De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada della la vil

ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos

moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se

obra poco, achaque de toda Andalucía.

[Marginal: _Granada._]

Á Granada también la hizo la cruz y á Córdoba un calvario. De Salamanca

se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto

letrados, plaza de armas contra las haciendas.

[Marginal: _Zaragoza._]

La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa

de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa

de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin

embeleco, parecíale muy bien; pero echaba mucho menos la grandeza de

los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad.

[Marginal: _Valencia._]

Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo

que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la

recibirían hoy la echarían mañana. [Marginal: _Barcelona._] Barcelona,

aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro,

regida de sabios, entre tanta barbaridad no la juzgó por segura, porque

siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro.

León y Burgos estaban muy á la montaña, entre más miseria, que pobreza.

Santiago, cosa de Galicia. [Marginal: _Valladolid._] Valladolid la

pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se

hallaría la verdad en medio de aquella llaneza; pero arrepintióse

porque, habiendo sido corte, huele aún á lo que fué y está muy á lo de

campos. [Marginal: _Pamplona._] De Pamplona no se hizo mención, por

tener más de corta que de corte y, como es un punto, toda es puntos y

puntillos Navarra.

[Marginal: _Toledo._]

Al fin fué preferida la imperial Toledo, á voto de la católica reina,

cuando decía que nunca se hallaba necia, sino en esta oficina de

personas, taller de la discreción, escuela del bienhablar, toda corte,

ciudad toda y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las

heces, donde, aunque entre, pero no duerme la Villanía. En otras partes

tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico. Si bien censuraron

algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de

profundidad y de sustancia; con todo estuvo firme Artemia, diciendo:

¡Ea! que más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un

filósofo en todo un libro. Vamos á este centro, no tanto material,

cuanto formal de España.

Fuése encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y

Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte

el camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia

de ir á la corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia á

precio de agradecimientos. Concedióselos Artemia en bien importantes

instrucciones, diciéndoles:

Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended

mucho á no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.

Según eso no nos podemos perder, replicó Andrenio.

Antes sí y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no

pocos y así no vais por el vulgar de ver, que es el de la necedad,

ni por el de la pretensión, que es muy largo é interminable. El del

litigio es muy costoso á más de ser prolijo. El de la soberbia es

desconocido y allí de nadie se hace caso y de todos casa. [Marginal:

_Entradas de la corte._] El del interés es de pocos y esos estranjeros.

El de la necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en

alcándaras de varas. El del gusto está tan sucio, que pasa de barros y

llega el lodo á las narices, de modo que en él se anda apenas. El del

vivir va de priesa y llégase presto al fin. Por el del servir es morir,

por el del comer nunca se llega. El de la virtud no se halla y aun se

duda. Sólo queda el de la urgencia mientras durare. Y creedme que allí

ni bien se vive ni bien se muere.

Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto. Porque

los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo.

Algunos refinos por la puente. Entran otros y otras por la Puerta del

Sol y paran en Antón Martín. Pocos por Lavapiés y muchos por untamanos.

Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas

cerradas; sino entreteniéndose. Con esto se dividieron: la sabia

Artemia al trono de su estimación y nuestros dos viandantes para el

laberinto en la corte.

[Marginal: _Salteo universal._]

Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes

prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios

que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la

utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos,

cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos, uno de los peores

pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así

hombres, como mujeres, todos maniatados, sin osar rebullirse, viéndose

despojar de sus bienes.

Perdidos somos, dijo Critilo. Aguarda, que habemos dado en uñas de

salteadores, que los suele haber crueles en estos curiales caminos.

Aquí están robando sin duda y, aun si con eso se contentasen, ventura

sería en la desdicha; pero suelen ser tan desalmados, que quitan las

vidas y llegan á desollar los rostros á los pasajeros, dejándolos del

todo desconocidos.

Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor á robarle el color y aun

el aliento. Cuando ya pudo hablar:

¿Qué hacemos, dijo, que no huímos? Escondámonos, que no nos vean.

