Visto un león, están vistos todos y vista una oveja, todas; pero visto

un hombre, no está visto sino uno y aun ése no bien conocido. Todos

los tigres son crueles, las palomas sencillas y cada hombre de su

naturaleza diferente. Las generosas águilas siempre engendran águilas

generosas; mas los hombres famosos no siempre engendran hijos grandes,

como ni los pequeños pequeños. Cada uno tiene su gusto y su gesto: que

no se vive con solo un parecer.

Proveyó la sagaz naturaleza de diversos rostros, para que fuesen los

hombres conocidos; sus dichos y sus hechos no se equivocasen los buenos

con los ruines; los varones se distinguiesen de las hembras y nadie

pretendiese solapar sus maldades con el semblante ajeno. Gastan algunos

mucho estudio en averiguar las propiedades de las yerbas; ¿cuánto más

importaría conocer las de los hombres, con quien se ha de vivir ó morir?

Y no son todos hombres los que vemos, que hay horribles monstruos y

aun acroceraumnios en los golfos de las grandes poblaciones, sabios sin

obras, viejos sin prudencia, mozos sin sujeción, mujeres sin vergüenza,

ricos sin misericordia, pobres sin humildad, señores sin nobleza,

pueblos sin apremio, méritos sin premio, hombres sin humanidad,

personas sin sustancia. Esto ponderaba el sabio á vista de la corte,

después de haber rescatado á Andrenio con un tan ejemplar arbitrio.

Cuando Critilo le aguardaba á la puerta libre, le atendió á la ventana

empeñado en el común despeño. Mas consolóse con que nadie le impelía;

antes, quitándose la guirnalda de la frente, la fué destejiendo y,

atando unas ramas con otras, hizo soga, por la cual se guindó y sin

daño alguno se halló en tierra por gran felicidad. Al mismo tiempo

asomó por la puerta el Sabio, doblándole á Critilo el contento; pero

sin detenerse ni aun para abrazarse, picaron, como tan picados. Sólo

Andrenio, volviendo la cabeza á la ventana, dijo:

Quede ahí pendiente ese lazo, escala ya de mi libertad, despojo

eternizado del desengaño.

Tomaron su derrota para la corte, á dar, decía el sabio, de Caribdis en

Escila. Acompañóles hasta la puerta, llevado de la dulce conversación,

el mejor viático del camino de la vida.

¿Qué cosa y qué casa ha sido ésta?, decía Critilo. Contadme lo que en

ella os ha pasado.

Tomó la mano el Sabio á cortesía de Andrenio y dijo:

Sabed, que aquella engañosa casa, al fin venta del mundo, por la

parte que se entra en ella es del gusto y por la que se sale del

gasto. Aquella agradable salteadora es la famosa Volusia, [Marginal:

_Tiranía del deleite._] á quien llamamos nosotros delectación y los

latinos _voluptas_, gran muñidora de los vicios, que á cada uno de los

mortales le lleva arrastrado su deleite. Ésta los cautiva, los aloja ó

los aleja, unos en el cuarto más alto de la soberbia, otros en el más

bajo de la desidia; pero ninguno en el medio, que en los vicios no le

hay. Todos entran, como visteis, cantando y después salen sollozando;

si no son los envidiosos, que proceden al revés. El remedio para no

despeñarse al fin es caer en la cuenta al principio: gran consejo de la

sabia Artemia, que á mí me valió harto para salir bien.

Y á mí mejor para no entrar, replicó Critilo: que yo con más gusto voy

á la casa del llanto, que de la risa, porque sé que las fiestas del

contento fueron siempre vísperas del pesar. Créeme, Andrenio, que quien

comienza por los gustos, acaba con los pesares.

Basta que este nuestro camino, dijo él, todo está lleno de trampas

encubiertas, que no sin causa estaba el engaño á la entrada. ¡Oh casa

de locos! ¡Y cómo lo es quien hace de ti caso! ¡Oh encanto de cantos

imanes, que al principio atraen y á la postre despeñan!

Dios os libre, ponderaba el Sabio, de todo lo que comienza por el

contento. Nunca os paguéis de los principios fáciles; atended siempre

á los fines dificultosos y al contrario. La razón desto supe yo en

aquella venta de Volusia, en este sueño que os ha de hacer despertar.

