:

Aquí se vende lo que se da.

Unos decían eran mercedes; otros, que presentes destos tiempos.

Sin duda, dijo Andrenio, que aquí se da tarde, que es tanto como no dar.

No será, sino que se pide lo que se da, replicó Critilo: que es muy

caro lo que cuesta la vergüenza de pedir y mucho más el exponerse á un

no quiero.

Pero Egenio averiguó eran dádivas del villano mundo.

[Marginal: _Hacienda._]

¡Oh, qué mala mercadería!, gritaba uno á una puerta.

Y con todo eso no cesaban de entrar á porfía y los que salían todos

decían:

¡Oh, maldita hacienda! Si no la tenéis, causa deseo; si la tenéis,

cuidado; si la perdéis, tristeza.

Pero advirtieron había otra botica llena de redomas vacías, cajas

desiertas, y con todo eso muy embarazada de gente y de ruido. Á este

reclamo acudió luego Andrenio.

Preguntó qué se vendía allí, porque no se veía cosa, y respondiéronle

que viento, aire y aun menos.

¿Y hay quien lo compre?

Y quien gasta en ello todas sus rentas. Aquella caja está llena de

lisonjas, que se pagan muy bien. En aquella redoma hay palabras, que

se estiman mucho. Aquel bote es de favores, de que se pagan no pocos.

Aquella arca grande está rellena de mentiras, que se despachan harto

mejor que las verdades y más las que se pueden mantener por tres días y

en tiempo de guerra, dice el italiano, bugia como terra.

[Marginal: _Todo aire._]

¡Hay tal cosa!, ponderaba Critilo. ¡Que haya quien compre el aire y se

pague dél!

¿Deso os espantáis?, le dijeron. ¿Pues en el mundo qué hay sino viento?

El mismo hombre, quitadle el aire y veréis lo que queda. Aun menos que

aire se vende aquí y muy bien se paga.

Vieron que actualmente estaba un boquirrubio dando muchas y muy ricas

joyas, galas y regalos, que siempre andan juntos, á un demonio de una

fea, por quien andaba perdido. Y preguntando qué le agradaba en ella

respondió, que el airecillo.

De modo, señor mío, dijo Critilo, ¿que aún no llega á ser aire y

enciende tanto fuego?

Estaba otro dando largos ducados, porque le matasen un contrario.

¿Señor, qué os ha hecho?

No ha llegado á tanto; hame dicho de suerte, que por una palabrilla...

¿Y era afrentosa?

No, pero el airecillo con que lo dijo me ofendió mucho.

De modo, que aún no llega á ser aire lo que os cuesta tan caro á vos y

á él.

Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones y decía que

gustaba mucho de sus gracias y donaires.

Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el

airecillo y el donaire.

Pero lo que les espantó mucho fué ver una mujer tan fiera, que pasaba

plaza de furia infernal, de harpía en arañar á cuantos llegaban á su

tienda y gritaba:

¿Quién compra? ¿Quién compra pesares, quebraderos de cabeza,

quitasueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?

Entraban ejércitos enteros y era lo malo que, haciendo alarde, salían

pasando crujía y los que vivos, [Marginal: _Marqués del Borro._] que

eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas

que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de

nuevo venían.

Estábase Critilo espantado, mirando tal atrocidad y díjole Egenio:

Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para

pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras,

la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes,

heridas y muertes y con todo eso tantos y tontos la compran tan cara.

Pregonaba uno: Aquí se venden esposas.

Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro ó mujeres.

Todo es uno, que todas son prisiones.

¿Y el precio?

De balde y aun menos.

¿Cómo puede ser menos?

Sí, pues se paga porque las lleven.

Sospechosa mercadería: ¿mujeres y pregonadas?, ponderó uno. Ésa

no llevaré yo: la mujer, ni vista ni conocida; pero también será

desconocida.