Ya es tarde á lo de Frigia, que es lo necio, respondió Critilo, que nos

han descubierto y nos vocean.

Con esto pasaron adelante, á meterse ellos mismos en la trampa de

su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron á una y otra banda y

vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos,

ricos, pobres, que ni perdonaban á las mujeres, toda gente moza, y

todos amarrados á los troncos de sí mismos. Aquí suspirando Critilo y

gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo

quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos.

Miraban á unos y á otros y todos los hallaban enlazados. ¿Pues quién

ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.

¿Si será este, dijo Andrenio, que mira atravesado, que así tiene el

alma?

Todo se puede creer de un mirar equívoco, respondió Critilo; pero más

temo yo de aquel tuerto. [Marginal: _Mal gesto, mal hecho._] Que nunca

suelen hacer éstos cosa á derechas, á juicio de la reina católica y

era grande. Guárdate de aquel muchos labios y mala labia, que nos hace

hocico siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel

como iracundo y, si de color de membrillo, cómitre amulatado...

No será sino aquel del ojo remellado, que tiene andado mucho para

verdugo.

¿Y qué le falta á aquel encapotado, que mira hosco, amenazando á todos

de tempestad?

Oyeron uno, que ceceaba y dijeron:

Éste es sin duda, que á todos va avisando con su ¡ce, ce! á que se

guarden dél. Pero no, sino aquel que habla aspirando, que parece que se

traga los hombres, cuando alienta.

Oyeron á uno hablar gangoso y dieron á huir, entendiéndole la ganga por

valiente de Baco y Venus. Toparon con otro peor, que hablaba tan ronco,

que sólo se entendía con los jarros. En hablando alguno alterado,

presumían dél y, si en catalán, con evidencia. De esta suerte fueron

reconociendo á unos y otros y á todos los veían rendidos; ninguno

delincuente.

¿Qué es esto?, decían. ¿Dónde están los robadores de tantos robados,

pues aquí no hay de aquellos, que hurtan á repique de tijera, ni los

que nos dejan en cueros, cuando nos calzan, los que nos despluman con

plumas, los que se descomiden cuando miden ni los que pesan tan pesados?

[Marginal: _Hurto común._]

¿Quién embiste aquí, quién pide prestado, quién cobra, quién ejecuta?

Nadie encubre, nadie lisonjea, no hay ministros, no hay de la pluma.

Pues ¿quién roba? ¿Dónde están los tiranos de tanta libertad?

Esto decía Critilo, cuando respondió una gallarda hembra, entre mujer y

entre ángel:

Ya voy. Aguardaos, mientras acabo de atar estos dos presumidos, que

llegaron antes.

Era, como digo, una bellísima mujer, nada villana y toda cortesana.

Hacía buena cara á todos y muy malas obras. Su frente era más rasa que

serena. No miraba de mal ojo y á todos hacía dél. Las narices tenía

blancas, señal de que no se le subía el humo á ellas. Sus mejillas

eran rosas sin espinas. Ni mostraba los dientes, sino otros tantos

aljófares, al reirse de todos. Tan agradable, que era ocioso el atar,

pues con sola su vista cautivaba. Su lengua era sin duda de azúcar,

porque sus palabras eran de néctar. Y las dos manos hacían un blanco

de los afectos y, con tenerlas tan buenas, á nadie daba buena mano ni

de mano. Y, aunque tenía brazo fuerte, de ordinario lo daba á torcer,

equivocando el abrazar con el enlazar. De suerte que de ningún modo

parecía salteadora quien tan buen parecer tenía. No estaba sola,

antes muy asistida de un escuadrón volante de amazonas, igualmente

agradables, gustosas y entretenidas, que no cesaban de atar á unos y á

otros, ejecutando lo que su capitana les mandaba.

[Marginal: _Todos locos._]

Era de reparar que á cada uno le aprisionaban con las mismas ataduras

que él quería y muchos se las traían consigo y las prevenían para que

los atasen. Así que á unos aprisionaban con cadenas de oro, que era

una fuerte atadura; á otros con esposas de diamantes, que era mayor.

