Volvió á Madrid muy satisfecho de prodigios. Fuése á hospedar á casa

de Falsirena; pero hallóla más cerrada que un tesoro y más sorda que

un desierto. Repitió aldabadas al impaciente criado, resonando el eco

cada una en el corazón de Critilo. Enfadados los vecinos, le dijeron:

No se canse ni nos muela, que ahí nadie vive, todos mueren.

Asustado Critilo, replicó:

¿No vive aquí una señora principal, que pocos días ha dejé yo sana y

buena?

Eso de buena, dijo uno riéndose, perdonadme que no lo crea.

Ni señora, añadió otro, quien toda su vida gasta en mocedades.

Ni aun mujer, dijo el tercero, quien es una harpía; si ya no es la peor

mujer destos tiempos.

No acababa de persuadirse Critilo lo que no deseaba. Volvió á instar:

¿Señores, no vive aquí Falsirena?

Llegóse en esto uno y dijóle:

No os canséis ni recibáis enfado. Es verdad que ha vivido ahí algunos

días una Circe en el zurcir y una Sirena en el encantar, causa de

tantas tempestades, tormentos y tormentas, porque á más de ser ruin,

aseguran que es una famosa hechicera, una célebre encantadora, pues

convierte los hombres en bestias.

¿Y no los transforma en asnos de oro?

[Marginal: _Vicios transforman._]

No, sino de su necedad y pobreza. Por esa corte andan á millares

convertidos, después de divertidos, en todo género de brutos. Lo que

yo sé decir es que en pocos días, que aquí ha estado, he visto entrar

muchos hombres y no he visto salir uno tan sólo, que lo fuese. Y por

lo que esta Sirena tiene de pescado, les pesca á todos el dinero, las

joyas, los vestidos, la libertad y la honra. Y para no ser descubierta,

se muda cada día, no la condición ni las costumbres, sino de casas. De

un cabo de la villa salta al otro, con lo cual es imposible hallarla de

tan perdida. Tiene otra igual astucia la brújula, con que se rige en

este golfo de sus enredos, y es que, en llegando un forastero rico, al

punto se informa de quién es, de dónde y á qué viene, procurando saber

lo más íntimo. Estudia el nombre, averigúale la parentela. Con esto,

á unos se les miente prima, á otros sobrina y á todos por un cabo ó

por otro parienta. Muda tantos nombres, como puestos. En una parte es

Cecilia, por lo Escila, en otra Serena por lo Sirena, Inés porque ya no

es, Teresa por lo traviesa, Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo

que quita. Con estas artes los pierde á todos y ella gana y ella reina.

No acababa de satisfacerse Critilo y, deseando entrar en la casa,

preguntó, si estaría á mano la llave.

Sí, dijo uno, yo la tengo encomendada, por si llegan á verla. Abrió y

al punto que entraron dijo Critilo:

Señores, que no es ésta la casa ó yo estoy ciego, porque la otra era un

palacio por lo encantado.

Tenéis razón, que los más son de esa suerte. Aquí no hay jardines, no;

sino montones de moral basura. Las fuentes son albañales y los salones

zahurdas. ¿Os ha pescado algo esta sirena? ¡Decidnos la verdad!

Sí y mucho, joyas, perlas y diamantes; pero lo que más siento es haber

perdido un amigo.

No se habrá perdido para ella; sino para sí mismo. Habrálo transformado

en bestia, con que andará por esta corte vendido.

¡Oh, Andrenio mío!, dijo suspirando. ¿Dónde estarás? ¿Dónde te podré

hallar? ¿En qué habrás parado?

Buscóle por toda la casa, que fué paso de risa para los otros y para él

llanto. Y, despidiéndose dellos, tomó la derrota para su antigua posada.

Dió mil vueltas á la corte, preguntando á unos y á otros y nadie le

supo dar razón, que de bien pocos se da en ella. Perdía el juicio,

alambicándole en pensar trazas, cómo descubrirle. Resolvió al cabo

volver á consultar á Artemia.

Salió de Madrid, como se suele, pobre, engañado, arrepentido y

melancólico. Á poco trecho, que hubo andado, encontró con un hombre,

[Marginal: _Sexto sentido._] bien diferente de los que dejaba. Era un

nuevo prodigio, porque tenía seis sentidos, uno más de lo ordinario.

Hízole harta novedad á Critilo.