[Marginal: _Juguetes de la fortuna._]

Contáronme tenía dos hijos la Fortuna, muy diferentes en todo: pues el

mayor era tan agradablemente lindo, cuanto el segundo desapaciblemente

feo. Eran sus condiciones y propiedades muy conformes á sus caras,

como suele acontecer. Hízoles su madre dos vaquerillos con la misma

atención. Al primero de una rica tela, que tejió la primavera, sembrada

de rosas y de claveles y entre flor y flor alternó una G, tantas como

flores, sirviendo de ingeniosas cifras, en que unos leían gracioso,

otros galán, gustoso, gallardo, grato y grande; aforrado en cándidos

armiños, todo gala, todo gusto, gallardía y gracia. Vistió al segundo

muy de otro genio, pues de un bocací funesto, recamado de espinas y

entre ellas otras tantas efes, donde cada uno leía lo que no quisiera,

feo, fiero, furioso, falto y falso, todo horror, todo fiereza.

Salían de casa de su madre á la plaza ó á la escuela y al primero

en todo todos cuantos le veían le llamaban. Abríanle las puertas de

sus corazones. Todo el mundo se iba tras él, teniéndose por dichosos

los que le podían ver, cuanto más haber. El otro desvalido no hallaba

puerta abierta y así andaba á sombra de tejados. Todos huían dél. Si

quería entrar en alguna casa, dábanle con la puerta en los ojos y, si

porfiaba, muchos golpes, con lo cual no hallaba dónde parar. Vivía ó

moría, quien tan triste llegó á no poderse sufrir él á sí mismo. Y así

tomó por partido despeñarse, para despenarse, escogiendo antes morir

para vivir que vivir para morir.

Mas como la discreción es pasto de la melancolía, pensó una traza, que

siempre valió más que la fuerza. Conociendo cuán poderoso es el engaño

y los prodigios que obra cada día, determinó ir en busca suya una

noche, que hasta la luz y él se aborrecían.

[Marginal: _Casa del Engaño._]

Comenzó á buscarle; mas no le podía descubrir. En mil partes le decían

estaría y en ninguna le topaba. Persuadióse le hallaría en casa de los

engañadores y así fué primero á la del Tiempo. Éste le dijo que no; que

antes él procuraba desengañar á todos, sino que le creen tarde. Pasó á

la del Mundo, tenido por embustero y respondióle que por ningún caso;

que él á nadie engaña, aunque lo desea, que los mismos hombres son los

que se engañan á sí mismos, se ciegan y se quieren engañar. Fué á la

misma Mentira, que la halló en todas partes. Díjola á quién buscaba y

respondióle ella:

¡Anda necio! ¿Cómo tengo yo de decir verdad?

¿Según eso, la Verdad me lo dirá?, dijo él; pero ¿dónde la hallaré? Más

dificultoso será eso: que si al Engaño no le puedo descubrir en todo el

mundo, ¿cuánto menos la Verdad?

Fuése á casa de la Hipocresía, teniendo por cierto estaría allí; mas

ésta le engañó con el mismo Engaño. Porque torciendo el cuello á par de

la intención, encogiéndose de hombros, frunciendo los labios, arqueando

las cejas, levantando los ojos al cielo, que todo un hombre ocupa con

la voz muy mirlada, le aseguró no conocía tal personaje ni le había

hablado en su vida, cuando estaba amancebada con él.

Partió á casa de la Adulación, que era un palacio y ésta le dijo:

Yo, aunque miento, no engaño, porque echo las mentiras tan grandes y

tan claras, que el más simple las conocerá. Bien saben ellos que yo

miento; pero dicen que con todo eso se huelgan y me pagan.

¿Qué, es posible, se lamentaba, que esté el mundo lleno de engaños y

que yo no le halle? ¡Parece ésta pesquisa de Aragón! Sin duda estará en

algún casamiento: ¡vamos allá!

[Marginal: _Casamiento con eco._]

Preguntó al marido, preguntó á la mujer y respondiéronle ambos habían

sido tantas y tan recíprocas de una y otra parte las mentiras, que

ninguno podía quejarse de ser el engañado.

¿Si estaría en casa de los mercaderes, entre mohatras paliadas y

desnudos acreedores?

Respondiéronle que no, porque no hay engaño, donde ya se sabe que le

hay. Lo mismo dijeron los oficiales: que fué de tienda en tienda,

asegurándole en todas que al que ya lo sabe y quiere, no se le hace

agravio. Estaba desesperado, sin saber ya dónde ir.

Pues yo le he de buscar, dijo; aunque sea en casa del diablo.