Ataron á muchos con guirnaldas de flores y otros pedían que con rosas,

imaginando era más coronarles las frentes y las manos. Vieron uno, que

le ataron con un cabello rubio y delicado y, aunque él se burlaba al

principio, conoció después era más fuerte que una maroma. Á las mujeres

de ordinario las ataban, no con cuerdas, sino con hilos de perlas,

sartas de corales, listones de resplandor, que parecían algo y valían

nada.

Á los valientes, al mismo Bernardo le aprisionaron, después de muchas

bravatas, con una banda, quedando él muy ufano. Y lo que más admiró

fué que á otros sus camaradas los atraillaron con plumajes y fué una

prisión muy segura.

Ciertos grandes personajes pretendieron los atasen con unos

cordoncillos, de que pendían veneras, llaves y eslabones y porfiaban

hasta reventar. Había grillos de oro para unos y de hierro para otros y

todos quedaban igualmente contentos y aprisionados.

Lo que más admiró fué que, faltando lazos con que maniatar á tantos,

los enlazaban con brazos de mujeres y muy flacas á hombres muy

robustos. Al mismo Hércules con un hilo delgado y muy al uso y á Sansón

con unos cabellos, que le cortaron de su cabeza.

Querían ligar á uno con una cadena de oro, que él mismo traía, y les

rogó no hiciesen tal, sino con una soga de esparto crudo, extremo raro

de avaricia. [Marginal: _Avaros._] Á otro camarada déste le apretaron

las manos con los cerraderos de su bolsa y aseguraron era de hierro.

Añudaron á uno con su propio cuello, que era de cigüeña, á otro con un

estómago de avestruz. Hasta con sartas de salados sabrosos eslabones

ataban algunos y gustaban tanto de su prisión, que se chupaban los

dedos. Salían otros de juicio, de contento, de verse atados por las

frentes con laureles y con hiedras. Pero ¿qué mucho, si otros se

volvieron locos en tocando las cuerdas?

Desta suerte iban aprisionando aquellas agradables salteadoras á

cuantos pasaban por aquel camino de todos, echando lazos á unos á los

pies, á otros al cuello. Atábanles las manos, vendábanles los ojos y

llevábanlos atados, tirándoles del corazón.

Con todo eso había una muy desagradable entre todas, que cuantos

ataba, se mordían las manos y despedazaban las carnes hasta roerse las

entrañas. Atormentábalos á éstos con lo que otros se holgaban y de la

ajena gloria hacían infierno. Otra había bizarramente furiosa, que

apretaba los cordeles hasta sacar sangre y ellos gustaban tanto desto,

que se la bebían unos á otros. Y es lo bueno que, después de haber

maniatado á tantos, aseguraban ellas que no habían atado persona.

Llegaron ya á querer hacer lo mismo de Critilo y de Andrenio.

Preguntáronles con qué género de atadura querían ser maniatados.

Andrenio, como mozo, resolvióse presto y pidió le atasen con flores,

pareciéndole sería más guirnalda que lazo. Mas Critilo, viendo que no

podía pasar por otro, dijo que le atasen á él con cintas de libros,

que pareció bien extraordinaria atadura; pero al fin lo era y así se

ejecutó.

[Marginal: _Venta del mundo._]

Mandó luego tocar á marchar aquella dulce tirana. Y aunque parecía

que los llevaban á todos arrastrando de unas cadenillas asidas á los

corazones; pero de verdad ellos se iban, que no era menester tirarlos

mucho. Volaban algunos, llevados del viento, casi todos con buen aire,

deslizándose muchos, tropezando los más y despeñándose todos.

Halláronse presto á las puertas de uno, que ni bien era palacio ni bien

cueva. Y los que mejor lo entendían dijeron era venta, porque nada se

da de balde y todo es de paso.

Estaba fabricada de unas piedras tan atractivas, que traían así las

manos y los pies, los ojos, las lenguas y los corazones, como si fueran

de hierro. Con lo cual se conoció eran imanes del gusto, trabadas

con una unión tan fuerte, que les venía de perlas. Era sin duda la

agradable posada, tan centro del gusto, cuan páramo del provecho y un

agregado de cuantas delicias se pueden imaginar. Dejaba muy atrás la

casa de oro de Nerón, con que quiso dorar los yerros de sus aceros.