Porque hombres con menos de cinco ya los había visto y muchos; pero con

más, ninguno. Unos sin ojos, que no ven las cosas más claras, siempre

á ciegas y á tientaparedes; y con todo eso nunca paran, sin saber por

dónde van. Otros, que no oyen palabra, todo aire, ruido, lisonja,

vanidad y mentira. Muchos que no huelen poco ni mucho y menos lo que

pasa en sus casas, con que arroja harto mal olor á todo el mundo y de

lejos huelen lo que no les importa. Éstos no perciben el olor de la

buena fama ni quieren ver ni oler sus contrarios y, teniendo narices

para el negro humo de la honrilla, no las tienen para la fragancia de

la virtud.

También había encontrado no pocos sin género alguno de gusto, perdido

para todo lo bueno, sin arrostrar jamás á cosa de sustancia. Hombres

desabridos en su trato, enfadados y enfadosos. Otros de mal gusto,

siempre aniñado, escogiendo lo peor en todo. Y aun otros muy de su

gusto y nada del ajeno. Otra cosa aseguraba más notable, que había

topado hombres, si así pueden nombrarse, que no tenían tacto y menos

en las manos, donde más suele prevalecer, y así proceden sin tiento

en todas sus cosas, aun las más importantes. Éstos de ordinario todo

lo yerran aprisa, porque no tocan las cosas con las manos ni las

experimentan.

Éste de Critilo era todo al contrario, que, á más de los cinco

sentidos, muy despiertos, tenía otro sexto, mejor que todos, que

aviva mucho los demás y aun hace discurrir y hallar las cosas por

recónditas que estén. Halla trazas, inventa modos, da remedios, enseña

á hablar, hace correr y aun volar y adivinar lo por venir: y era la

necesidad. ¡Cosa bien rara! ¡Que la falta de los objetos sea sobra de

inteligencia! Es ingeniosa inventiva, cauta, activa, perspicaz y un

sentido de sentidos. En reconociéndole, dijo Critilo:

¡Oh, cómo nos podemos juntar ambos! Huélgome de haberte topado, que,

aunque todo me suele venir mal, esta vez estoy de día. Contóle su

tragedia en la corte.

Eso creeré yo muy bien, dijo Egenio, que éste era su nombre y

definición. Y aunque yo iba á la gran feria del mundo, publicada en los

confines de la juventud y edad varonil, á aquel gran puerto de la vida;

con todo, por servirte, vamos á la corte, que te aseguro de poner todos

mis seis sentidos en buscarle y que, hombre ó bestia, que será lo más

seguro, le hemos de descubrir.

Entraron con toda atención buscándole, lo primero en aquellos cómicos

corrales, vulgares plazas, patios y mentideros. [Marginal: _Señores._]

Encontraron luego unas grandes acémilas, atadas unas á otras, siguiendo

la que venía detrás las mismas huellas de la que iba delante,

sucediéndola en todo, muy cargadas de oro y plata, pero gimiendo bajo

la carga, cubiertas con reposteros bordados de oro y seda y aun algunas

de brocados. Tremolaban en las testeras muchas plumas, que hasta las

bestias se honraban con ellas. Movían gran ruido de pretales.

¿Si sería alguna destas?, dijo Critilo.

De ningún modo, respondió Egenio: éstos son, digo eran, grandes

hombres, gente de cargo y de carga. Y aunque los ves tan bizarros, en

quitándoles aquellos ricos jaeces, parecen llenos de feísimas llagas de

sus grandes vicios, que los cubría aquella argentada brillantez.

¡Aguarda! ¿Si sería alguno destos otros, que van arrastrando carretas

gruñidoras por lo villanas?

Tampoco. Ésos tienen los ojos bajo las puntas y por eso sufren tanto.

Allí parece que nos ha llamado un papagayo. ¿Si sería él?

[Marginal: _Habladores._]

No lo creas. Ése será algún lisonjero, que jamás dijo lo que sentía.

Algún político destos que tienen uno en el pico y otro en el corazón.

Algún hablador, que repite lo que le dijeron, destos que hacen del

hombre y no lo son. Todos se visten de verde, esperando el premio de

sus mentiras y lo consiguen de verdad.

¿Tampoco será aquel compuesto mojigato, que esconde uñas y ostenta

barbas?