Llegó uno y pidió la más hermosa. Diéronsela á precio de gran dolor de

cabeza y añadió el casamentero:

El primer día os parecerá bien á vos; todos los demás á los otros.

Escarmentando otro, pidió la más fea.

Vos la pagaréis con un continuo enfado.

Convidábanle á un mozo que tomase esposa y respondió:

Aún es temprano.

Y un viejo: Ya es tarde.

[Marginal: _Discreción._]

Otro, que se picaba de discreción, pidió una que fuese entendida.

Buscáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.

Venga una, señor mío, que sea muy igual en todo, dijo un cuerdo: porque

la mujer, me aseguran, es la otra mitad del hombre y que realmente

antes eran una misma cosa entrambos; mas que Dios los separó, porque

no se acordaban de su divina Providencia. Y que esta es la causa de

aquella tan vehemente propensión, que tiene el hombre á la mujer,

buscando su otra mitad.

Casi tiene razón, dijeron; pero es cosa dificultosa hallarle á cada uno

su otra mitad. Todas andan barajadas comúnmente. La del colérico damos

al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo y tal vez

la del mozo de veinte años al caduco de setenta: ocasión de que los

más vienen arrepentidos.

Pues eso, señor casamentero, dijo Critilo, no tiene disculpa, que bien

conocida es la desigualdad de quince años á setenta.

¿Qué queréis? Ellos se ciegan y lo quieren así.

Pero ellas ¿cómo pasan por eso?

Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres y, si ellos caducan,

ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de

gargajos. Mas eso no tiene remedio. Tomad ésta, conforme la deseáis.

Miróla y halló que en todo era dos ó tres puntos más corta: en la edad,

en la calidad, en la riqueza, en todo. Y reclamando no era tan ajustada

como deseaba:

Llevadla, dijo, que con el tiempo vendrá á ajustarse, que de otra

manera pasaría y sería mucho peor. Y tened cuidado de no darla todo lo

necesario, porque en teniéndolo, querrá lo superfluo.

Fué alabado mucho uno, que diciéndole viese una, que había de ser su

mujer, respondió que él no se casaba por los ojos, sino por los oídos.

Y así llevó en dote la buena fama.

Convidáronlos á la casa del buen gusto, donde había convitón.

¿Será casa de gula?, dijo Andrenio.

Sí será, respondió Critilo; pero los que entran parecen comedores y los

que salen comidos.

Vieron cosas raras: había sentado un gran señor, rodeado de

gentileshombres enanos, entrometidos, truhanes, valientes y lisonjeros,

que parecía el arca de las sabandijas. [Marginal: _Príncipes._] Comió

bien; pero echáronle la cuenta muy larga, porque dijeron comía cien mil

ducados de renta. Él sin réplica, pasaba por ello. Reparó Critilo y

dijo:

¿Cómo puede ser esto? No ha comido la centésima parte de lo que dicen.

Es verdad, dijo Egenio, que no los come; sino éstos que le van

alrededor.

Pues, según eso, no digan que tiene el duque cien mil de renta, sino

mil y los demás de dolor de cabeza.

Había bravos papasales, otros que papaban viento y decían que

engordaban; pero al cabo todo paraba en aire. Todo se lo tragaban

algunos y otros todo se lo bebían. Muchos tragaban saliva y los más

mordían cebolla y al cabo todos los que comían quedaban comidos hasta

de los gusanos.

En todas estas tiendas no feriaron cosa de provecho; sí en las otras

de mano derecha, preciosos bienes, verdades de finísisimos quilates y

sobre todo á sí mismos. Que el sabio consigo y Dios, tiene lo que basta.

Desta suerte salieron de la feria, hablando cómo les había ido en ella.

Egenio ya otro, porque rico trató de volver á su alojamiento, que en

esta vida no hay casa propia. Critilo y Andrenio se encaminaron á pasar

los puertos de la edad varonil en Aragón, de quien decía aquel su

famoso rey que, en naciendo, fué destinado para dar tantos Santiagos

y para ser conquistador de tantos reinos, comparando las naciones de

España á las edades y que los aragoneses eran los varones.