Fuése allá, que era una Génova, digo una Ginebra. Mas éste se enojó

fieramente y, dando voces endiabladas, decía:

¿Yo engaño? ¿Yo engaño? ¡Qué bueno es eso para mí!; antes yo hablo

claro á todo el mundo. Yo no prometo cielos; sino infiernos acá y allá

fuegos, que no paraísos. Y con todo eso, los más me siguen y hacen mi

voluntad.

¿Pues en qué está el engaño?

[Marginal: _Engañador, engañado._]

Conoció decía esta vez la verdad y quitósele delante. Echó por otro

rumbo, determinó ir á buscarle á casa de los engañados, los buenos

hombres, los crédulos y cándidos, gente toda fácil de engañar. Mas

todos ellos le dijeron que por ningún caso estaba allí; sino en casa

de los engañadores, que aquéllos son los verdaderos necios, porque el

que engaña á otro siempre se engaña y daña más á sí mismo.

¿Qué es esto?, decía. Los engañadores me dicen que los engañados se lo

llevaron; éstos me responden que aquéllos se quedan con él. Yo creo que

unos y otros le tienen en su casa y ninguno se lo piensa.

Yendo desta suerte, le topó á él la Sabiduría, que no él á ella y, como

sabedora de todo, le dijo:

Perdido, ¿qué buscas? ¿Otro que á ti mismo? ¿No ves tú que el Engaño

no le halla quien le busca y que, en descubriéndole, ya no es él? Ve á

casa de algunos de aquellos, que se engañan á sí mismos, que allí no

puede faltar.

Entró en casa de un confiado, de un presumido, de un avaro, de un

envidioso y hallóle muy disimulado con afeites de verdad. Comunicóle

sus desdichas y consultóle su remedio. Miróselo el Engaño muy bien,

cuanto peor, y díjole:

Tú eres el mal, que tu mala catadura te lo dice. Tú eres la maldad,

más fea aún de lo que pareces. Pero ten buen ánimo, que no faltará

diligencia ni inteligencia. Huélgome se ofrezcan ocasiones como ésta

para que luzca mi poder. ¡Oh, qué par haremos ambos! Anímate, que si el

primer paso en la medicina es conocer la raíz del mal, yo la descubro

en tu dolencia, como si la tocase con las manos.

Yo conozco muy bien los hombres; aunque ellos no me conocen á mí. Yo sé

bien de qué pie cojea su mala voluntad. Y advierte que no te aborrecen

á ti por ser malo. No por cierto; sino porque lo pareces, por ese mal

vestido que tú llevas. Esos abrojos son los que les lastiman; que, si

tú fueras cubierto de flores, yo sé te quisieran. Pero déjame hacer,

que yo barajaré las cosas de modo que tú seas el adorado de todo el

mundo y tu hermano aborrecido. Ya la tengo pensada, que no será la

primera ni la última.

Asiéndole de la mano, se fueron pareados á casa de la Fortuna.

Saludóla con todo el cumplimiento que él suele y encandilóla tan bien,

que fué menester poco para una ciega. Ofreciósele por mozo de guía,

representándole su necesidad y las muchas conveniencias. Abonóle el

hijuelo de fiel y de entendido, pues sabe muchos puntos más que el

diablo su discípulo. Sobre todo, que no quería otra paga, sino sus

venturas. Y no se engañaba, que no hay renta, como la puerta falsa de

la ambición. Calidades eran todas muy á cuento, si no muy á propósito,

para mozo de ciego, y así le admitió la Fortuna en su casa, que es todo

el mundo.

[Marginal: _Mozo de la Fortuna._]

Comenzó al mismo instante á revolverlo todo, sin dejar cosa en su lugar

ni aun tiempo. Guíala siempre al revés. Si ella quiere ir á casa de

un virtuoso, él la lleva á la de un malo y otro peor. Cuando había de

correr, la detiene y, cuando había de ir con tiento, vuela. Barájale

las acciones, trueca todo cuanto da. El bien que ella quería dar al

sabio, hace lo dé al ignorante; el favor que va á hacer al valiente, lo

encamina al cobarde. Equivócale las manos cada punto, para que reparta

las felicidades y desdichas, en quien no las merece. Incítala á que

esgrima el palo sin sazón y á tontas y á ciegas la hace sacudir palos

de ciego en los buenos y virtuosos. Pega un revés de pobreza al hombre

más entendido y da la mano á un embustero, que por eso están hoy tan

validos.