Oscurecía tanto el palacio de Heliogábalo, que lo dejó á malas noches y

el mismo alcázar de Sardanápalo parecía una zahurda de sus inmundicias.

Había á la puerta un gran letrero, que decía:

_El bien deleitable, útil y honesto._

Reparó Critilo y dijo:

Este letrero está al revés.

¿Cómo al revés?, replicó Andrenio; yo al derecho le leo.

Sí, que había de decir al contrario: el bien honesto, útil y deleitable.

No me pongo en eso; lo que sé decir es que ella es la casa más

deliciosa que hasta hoy he visto. ¡Qué buen gusto tuvo el que la hizo!

Tenía en la fachada siete columnas que, aunque parecía desproporción,

no era sino emulación de la que erigió la sabiduría. [Marginal:

_Estancias de los vicios._] Éstas daban entrada á otras siete estancias

y habitaciones de otros tantos príncipes, de quienes era agente la

bella salteadora. Y así todos cuantos cautivaba con sumo gusto los iba

remitiendo allá, á elección de los mismos prisioneros.

Entraban muchos por el cuarto del oro y llamábase así, porque estaba

todo enladrillado de tejos de oro y barras de plata, las paredes de

piedras preciosas. Costaba mucho de subir y al cabo era gusto con

piedras. El más eminente y superior á todos era el más arriesgado; y no

obstante eso, la gente más grave quería subir á él. El más bajo era el

más gustoso, tanto que tenía las paredes comidas, que decían eran de

azúcar sus piedras, la argamasa mezclada con exquisitos vinos y el yeso

tan cocido, que era un bizcocho.

Muchos gustaban de entrar en éste y se preciaban ser gente de buen

gusto.

Al contrario, había otro que campeaba rojo, empedrado de puñales,

las paredes de acero, sus puertas eran bocas de fuego y sus ventanas

troneras, los pasamanos de las escaleras eran pasadores y de los

techos, en vez de florones, pendían montantes. Y con todo eso, no

faltaban algunos, que se alojaban en él, tan á costa de su sangre.

Otro se veía de color azul, cuya hermosura consistía en deslucir los

demás y desdorar ajenas perfecciones. Adornábase su arquitectura de

canes, grifos y dentellones. Su materia eran dientes, no de elefante,

sino de víboras. Y aunque por fuera tenía muy buena vista; pero por

dentro aseguraban tenía roídas las entrañas de las paredes. Mordíanse

por entrar en él unos á otros.

El más cómodo de todos era el más llano y, aunque no había en todo él

escalera que subir, estaba lleno de mesillas, alhajado de sillas y

todas poltronas. Parecía casa de la China, sin ningún alto. Su materia

era de conchas de tortuga. Todo el mundo se acomodaba en él, tomándolo

muy de asiento.

Con esto iban tan poco á poco y él era tan largo, que nunca llegaban al

cabo, con ser todo paraderos.

El más hermoso era el verde, estancia de la primavera, donde campeaba

la belleza. Llamábase el de las flores y todo era flor en él, hasta

la valentía y la de la edad ni faltaba la del berro. Había muchos

Narcisos, alternados con las violetas. Coronábanse todos en entrando

de rosas, que bien presto se marchitaban, quedando las espinas. Y aun

todas sus flores paraban en zarzas y sus verduras en palo. Con todo era

una estancia muy requerida, donde todos los que entraban se divertían

harto.

Obligábanlos á Critilo y Andrenio á entrar en alguna de aquellas

estancias, la que más fuese de su gusto. Éste, como tan lozano y en la

flor de su vida, encaminóse á la de las flores, diciendo á Critilo:

Entra tú por donde gustares, que al cabo de la jornada todos vendremos

á un mismo paradero.