EL CRITICÓN

SEGUNDA PARTE

JUICIOSA CORTESANA FILOSOFÍA

EN EL OTOÑO DE LA VARONIL EDAD

AL SERENÍSIMO SEÑOR

DON JUAN DE AUSTRIA

Serenísimo Señor:

Arco vistoso y bienvisto el que tantas tempestades serena, brillante

rayo del planeta cuarto y rayo ardiente de la guerra. Hoy en emulación

de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre victoriosas,

en la hercúlea mano de V. A. llegan á tan florecientes plantas estas

de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad á sombra de tan

inmortal plausible lucimiento. De hojas á hojas va la competencia y

no estraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de

Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un César

novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor varonil,

maldelineada en estos borrones, bienideada en los aciertos de la

anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la

Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había

de ser joven, es tanto hombre, cuando llegue á ser hombre, será un

jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.

B. L. P. DE V. A.

_LORENZO GRACIÁN._

CRISI PRIMERA

_Reforma universal._

Renuncia el hombre inclinaciones de siete en siete años: ¡cuánto más

alternará genios en cada una de sus cuatro edades! Comienza á medio

vivir quien poco ó nada percibe. Ociosas pasan las potencias en la

niñez, aun las vulgares; que las nobles sepultadas yacen en una

puerilidad insensible, punto menos que bruto, aumentándose con las

plantas y vegetándose con las flores.

Pero llega el tiempo en que también el alma sale de mantillas: ejerce

ya la vida sensitiva, entra en la jovial juventud, que de allí tomó

apellido. ¡Qué sensual! ¡Qué delicioso! No atiende sino á holgarse el

que nada entiende. No vaca al noble ingenio; sino al delicioso genio.

Sigue sus gustos, cuando tan malo le tiene.

Llega al fin, pues, siempre tarde á la vida racional y muy de hombre:

ya discurre y se desvela. [Marginal: _Empleos varoniles._] Y porque

se reconoce hombre, trata de ser persona. Estima el ser estimado,

anhela al valer, abraza la virtud, logra la amistad, solicita el saber,

atesora noticias y atiende á todo sublime empleo.

Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr

del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la

niñez fuente risueña. Nace entre menudas arenas, que de los polvos de

la nada se hacen los lodos del cuerpo. Sale tan clara como sencilla.

Ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase

entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan.

Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se

arroja y despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores. Va

echando espumas, se enturbia y se enfurece.

Sosiégase ya río en la varonil edad. Va pasando tan callado, cuan

profundo, caudalosamente vagaroso. Todo es fondos, sin ruido. Dilátase

espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades,

enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha.

¡Mas ay! que al cabo viene á parar en el amargo mal de la vejez, abismo

de achaques, sin que le falte una gota. Allí pierden los ricos sus

bríos, su nombre y su dulzura. Va á orza el carcomido bajel, haciendo

agua por cien partes y á cada instante zozobrando entre borrascas tan

deshechas, que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores

en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en el perpetuo olvido.

[Marginal: _Aragón, buena España._]

Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio,

en Aragón, que los estranjeros llaman la buena España, empeñados en el

mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con

mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus

verduras, lo florido de sus lozanías y, subiendo la trabajosa cuesta

de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas, emprendían una

montaña de dificultades.

Hacíasele muy cuesta arriba á Andrenio, como á todos los que suben á la

virtud, que nunca hubo altura sin cuesta. Iba afanando y aun sudando.

Animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella

esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían

cargados los árboles. Pues tenían más que hojas, contando las de los

libros. Subían tan altos, que les pareció señoreaban cuanto contiene el

mundo, muy superiores á todo.

¿Qué te parece desta nueva región?, dijo Critilo. ¿No percibes qué

aires estos tan puros?

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 15 / 24 段