[Marginal: _Don Baltasar de Zúñiga._]

¡Qué de golpes la ha hecho errar! Acabó de uno con un don Baltasar

de Zúñiga, cuando había de comenzar á vivir. Acabó con un duque del

Infantado, un marqués de Aitona y otros semejantes, cuando más era

menester. Dió un revés de pobreza á un don Luis de Góngora, á un

Agustín de Barbosa y otros hombres eminentes, cuando debiera hacerlos

muchas mercedes. Erró el golpe también y escusábase el bellacón,

diciendo:

Vinieran éstos en tiempo de un León X, de un rey Francisco de Francia,

que éste no es su siglo.

¡Qué disfavores no hizo á un marqués de Torrecuso! Y jactábase dello,

diciendo:

¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.

[Marginal: _Don Martín de Aragón._]

También fué errar el golpe darle un balazo á don Martín de Aragón,

conociéndose bien presto su falta.

Iba á dar la Fortuna un capelo á un Azpilqueta Navarro, que hubiera

honrado el Sacro Colegio; mas pególa en la mano un tal golpazo, que

lo echó en tierra, acudiendo á recogerlo un clerizonte. Y riéndose el

picarón, decía:

¡Eh! que no pudiéramos vivir con estos tales. Bástales su fama. Éstos

otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.

[Marginal: _España._]

Fué á dar á la monarquía de España muchas felicidades, por verla tan

católica, como había hecho siempre, dándole las Indias y otros muchos

reinos y victorias y el belitre la dió tal encontrón, que saltaron

acullá á Francia, con espanto de todo el mundo. Él se escusaba con

decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y

de los temerarios en Francia. [Marginal: _Venecia._] Y por desmentir

el odio, que le acumulaba ya su malicia, dió algunas victorias á la

república de Venecia contra el poder otomano y sola sin Liga, cosa

que ha admirado al mundo, escusándose con el tiempo, [Marginal: _Casa

otomana._] que se cansa ya de llevar á cuestas la felicidad otomana,

más á fuerza, que de industria.

Desta suerte fué barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las

dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían.

Llegando ya á ejecutar su primer intento, observó allá á la noche,

cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos, que de nadie los fiaba,

donde ponía los vestidos de cada uno, que eso siempre era con cuidado,

en diferentes puestos, porque no se confundiesen. Acudió, pues, el

Engaño y, sin ser sentido, trocó los vestidos, mudó los del bien al

puesto del mal y los del mal al del bien. Á la mañana la Fortuna, tan

descuidada como ciega, vistió á la Virtud el vaquerillo de las espinas,

sin más reparar. Y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio,

con que quedó éste muy galán. Y ¡él que se ayudó con afeites del

Engaño!

No había quien lo conociese. Todos se iban tras él. Metíanle en sus

casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advirtieron á costa de la

experiencia y dijéronlo á los otros. Pocos lo creyeron y, como le veían

tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño.

[Marginal: _Principios del vicio._]

Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo

engañado ó engañándose: los que abrazan la maldad por aquel cebillo

del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y

dicen arrepentidos: No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de

los males. ¿Luego errado habemos el camino? [Marginal: _Fines de la

virtud._] Al contrario, los que desengañados apechugan con la virtud,

aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al

fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus

conciencias.

[Marginal: _Cargos cargas._]

¡Qué florida le parece á éste la hermosura y qué lastimado queda

después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad!; ¡pero cuán

presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la

dignidad! Vestido viene el cargo de estimación; ¡mas qué pesado le

halla después, que le abruma so la carga! ¡Qué gustosa imagina el

sanguinario la venganza! ¡Cómo se relame en la sangre del enemigo!

Y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los

agraviados no pueden digerir. Hasta el agua hurtada es más sabrosa.

Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña; mas después ¡con

qué violencia la trueca al restituirla! Dígalo la madre del milano.

[Marginal: _Gota grita._]

Traga el glotón exquisitos manjares, saboréase con los preciosos vinos

y después, ¡cómo lo grita en la gota! No pierde el deshonesto coyuntura

en su bestial deleite y págalo con dolor de todas las de su flaco

cuerpo. Abraza espinas en riquezas el avaro, pues no le dejan morir y,

sin poderlas gozar, deja en ellas lastimado el corazón.

Todos éstos pensaron traer á su casa el Bien, vestido del gusto; y

de verdad, que no es sino el Mal solapado; no el contento, sino el

tormento, también merecido de su engaño. Pero al contrario, ¡qué

dificultosa y cuesta arriba se le hace al otro la virtud!, y después,

¡qué satisfacción la de la buena conciencia! ¡Qué horror el de la

abstinencia y en ella consiste la salud del cuerpo y alma! Intolerable

se le representa la continencia y en ella se halla el contento

verdadero, la vida, la salud y la libertad.