Déstos hay muchos, dijo Egenio, que cazan á lo beato: no sólo cogen lo

mal alzado, sino lo más guardado. [Marginal: _Maldicientes._] Pero no

juzguemos tan temerariamente, digamos que son gente de pluma.

¿Y aquel perro viejo, que está allí ladrando?

Aquél es un mal vecino, algún maldiciente, un émulo, un

malintencionado, un melancólico, uno de los que pasan de los sesenta.

Sé que no sería aquel jimio, que nos está haciendo gestos en aquel

balcón.

¡Oh gran hipócrita, que quiere parecer hombre de bien y no lo es! Algún

hazañero, que suelen hacer mucho del hombre y son nada. El maestro de

cuentos, licenciado de chiste, que como siempre están de burlas, nunca

son hombres de veras, gente toda ésta de chanza y de poca sustancia.

¿Qué tal sería, que estuviese entre los leones y tigres del Retiro?

Dúdolo, que aquélla toda es gente de arbitrios y ejecuciones.

¿Ni entre los cisnes de los estanques?

Tampoco, que ésos son secretarios y consejeros, que, en cantando bien,

acaban.

Allí veo un animal inmundo, que pródigamente se está volcando en la

hediondez de un asquerosísimo cenagal y él piensa que son flores.

[Marginal: _Deshonestos._]

Si alguno había de ser, era ése, respondió Egenio, que estos torpes y

lascivos, anegados en la inmundicia de sus viles deleites, causan asco

á cuantos hay y ellos tienen el cieno por cielo y, oliendo mal á todo

el mundo, no advierten, antes tienen la hediondez por fragancia y el

más sucio albañal por paraíso. Déjamelo reconocer de lejos. Ahora digo

que no es él, sino un ricazo, que con su muerte ha de dar un buen día á

los herederos y gusanos.

¿Qué es posible, se lamentaba Critilo, que no le podamos hallar entre

tantos brutos como vemos, entre tanta bestia como topamos?

Ni arrastrando el coche de la ramera ni llevando en andas al que es más

grande que él ni acuestas al más pesado ni al que va dentro de litera

en mal latín y tan fuera della en buen romance ni acarreando inmundicia

de costumbres.

¿Qué es posible que tanto desfiguren un hombre estas cortesanas Circes?

¿Que así puedan dementar los hijos, haciendo perder el juicio á sus

padres? ¿Que no se contenten con despojarlos de los arreos del cuerpo;

sino de los del ánimo, quitándoles el mismo ser de personas? Y díme,

Egenio amigo, cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo lo podríamos

restituir á su primer ser de hombre?

Ya que le topásemos, respondió. Que eso no sería muy dificultoso.

Muchos han vuelto en sí perfectamente; [Marginal: _Apuleyo._] aunque á

otros siempre les queda algún resabio de lo que fueron. Apuleyo estuvo

peor que todos y con la rosa del silencio curó.

¡Gran remedio de necios! Si ya no es que, rumiados los materiales

gustos y considerada su vileza, desengañan mucho al que los masca.

Los camaradas de Ulises estaban rematadas fieras y, comiendo las

raíces amargas del árbol de la virtud, cogieron el dulce fruto de

ser personas. Daríamosle á comer algunas hojas del árbol de Minerva,

[Marginal: _Duque de Orleans._] que se halla muy estimado en los

jardines del culto y erudito duque de Orleans. Y si no, las del moral

prudente, que yo sé que presto volvería en sí y sería muy hombre.

Habían dado cien vueltas con más fatiga, que fruto, cuando dijo Egenio:

¿Sabes qué he pensado? Que vamos á la casa donde se perdió, que entre

aquel estiércol habemos de hallar esta joya perdida.

Fueron allá, entraron y buscaron.

¡Eh!, que es tiempo perdido, decía Critilo. Que ya yo le busqué por

toda ella.

Aguarda, dijo Egenio. Déjame aplicar mi sexto sentido, que es único

remedio contra este sexto achaque.

Advirtió, que de un gran montón de suciedad lasciva salía un humo muy

espeso.

Aquí, dijo, fuego hay.

Y apartando toda aquella inmundicia moral, apareció una puerta de una

horrible cueva. Abriéronla no sin dificultad y divisaron dentro á la

confusa vislumbre de un infernal fuego muchos desalmados cuerpos,

tendidos por aquellos suelos. Había mozos galanes de tan corto seso,

cuan largo cabello. Hombres de letras; pero necios. Hasta viejos ricos

tenían los ojos abiertos; mas no veían. Otros los tenían vendados con

malpiadosos lienzos. En los más no se percibía otro que algún suspiro.