Instábanle á Critilo que escogiese, cuando dijo:

Yo nunca voy por donde los demás, sino al revés. No me excuso de

entrar, pero ha de ser por donde ninguno entra.

¿Cómo puede ser eso, le replicaron, si no hay puerta por donde no

entren muchos cada instante?

Reíanse otros de su singularidad y preguntaban:

¿Qué hombre es éste, hecho al revés de todos?

Y aun por eso pienso serlo, respondió él. Yo he de entrar por donde los

otros salen, haciendo entrada de la salida. Nunca pongo mira en los

principios, sino en los fines.

Dió la vuelta á la casa y ella la dió tal, que no la conocía, pues toda

aquella grandeza de la fachada se había trocado en vileza, la hermosura

en fealdad y el agrado en horror y tal, que parecía por esta parte,

no fachada, sino echada, amenazando por instantes su ruina. No sólo

no atraían las piedras á los huéspedes, sino que se iban tras ellos

sacudiéndoles, que hasta las del suelo se levantaban contra ellos. No

se veían jardines por esta acera tan azar, campo sí de espinas y de

malezas.

Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos veía

entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo

salían. Arrojaban á unos por las ventanas, que correspondían al cuarto

de los jardines y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les

clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan

agudos, que estando en un infierno, levantaban el grito hasta el cielo.

Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de

lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás, como pena

suya, que todos estaban aguardando cuándo caería. Quedó tan maltratado,

que no fué más persona ni pudo hacer del hombre.

Bien merece, decían todos los de dentro y fuera, tanto mal, quien á

nadie hizo bien.

El que causó gran lástima fué uno, que tuvo más de luna, que

de estrella. Éste al caer se clavó un cuchillo por la garganta,

escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vió Critilo,

que por la ventana, antes del oro y ya del lodo, despeñaban á muchos

desnudos y tan abrumados, que parecían haberles molido las espaldas

con saquillos de arenas de oro. Otros por las ventanas de la cocina

caían en cueros. Y todos daban de vientre en aquel suelo, abominando

tales crudezas. Sólo uno vió salir por la puerta y, admirado Critilo

únicamente, se fué para él, dándole la singular enhorabuena. Al

saludarle reparó que quería conocerle.

¡Válgame el cielo!, decía. ¿Dónde he visto yo este hombre? Pues yo le

he visto y no me acuerdo.

¿No es Critilo?, preguntó él.

Sí, ¿y tú quién eres?

¿No te acuerdas que estuvimos juntos en casa de la sabia Artemia?

Ya doy en la cuenta. ¿Tú eres aquel de _Omnia mea mecum porto_?

El mismo y aun eso me ha librado deste encanto.

¿Cómo pudiste escapar una vez dentro?

Fácilmente, respondió. Y con la misma facilidad te desataré á ti, si

quieres. ¿Ves todos aquellos ciegos nudos, que echa la voluntad con un

sí? Pues todos los vuelve á deshacer con un no. Todo está en que ella

quiera.

Quiso Critilo y así se vió luego libre de libros.

Mas díme, oh Critilo, ¿y tú cómo no entraste en este común cautiverio?

Porque siguiendo otro consejo de la misma Artemia, no puse el pie en el

principio, hasta tocar con las manos el fin.

¡Oh dichoso hombre! Pero mal dije hombre, que no eres sino entendido.

¿Qué se hizo aquel tu compañero más mozo y menos cauto?

Ahora te quería preguntar dél si le viste allá dentro, que sin freno

de razón se abalanzó allá y temo que como tal será arrojado.

¿Por qué puerta entró?

Por la del gusto.

Es la peor de todas. Saldrá tarde. Echarle ha el tiempo consumido de

todas maneras.

¿No habría algún medio para su remedio?, replicó Critilo.

Sólo uno y ése, aunque fácil, dificultoso.

¿Cómo es eso?

Queriendo. Que haga como yo. Que no aguarde á que le echen; sino

tomándose la honra y más el provecho, salir él. Que será por la puerta,

despenado; y no por las ventanas, despeñado.

Una cosa te quisiera suplicar y no me atrevo, porque parece más

necedad, que favor.

