Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á

cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto!

Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas

uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á

estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el

hospital.

Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo.

¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero,

sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues

desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía.

Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus

partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.

[Marginal: _Cortesía engaño._]

Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé

cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con

cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino

donde cayere.

¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á

no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la

ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de

su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el

espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo

ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde

pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme

siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo,

y eso es andar bien.

¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!

¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más

fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá.

Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome

consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le

guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.

¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!

Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo

que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay

algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces

de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le

atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en

el entender.

¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!

¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para

orejas de buriel.

¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla,

ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que

pesca.

No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que

buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos.

Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no

sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si

tiene buena mano, póngala en todo.

[Marginal: _Dichos y hechos._]

Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como

lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que

verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de

abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes

ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin

escampar.

Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua,

y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de

cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin

decir primero: ¡cólera va!

Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal

puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa

de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición,

de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.

También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando

hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni

madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro

retorcerlos.

¡Eh, que sí; déjelos tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al

corazón! Déjelos examinar si palpita. Tienten también si tienen almilla

en los botones, que hay hombres, que aun allí no la tienen. Tírenle de

la manga al que se desmanda y de la faldilla al que se estira, porque

no salga de sí.

Ésta, que se sigue, en ninguna república se practica ni aun en la de

Venecia. Era del tiempo antiguo. ¡Que no coma á dos carrillos, que es

una grande fealdad!

Veis aquí una lección, que las más lindas la practican menos; antes

dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más.

Que no ría mucho ni muy alto, dando grandes risadas.

¡Ay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reir

debajo la nariz, aunque frescamente á su sombra!

Va otra semejante: que no coma con la boca cerrada. Por cierto, sí.

¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos á la sopa!

Aun dese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma

boca; ¿qué sería á boca abierta? No habría menester más el otro, que

come y bebe de cortesía. Á más de que en ninguna ocasión importa

tanto tenerla cerrada y con candados, que cuando se come y se bebe.

[Marginal: _Marqués de Espínola._] Así lo observó el célebre marqués de

Espínola, cuando le convidó á su mesa el atento Henrico.

Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su

cortesano de ningún modo regüelde: que, aunque es salud, es grosería.

Créame y déjelos que echen fuera el viento, de que están ahitos y más

llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo

el que tienen en aquellas cabezas! Que tengo para mí que por eso al que

estornuda le ayuda Dios á echar el viento de su vanidad y le damos la

norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire,

cuando no está en su lugar.

Sólo un consejo me contentó mucho de _El Galateo_ y me pareció muy

sustancial, para que se verifique aquel dicho común, que no hay

libro sin algo bueno. Encarga, pues, por capital precepto y como el

fundamento de toda su obra cortesana, que el galante _Galateo_ procure

tener los bienes de fortuna, para vivir con lucimiento, que sobre esta

basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía y discreción,

galantería, despejo y todas las demás prendas de varón culto y

perfecto; y advierta que, si fuere pobre, jamás será ni entendido

ni cortés ni galante ni gustoso. Y esto es lo que yo siento de _El

Galateo._

Pues si ése no os contenta, dijo el librero, porque no instruye sino en

la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza

de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente

Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la corte. Realzó esa misma

instrucción, [Marginal: _Conde de Portalegre._] que no la comentó muy

á lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de

Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo á la corte.

Es grande obra, dijo el cortesano, y sobrado grande, pues es sólo para

grandes personajes; y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar

á un enano el zapato de un gigante.

Creedme que no hay otro libro ni arte más á propósito, que parece la

escribió viendo lo que en Madrid pasa.

Ya sé que me tendréis por paradojista y aun estoico, pero más importa

la verdad. Digo que el libro, que habéis de buscar y leerlo de cabo

á cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. ¡Aguardad! No os admiréis

hasta que me declare. ¿Qué pensáis? ¿Que el peligroso golfo, que

él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en

aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la

Circe encantadora en su isla y el soberano Cíclope en su cueva? Sabed

que el peligroso mar es la corte con la Escila de sus engaños y la

Caribdis de sus mentiras.

¿Veis esas mujeres, que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas

de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras,

con sus fines monstruosos y amargos dejos. Ni basta que el cauto Ulises

se tape los oídos; es menester que se ate al firme mástil de la virtud

y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus

encantos.

[Marginal: _Circes lindas._]

Hay encantadoras Circes, que á muchos, que entraron hombres, los han

convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos Cíclopes, tan necios como

arrogantes, con solo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción?

Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar, para que

como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo

como os amenaza.

Tomaron su consejo y fueron entrando en la corte, experimentando al pie

de la letra lo que el cortesano les había prevenido y Ulises enseñado.

No encontraron pariente ni amigo ni conocido, por lo pobre. No podían

descubrir su deseada Felisinda.

Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo

probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que

había escapado de sus naufragios. Sobre todo quiso hacer experiencia

de un finísimo diamante, por ver si vencía tan grandes dificultades

su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como

escriben los filósofos. Sacólas á luz, mostrólas y al mismo punto

obraron maravillosos efectos, porque comenzaron á ganar amigos. Todos

se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre

de España, galanes, entendidos y discretos.