Todos estaban dementados y adormecidos y tan desnudos, que aun una

sábana no les había dejado siquiera para mortaja.

Yacía en medio Andrenio, tan trocado, que el mismo Critilo, su padre,

le desconocía. Arrojóse sobre él llorando y voceándole; pero nada

oía. Apretábale la mano; mas no le hallaba ni pulso ni brío. Advirtió

entre tanto Egenio que aquella confusa luz no era de antorcha, sino de

una mano, que de la misma pared nacía, blanca y fresca, adornada de

hilos de perlas, que costaron lágrimas á muchos, coronados los dedos

de diamantes muy finos, á precio de falsedades. Ardían los dedos como

candelas; aunque no tanto daban luz, cuanto fuego que abrasaba las

entrañas.

¿Qué mano de ahorcado es ésta?, dijo Critilo.

No es sino del verdugo, respondió Egenio, pues ahoga y mata.

Removióla un poco y al mismo punto comenzaron á rebullir ellos.

Mientras ésta ardiere, no despertarán.

[Marginal: _Alquitrán de amor._]

Probóse á apagarla, alentando fuertemente; mas no pudo, que éste es el

fuego de alquitrán, que con viento de amorosos suspiros y con agua de

lágrimas más se aviva. El remedio fué echar polvo y poner tierra en

medio. Con esto se estinguió aquel fuego más que infernal y al punto

despertaron los que dormían valientemente, digo aquellos que por ser

hijos de Marte son hermanos de Cupido. Los ancianos muy corridos,

diciendo:

¡Basta! Que este vil fuego de la torpeza no perdona ni verde ni seco.

Los sabios, execrando su necedad, decían:

¡Que Paris afrente á Palas! Era mozo, é ignorante. Pero ¡los

entendidos! Ésa es doblada demencia.

Andrenio entre los Benjamines de Venus malherido, atravesado el corazón

de medio á medio, en reconociendo á Critilo se fué para él.

¿Qué te parece?, le dijo éste. ¡Cuál te ha puesto una mala hembra! Sin

hacienda, sin salud, sin honra y sin conciencia te ha dejado. Ahora

conocerás lo que es.

Aquí todos á porfía comenzaron á execrarla. Uno la llamaba Escila de

marfil, otro Caribdis de esmeralda, peste afeitada, veneno en néctar.

Donde hay juncos, decía uno, hay agua; donde humo, fuego y donde

mujeres, demonios.

¿Cuál es mayor mal que una mujer, decía un viejo, sino dos, porque es

doblado?

Basta que no tiene ingenio, sino para mal, decía Critilo. Pero Andrenio:

Callad, les dijo, que con todo el mal, que me han causado, confieso que

no las puedo aborrecer ni aun olvidar. Y os aseguro que de todo cuanto

en el mundo he visto, oro, plata, perlas, piedras, palacios, edificios,

jardines, flores, aves, astros, luna y el sol mismo, lo que más me ha

contentado es la mujer.

¡Alto!, dijo Egenio. Vamos de aquí, que ésta es la locura sin cura y

el mal, que yo tengo que decir de la mujer mala, es mucho. Doblemos la

hoja para el camino.

Salieron todos á la luz de dar en la cuenta, desconocidos de los otros,

pero conocidos de sí. Encaminóse cada uno al templo de su escarmiento

á dar gracias al noble desengaño, colgando en sus paredes los despojos

del naufragio y las cadenas de su cautiverio.

CRISI XIII

_La feria de todo el mundo._

Contaban los antiguos que, cuando Dios crió al hombre, encarceló todos

los males en una profunda cueva acullá lejos y aun quieren decir que en

una de las Islas Fortunadas, de donde tomaron su apellido. Allí encerró

las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la

hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma

muerte. Encadenados todos entre sí y no fiando de tan horrible canalla,

echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al

albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y

advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente.

Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes,

los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud,

la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo.

Pero duróle poco esta dicha. Que la mujer, llevada de su curiosa

ligereza, no podía sosegar, hasta ver lo que había dentro de la fatal

caverna. Cogióle un día, bien aciago para ella y para todos, el corazón

al hombre y después la llave. Y sin más pensarlo, que la mujer primero

ejecuta y después piensa, se fué resuelta á abrirla.