El que se contenta con una medianía, tranquilo vive. El manso de

corazón, posee la tierra. Desabrido se le propone el perdón del

enemigo; pero ¡qué paz se le sigue y qué honra se consigue! ¡Qué frutos

tan dulces se cogen de la raíz amarga de la mortificación! Melancólico

parece el silencio; mas al sabio nunca le pesó de haber callado.

De suerte que desde entonces la Virtud anda vestida de espinas por

fuera y de flores por dentro. Al contrario del Vicio. Conozcámoslos y

abracémonos con aquélla, á pesar del engaño tan común cuan vulgar.

Á vistas estaba ya de la corte y mirando Andrenio á Madrid con fruición

grande preguntóle el Sabio:

¿Qué ves en cuanto miras?

Veo, dijo él, una real madre de tantas naciones, una corona de dos

mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un

nido del mismo fénix y una esfera del sol católico, coronado de prendas

en rayos y de blasones en luces.

Pues yo veo, dijo Critilo, una Babilonia de confusiones, una Lutecia

de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una

Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de

cautiverios.

[Marginal: _Madrid madre, madrastra._]

Yo veo, dijo el Sabio, á Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una

parte, y madrastra por la otra. Que así como á la corte acuden todas

las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que

vienen á ella nunca traen lo bueno, sino lo malo de sus patrias. Aquí

yo no entro, aunque se diga que me volví del puente Milvio.

Y con esto despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como

instruídos, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de

aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo á ella

y pidió al librero si tendría un _Ovillo de oro_ que venderle. No le

entendió, que leer los libros por los títulos no hace entendidos. Pero

sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y

suficiencia:

¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de

Circe.

Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni

plata; sino libros, que son mucho más preciosos.

Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé

avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.

[Marginal: _Libros libres._]

De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este

librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma

felicidad.

Ésa buscamos.

Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte

de ser personas y de tratar con ellas.

Tomóle Critilo. Leyó el título que decía:

_El Galateo Cortesano._

¿Qué vale?, preguntó.

Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le

lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par

de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.

Oyendo esto el cortesano, dió una tan descompuesta risada, que causó no

poca admiración á Critilo y mucho enfado al librero, y preguntóle la

causa.

Porque es digno de risa lo que decís, respondió él, y cuanto este libro

enseña.

Ya veo yo, dijo el librero, que _El Galateo_ no es más que la cartilla

del arte de ser personas y que no enseña más del a, b, c; pero no

se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como

importante. Y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña á serlo.

[Marginal: _Galateo al revés._]

Lo que menos hace es eso, replicó el cortesano. Este libro, dijo

tomándole en las manos, aún valdría algo, si se practicase todo al

revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo, cuando los hombres lo

eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora

en los tiempos que alcanzamos no valen cosa. Todas las lecciones, que

aquí encarga, eran del tiempo de las ballestas; mas ahora, que es el de

las gafas, creedme que no aprovechan. Y para que os desengañéis, oid

esta de las primeras.

Dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno,

no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito, como si viese

misterios en los ojos.

Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las

lenguas asidas al corazón. ¿Pues dónde le ha de mirar? ¿Al pecho?

Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla, que deseaba Momo.

Si, aun mirándole á la cara que hace, al semblante que muda, no puede

el más atento sacar traslado del interior, ¿qué sería, si no le mirase?

Mírele y remírele y de hito en hito y aun plegue á Dios que dé en el

hito de la intención y crea que ve misterios. Léale el alma en el

semblante. Note si muda colores, si arquea las cejas. Brujuléele el

corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen

tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando

conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar á otro á

la cara.

Oid esta otra, que me da gran gusto siempre que la leo. Pondera el

autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las

narices, ponerse á mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen

perlas ó diamantes del cerebro.

Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana,

cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran

avisos.

No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe

todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en

lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que

es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no

se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz,

que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que

destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda

que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino

que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de

Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. [Marginal: _Sonado

mocoso._] Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido

que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á

resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos

todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños,

mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.

Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún

caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni

la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto,

señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya

cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que

sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de

encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto

agarrador, tanto escribano y otros que callo.

Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que

es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las

tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas.

Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos

se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto

menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de

todo el mundo, [Marginal: _Señor almirante._] como hizo el almirante en

Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas

las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas

no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las

mismas manos, cuando las tienen tan largas.

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 12 / 24 段