¿Qué es?

Que, pues tienes ya tomado el tino á la casa, volvieses á entrar y como

sabio lo desengañases y librases.

No será de provecho, porque, aunque le halle y le hable, no me dará

crédito sin el afecto. Mejor se moverá por ti. Y pues te ves obligado,

que te pedirán la palabra, mejor es que tú entres y le saques.

Bien entraría, dijo Critilo, aunque lo siento. Pero temo que, como me

falta la experiencia, me he de cansar en balde y no lo podré hallar,

corriendo riesgo de ahogarnos todos. Hagamos una cosa: vamos los dos

juntos, que bien es menester la industria doblada. Tú, como noticioso

me guiarás, y yo, como amigo le convenceré y saldremos todos con

victoria.

Parecióle bien el ardid. Fueron á ejecutarlo; mas la guarda, que la hay

á la salida, teniendo por sospechoso al sabio, le detuvo.

Aquél sí, dijo señalando á Critilo. Que tengo orden de que entre y que

le inste.

Mas él, volviendo atrás, se retiró con el sabio al reconsejo. Fuése

informando de las entradas y salidas de la casa, de sus vueltas y

revueltas y ya muy determinado iba á entrar, cuando de medio camino

volvió atrás y dijo al sabio:

Una cosa se me ha ofrecido y es que troquemos de vestidos ambos. Toma

el mío, conocido de Andrenio, que será recomendación y así disfrazado

podrás desmentir la guarda entre dos luces; quedaré yo con el tuyo,

ayudando al disimulo y aguardando por instantes siglos.

No le desagradó al sabio la invención. Vistióse á lo de Critilo, con

que pudo entrar rogado.

Quedóse este viendo caer unos y otros, que no paraban un punto por

aquellos despeñaderos del dejo. [Marginal: _Despeñadero de los

vicios._] Vió un pródigo, que lo despeñaban mujeres por el ventanaje

de las rosas en las espinas. Y como venía en carnes el desdichado,

maltratóse mucho. Hízose las narices, cuando más se las deshizo.

Comenzó á hablar gangoso y duróle toda la vida, diciendo todos los que

le oían:

¡No es cosa rara, que éste hable con las narices, por no tenerlas!

Justo castigo es de sus imprudentes mocedades.

Fué tal el asco, que éste y todos los de su séquito tuvieron de su

misma inmundicia, que no paraban de escupir al vil deleite, en venganza

y por remedio; que hubiera sido mejor antes.

Los que rodaban por las espaldas del descanso, tardaban en el mismo

caer; pero mucho más en el levantarse, que de pereza aun no vivían.

Gente muy para nada; sólo sirven para hacer número y gastar los

víveres. Nada hacen con buen aire y en él se paraban al caer, apoyando

mórulas á Cenón; pero una vez caídos, siempre quedaban por tierra.

Daban fieros gritos los que rodaban por el cuarto de las armas, que

parecía el de los locos.

Venían muy maltratados y eran tales los golpes que daban y recibían,

que escupían luego sangre de sus valientes pechos, vomitando la que

habían bebido antes á sus enemigos: que es bravo quebradero de cabeza

una venganza.

Solos los del cuarto del veneno se estaban á la mira, holgándose de

lo que los demás se lamentaban. Y había hombres déstos que, porque

se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo, perdía él los dos.

Reían de lo que los otros lloraban y lloraban de lo que reían. Y era

cosa rara que los que á la entrada enflaquecieron, engordaban á la

salida, gustando mucho de hacer aplauso de desdichas y campanear ajenas

desventuras.

Estaba Critilo mirando aquel malparadero de todos. Al cabo de un día,

de siglos, vió asomar á Andrenio á la ventana de las flores en espinas.

Asustóse mucho, temiendo su despeño. No le osaba llamar, por no

descubrirse; pero con acciones acordaba el desengaño. Cómo bajó y por

dónde adelante lo diremos.

CRISI XI

_El golfo cortesano._

El criticón (tomo 1 de 2) · 第 11 / 24 段