Al poner la llave aseguran se estremeció el universo. Corrió el cerrojo

y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose á porfía

de toda la redondez de la tierra.

La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera.

[Marginal: _España._] Topó con España, primera provincia de la Europa.

Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella. Allí vive y allí

reina con todos sus aliados, la estimación propia, el desprecio ajeno,

el querer mandarlo todo y servir á nadie, hacer del don Diego y vengo

de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto

y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción:

y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo.

[Marginal: _Francia._]

La Codicia, que la venía á los alcances, hallando desocupada la

Francia, se apoderó de toda ella, desde la Gascuña hasta la Picardía.

Distribuyó su humilde familia por todas partes: la miseria, el

abatimiento de ánimo, la poquedad, el ser esclavos de todas las demás

naciones, aplicándose á los más viles oficios, el alquilarse por un vil

interés, la mercancía laboriosa, el andar desnudos y descalzos con los

zapatos bajo el brazo, el ir todo barato con tanta multitud, finalmente

el cometer cualquier bajeza por el dinero. Si bien dicen que la

Fortuna, compadecida, para realzar tanta vileza, introdujo su nobleza;

pero tan bizarra, que hacen dos extremos sin medio.

[Marginal: _Italia._]

El Engaño trascendió toda la Italia, echando hondas raíces en los

italianos pechos: en Nápoles hablando y en Génova tratando. En toda

aquella provincia está muy valida, con toda su parentela, la mentira,

el embuste y el enredo, las invenciones, trazas, tramoyas: y todo ello

dicen es política y tener brava testa.

[Marginal: _África._]

La Ira echó por otro rumbo. Pasó al África y á sus islas adyacentes,

gustando vivir entre alarbes y entre fieras.

La Gula, con su hermana la Embriaguez, asegura la preciosa Margarita de

Valois [Marginal: _Alemania._] se sorbió toda la Alemania alta y baja,

gustando y gastando en banquetes los días y las noches, las haciendas

y las conciencias. Aunque algunos no se han emborrachado sino una

sola vez; pero les ha durado toda la vida. Devoran en la guerra las

provincias, abastecen los campos. Y aun por eso formaba el emperador

Carlos V de los alemanes el vientre de su ejército.

[Marginal: _Inglaterra._]

La Inconstancia aportó á la Inglaterra, la Simplicidad á Polonia, la

Infidelidad á Grecia, la Barbaridad á Turquía, la Astucia á Moscovia,

la Atrocidad á Suecia, la Injusticia á la Tartaria, las Delicias á la

Persia, la Cobardía á la China, la Temeridad al Japón. La Pereza aun

esta vez llegó tarde y, hallándolo todo embarazado, hubo de pasar á la

América á morar entre los indios.

La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y

tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por

todo el mundo, ocupándolo de cabo á cabo. Concertóse con los demás

vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan

valida, que no es fácil averiguar en cuál más. Todo lo llena y todo lo

inficiona.

Pero como la mujer fué la primera con quien embistieron los males,

todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies á

cabeza.

Esto les contaba Egenio á sus dos camaradas, cuando, habiéndolos sacado

de la corte por la puerta de la luz, que es el sol mismo, les conducía

á la gran feria del mundo, publicada para aquel grande emporio, que

divide los amenos prados de la juventud de las ásperas montañas de la

edad varonil y donde de una y otra parte acudían ríos de gente, unos á

comprar y otros á vender y otros á estarse á la mira, como más cuerdos.

Entraron ya por aquella gran plaza de la conveniencia, emporio

universal de gustos y de empleos, alabando unos lo que abominan otros.

Así como asomaron por una de sus muchas entradas, acudieron á ellos dos

corredores de oreja, [Marginal: _Interés._] que dijeron ser filósofos,

el uno de la una banda y el otro de la otra, que todo está dividido en

pareceres. Díjoles Sócrates, así se llamaba el primero:

Venid á esta parte de la feria y hallaréis todo lo que hace al

propósito para ser personas. Mas Simónides, que así se llamaba el

contrario, les dijo:

Dos estancias hay en el mundo, la una de la honra y la otra del

provecho. Aquélla yo siempre la he hallado llena de viento y humo y

vacía de todo lo demás; esta otra llena de oro y plata. Aquí hallaréis

el dinero, que es un compendio de todas las cosas. Según esto, ved á

quién habéis de seguir.