Fué tal el ruido que hizo un diamante, que se les cayó en un empeño de

algunos centenares, que se oyó por todo Madrid. Con que los embistieron

enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un

rey, más sobrinos que un papa. Pero el caso más agradablemente raro

fué el que le sucedió á Andrenio, desde la calle Mayor á palacio.

Llegóse á él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado,

que desenvainando una hoja en un billete, le dejó tan cortado, que

no acertó á descartarse Andrenio. Antes, brujuleándole, descubrió

una prima su servidora en la firma. Dábale la bienvenida á la corte

y muchas quejas de que, siendo tan proprio, se hubiese portado tan

extraño. Suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que

le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de

su prima, cuando él no creyera tener madre y, llevado más de su curioso

deseo, que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo

para la casa. Lo que aquí vió en maravillas y le sucedió en portentos

dirá la siguiente Crisi.

CRISI XII

_Los encantos de Falsirena._

Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más

engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que

más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la

mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa

que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale

la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo,

porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te

siga.

Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza

de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la

viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el

mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.

Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que

difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos

los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías,

que todo lo es una mujer mala.

Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades

diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en

todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni

valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común

y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos

franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las

manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies

la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa,

es buscada; si fea, ella busca. [Marginal: _Trono de la necedad._] Y si

el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono

de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh,

cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué

poco le aprovechó!

Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á

Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que

suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran

rato, torciendo calles y doblando esquinas.

Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del

mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo

desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres

jardines.

Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad,

cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que

fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora.

Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro

capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto

desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio

hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre

sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero

sin estrellas.

[Marginal: _Amor llorando quema._]

Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos,

pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones

todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya

linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro,

deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando

después de los mismos que lisonjearon antes.

Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera

darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que

fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente

odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las

aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya,

silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por

donaire.

Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban,

suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad,

donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana

Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.

Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de

sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló

favores con quejas, repitiendo algunas veces:

¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido

como deseado.

Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas

hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón,

que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una

posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la

conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan

al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa!

¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan

fresco cortesano!

Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de

oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á

quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan

hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro

más dichoso.

¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y

sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy

bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y

aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta!

[Marginal: _Violencias del amor._] ¿Pero qué Dánae escapó de un engaño?

¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa

de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...

Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre

suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en

saber la causa.

Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.

Y ella:

Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda

casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero, que

quedaba preso en Goa; si bien en su corazón le traía y á vos por

prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una

isla, debiendo al cielo dobladas providencias, con que pudo salvar su

crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de su

secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os

echó á luz y, cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que

ellas, allí, malenvuelto entre unas martas, que le servían á ella de

galán abrigo, os encomendó en la cuna de la yerba al piadoso cielo, que

no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera, que no fué la

primera vez ni será la última que sustituyeron maternas ausencias. ¡Oh,

cómo me lo contaba ella muchas veces y con más lágrimas que palabras me

ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora

os restituirá las caricias en abrazos, que allí os negó, violentada de

su honor.

Estaba atónito Andrenio, escuchando el suceso de su vida y, careando

tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía,

reventando en lágrimas de ternura, comenzó á destilar el corazón en

líquidos pedazos por los ojos.

[Marginal: _Lágrimas quebrantan peñas._]

Dejemos, dijo ella, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto

á moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso

albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.

Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos, ya pérfidos, que al bajar

serían _á gatas_, á la esfera del sol en lo brillante y de la luna

en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan

artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron á tantos ver, á

su despecho, las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, sino

para el pasado, y todas eran muy buenas piezas, repitiendo ella:

Todo es tan vuestro como mío.

Mientras duró la dulcísima merienda, le cantaron gracias y le

encantaron Circes.

En todo caso habéis de quedar aquí, dijo la prima; aunque tan á costa

de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que, aunque aquí

no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para

ello, que mis criados con una señal la cobrarán y pagarán lo que se

debiere.

Será preciso, replicó Andrenio, que yo vaya, porque habéis de saber que

no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón

á Critilo mi padre.

¿Cómo es eso de padre?, dijo asustada Falsirena.

Y él: Llamo padre á quien me hizo obras de tal y tengo por cierto,

según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo

de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.

¿Eso más?, dijo Falsirena. Id luego al punto y volved al mismo con

Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un

solo bocado ni reposaré un instante hasta volver á veros.

Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, de la espía y del

recuerdo. Halló á Critilo ya cuidadoso. Fuése á echar á sus pies,

besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces:

¡Oh padre!, ¡oh señor mío! que ya el corazón me lo decía.

¿Qué novedad es ésta?, replicó Critilo.

Que no es nuevo en mí, respondió, el teneros por padre, que la misma

sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois

quien me ha engendrado y después hecho persona. Mi madre es vuestra

esposa Felisinda. Que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una

hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.

¿Cómo es eso de prima?, preguntó Critilo. Ese nombre de prima no me

suena bien.

Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, á su casa, que allí

volveremos á oir esta novedad siempre gustosa.

Estaba suspenso Critilo entre el oir tan individuales circunstancias

y el temer tantos engaños en la corte. Pero, como es fácil creer lo

que se desea, dejóse convencer á título de informarse y así se fueron

juntos á casa de Falsirena.

Parecía ya otra, siempre mejorada y, aunque ahora muy á lo grave y

autorizado pero siempre con apariencias de un cielo.

Seáis muy bienllegado, dijo ella, señor Critilo, á esta vuestra casa,

que sólo ignorarla os ha podido escusar de no haberla honrado antes.

Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro

parentesco y cómo su madre y vuestra esposa, la hermosa Felisinda, era

mi tía y mi señora y mucho más amiga, que parienta. Harto sentí yo su

falta y aun la lloro.

Aquí sobresaltado Critilo:

¿Pues cómo?, dijo. ¿Es muerta?

No señor, respondió, no tanto mal; basta la ausencia. Sus padres se

murieron y aun de pena de ver que nunca quiso elegir esposo entre

ciento que la competían. Quedó á la sombra y tutela de aquel gran

príncipe, que hoy asiste en Alemania, embajador del Católico. Allá

pasó con la marquesa, como parienta y encomendada, donde sé que vive

y muy contenta, ¡así Dios nos la vuelva, como espero! Quedé yo aquí

con mi madre, hermana suya y, aunque solas, muy acomodadas de honra y

hacienda. Mas, como no vienen solas las desdichas de cobardes, faltóme

también mi madre, sin duda del sentimiento de su ausencia. Asístenme

los parientes y á todo el mundo debo harto. Es la virtud mi empleo,

procuro conservar la honra heredada: que deben más unas personas que

otras á sus antepasados. Ésta, señores, es mi casa, de hoy adelante

vuestra, para toda la vida y ¡sea la de Néstor! Ahora quiero que veáis

lo mejor de mis galerías y suelos, conduciendo hasta desembarcar en un

puerto de rosas y de claveles.

Aquí les fué mostrando en valientes tablas, obra de prodigiosos

pinceles, todo el suceso de su vida y sus tragedias, con no poco

espanto de ambos, correspondiendo á extremos del arte con extremos de

admiración.

No ya sólo Andrenio, pero el mismo Critilo quedó vencido de su agasajo

y convencido de su información. Después de alternar disculpas con

agradecimientos, trató traer su ropa y entre ella algunas piedras muy

preciosas, ruinas ya de aquella su rica casa. Hizo alarde dellas y,

como fruta de damas, brindó con todas las de su buen gusto á Falsirena.

Aquí ella, aunque las celebró mucho, mandó sacar otras tantas y muy á

lo bizarro dijo que las gozase todas. Replicó Critilo fuese servida de

guardarlas y ella lo cumplió bien.

Suspiraba Critilo por su deseada Felisinda y así un día sobre mesa

propuso su jornada para Alemania, donde estaba. Mas Andrenio, cautivo

de la afición de su prima, divirtió la plática, porque disgustaba mucho

el hacer ausencia. Ella más á lo sagaz, habiendo alabado la resolución,

puso largas á título de conveniencia. Mas ofrecióse luego ocasión y

sazón de ir sirviendo á la gran fénix de España, que iba á coronarse de

águila del imperio.

No tuvo escusa Andrenio y, entretanto que disponía la partida,

propuso Falsirena el preciso lance de ir á ver [Marginal: _Escorial.

Aranjuez._] aquellos dos milagros del mundo, el Escorial del arte y el

Aranjuez de la naturaleza, paralelos del sol de Austria, según gustos

y tiempos. Pero estaba tan ciego de su pasión Andrenio, que no le

quedaba vista para ver otro, aunque fuesen prodigios. Hacía instancias

Falsirena. Y Critilo, aunque fuese solo en pagar á la curiosidad una

tan justa deuda, que después ejecuta el tormento de no haber visto lo

que todos celebran y aun la propia imaginación castiga toda la vida,

representando por lo mejor aquello que se dejó de ver, partióse solo

para admirar por muchos.

Halló aquel gran templo de Salomón católico, asombro del hebreo, no

sólo satisfacción á lo concebido, sino pasmo en el exceso. Allí vió

la ostentación de un real poder, un triunfo de la piedad católica,

un desempeño de la arquitectura, pompa de la curiosidad, ya antigua,

ya moderna, el último esfuerzo de las artes y donde la grandeza, la

riqueza y la magnificencia llegaron de una vez á echar el resto.

De aquí pasó á Aranjuez, estancia perpetua de la primavera, patria de

Flora, retiro de su amenidad en todos los meses del año, guardajoyas de

las flores y centro de las delicias á todo gusto, y contento. Dejó en

ambas maravillas empeñada la admiración para toda la vida.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 13 / 24 段