Quedaron perplejos, altercando á qué mano echarían. Dividiéronse en

pareceres, así como en afectos, cuando llegó un hombre, que lo parecía,

aunque traía un tejo de oro en las manos y llegándose á ellos, les fué

asiendo de las suyas y refregándolas en el oro, reconociéndola después.

¿Qué pretende este hombre?, dijo Andrenio.

Yo soy, respondió, el contraste de las personas, el quilatador de su

fineza.

¿Pues qué es de la piedra de toque?

Ésta es, dijo señalando el oro.

¿Quién tal vió?, replicó Andrenio. Antes el oro es el que se toca y se

examina en la piedra Lidia.

Así es; pero la piedra de toque de los mismos hombres es el oro. Á los

que se les pega á las manos, no son hombres verdaderos; sino falsos.

Y así al juez, que le hallamos las manos untadas, luego le condenamos

de oidor á tocador. El prelado, que atesora los cincuenta mil pesos

de renta, por bien que lo hable, no será él boca de oro; sino bolsa

de oro. El cabo con cabos bordados y mucha plumajería, [Marginal:

_Don Claudio San Mauricio._] señal que despluma á los soldados y no

los socorre, como el valiente borgoñón don Claudio San Mauricio. El

caballero, que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras,

de verdad que no es hidalgo. La otra, que sale muy bizarra, cuando

el marido anda deslucido, muy mal parece. Y en una palabra, todos

aquellos, que yo hallo que no son limpios de manos, digo que no son

hombres de bien. Y así tú, á quien se te ha pegado el oro, dejando el

rastro en ellas, dijo á Andrenio, cree que no lo eres: echa por la

otra banda. Pero éste, señalando á Critilo, que no se le ha pegado ni

queda señalado con el dedo, éste persona es: eche por la banda de la

entereza.

Antes, replicó Critilo, para que él lo sea también, importará me siga.

Comenzaron á discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha.

Leyeron un letrero, que decía:

Aquí se vende lo mejor y lo peor.

Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas para callar, las mejores

para mordérselas y que se pegaban al paladar. Un poco más adelante

estaba un hombre, tan lejos de pregonar su mercadería, que por ademanes

intimaba el silencio.

¿Qué vende éste?, dijo Andrenio.

Y él al punto puso el dedo índice en la boca.

Pues deste modo, ¿cómo sabremos lo que vendes?

Sin duda, dijo Egenio, que vende el callar.

[Marginal: _Secreto._]

Mercadería es bien rara y bien importante, dijo Critilo. Yo creí

que se había acabado en el mundo. Ésta la deben traer de Venecia,

especialmente el secreto, que acá no se coge. ¿Y quién le gasta?

Eso estase dicho, respondió Andrenio: los anacoretas, los monjes,

porque ellos saben lo que vale y aprovecha.

Pues yo creo, dijo Critilo, que los más que lo usan no son los buenos;

sino los malos. Los deshonestos callan, las adúlteras disimulan, los

asesinos punto en boca, los ladrones entran con zapato de fieltro y así

todos los malhechores.

Ni aun ésos, replicó Egenio; que está ya el mundo tan rematado, que los

que habían de callar, hablan más y hacen gala de sus ruindades. Veréis

el otro, que funda su caballería en bellaquería, que no le agrada la

torpeza, si no es descarada. El acuchillador se precia de que sus

valentías den en rostro. El lindo, que se hable de sus cabellos. La

otra, que se descuida de sus obligaciones y sólo cuida de su _cara

cara_, ostenta las galas cuando más la descomponen. El mal ladrón

pretende cruz. Y el otro pide el título, que sea sobreescrito de sus

bajezas. Deste modo todos los ruines son los más ruidosos.

Pues, señores, ¿quién compra?

El que apaña piedras, el que hace y no dice, el que hace su negocio y

Harpocrato, á quien nadie reprende.

Sepamos el precio, dijo Critilo: que querría comprar cantidad, que no

sé si lo hallaremos en otra parte.

El precio del silencio, les respondieron, es silencio también.

¿Cómo puede ser eso, si lo que se vende es callar? ¿La paga cómo ha de

ser?

Callar.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 14 / 24 段